PERO… ¿ES VERDAD QUE LA ENCICLICA CENTESIMUS ANNUS APOYA O AL MENOS SE MANIFIESTA RESPETUOSA PARA CON EL CAPITALISMO LIBERAL?

Eduardo García Candela

Muchos han sido los comentarios e interpretaciones que se han hecho de la encíclica de Juan Pablo II. Unos motivados por la pretensión de apuntarse el apoyo o, al menos, el respeto de la doctrina social de la Iglesia. Otros, desde una permanente posición de censura para con la misma Iglesia y, sobre todo para con el actual Papa, postura que hunde generalmente sus raíces en problemas personales que no se confiesan, han sembrado en lo posible el desaliento o el desconcierto. Con ello, además de pretender el descrédito del Sumo Pontífice, han rendido, entre otras cosas un buen servicio a quienes el léxico vindicativo de los más marginados llama sectores conservaduros del capitalismo liberal.

Por lo general ha desconcertado el n° 42 de la encíclica, que no ha sido entendido. Se trata de un párrafo ciertamente importantísimo en la arquitectura del documento, pero que, por otra parte, ha llegado a ser una especie de árbol al que nos hemos pegado y que, así, nos ha impedido ver el bosque constituido por el resto de la encíclica.
Veamos el número a que nos referimos:

«Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él están dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿ es quizá este el modelo que es necesario proponer a los países del tercer mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?

La respuesta obviamente es compleja. Si por » capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de » economía de empresa», » economía de mercado» o simplemente de «economía libre». Pero si por » capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.»

Recordemos unas nociones elementales: los sistemas capitalista liberal y comunista se constituyen de formas diversas. En el primero son los ciudadanos los que montan las empresas, mercados, crean libremente las estructuras justas o injustas, son los sujetos de las instituciones públicas, participan de diversas formas en la gestión de la cosa pública, son sujetos activos en la vida del Estado. Ciertamente todo ello plagado de vicios que iremos viendo de la mano de Juan P. II.

En el comunista es un grupo el que siguiendo a una cabeza, se apodera del Estado y se adueña de todos los recursos del país. No olvidemos que esa cúpula es infalible según su filosofía y, por tanto, no se le puede censurar; es el Estado el que crea o desmonta según le parece, empresas, mercados y todas las estructuras, los ciudadanos no son sujetos de las instituciones públicas, sino objeto de las directrices de la autoridad. El Estado dicta sobre toda la vida como una losa tremenda por ser dueño de todos los recursos. No tiene cabida la libre iniciativa económica de los ciudadanos. Hay que reconocer a este sistema una preocupación ética inicial que el capitalismo no ha tenido, pero una realización práctica horrorosa.

Tengamos en cuenta que cuando se derrumbó el sistema comunista lo más probable es que ya hubieran comenzado los trabajos preparatorios de la encíclica, pero lo que sí es cierto de todo punto es que salió al público poco más de un año después del derrumbamiento. Por eso no podía dejar de reflejarse en ella. Volvamos al n° 42 en su párrafo b ya citado.
Lo que en él requiere el Papa es:

A) Un sistema económico que reconozca el papel fundamental y positivo de:
1.-La Empresa
2.-El mercado
3. Propiedad privada y consiguiente responsabilidad para con los medios de producción.
4.-Libre creatividad humana en lo económico

B) Frente a la dictadura estatal en lo económico y en toda la vida.
Decía que no ha sido esto entendido, y la razón es que tan acostumbrados estarnos a ver el capitalismo que tenemos diariamente ante nuestro ojos, que no se nos ha ocurrido pensar en otros sistemas que cumplan las cuatro notas que se han señalado en la redacción del párrafo.

En este punto será interesante recordar, por ejemplo, el sistema que se montó en Espacia durante la guerra civil en la zona republicana. Comenzada ya la guerra los empresarios o bien se escondieron o bien marcharon lejos donde no se les reconociera o bien fueron encarcelados. Y los trabajadores se hicieron cargo de las empresas. Ya sabemos los defectos no pequeños de aquel incipiente sistema por razón de las prisas con que todo se llevó a cabo, además de otros factores. Pero lo que sí es cierto es que el incipiente sistema cumplía las cuatro condiciones que hemos visto en el párrafo que estamos tratando:
1) Papel fundamental y positivo de la empresa (las empresas no eran estatales, sino propiedad privada de los trabajadores empleados en ellas)
2) El mercado siguió adelante, ciertamente que con características distintas del actual.
3) De las empresas respondían sus trabajadores.
4) Se mantenía la libre creatividad de la economía.

Lo mismo se podría decir de los sistemas autogestionarios que se pretendieron montar en los países de la Europa oriental y que aplastaron los tanques de Moscú…

Por otra parte en la redacción del párrafo se ve que el término «capitalismo» no es grato al Papa. Por eso , quizá, dice, sería más apropiado hablar de » economía de empresa», «economía de mercado» o simplemente «economía libre». (Frente a la economía de Estado propia del comunismo). A un sistema así no pondría dificultades morales el Pontífice como las pone al actual sistema capitalista liberal.

Es sabido, podemos estar seguros, que en la » Sollicitudo Rei Socialis,» hablando, Juan Pablo II tanto del colectivismo marxista ( 1) como del capitalismo liberal ( recordemos que entonces estaban todavía en pie en Europa los dos sistemas) decía: «Ambas concepciones del desarrollo de los hombre y de los pueblos son de tal modo imperfectas que exigen una corrección radical.»
¿Ha cambiado tras exposición tan clara la doctrina de la Iglesia? Aún más: teniendo en cuenta que tras la Centesimus Annus, en no pocas ocasiones, ha vuelto a manifestar su oposición al capitalismo ¿tendrá J. Pablo II una doble cara?

Volvamos al párrafo que estamos estudiando: dice así: » Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de le empresa— (no del Estado como en los sistemas marxistas)…

QUÉ EMPRESA

Pero ¿ cual es la empresa de que habla el Papa?

