Salud Mental en el trabajo: ¿Estrés Individual o Enfermedad de la Organización? Crónica de un curso

Durante este curso, personas de diferentes sectores profesionales nos hemos encontrado para dialogar sobre la salud mental en el trabajo y los factores que  contribuyen a deteriorarla o cuidarla.

En la ponencia de apertura del curso se planteó que no es lo mismo estar quemado que explotado (salarios injustos, jornadas abusivas, condiciones peligrosas, o el incumplimiento de los derechos laborales). A más explotación hay más posibilidad de desgaste profesional, pero también podemos no estar explotados y quemarnos. Estar quemado o sufrir un deterioro de la salud mental no es culpa del trabajador ni es un signo de ser peor profesional, siendo un sufrimiento que padece el propio trabajador y que repercute negativamente en el servicio que presta; estas repercusiones, pero en positivo, también emergen ante la satisfacción profesional. Hay factores que facilitan una u otra experiencia. Algunos de ellos son: el enfoque del ejercicio y la formación profesional basados en el negocio o en las necesidades de los clientes o usuarios, la posibilidad o no de hacer equipo y decidir la forma de ejercicio profesional, tener altas o bajas dosis de burocracia, un sindicalismo corporativo o centrado en cambiar aspectos organizativos que afectan a la calidad del servicio que se presta, la cultura profesional que acepta o no que los profesionales más novatos tengan peores condiciones de trabajo o basada en estigmas y prejuicios hacia los clientes, la desigualdad salarial, o tener experiencia profesional de logros “con sentido”.

Imagen 1: Experiencias de logros con sentido. Diapositiva de la ponencia ¿Qué está ocurriendo con la salud mental en el trabajo? (Pilar Gómez-Ulla y Manuela Contreras)

Los asistentes destacaron aspectos que favorecían o dificultaban la salud mental profesional. A modo de síntesis se recogieron los siguientes:

Un ejemplo de explotación laboral flagrante que se expuso durante el curso fue el de las trabajadoras de la fresa en Huelva, en su mayor parte mujeres pobres expuestas a largas jornadas de trabajo, infravivienda, maltrato verbal o enfermedades derivadas de la exposición a productos tóxicos mientras trabajan. Resultó muy recomendable el documental “Les invisibles-Esclavitud moderna en Europa” que se visualizó. La Asociación de Mujeres Inmigrantes en Acción (AMIA) o las Jornaleras de Huelva en Lucha tratan de responder a esta realidad tras el abandono del sindicalismo tradicional tras los años 90. Con la presidenta de la primera asociación, tuvimos ocasión de dialogar.

También se visibilizó durante el curso el trabajo de las teleoperadoras. El férreo control de la jornada de trabajo, en aras de una productividad y un beneficio económico cada vez mayores, les impide dar una adecuada atención. Atender bien a las personas perjudica al profesional, dado que disponen de un máximo de cuatro minutos para resolver cada incidencia; si se pasan de este tiempo, se ven obligados a dar explicaciones. La inteligencia artificial ya está atendiendo el 40% de las llamadas en algunos sectores, y también se aplica para evaluar la calidad de la atención profesional con puntuaciones automatizadas que no entienden el contexto humano. Aun así, el trabajo de las teleoperadores les permite conocer los problemas que hay en todas las zonas de España. La sociedad debe exigir a las grandes empresas de servicio que no antepongan el lucro a la calidad de la atención que prestan.

Por otra parte, los profesionales del sector educativo (profesores y educadores sociales) que intervinieron como ponentes en el curso señalaron sentirse parte de un engranaje institucional violento, especialmente contra las familias más pobres. También remarcaron la necesidad de establecer tanto alianzas —interprofesionales y con familias— como espacios donde poder reflexionar críticamente sobre la práctica profesional cotidiana, en aras de implementar pequeñas acciones transformadoras. Desde la educación social se expuso que acabar con la pobreza solucionaría más problemas que levantar estructuras para profesionalizarla.

