¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos?

Fuente: theobjective.com

Autor: Miguel Ángel Quintana Paz

Hace unos meses el joven filósofo Diego S. Garrocho publicó en el diario El Mundo una tribuna notable. Su título, ¿Dónde están los cristianos?, formulaba sin concesiones una preocupación: que en nuestros debates públicos, nuestras redes sociales, nuestras tertulias políticas y discusiones intelectuales, apenas cabe oír voces cristianas que muestren, verbigracia, «el vigor filosófico del Evangelio de Juan, el mérito sapiencial del Eclesiastés o la revolución moral de las epístolas de San Pablo».

«Hagan la lista», sugería Garrocho: «Está la izquierda cultural, el marxismo talmúdico, la socialdemocracia, el populismo de izquierdas, el de derechas, el liberalismo erudito, el de audiolibro, los ecologistas, la izquierda de derechas, la Queer Theory, los conservadores estetizantes, la tardoadolescencia revolucionaria, el extremo centro, los del carné de un partido, los del otro carné… Y está, por supuesto, el catolicismo excesivo y de bandería. Están todos, absolutamente todos en un ejercicio de afinación sinfónica, todos menos la intelectualidad cristiana».

Esta carencia, a juicio de nuestro pensador, él mismo cristiano (y, por tanto, el texto no deja de emanar cierto aire autocrítico), es grave. No siempre fue así: Garrocho recuerda debates recientes en que sí que supieron penetrar autores como el papa Benedicto XVI, o los filósofos Gianni Vattimo y Rémi Brague (todos ellos vivos, aunque ancianos; yo añadiría al recientemente fallecido René Girard). Su artículo concluye, pues, de forma tan punzante como bella: «Nadie ensaya a decir ya, ni tan siquiera como ejercicio intelectual, que a lo mejor es cierto que hay una dignidad singular en los que pierden, los que sufren y los que lloran, porque de ellos será lo que los cristianos reconocen desde hace siglos como el Reino. Así sea como hipótesis merecería la pena decirlo en alto alguna vez. Por pura probabilidad. No vaya a ser cierto».

Garrocho lanza, pues, un llamamiento a hablar más en cristiano. Y uno podría esperar que tal llamamiento chocase sobre todo con quienes se alegran de que el cristianismo quede fuera (o «fuerísima», según moderno superlativo) de nuestras batallas culturales: laicistas, podemia, modernez malasañera, cientificistas… Sin embargo, resulta revelador del estado de nuestra opinión pública que las principales críticas que tal texto ha recibido hayan procedido… de los propios cristianos.

Estos se han sentido (¿hace falta aclararlo, en el mundo de hoy?) ofendiditos con el planteamiento de este joven profesor. Han negado la mayor. No, ¡no es cierto que no haya autores cristianos produciendo pensamientos valiosos! En Twitter se han ocupado y todo de detallarle listas de notables.

Pero no solo Garrocho (a quien tuve la fortuna de conocer hace años en un congreso dedicado a Paul Ricoeur), sino cualquier persona culta conoce bien estos nombres. Lo que denuncia su artículo, pues, no es que no existan. Volvamos al título: lo que se pregunta es más preciso, ¿dónde están? Pues, desde luego, no son nombres que resuenen en nuestros diálogos públicos.

Ante esta evidencia, los críticos con el artículo que estamos comentando contraatacan: “Oh, cierto, pero ¡no es culpa nuestra, cristianos, si no estamos presentes en el mainstream! ¡Es culpa de quienes controlan este! Si nos excluyen, nos silencian, o si simplemente no se nos escucha, ¿qué responsabilidad nos puede caber?”.

Esta queja parece plausible hasta que uno recapacita sobre ella. Que es a lo que me gustaría invitar al amable lector aquí. Porque cabría ver ese lamento como razonable si procediera de algún grupo marginal, pongamos a los mormones o a los adventistas del Séptimo Día. O a los jugadores de bádminton. Todos ellos dependen, por sus escasos recursos, de la voz que les concedan los demás.