En el n° 35-c , tratando de los beneficios dice así: » Finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres» ( subrayado del texto).

El mismo Juan Pablo II, un año después ( 23-5-92) se dirigía en Nola a autoridades, trabajadores y empresarios y decía: » Urge que en la misma organización del trabajo, se tenga presente la exigencia de que las empresas se conviertan en comunidades de personas en las que los trabajadores sean no solo ejecutores materiales, sino que se sientan de algún modo partícipes del proceso productivo y protagonistas de los servicios que prestan a la sociedad».

Al año siguiente, al visitar Caltanissetta, (10-5-93), decía: «La Iglesia recoconoce la legitimidad y la función de la ganancia en la medida que indica, sobre todo, el buen funcionamiento de la empresa, pero hay que evitar transformarla en un ídolo. En realidad, la empresa, no es solo un mecanismo para la producción de bienes, sino también, y por encima de todo ( subrayado propio) una comunidad de hombres.»

Como vemos, el » más bien … comunidad de hombres» del n° 35-c que decíamos, no era una mera expresión de tránsito, sino que encierra un pleno significado.

En el nº 41-b, tratando de la alienación en la organización del trabajo, dice así: » la alienación se verifica también en el trabajo cuando se organiza de manera tal que «maximaliza» solamente sus frutos y ganancias y no se preocupa de que el trabajador, mediante el propio trabajo, se realice como hombre (2), según que aumente su participación en una auténtica comunidad solidaria o bien su aislamiento en un complejo de relaciones de exacerbada competencia y de recíproca exclusión en la cual es considerado como un medio y no como un fin.»

Las lacras propias del actual capitalismo aparecen aquí con toda su crudeza: La avaricia que lo caracteriza, la violencia de lo que el documento llama «exacerbada competencia y recíproca exclusión» y el aislamiento a la condición de medio del trabajador.

Nos interesa, sobre todo, esta última característica. Y es que difícilmente se puede señalar más certera y radicalmente el pecado básico del capitalismo. En efecto: por lo que se refiere a la empresa, el capitalismo es un sistema de producción de bienes en el que una o más personas, que pretenden obtener unos beneficios económicos, no pudiendo conseguirlos por sí mismos, emplean a otras como medios para su fin. Tal es el pecado radical del capitalismo: la reducción del hombre a la categoría de medio, cuando lo cierto es que la persona humana ha de ser sujeto y fin, pero nunca medio ni instrumento. De ahí la cantidad de carencias humanas del actual capitalismo que lo hacen tan perturbador. (3)

En el n° 43-a insiste en esto mismo diciendo que » la doctrina de la Iglesia reconoce la legitimidad de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto de su dignidad y espacios más amplios juntamente con otros y bajo la dirección de otros puedan considerar en cierto sentido que trabajan en algo propio ( subrayado del texto) al ejercitar su inteligencia y libertad» ( valores personales)

Y se nos remite a la Laborem Exercens 15. Allí se nos dice que cuando el hombre trabaja quiere que los frutos estén a su servicio y al de los demás y que tenga la posibilidad de aparecer como corresponsable y coartífice en el puesto de trabajo al que está dedicado, de donde nacen unos derechos que corresponden a la obligación del trabajo; que quiere no solo (subrayado del texto) la debida remuneración, sino también que sea tomada en consideración la posibilidad, ( y esto aunque se tratara de una propiedad colectivizada recuérdese que la Laborem Exercens fue publicada en 1981-) de ser consciente de que está trabajando en algo propio (subrayado del texto), que las enseñanzas de la Iglesia han expresado siempre la convicción firme y profunda ( subrayado propio) de que el trabajo humano implica sobre todo los valores personales, que hay que hacer todo lo posible para que el hombre pueda conservar la conciencia de trabajar en algo propio (subrayado del texto) y que, en caso contrario, surgen necesariamente daños para el hombre.

¿A qué daños se refiere el Papa? Ya se han visto algunos: reducción a medio, a instrumento de producción a» mano de obra» (concepción repetidamente censurada por Juan Pablo II ) a ser valorado por el empresario solo en tanto le rinde o le cuesta, en lo que consiste propiamente la explotación, etc, etc.

En el párrafo siguiente ( C.A. 43 b) sigue dando más razones diciendo que: » la empresa no puede considerarse únicamente como una sociedad de capitales; es al mismo tiempo, una sociedad de personas, en la que entran a formar parte de manera diversa y con responsabilidades específicas los que aportan el capital necesario para su actividad y los que colaboran con su trabajo. Y señalando los caminos por los que todo esto se ha de alcanzar añade: » para conseguir estos fines sigue siendo necesario todavía un gran movimiento asociativo de los trabajadores, cuyo, objetivo es la liberación y la promoción integral de la persona.»

DOS DIFICULTADES

Y téngase en cuenta que ya al comienzo del párrafo se ha enfrentado a dos dificultades que es de esperar que planteen los conjuntos opuestamente interesados. Uno es económico. El otro es una exhortación a llegar hasta el fin.

El económico: » El desarrollo integral de la persona humana en el trabajo no contradice, sino que favorece más bien la mayor producción y eficacia del trabajo mismo.» Y la exhortación a llegar hasta el fin: » por más que esto pueda debilitar centros de poder ya consolidados.»

Sobre la relación entre eficacia en el trabajo y desarrollo integral de la persona en el mismo, se manifestaba también dirigiéndose al Consejo Pontificio Justicia y Paz ( 29-9-94):
«En la teoría y en la práctica de la economía liberal, las exigencias de la justicia, la equidad y la solidaridad corren el riesgo de aparecer contrarias a la búsqueda de la eficacia. Pero el Magisterio de la Iglesia (…) ha rechazado siempre la supuesta racionalidad de esas teorías. Enseña, más bien, que el respeto de las obligaciones morales no entorpece la eficiencia, sino que, por el contrario, contribuye a ella.»

