Ayudar a nuestros hijos a reflexionar no es hablar mucho

Nuevo curso escolar, nuevas tareas académicas. Tareas de nuestros hijos, en las que a veces tenemos que colaborar los padres de una u otra forma. Colaborar con las tareas académicas de nuestros hijos no quiere decir que seamos nosotros los responsables de ellas. A veces el miedo al fracaso de nuestros hijos nos hace asumir como propias, tareas que les corresponden a ellos.

Ese miedo nos lleva a asumir el control del tiempo de estudio, de la corrección de los ejercicios, hace que les preguntemos la lección… Y eso que hacemos con los estudios, lo aplicamos también a pequeñas tareas cotidianas: volver al colegio a llevarle el almuerzo porque se le ha olvidado, preparar la mochila para que no se le olvide nada…

A medida que crecen y entran en la adolescencia empezamos a decirle cómo tiene que comportarse con sus compañeros para ser aceptado, o cómo tiene que pensar ante una noticia del telediario.

Y los abrumamos con sermones, reflexiones, explicaciones… Y  convertimos en una rutina el dar a nuestros hijos las respuestas a preguntas que no se han hecho. Y esas respuestas (aunque sean las mejores del mundo) caen en un terreno infértil, no producen su fruto.

¿Qué es un terreno fértil? Aquel del que brota una pregunta. Hay una etapa del desarrollo de los niños en que es frecuente que hagan preguntas para comprender el por qué de las cosas. Que los niños y adolescentes se hagan preguntas es fundamental para afrontar la vida. Tres capacidades preparan a ello.

La primera es la capacidad de sorprenderse.  La sorpresa orienta los sentidos a aquel estímulo que nos sorprende. La sorpresa es una emoción que no necesita estimularse sino que brota espontáneamente en los niños. Pero los adultos podemos anularla abrumando a los niños con ofertas, juguetes, regalos, opciones… Para mantener la capacidad de sorpresa de nuestros hijos conviene tener un cierto ambiente de orden, porque donde hay desorden no hay sorpresa. Requiere también una austeridad, porque la abundancia de cosas dificulta la capacidad de que algo sea imprevisto. Y requiere también  un ambiente familiar donde no haya mucho ruido (sermones, TV, gritos, maquinitas) porque donde hay ruido es más difícil sorprenderse.

El segundo elemento que colabora a preparar un terreno fértil es la atención. La atención sirve para evitar la dispersión, permite observar los detalles de las cosas y su importancia, nos ayuda a ser capaces de contemplar los propios errores.

¿Cómo acrecentar la atención de nuestros hijos? Permíteme, lector, hacerte una pregunta: piensa en algo que te llame la atención, así en general. Una vez que lo hayas hecho hazte la pregunta ¿porqué esto me llama la atención? Surgirán muchas respuestas, pero todas tienen un denominador común: un deseo. Un deseo de conocer más, de acercarse, de entender, de experimentar más de aquello que llama la atención. Sin ese deseo no hay atención.

Las condiciones externas son condiciones necesarias, pero no suficientes. Si no hay deseo, puede existir el ambiente más favorable del mundo, pero no habrá atención. La voluntad suple en ocasiones la falta de deseo, pero con resultados bastante menos brillantes. Educar el deseo pasa por aprender a tolerar la frustración, aprender a esperar, no dejarse llevar por el capricho y asumir las consecuencias de las propias decisiones, pero también por ser capaz de apreciar lo bueno, lo bello, lo verdadero de las cosas.

El tercer y último elemento es  la reflexión, que permite que ese terreno se abra dispuesto a recibir la semilla de una respuesta. Ante una realidad ante la que uno se sorprende y a la que presta atención, llega el momento de preguntarse ¿por qué pasa esto? ¿Cómo funciona? ¿Por qué ha respondido así? ¿Qué hubiera hecho yo en ese caso?

Que los chicos nos vean preguntarnos a nosotros mismos. Que les hagamos las preguntas a ellos. Que no les demos las respuestas sin que se hagan las preguntas y escuchemos sus respuestas.

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano

Publicado en Artículos, Cultura, Educación.

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