Pero ¿de verdad pueden miembros de la Iglesia católica quejarse de que «otros» les acallan? ¿No tiene tal iglesia hoy en España una red de colegios, de universidades, una cadena de radio, una de televisión, editoriales, asociaciones, organizaciones, institutos, congregaciones, edificios, museos… suficientes como para no depender de si «otros» te otorguen o no la palabra? ¿De veras se están empleando estos enormes recursos del modo óptimo que permitiría ir bien pertrechados a la guerra intelectual?

Mi impresión es la contraria. Todos esos talentos se están dilapidando de forma difícilmente perdonable (recordemos la parábola de los ídem). Y parte del problema es que ese desperdicio se ha convertido ya en una inercia que pasa desapercibida a los propios dilapidadores. De ahí que estos reaccionen del modo tan airado en que lo han hecho con el artículo del profesor Garrocho.

¿A qué me refiero cuando hablo de derroche de los recursos con que sí cuenta la Iglesia católica, pero que no se ven reflejados en su impacto intelectual? Empecemos hablando de los medios de comunicación de la Conferencia Episcopal: una de las cadenas radiofónicas más escuchadas del país, Cope, y una televisión con cierta presencia también, Trece TV.

Enciendo mi aparato de radio mientras redacto este artículo: se juega un partido de fútbol, así que los locutores lo narran exaltados, pespunteándolo todo de alguna que otra blasfemia (el término «hostia», no en su significado sacramental de «pieza redonda y delgada de pan ácimo», es la primera que detecto). No me parece algo definitivo (aunque la próxima vez que los obispos se quejen de que un artista o una revista satírica se mofa de su fe, me preguntaré por qué no ponen en su sitio también a sus propios empleados de Cope, por muy millonarios que sean los contratos de estos). Acudo a la parrilla general de esta cadena: ¿qué espacio se presta a debates intelectuales de empaque donde escuchar la voz cristiana? Me percato de la gran labor que Fernando de Haro o Pilar Cisneros realizan en su programa de tarde, algún que otro programa consagrado a asuntos de sacristía… y poco más.

Apago la radio, enciendo la tele, y mi sensación empeora. Trece TV ha decidido, por razones misteriosas, que repetir películas del Oeste antiguas constituye una excelente introducción al pensamiento cristiano actual. Pero no acierto a captar el porqué.

En cuanto Pablo Iglesias Turrión contó con una televisión, pequeña, financiada por la teocracia iraní, comenzó enseguida a producir debates en que exhibir sus ideas extremistas. Y en los que ir contactando con intelectuales afines o netamente adversarios. Debatir, incluso con gente muy contraria a ti, te da visibilidad (y bien que se la acabaron dando las teles de derecha a Iglesias). ¿Ha pensado alguna vez Trece TV en hacer algo tan sencillo como copiarles?

Es más, ¿por qué no inundar su parrilla de programas que expliquen el inmenso legado artístico, literario, musical del cristianismo? ¿Por qué no explicar, en formato audiovisual, las ideas de (por recordar solo los aquí citados) Ratzinger, Brague, Girard? Reconozco que no tengo ni idea de si estos programas resultarían lucrativos en lo económico (no lo descartemos: como bien descubrió Pedro Navaja, aunque tarde, «la vida te da sorpresas»). Lo que es seguro es que esas emisiones resultarían lucrativas en lo intelectual. Y, por cierto, se puede difundir también este tipo de cosas en la radio (no nos hemos olvidado de ti y de tus locutores millonarios, Cadena Cope).

Trasladémonos de la comunicación de masas al mundo educativo. Prosiguiendo la pasión por el fútbol de la Cadena Cope, permítaseme hablar en primer lugar de «la cantera». ¿Salen preparados en el legado cristiano los jóvenes que pasan hasta 10, 12, 15 años en colegios católicos? ¿Conocen al dedillo (¡diez años dan para mucho!) los relatos bíblicos, las metáforas de los evangelios, los personajes del Antiguo Testamento? ¿Saben responder si se les pregunta por las virtudes teologales o, al menos, las cardinales? Mi experiencia, como profesor de Ética, es en este sentido decepcionante. A menudo debo explicar a mis alumnos, educados o no en escuelas cristianas, los protagonistas de nuestra civilización con el mismo detenimiento con que ellos deben explicarme a mí los personajes y aventuras de Harry Potter. Con el detalle, claro está, de que hay que salvar muchas distancias para sopesar siquiera una comparación como esta.