UNAS PREGUNTAS

Tras todo esto parece oportuno que hagamos algunas preguntas:
1) ¿Estarían dispuestos los representantes del sistema capitalista liberal a aceptar que las empresas sean primariamente comunidades de hombres y secundariamente y solo secundariamente entidades lucrativas?

2) ¿A reconocer como legítimos los esfuerzos de los trabajadores por conseguir espacios más amplios de participación en la vida de la empresa?

3) ¿A reconocer como necesario, no oponiéndose de ninguna forma, un gran movimiento asociativo de los trabajadores con tal fin, y eso aunque con ello se debiliten los centros de poder actualmente consolidados?

4) ¿A considerar la empresa no solo una sociedad de capitales, sino también de personas, que sería lo primario según lo que decíamos en la pregunta primera?

5) ¿A favorecer en los trabajadores la creación de una conciencia verdadera (por tanto de acuerdo con los hechos) de que trabajan en algo propio, reconociendo que, en caso contrario, se causan daños incalculables al ser humano?

Y, por supuesto, que cuando se plantean estas cuestiones se plantean al conjunto del actual sistema capitalista liberal. No se trata de excepciones que siempre las hay.

La empresa, pues, de que habla el Papa, ¿es como nuestra actual empresa capitalista o, al menos, algo cercano a ella, o es algo que requiera un cambio radical en su estructura?

IDOLATRÍA DE MERCADO

Dice así en el n° 34-a: «Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones como de relaciones internacionales el libre mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades».

«Sin embarro esto vale solo para aquellas necesidades que son «solventables» con poder adquisitivo (4) y para aquellos recursos que son «vendibles»,esto es, capaces de alcanzar un precio conveniente (5). Pero existen numerosas necesidades humanas que no
tienen salida en el mercado. Es un estricto deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas. Además es preciso que se ayude a estos hombres necesitados a conseguir los conocimientos, a entrar en el círculo de las interrelaciones, a desarrollar sus aptitudes, para
poder valorar mejor sus capacidades y recursos. (…) Existe algo que es debido al hombre porque es hombre (subrayado del texto) en virtud de su eminente dignidad. Este algo
(subrayado del texto) conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien común de la humanidad.»

En el n° 40-b señala otro defecto del mercado: «Existen necesidades colectivas y cualitativas que no pueden ser satisfechas mediante sus mecanismos; hay exigencias humanas importantes que escapan a su lógica; hay bienes que por su naturaleza no se pueden ni se deben vender ni comprar». Se trata, entre otros, de bienes colectivos indispensables (ambiente natural y humano) cuya defensa, dice en el párrafo precedente, deben asumir el Estado y la sociedad.

Ve, además, a los mecanismos de mercado el riesgo de la idolatría del mismo: «Conllevan el riesgo de la idolatría del mercado (6), que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías» (40-b).

Creo que el término «idolatría» retrata bien el fenómeno. ¿No se trata, en efecto, de una fe en tan teórico montaje humano al que se sacrifican vidas y haciendas (sin metáfora alguna) y para el que se nos sigue reclamando fe a toda prueba a pesar de sus crueldades?

Y en el n° 42-c: «La solución marxista ha fracasado, pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación, especialmente en el tercer mundo, así como fenómenos de alienación humana especialmente en los países más avanzados; contra tales fenómenos se alza con firmeza la voz de la Iglesia (…). El fracaso del sistema comunista elimina ciertamente un obstáculo (…), pero eso no basta para resolverlos».

Y mirando más lejos, y temiendo que la caída del sistema comunista, por la desmoralización de quienes se creían apoyados por sus indudables elementos positivos y, por otra parte, el envalentonamiento desmadrado del capitalismo, añade: «Existe el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista que rechaza incluso el tomarlos en consideración, porque a priori (subrayado del texto) considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta (7), confía su solución al libre desarrollo de las fuerzas del mercado».(8)

El propio Juan Pablo II explicaba esto mismo un año después (23-5-92) en Nola dirigiéndose a autoridades, trabajadores y empresarios: «Tras el fracaso histórico del comunismo, en nuestros días se corre el riesgo de ceder a una especie de idolatría del mercado que, si prevaleciera a nivel nacional e internacional, llevaría a consecuencias nefastas para los más pobres. Urge reafirmar las exigencias de la justicia, que ninguna regla de mercado puede conculcar».

0 como también él mismo decía dirigiéndose en Caltanissetta a los trabajadores (10-5-93) : «En una época de relativismo cultural como la nuestra (…) en la que se puede perder fácilmente la conciencia de la dignidad humana no debe sorprendernos que, junto a las diversas formas de atentados contra los derechos de la persona, se registre también la auténtica perversión de la economía que tiene lugar cuando se trata al ser humano como si fuera una cosa (subrayado del texto) abandonándolo al juego de los intereses y sometiéndolo a las leyes férreas del mercado».

Pero … ¿no ve nada aprovechable en el mercado? Sí. En el párrafo 40-b antes citado nos dice: «Ciertamente los mecanismos de mercado ofrecen ventajas seguras; ayudan, entre otras cosas, a utilizar mejor los recursos; favorecen el intercambio de los productos y, sobre todo, dan la primacía a la voluntad y a las preferencias de la persona, que, en el contrato, se confrontan con las de otras personas. No obstante conllevan el riesgo de una idolatría…». «Y habida cuenta de los inconvenientes tan importantes que hemos señalado exige que sea controlado por las fuerzas sociales y por el Estado, de modo que se garantice la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la sociedad» (35-b). Adviértase que no dice sólo del Estado, ya que es bien sabido la facilidad con que éste cede a las presiones de los económicamente fuertes, sino del Estado y las fuerzas sociales.

¿LIBERTAD ECONOMICA?

Y veamos algo sobre la libertad económica tan acariciada teóricamente por el liberalismo: sobre la «libre creatividad humana en el sector de la economía» en palabras de la encíclica.