Diapositiva de la ponencia “la salud mental de los profesionales” impartida por Isabel Buezo y Berta Gilbert

Las ponentes (médicas de familia) que abordaron la salud mental en los profesionales sanitarios empezaron por cuestionar el término síndrome del quemado. En su lugar, proponen cambiarlo por  “síndrome del desierto” o “del vacío”. El asunto de fondo de esta crítica es que la expresión “quemado” culpabiliza al profesional, hace pensar que se trata de un fenómeno irreversible y refleja la lógica productivista de rendir al máximo. Las ponentes dieron datos del deterioro de la salud mental en los profesionales sanitarios y argumentaron que el sufrimiento médico actual no se debe únicamente a un exceso de trabajo, sino a una crisis de identidad profesional provocada por las exigencias gerenciales de la modernidad tardía. Estas exigencias imponen enfoques de atención mercantiles y burocráticos que priorizan la salud de los sanos y fomentan consumir más  (fármacos, pruebas diagnósticas) aunque no sea necesario. Comentaron que abandonar la lucha por dar sentido a lo que hacemos en la profesión pasa por normalizar la cultura contemporánea y que hace falta tanto “reimaginar el cuidado” como la práctica de la desobediencia (Imagen 4). Hablaron de empotrarse en la comunidad y de ser conscientes del currículum oculto profesional (conjunto de valores, hábitos y actitudes transmitidos de forma no explícita), el cual influye en la contratransferencia negativa durante la atención clínica. También enfatizaron el valor del equipo y de la revisión, así como de la necesidad de integrar “políticas aguas arriba” (que aborden los determinantes de la salud) y “aguas abajo” (atención directa) para mejorar la salud de las comunidades. Otro aspecto relevante de la exposición fue la importancia de no reducir la complejidad de los problemas para poder hacer planteamientos de respuesta que vayan de lo micro a lo macro. La filosofía y plataformas como NoGracias pueden ayudar a diseñar un plan profesional que tenga en cuenta todos estos niveles y genere satisfacción o sentido profesional en medio de la dificultad y la contradicción. La siguiente imagen ofrece algunas de las lecturas recomendadas por las ponentes, las cuales fueron usadas para elaborar su ponencia.

Lecturas recomendadas por Isabel Buezo y Berta Gilbert

El sábado por la tarde compartieron sus experiencias profesionales el médico Daniel García y el arquitecto Santiago Cirugeda. Ambos eligieron trabajar en entornos sometidos a una gran deprivación socioeconómica. El primer ponente destacó el gran peso que tienen las condiciones de vida de las personas en su salud, y abordó cómo los centros de salud y la consulta de atención primaria pueden ser espacios para acoger la experiencia y los saberes de las poblaciones más empobrecidas. Expuso su experiencia de Investigación-Acción Participativa (a través de la metodología de cruce de saberes) diseñada para generar un diálogo más horizontal y democrático entre personas en situación de pobreza y los profesionales sanitarios de varios centros de salud ubicados en zonas de alta deprivación. Uno de los frutos recientes de su trabajo fue la elaboración de una guía sobre salud y vivienda. Por su parte, Santiago Cirugeda nos contó cómo nació y cómo trabajan en “Recetas Urbanas”. A pesar de la falta de apoyo de las instituciones públicas —a diferencia de lo que ocurre en otros países con las empresas sociales— generan espacios públicos y dotan de soluciones habitacionales que dignifican la vida de personas y comunidades privadas de vivienda, centros culturales o parques infantiles, con la implicación activa de las propias personas afectadas. A lo largo de su trayectoria profesional ha denunciado el elevado precio de la vivienda y que la legislación española actual entiende la edificación únicamente desde un prisma hiperburocrático, mercantilista y corporativo, excluyendo la participación activa del ciudadano. Ante la falta de leyes para la autoconstrucción comunitaria, utiliza la desobediencia administrativa, estudiando minuciosamente las normativas urbanísticas municipales para encontrar vacíos legales que le permitan construir de forma alternativa.

Santiago Cirugeda (izquierda) y Daniel García (centro), en la mesa de experiencias profesionales.

El último día, Mónica González, inspectora de trabajo, conceptualizó los términos salud, salud mental y trabajo. Comentó que es a partir de los años 80 cuando se incorporan los riesgos psicosociales a la disciplina de Seguridad y Salud en el Trabajo. Asimismo, enfatizó que se han estudiado mucho menos los riesgos laborales del daño a la salud (física y psíquica) en las mujeres en comparación con los hombres, a pesar de que, por ejemplo, el 85% del consumo de psicofármacos lo realizan las mujeres. Habló también de los factores que afectan a la salud en el trabajo: el tiempo de trabajo, las características de las tareas o el diseño del puesto de trabajo fueron algunos de los que mencionó.  La falta de participación en la toma de decisiones es otro factor que afecta de forma importante a la salud mental del trabajador. Remarcó que si no se tienen herramientas para aplicar el derecho, este no sirve para nada, y denunció la escasez de inspectores (en torno a 2000) en toda España.

Mónica González, durante la ponencia “salud y trabajo”

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