Una y otra vez he de preguntarme, pues, ¿qué han hecho día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año en esos centros educativos? Me repetiré (pero bien sabrá el amable lector que las repeticiones no son ajenas al estilo bíblico): ¡diez, quince años dan para mucho! Me responden algunos alumnos: clases de religión dedicadas a elaborar murales «por la paz». Charlas sobre lo importante que es ser buena persona. ¿Sabíais que es importante ser buena persona? Jesús te ama y la Virgen, también. Más murales con letras de colores en que ponga esto. Hay que ayudar a los pobres. Jesús vivió hace mucho tiempo. Pero te ama. A los pobres también. Hagamos una campaña de recogida de fondos. Por cierto, ¿no sería fantástico acompañarla de un mural?

No tengo nada, naturalmente, en contra de las campañas filantrópicas. (Sobre los murales evitaré, de momento, pronunciarme). Yo también recogía fondos mientras fui escolar, pues conté con la fortuna de que me educara un colegio católico. Pero justo por eso sé que en 10 años (13 en mi caso) da tiempo para aprender muchas más cosas. Soy el primero que disfruta el entusiasmo de un joven de 23 años, que está redescubriendo el valor de su civilización cristiana, cuando escucha por primera vez la ya citada parábola de los talentos. Pero uno añora los tiempos en que esas cosas bíblicas se conocían de sobra a semejante edad, y se podía partir de ellas para reflexionar más allá.

Terminaré hablando del otro extremo de nuestro sistema educativo: las universidades, en este caso las católicas. Son 16 en total, más dos facultades eclesiásticas. Y sin duda todas ellas cuentan con profesores e investigadores de nivel más que apreciable. Pero, de nuevo, ¿consiguen imbricarse en el debate social? ¿Generan discusiones que tengan repercusión fuera de ellas? ¿Introducen asuntos en redes sociales? 16 universidades dan pie a una red de invitaciones mutuas, de lecturas mutuas, de intercambios respectivos, pero ¿logran cada una de ellas entrar en diálogo con visiones cercanas, mas no idénticas por fuerza?

Mi impresión es que aquí ocurre lo contrario que describíamos en niveles educativos inferiores: mientras que en ellos el cristianismo queda a menudo diluido en frases vagas o bellas intenciones (y murales), cosas todas ellas que podría compartir cualquier persona de buena voluntad, en el ámbito universitario el enfoque se vuelve más cristiano, pero también más cerrado. No proliferan conversaciones entre ateos y cristianos en las facultades católicas. O entre cientificistas y humanistas. No son frecuentes los debates tampoco entre visiones contrapuestas de la fe. La moral cristiana no aprovecha para propagarse y demostrar su potencia en lucha intelectiva con otras visiones. Las vibrantes discusiones que caracterizaron la universidad medieval son hoy solo un recuerdo mortecino. Todo se despacha a menudo con un par de jornadas en que unos cuantos amigos repiten entre sí las ideas que ya todos ellos conocen; o algún homenaje simbólico a algún autor de renombre, que rara vez tiene más alumnos entre el público que ponentes invitados.

Seguramente he generalizado (es lo que tienen los análisis generales, como este, de la postergación del cristianismo en nuestra cultura). Seguramente hay alumnos que salen de sus escuelas católicas con una sólida formación desde Abraham a Maritain, desde el Génesis al Apocalipsis. Seguramente hay actos donde universidades eclesiásticas o religiosas se confrontan con los retos (y los intelectuales) de nuestro tiempo. Probablemente hay tardes en que Trece TV no emite un western.