En el n° 39-d nos dice: «La economía es sólo un aspecto y una dimensión de la compleja actividad humana. Si es absolutizada, si la producción y el consumo de las mercancías ocupan el centro de la vida social y se convierten en el único valor de la sociedad, no subordinado a ningún otro, (tal es la pretensión de los operadores económicos, constatamos nosotros), la causa hay que buscarla no sólo y no tanto en el sistema económico mismo cuanto en el hecho de que todo el sistema sociocultural, al ignorar la dimensión ética y religiosa, se ha debilitado, limitándose únicamente a la producción de bienes y servicios».

Haciendo un recuento de las consecuencias de una completa libertad económica se nos dice cómo «a través de las opciones de producción y consumo se pone de manifiesto una determinada cultura como concepción global de la vida»(36-b). De ahí el fenómeno del consumismo. Que «el sistema económico no posee en sí mismo criterios que permitan distinguir correctamente las nuevas y más elevadas formas de satisfacción de las nuevas necesidades humanas, que son un obstáculo para la formación de una personalidad madura» de donde la necesidad de una educación de los consumidores. Recuerda como casos más destacados de desvío del consumo la droga y la pornografía (36-c). Nos dice que «es equivocado el estilo de vida» que se presume como mejor cuando está orientado a tener y no a ser». Se nos remites a la Gaudiu et Spes 35 donde se nos dice que el hombre con su actividad se perfecciona, aprende mucho, cultiva sus facultades. Que cuanto los hombres hacen para lograr más justicia, más fraternidad, un planteamiento más humano en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos.

Se nos remite asimismo a la Populorum Progressio 19, donde se nos dice que el tener más, aunque necesario para el crecimiento humano, aprisiona al hombre cuando se convierte en el bien supremo, que entonces los corazones se endurecen y los espíritus se cierran; los hombres ya no se unen por amistad, sino por interés, que pronto les hace oponerse unos a otros y desunirse y que para las naciones, como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral.

Se nos sigue diciendo en 36-d C.A. que «es necesario esforzarse para que se implanten estilos de vida a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien así como la comunión con los demás hombres (como se ve, bienes superiores a lo meramente económico -nota propia) determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones (…), que la opción de invertir en un lugar y no en otro, en un sector productivo en vez de otro es siempre una opción moral y cultural (subrayado del texto) (cosa que también se compagina mal con el mero interés económico -nota propia).

Se trata también el tema ecológico y se nos remite a la Sollicitudo Rei Socialis 34 donde se nos dice que no se puede utilizar impunemente a los seres naturales como mejor apetezca, según las propias exigencias económicas, que hay que tener en cuenta la limitación de los recursos naturales, que se compromete su disponibilidad para futuras generaciones, que se daña la calidad de vida por la industrialización con graves consecuencias para la salud de la población.

Y sigue en 39-e C.A.: «Todo se puede resumir afirmando una vez más que la libertad económica es sólo un elemento de la libertad humana. cuando aquella se vuelve autónoma, es decir, cuando el hombre es considerado más como un productor o un consumidor de bienes que como un sujeto que produce y consume para vivir, entonces pierde su necesaria relación con la persona humana y termina por alienarla y oprimirla».

Y se nos remite a la encíclica Redemptor Hominis donde, entre otras cosas se nos dice también en cuanto al ambiente natural que de él no parece percibirse otros sígnificados que los que sirven a los fines de un inmediato uso y consumo. Que en esta época de tan maravillosa técnica debe darse un desarrollo proporcional de la moral y de la ética y que hay que preguntarse si el hombre se hace de verdad mejor, más maduro espiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad, más abierto particularmente a los más necesitados y más débiles, si crece el amor social, el respeto a los derechos de los demás o la tendencia a dominar a los otros y a explotar el progreso material en favor de tal o cual imperialismo.

Pero de todo esto no quiere oír hablar nuestro capitalismo. Es lo que lleva a Juan Pablo II a decir: «A pesar de los grandes cambios acaecidos en las sociedades más avanzadas, las carencias humanas del capitalismo, con el consiguiente dominio de las cosas sobre los hombres, están lejos de haber desaparecido; es más, para los pobres, a la falta de bienes materiales se ha añadido la del saber y de conocimientos, que les impide salir del estado de humillante dependencia» (C.A. 33-b). Ya que si en otro tiempo el factor decisivo de la producción era la tierra y luego lo fue el capital, entendido como conjunto masivo de maquinaria y de bienes instrumentales, hoy día el factor decisivo es cada vez más el hombre mismo, es decir, su capacidad de conocimiento, que se pone de manifiesto mediante el saber científico, y su capacidad de organización solidaria, así como la de intuir y satisfacer las necesidades de los demás.

Y es que, como decía a un grupo de obispos polacos (15-1-93),: «La Iglesia tiene que recordar que las leyes del mercado libre no bastan por sí mismas sino que, por el contrario, se vuelven contra el hombre cuando éste olvida sus deberes morales, que son más importantes que las leyes de la economía».

Habida cuenta de los razonamientos ya expuestos hay que preguntarse cómo es posible que se hayan escrito y publicado párrafos como el siguiente: «La encíclica Centesimus Annus asume, justifica y propone como éticamente válida la estructura económica fundamental del capitalismo. Este dato es sin duda una de las grandes innovaciones de la encíclica. Es la primera vez que un documento de este rango afronta con tanta claridad las realidades y categorías del mundo económico capitalista y las justifica desde la ética cristiana» (!).

EPII.OGO PARA CRISTIANOS

Es muy posible que a muchos cristianos, incluso practicantes, las enseñanzas del Papa les parezcan revolucionarias. Quienes así piensen deben recordar que el cristianismo, en cuanto obra que es de Dios, como no podía ser menos, es la religión del amor, que el apóstol san Juan queriéndonos dar la mejor idea del mismo Dios ya nos dijo aquello de Dios es amor. Y siguiendo los caminos del amor no se puede llegar a otras metas que las expuestas por Juan Pablo II.

Recuerden también otro punto fundamental, que es que no hay pecado contra el prójimo que no sea, al mismo tiempo, pecado contra Dios. Por eso la dignidad de la persona humana es el centro de la doctrina de la Iglesia sobre la convivencia humana. Que el trato y consideración del prójimo con la justicia que esa dignidad nos exige es el primer paso de ese amor. Que si realmente amamos al prójimo hay que asumir el deber de hacer uso de las vías más eficaces posible para solventar los problemas que le agobian. No podemos en modo alguno dejar correr las cosas y las situaciones.

Que esas vías requieren, según las posibilidades de cada uno, una encarnación en las clases más humilladas, más desfavorecidas. Y no se olvide que la encarnación cristiana – Jesucristo es el ejemplo- siempre es descendente.

Por el contrario, quienes pretender convencer con la exposición de estas verdades en los ambientes que el lenguaje vindicativo de los marginados suele llamar la «alta suciedad» no pueden pasar, llegando a mucho, de una contemplación impasible de lo que requieren la verdad y la justicia, pero de forma que no se llegue a incitar a la lucha contra la iniquidad del sistema. Ni los centros de estudio que en tales ambientes exponen estas verdades logran más prodigando becas que siempre desclasan hacia arriba (por decirlo de alguna forma) a sus beneficiarios a caballo de su egoísmo y dejando así en la estacada, como suele decirse, a sus anteriores compañeros de clase, lo que no ha servido sino como provocación a la envidia y a los resentimientos. Y es que ciertamente el auditorio no permitiría más a los expositores. De ahí vienen las diversas formas de suavización de la doctrina de la Iglesia y las distintas formas de autocensura de los mismos expositores.

Con certeza han conseguido adhesiones mucho más amplias quienes supieron ponerse al nivel de las gentes más humilladas. Prescindimos ahora de sí eran o no cristianos.

Notas:

(1) No especificar que lo que condena el Papa es el colectivismo marxista induce a creer que se condena todo colectivismo, pero lo cierto es que otros colectivismos (por ejemplo Cooperativas de Producción) han sido elogiados por J. Pablo ll. Esa falta de especificación adquiere particular gravedad cuando repetidamente se corta la frase «colectivismo marxista» suprimiendo en ella el segundo término.

(2) Es sabido cómo preocupa a Juan Pablo II el tema de la realización del hombre en el trabajo. Así decía p.e. a los trabajadores (19-3-94): «El fruto más importante del trabajo es el hombre mismo. Mediante su propia actividad el hombre se forma a sí mismo; descubre sus posibilidades y las hace realidad. Al mismo tiempo las da a los demás y a toda la sociedad. Así confirma, mediante el trabajo, su propia humanidad y, en cierto sentido, se convierte en don para los demás, realizándose plenamente a sí mismo».

(3) Por si alguien no calibra en toda su importancia lo que supone la reducción a medio de la persona humana piénsese que de un medio sólo se requieren dos cosas: a.-Que sea lo más eficaz posible para el fin que se pretende; y b. Que sea también lo menos costoso posible. Por tanto, en el sistema capitalista de producción, que los hombres rindan lo más que se pueda y cuesten lo menos posible. Precisamente en eso consiste la explotación de la persona. Por eso la reducción a la condición dé medio del hombre en la concepción capitalista de la estructura de la empresa es intrinsecamente perversa.

(4) Así quedan fuera los pobres sin ese poder adquisitivo.

(5) En medio de todo el bombardeo de la publicidad y los dispositivos de los grandes.

(6) Recuérdese la famosa fe en la mano invisible.

(7) De nuevo la fe en el ídolo.

(8) ¿Sería capaz esa «ideología radical capitalista» de eliminar con el tiempo una serie de servicios públicos que el estado se ha visto forzado a asumir ante los estragos del mercado libre radical como son la sanidad, pensiones, accidentados, parados, enseñanza algunos controles sobre el poder económico, fiscalidad, etc ?. El Papa dice que el riesgo existe.

Democracia auténtica: economía ética

No hay «demo-cracia» si gobierna el mercado

Adela Cortina
Publicado en Agenda Latinoamericana mundial. «La otra economía». 2013


El fracaso de la economía vigente es palmario. Persisten el hambre, la pobreza y la exclusión, aunque hay medios más que suficientes para erradicarlas. Pero también es evidente la insatisfacción que produce el actual funcionamiento de las democracias, porque ni están al servicio de todas las personas ni los ciudadanos se sienten protagonistas de la vida política.

Es urgente crear otra economía, una economía ética, y dar cuerpo a democracias que respondan con los hechos al nombre que llevan. Para hacerlo no hay que huir de este mundo, sino exigirle que la economía cumpla las tareas por las que dice legitimarse, y que las democracias se conviertan en auténticas democracias. Eso se consigue intentando detectar lúcida y cordialmente las tendencias que es preciso reforzar, sugiriendo desde ellas caminos nuevos, y eliminando las tendencias dañinas.

Es urgente plasmar una economía ética, a la altura de las personas y de la sostenibilidad de la naturaleza. Pero no habrá economía ética sin democracia auténtica. Estos serían algunos de los rasgos que deberían caracterizarlas.

1. Una democracia auténtica

La democracia es la mejor forma de gobierno que hemos descubierto. Según la caracterización más conocida, es «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Lo cual exige, al menos, tres cosas:

1) Que esté al servicio de todos los que componen el pueblo sin exclusiones.
2) Todos los que forman parte de la comunidad política tienen que ser reconocidos como ciudadanos.
3) Los ciudadanos, que son los destinatarios de las leyes, tienen que ser también de alguna manera sus autores.

Por eso es importante que la democracia representativa se complemente y se convierta en deliberativa: la ciudadanía ha de ser ciudadanía activa, que elige representantes, les pide cuentas y participa activamente en la vida política. La ciudadanía activa es un motor de transformación social.

2. ¿Qué es un ciudadano?