Todo eso puede ser verdad y, aun así, la pregunta de Diego S. Garrocho con que iniciamos este artículo seguiría siendo pertinente. Así al menos la he visto yo; y un buen modo de mostrar que Diego y yo nos equivocamos sería que radios, televisiones, colegios, universidades, institutos, editoriales, museos católicos recogieran este guante. No como lo recoge una damisela ofendida; sino como un reto para batirse en duelo intelectual. Para demostrarnos a nosotros, a todos, que el cristianismo, dos mil años después, sigue aprovechando cualquier ocasión para ponerse de actualidad. Al igual Jesús, también él, aprovechó el mero hecho de sentir sed junto a un pozo de Samaria para pegar la hebra.

Un famoso artículo de lectura obligada: por qué nuestro futuro depende de la lectura y la imaginación

Publicado por Javier Escribano en La voz del muro


Neil Gaiman, conocido autor de libros, cómics y cuentos del género fantástico (The Sandman, American Gods…) impartió en la Reading Agency de Londres, en 2013, una charla que se quedó en mucho más que una reflexión vaga…

Si tienes amigos matemáticos que te preguntan por qué leer ficción, dales este texto. Si tienes amigos que te convencen de que pronto todos los libros se convertirán en electrónicos, dales este texto. Si recuerda con calidez (o con horror) la nostalgia de ir a la biblioteca, lee este texto. Si tus hijos están creciendo, lee este texto con ellos, y si solo estás pensando qué y cómo leer con los niños, lee este texto.

Lo que sigue es una traducción editada de la charla, que puedes leer íntegra en The Guardian:


Es importante que la gente admita si tiene intereses. Yo voy a hablaros de la lectura, os voy a sugerir leer ficción, y os hablo de por qué las bibliotecas son importantes. Esto es una súplica apasionada para que la gente entienda lo que de verdad son las bibliotecas y bibliotecarios, y por qué debemos preservarlos.

Y tengo mis intereses, obviamente: soy un autor, normalmente de ficción. Escribo para niños y adultos. Durante 30 años me he ganado la vida con las palabras, generalmente inventándome cosas y escribiéndolas. Obviamente me interesa que la gente lea, que las bibliotecas existan y que se expanda el amor por la lectura.

Por eso soy parcial como escritor. Pero soy mucho, mucho más parcial como lector.

Estando en Nueva York, oí hablar sobre la construcción de las cárceles privadas (un industria en alza en Estados Unidos). Necesitan planificar su crecimiento, cosas como cuántas celdas necesitarán o cuántos prisioneros tendrán de aquí a 15 años. Y se dieron cuenta que podían predecirlo muy fácilmente, con un simple algoritmo, basado en el porcentaje de niños de 10 y 11 años que no podían leer. Y mucho menos leer por placer.

No es una escala 1:1, no puedes decir que una sociedad culta no tiene criminalidad. Pero hay correlaciones reales. Y una de esas, la más simple, es que la gente culta lee ficción.

Las personas cultas leen ficción (y cómo hacer que la lean tus hijos)

La ficción tiene dos propósitos

Lo primero, es una puerta de entrada a la lectura

El deseo de saber qué ocurre después, de pasar la página, la necesidad de seguir leyendo incluso aunque sea duro, porque alguien tiene problemas y tienes que saber cómo va a terminar… es un deseo muy real. Descubres que leer, por sí mismo, es placentero.

Una vez que lo aprendes, ya estás listo para leer cualquier cosa. Y leer es la clave. Se hablaba hace unos años sobre la idea de que vivíamos en un mundo post-literario, en el que la habilidad de crear sentido con la palabra escrita era algo redundante, pero esos días pasaron. Las palabras son más importantes que nunca.

La forma más fácil de asegurarnos de que criamos a niños cultos es enseñándoles a leer, y mostrarles que es una actividad placentera. Y es tan sencillo como darles libros que disfruten.