Un ciudadano es aquella persona que en una comunidad política es su propia señora, no es sierva y mucho menos esclava. Ha de conquistar su libertad, pero sabe que debe hacerlo trabajando solidariamente con los demás ciudadanos, que son sus iguales en tanto que conciudadanos y en tanto que personas. Por eso los valores esenciales de la ciudadanía activa son la libertad, la igualdad, la solidaridad o la fraternidad y la interdependencia. Esto exige, al menos, crear instituciones que hagan posible encarnar dos dimensiones de la ciudadanía: la social y la económica.

3. Ciudadanía social

Es «ciudadano social» aquella persona que ve respetados sus derechos de primera y segunda generación: libertad de conciencia, expresión, asociación, reunión, desplazamiento y participación; pero también sus derechos económicos, sociales y culturales, como son, entre otros, el derecho al trabajo, a la asistencia sanitaria, a la educación o a la cultura. La ciudadanía social recoge los derechos de la Declaración Universal de Naciones Unidas de 1948, una declaración que compromete a todas las naciones que han firmado los pactos a esforzarse para que se vean protegidos en todos los países de la Tierra. Pero es imposible proteger estos derechos, en el nivel local y global, si quien gobierna no son los ciudadanos a través de sus representantes y de la deliberación pública, sino un mercado financiero, opaco y omnipotente, insensible a los derechos y necesidades de las personas.

Para realizar la democracia auténtica es necesaria otra economía, en que los ciudadanos intervengan. Es necesario hacer posible una ciudadanía económica.

4. Ciudadanía económica

En algún tiempo se decía que las tres grandes preguntas de la economía son: ¿qué se produce, para qué se produce y quién decide lo que se produce? Y ya entonces era una flagrante contradicción afirmar que las personas son iguales en tanto que ciudadanas, pero radicalmente desiguales a la hora de tomar decisiones económicas. Si los afectados por las decisiones económicas nunca son tenidos en cuenta, hay una contradicción entre la ciudadanía política, por la que todos son supuestamente iguales, y la ciudadanía económica, inexistente. Siempre deciden otros qué se produce y para qué, los afectados no son consultados, con lo cual, en ningún lugar de la tierra hay ciudadanos económicos. Parecía que crear las instituciones que hicieran posible la ciudadanía económica era una de las tareas inminentes para el siglo XXI. Sin embargo, este proyecto se complicó todavía más con la financiarización de la economía. Pasamos de una economía productiva a una economía financiera. En ella lo que importa no es quién decide lo que se produce, sino quién decide dónde se invierte para ganar más, aun sin producir bienes y servicios.

Ciudadanos y países pasan a depender de los mercados financieros y de las agencias de rating, y toda posibilidad de ciudadanía económica activa se corta de raíz. Es necesaria otra economía, que tenga por centro a las personas.

5. La meta de la economía: la persona en el centro

La economía no es un mecanismo fatal. Es una actividad humana y, por lo tanto, debe orientarse por unas metas que le dan sentido y legitimidad social. No sólo la política necesita legitimación social, también la necesita la economía.

La meta de una economía legítima consiste en «crear riqueza material e inmaterial para satisfacer las necesidades de las personas y para reforzar sus capacidades básicas de modo que puedan llevar adelante aquellos planes de vida feliz que elijan». La persona tiene que ser el centro y la economía debe colaborar en la tarea de crear buenas sociedades.

6. Los valores de una economía ética

Aunque suele decirse que la economía es una ciencia ajena a los valores morales, que sólo debe preocuparse por la producción eficiente de riqueza, sin atender a su distribución ni tampoco a cómo esa producción afecta a la libertad, la solidaridad y la igualdad de los seres humanos, eso es falso.

Cualquier opción económica potencia unos valores y debilita otros. Una economía legítima tendería a erradicar la pobreza y el hambre, reducir las desigualdades, satisfacer las necesidades básicas, potenciar las capacidades básicas de las personas, reforzar la autoestima, promover la libertad.

7. Los Principios de una Economía Inclusiva

Las personas deben ser el centro de la economía y de la política. Pero las personas no somos individuos aislados, sino seres en relación de reconocimiento mutuo: llegamos a reconocernos como personas porque otras nos han reconocido como personas. La base de la vida social no es el individuo, sino las personas vinculadas entre sí por el reconocimiento recíproco.

Por eso es falso el Principio del Individualismo Posesivo, que dio comienzo al capitalismo y sigue vigente.

Según ese principio, «cada individuo es dueño de sus capacidades y del producto de sus capacidades, sin deber por ello nada a la sociedad». Por el contrario, toda persona es lo que es por su relación con otras, está ligada a las otras personas y, por lo tanto, obligada a ellas. Lo que tiene se debe en muy buena parte a la sociedad, y más en un mundo globalizado. De donde se sigue que los bienes de la tierra son sociales. Y, por lo tanto, tienen que ser globalmente distribuidos. Los principios éticos de la economía ética serían el Reconocimiento de la Igual Dignidad de las Personas, la Apuesta por los más Vulnerables y la Responsabilidad por la Naturaleza, que no permiten exclusión alguna de la vida económica.

8. Consumo justo y felicitante

La desigualdad en las formas de consumo es aterradora entre los países y dentro de ellos. Mientras algunas personas no pueden satisfacer sus necesidades, otras consumen los bienes más sofisticados para satisfacer caprichos y por eso para ellas nunca hay bastante. Una forma de vida humana reclama apostar por un consumo liberador, que no esclavice; por un consumo justo, que tenga en cuenta las necesidades de todos, y por un consumo felicitante, que tenga en cuenta que lo más valioso para conseguir la felicidad es disfrutar de las relaciones humanas. Se hace necesario sellar un Pacto Global sobre el Consumo y potenciar la «ciudadanía del consumidor».

9. Gobernanza global. Ciudadanía cosmopolita

Construir un mundo en el que todas las personas se sientan ciudadanas es el reto político, económico y cultural del siglo XXI. Para ello se hace necesaria una gobernanza global, que haga llegar los beneficios de la globalización a todas las personas. Es ésta una exigencia de justicia.

10. Bienes de justicia y bienes de gratuidad

Pero los bienes de la tierra no son sólo «bienes de justicia», necesidades cuya satisfacción puede reclamarse como un derecho al que corresponde por parte de otros un deber. Quien se sabe cordialmente ligado a otras personas, se sabe también obligado a ellas, le resulta imposible llevar adelante una vida feliz si no es contando con ellas. Hay una creativa economía del don que va más allá del intercambio de equivalentes y abre camino a la gratuidad, que brota de la abundancia del corazón. Sin ella no habrá una economía ética.

Se vende recién nacido

José F. Peláez

Fuente: Magnífico Margarito

Este fin de semana nos despertábamos con una foto con cientos de recién nacidos en Ucrania almacenados como bricks de leche en cunas frías. Con una diferencia: los bricks no lloran. El llanto del recién nacido es insoportable y lo es precisamente para eso, para que no se pueda soportar, para que el que lo oiga deje lo que quiera que esté haciendo y sienta la necesidad imperiosa de cogerlos, de abrazarlos, de darles alimentos y calor y que, así, deje de llorar. Ese llanto es una alarma que pide protección. Es un llanto evolucionista, esa frecuencia llama a Darwin.

No son niños abandonados, no son huérfanos. Son niños ‘producidos’ para ser vendidos, para que vengan unos señores con cara de buenas personas y se los lleven a su casa. Pero claro, debido al coronavirus no han podido ir. Los niños están allí llorando, esperando a que se abran las fronteras y alguien los recoja, como si fueran gabardinas y la vida una tintorería de barrio. Hay mujeres que dan a sus hijos en adopción por no poder criarlos. Hay mujeres que, para no abortar, deciden tener a sus hijos, darles la vida y que sean otros los que los críen. Pero es que esto es otra cosa. Son mujeres que venden a sus hijos como quien vende medio kilo de mortadela con aceitunas. Mujeres que los han abandonado en el almacén y que ni si quiera ante este imprevisto ‘del mercado’ tienen la pulsión de abrazarlos, aunque fuera de modo interino. No aplica Darwin, la frecuencia se vuelve inaudible en la distancia. Se ve que el amor y la dignidad no vienen de serie. Dios santo.

No quiero pensar ahora en esos padres capaces de vender a su hijo, esa es otra columna y otro espacio acotado en el infierno. Yo quiero pensar en el niño que llora en la cuna ucraniana, en el niño que llama a su madre porque no sabe que es un producto y que los productos no lloran. Hay derechos fundamentales y estos son inalienables. La vida es uno de ellos. Que nadie pueda mercantilizar con tu vida parece sensato, no es mucho pedir que no te vendan. Si un proceso de divorcio se articula sobre la base del supremo interés del menor, con más razón se debe proteger ese interés cuando no se trata de un divorcio sino de su propia vida. ¿Alguien ha pensado en ese niño? ¿Por qué se le suspenden los derechos? ¿Bastaría con que una multimillonaria vendiera a su hijo en Kiev para que en el futuro ese niño no pudiera acceder a la herencia que le corresponde legítimamente?

La foto es escalofriante. Lo que la foto oculta, lo es aún más. Que el ser humano es capaz de lo peor, no nos sorprende. Pero que la Unión Europea mire para otro lado en esta trama institucionalizada de compraventa de seres humanos es directamente descorazonador.Muchos de los grandes ilustrados, Locke por ejemplo, defendían la legalidad de la esclavitud en pleno siglo XVIII. Muy poco tienen que enseñarnos ingleses, holandeses y demás países protestantes y negrolegendarios a Castilla, que la abolió en tiempos de Isabel la Católica, trescientos años antes. Hoy todos miramos la esclavitud con vergüenza y a los esclavistas con desprecio. Espero que el futuro nos mire a nosotros con el mismo desprecio por estar permitiendo con nuestro silencio que esos niños lloren como muñecos cuando les ponen pilas nuevas en la mañana de Reyes. Solo les falta el código de barras. Y desgravarse la factura.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 19 de mayo de 2020)

1º de mayo, renta básica y Doctrina Social de la Iglesia, por Luis Argüello

La pandemia COVID-19, con sus consecuencias sanitarias y el confinamiento exigido para evitar su expansión, ha suscitado un reconocimiento unánime del valor del trabajo. Así, se aplaude la entrega del personal sanitario, de quienes trabajan en tiendas, supermercados y farmacias; también Fuerzas Armadas y Policía; personal de limpieza y trabajadores del campo, transportistas, trabajadores de mercados centrales; profesores, periodistas, profesionales de medios de comunicación social; quiosqueros; sacerdotes, trabajadores de servicios sociales y residencias de ancianos; también el teletrabajo y el reparto de lo adquirido online, las reflexiones sobre la situación y las producciones artísticas. Así como la actividad de voluntarios, vecinos, trabajo doméstico, etc. Un extraordinario elogio de la actividad humana en favor del bien común. Un aplauso al trabajo como expresión de la dignidad humana, de la capacidad de servicio, de generación de riqueza —bienes y servicios— y de relación con otros, entretejiendo la vida social.

Resuena la afirmación de la Doctrina Social de la Iglesia: «El trabajo pertenece a la condición originaria del hombre y precede a su caída; no es, por ello, ni un castigo ni una maldición» (CDS 256). Pero también, en estas semanas de vértigo y quietud, millones de personas pierden el trabajo o ven amenazado su empleo, en una situación en la que ya muchos estaban en paro o habían recuperado un trabajo en condiciones precarias después de la crisis.