No creo que haya libro infantil malo. De vez en cuando algunos adultos han declarado que autores de libros infantiles, como Enid Blyton o RL Stine, son malos; o que los cómics fomentan la incultura. Son tonterías. Si hay un niño al que le interese, el autor no es malo, pues cada niño es diferente. Una idea trillada y tópica no lo es para ellos. Es la primera vez que se la ha encontrado.

No desanimemos a los niños porque creemos que están leyendo ficción mala: la ficción que no te gusta es un camino a encontrar otros libros. Y no todos tienen los mismos gustos. Adultos bienintencionados pueden destruir fácilmente el amor de la lectura por los libros: si le quitas lo que les gusta y les das libros «dignos pero aburridos», acabarás con una generación convencida de que leer es desagradable.

Tenemos que hacer que los niños se suban a la escalera de lectura: cualquier cosa que lean les hará subir peldaño a peldaño (pero no hagáis como yo, que traumaticé a mi hija de 11 años, aficionada a RL Stine, con una copia de Carrie. Aún me fulmina con la mirada cuando escucha el nombre de Stephen King).

La segunda cosa que hace la ficción es generar empatía.

Cuando ves una serie o una película, estás viendo cosas que le pasan a otras personas. La prosa es algo que construyes con solo 26 letras y algunos signos de puntuación, y tú, solo tú, usando la información, creas un mundo a través de tus ojos. Llegas a sentir y ver cosas que no podría de otra forma. Pasas a ser otra persona, y cuando regresas a tu mundo, algo en ti ha cambiado. La empatía es una herramienta que nos permite funcionar como algo más que individuos centrados en sí mismo.

Leer también te enseña otra cosa importantísima de cara a abrirte camino en el mundo: las cosas no tienen por qué ser siempre así, pueden ser diferentes.

En 2007 estuve en una convención de ciencia-ficción y fantasía en China. Ese género había estado desacreditado en el país durante mucho tiempo, así que le pregunté a uno de los organizadores qué había cambiado. «Es simple», me dijo. Los chinos eran brillantes haciendo cosas si otras personas les daban las instrucciones. Pero no innovaban, no creaban. Así que mandaron una delegación a EE UU, a Apple, Microsoft, Google, y hablaron con la gente que estaba inventando el futuro. Resultó que todos ellos habían leído ciencia ficción de pequeños.

La ficción puede mostrarte un mundo diferente. Una vez que has visitado otros mundos, nunca más puedes estar plenamente satisfecho del mundo en el que creciste. La insatisfacción es algo positivo, pues hace que la gente quiera cambiar y mejorar mundo.

Y ya que estamos, quisiera decir algo sobre el escapismo. He escuchado el término como algo peyorativo, como si la ficción «escapista» fuese un opio barato, y que la única ficción que merece la pena, tanto para adultos como para niños, es aquella que refleja lo peor del mundo en el que vive el lector.

Si estuvieras atrapado en una situación difícil, en un lugar desagradable, con gente que te quiere hacer daño, y alguien te ofreciese un escape temporal, ¿por qué no lo aceptarías? La ficción escapista te da justo eso, te abre la puerta a un lugar en el que tienes el control absoluto, con gente con la que quieres estar (y no lo dudéis, los libros son lugares reales). Y lo más importante, en tu escape, los libros te dan conocimiento sobre el mundo, te dan armas y armaduras: conocimiento y habilidades que puedes usar cuando regreses a tu prisión.

Como dijo JRR Tolkien, los únicos que se oponen al escapismo son los carceleros.

El papel de las bibliotecas y por qué debemos protegerlas

Otra cosa que destroza la pasión de un niño por la lectura es cuando no tienen ningún libro alrededor. Yo tuve suerte: había una excelente biblioteca local donde crecí. Tenía la clase de padres que podías persuadir para que me dejaran en la biblioteca de camino al trabajo durante las vacaciones, y la clase de bibliotecarios que no les importaba recibir todos los días a un niño pequeño y solo, buscando libros con fantasmas, magia o cohetes, buscando vampiros, detectives o brujas. Y cuando me terminé la sección infantil empecé con la de adultos.

Eran buenos bibliotecarios, les gustaban los libros y que los libros fueran leídos. No mostraban ningún esnobismo por las cosas que leían, sencillamente les gustaba que ahí estuviese este niño ojiplático al que le encantaba leer, y al que podías hablarle de libros o darle recomendaciones. Me trataron como a cualquier otro lector, ni más ni menos, algo a lo que no estaba acostumbrado con ocho años.

Las bibliotecas son sinónimo de libertad. Libertad de leer, de pensar, de comunicar. Son sinónimo de educación (el cual no es un proceso que se termina el día que sales del colegio o la universidad), de entretenimiento,de crear refugios, y también de acceder a la información.

Me preocupa que el siglo XXI la gente no entienda para qué están las bibliotecas y su propósito. Si piensas en las bibliotecas como una estantería de libros, quizá te parezca anticuado en un mundo en el que casi todos (pero no todos) los libros existen en en formato digital. Pero eso sería verlo de forma equivocada.

Durante toda la historia de la humanidad, hemos tenido escasez de información, y tener acceso a ella tenía un gran valor: cuándo plantar los cultivos, dónde encontrar cosas, mapas e historias…

En los últimos años, hemos pasado de una economía con escasez de información a una inundada por su exceso. Según Eric Schmidt de Google, cada dos días la raza humana crea la misma cantidad de información que la que había desde el origen de la civilización hasta 2003. El desafío ha pasado de buscar el único brote del desierto a buscar una planta específica en la jungla. Necesitamos ayuda al navegar entre tanta información para encontrar lo que necesitamos.

Los libros son solo la punta del iceberg de lo que ofrecen las bibliotecas. También son lugares para que gente que quizá no tenga ordenadores pueda acceder a internet sin pagar, algo muy importante para, por ejemplo, buscar trabajo. Los bibliotecarios pueden ayudar a esa gente a navegar por el mundo.

Protegiendo las bibliotecas, protegemos nuestro futuro

No creo que todos los libros deban migrar a las pantallas. Como dijo Douglas Adams muchos años antes de la llegada del Kindle, un libro en papel es como un tiburón. Los tiburones son antiguos, están desde antes de los dinosaurios, y la razón por la que sigan aquí es porque los tiburones son los mejores siendo tiburones que cualquier otra animal. Los libros son sólidos, resistentes, encajan bien en tu mano: son mejores siendo libros que cualquier otra cosa, y siempre tendrán su lugar.

Las bibliotecas son las puertas del futuro. Por eso es triste que, por todo el mundo, las autoridades vean la oportunidad de ahorrar dinero cerrando bibliotecas, sin darse cuenta de que están robando del futuro para pagar hoy. Están cerrando las puertas que deberían estar abriendo.

Según un estudio, Inglaterra es el único país donde el segmento de edad más avanzada tiene más competencias en números y letras que los más jóvenes, habiendo considerado otros factores como el género o condiciones socioeconómicas.

En otras palabras: nuestros hijos y nietos son menos cultos que nosotros. Tienen menos habilidad para moverse por el mundo, para resolver problemas, se les puede mentir más fácilmente, serán más incapaces de cambiar el mundo.

Memorias de la fragilidad

Irene Vallejo
Publicado en El País


Habíamos olvidado que la vida siempre ha estado en peligro. Hemos vivido la amnesia de los afortunados gracias al progreso de la medicina. Ahora es preciso fortalecer la salud, la investigación y la ciencia.

Cuántas veces, antes de nacer, nuestras vidas estuvieron en peligro. Los zarpazos de la epidemia han amenazado siempre el fino hilo del futuro. En el pueblo de la infancia de mi abuelo, todas las mujeres embarazadas murieron en los años de la letal gripe española, menos su madre, que misteriosamente sobrevivió durante aquellos meses de terror, y pudo dar a luz. Mis padres eran niños cuando la polio se extendió dejando en sus colegios una estela de pupitres vacíos y huecos en las fotos familiares. Una brizna de mala suerte, y todos sus descendientes habríamos quedado borrados. Nosotros, los vivos, somos victorias frente a la fragilidad.