Ya en 2019 había quien escribía esta reflexión en una intervención pública: «Parecía que la crisis económica estaba superada y se anuncia otra. En realidad, quizá sea la misma: un escenario mundial de lucha —con las viejas reglas de poder y división internacional de funciones, recursos y personas— en el enorme desafío de la cuarta revolución industrial. Si la economía es global, no somos ajenos al hambre de tantos. Experimentamos una gran inquietud por el futuro del trabajo y del Estado del Bienestar. Alguno anuncia que la travesía de la crisis nos conduce a «una nueva normalidad» —este concepto, surgido en el año 2010, lo expuso institucionalmente el entonces presidente del Deutsche Bank, el suizo Josef Ackermann, el 5 de septiembre del 2011. Trabaja, desde entonces, sobre este oxímoron el Foro de Davos que, desde 2016, estudia cómo encauzar la irremediable crisis del Estado del Bienestar con millones de descartados por la revolución tecnológica. El profesor Niño-Becerra, en El crash. Tercera fase, dice: «La nueva normalidad será vivir en una sociedad sesgada, con desempleo estructural, un subempleo elevadísimo y una desigualdad enorme. Solo se compensará con el trinomio social: la renta básica, ocio gratuito y marihuana». Puede parecer una boutade, pero da pistas.

El confinamiento provocado por la COVID-19 paraliza la vida social y económica y acelera muchos procesos ya en marcha: teletrabajo, control de la población, renta básica, transición hacia el modelo económico, social y cultural propiciado por la revolución tecnológica, con un protagonismo grande de la biopolítica: ecología, hombre exponencial e inteligencia artificial, salud y trashumanismo. La pandemia intensificará las inversiones en salud, referencia central del progreso y sustitutivo de la salvación.

El debate sobre la renta a ofrecer para paliar la crisis del Estado del Bienestar y las consecuencias de la 4ª revolución industrial es sin duda importante. La tremenda crisis económica global provocada por la pandemia lo ha transformado en urgente, con el riesgo de sentar unas bases sobre su desarrollo que, movidas por lo urgente, eviten a la sociedad el necesario debate sobre el sentido del trabajo como fuente de riqueza y expresión del protagonismo personal y social en la convivencia y el camino histórico.

La fase actual del capitalismo financiero y tecnológico, liderado por las grandes corporaciones de la información, une su condición tecnocrática en el control de la economía, a una propuesta compasiva y moralista en la cultura y las formas de vida que tiene como finalidad última el poder; éste anula la libre conciencia con el señuelo de ofrecer más y más libertades que no cuestionen el marco de su paradigma tecnocrático y cultural. Desde ese marco es fácil condicionar la política global y nacional. Es un ámbito donde caben propuestas de capitalismo ortodoxo, populismos, ONGs y todos los altavoces de lo políticamente correcto. Hay liberales y socialdemócratas, China y Estados Unidos, espiritualistas y secularistas. Resulta cada vez más difícil utilizar los esquemas decimonónicos de izquierdas y derechas. La realidad del sufrimiento es tozuda y grita, y juzga esta situación histórica como a todas. Surge una tentación: anular el sufrimiento, anulando a los que sufren.

La llamada renta básica ha sido propuesta en los últimos años por economistas de casi todo el espectro ideológico, ya como Renta de Garantía de Ingresos (RGI), llamada por otros Ingreso Mínimo Vital, o como Renta Básica Universal (RBU). Para unos es una forma de sustituir el Estado del Bienestar en el nuevo tiempo, para otros un desarrollo más pleno del Estado social de derecho. Ambas tienen sus complicaciones técnicas y de financiación. Son asuntos en los que no entro, pues no son de mi competencia y pertenecen al ámbito de la genuina libertad en la acción política. Pero sí quiero realizar algunas consideraciones.

La primera es poner siempre delante a los empobrecidos a consecuencia de situaciones personales, familiares o de la injusta situación económica. Su sola existencia reclama cercanía y propuestas. Ahí se sitúa el IMV, que quizá sea siempre necesario, pues pobres siempre caminan a nuestro lado.

El trabajo expresa el ser de la persona en el hacer y ese mismo hacer tiene consecuencias en el ser y su desarrollo. Incorpora al sujeto trabajador a la construcción del común, promociona —empodera, dice la neolengua políticamente correcta— personal y socialmente. Entra en relación con el capital en un coloquio imprescindible para ofrecer en el devenir histórico los bienes y servicios que cada generación precisa. Pero el trabajo tiene una prioridad sobre el capital que no ha de olvidarse al organizar sus relaciones. La retribución del trabajo es el salario, la del capital la renta. Si las llamadas rentas básicas, ya RGI o RBU, no promocionan el trabajo, el riesgo de que el capital que las genera, estatal o privado, explote a muchos y arranque el protagonismo histórico a la mayoría es muy grande. Generar dependencias es un instrumento habitual de dominadores. Todo bien y servicio es hijo del trabajo, no de la renta. Por eso dice el Papa Francisco: «Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos. Quiero que pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo y el acceso universal a esas tres T que ustedes defienden: tierra, techo y trabajo». «El trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre, un bien útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana» (CDS 287).

Por ello, la clave está en generar, con un respeto grande a la realidad, una economía que promocione, para lo cual, quizá sea necesario —en tiempo de pandemia sin duda— un ingreso vital abierto a la promoción y al trabajo digno. Pero no se puede hablar de rentas mínimas sin plantearnos la justificación de las rentas máximas.

En el Día del Trabajo 2020 es conveniente proponer un nuevo pacto social que convoque al mercado, al Estado y a la gratuidad de la sociedad civil; pero no basta, conviene repensar el valor del trabajo, el sentido del progreso, el papel de la familia y los estilos de vida en un programa de gobierno para el bien común. Pero no será posible liberarse de las ataduras del gnosticismo tecnocrático y del pelagianismo moralista, falsamente compasivo, sin una fuerte espiritualidad.

Que san José Obrero interceda por nosotros para impulsar el plan para resucitar como propone el Papa Francisco: Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide «no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo».

Por Luis Argüello, Secretario general de la CEE y obispo auxiliar de Valladolid

Fuente: Revista Ecclesia