Muchos habíamos olvidado esa fragilidad, junto con las historias en sepia de nuestros padres y abuelos. La nuestra era la amnesia de los afortunados. El progreso de la medicina ha sido tan prodigioso en unas pocas generaciones que a nosotros una vida larga y sana nos parecía —nos sigue pareciendo— lo habitual. Hemos dejado de asombrarnos ante un éxito que, en esta parte del mundo, se ha disfrazado de normalidad. Casi nadie, a lo largo de la historia, había podido permitirse el lujo de ese olvido nuestro. En La favorita, el cineasta griego Yorgos Lanthimos resume la vulnerabilidad humana en una perturbadora imagen. La protagonista de la historia, la reina Ana de Inglaterra, cuida y acaricia en su dormitorio a 17 conejos blancos, uno por cada hijo que murió antes de llegar a la edad adulta. Si una reina a las puertas del siglo XVIII, protegida por el lujo de su palacio, sus médicos y sus riquezas, criaba esa blanca camada de duelo, no cuesta imaginar cómo serían las existencias más precarias. Fiebres, un parto, una diarrea, una coz de un caballo en el pecho, y un rápido fundido en negro. Así era el mundo de antaño, así es todavía hoy en demasiados lugares.

Nuestros cuerpos están fabricados de materiales delicados; como escribió el poeta griego Píndaro, somos la sombra de un sueño. Una larga esperanza de vida no es un dato de la naturaleza, es un avance inaudito del cuidado. Quienes nos cuidan han conseguido logros más y más extraordinarios durante los últimos siglos; mientras, nosotros nos hemos habituado a los éxitos como a la monotonía de un paisaje conocido. Cuando en 1955 se anunció en Estados Unidos la vacuna contra la poliomielitis, sonaron las campanas, se cerraron las escuelas, dieron día libre en el trabajo, la gente brindaba, acudía a las iglesias, sonreía y abrazaba a los desconocidos. Cuando mis padres eran niños, les daban a leer biografías en viñetas de Louis Pasteur, Marie Curie y otros científicos que revolucionaron las formas de vivir y morir. En los últimos años, otros ídolos atrajeron los aplausos, las miradas se volvieron desatentas, los héroes infantiles se quitaron la bata blanca. Los trabajos del cuidado quedaron en la penumbra de las noticias, del interés y la conversación pública, mientras nos suministraban suculentas y rentables dosis de un falso ideal de dorado individualismo, de fuerza, de victoriosa soledad.

La pandemia ha hecho añicos el espejismo y hemos vuelto a verles las orejas a los conejos blancos de la fragilidad. De pronto, los cuidados han abandonado el sótano de las telarañas y se han convertido en el eje de todas las decisiones. Al parecer, ha sido preciso que todo se trastoque y perdamos la cabeza para volver a pensar sensatamente. Otra vez hemos tomado conciencia del valor de la atención y el conocimiento, colocamos de nuevo nuestra esperanza en los expertos del cuidado. Ojalá no enmudezca la memoria de los balcones.

Esos expertos saben bien que atender a los que sufren nos enfrenta a un constante dilema: cuántos sacrificios asumimos para salvar a los demás. A lo largo de la historia, en las recurrentes epidemias que desde tiempos remotos han acechado a la humanidad, la disyuntiva reaparece una y otra vez, retándonos a conjugar los terrores de los sanos y de los enfermos. Hasta hace relativamente poco tiempo, se solía condenar con tablas clavadas las puertas y las ventanas de las casas donde se detectaba la presencia de contagiados y, en el mejor de los casos, les lanzaban alimentos separando las tejas del tejado. Hubo islas donde se abandonaba a su suerte a los infectados en tiempos de peste; Jack London escribió un fascinante relato sobre la rebelión de un leproso destinado a Molokai, cárcel para enfermos en el paraíso de las islas Hawái. En el pasado no era infrecuente aplicar ese apartheid despiadado. Nosotros, en cambio, hemos optado por confinarnos todos los sanos para proteger a los más vulnerables y, aunque parezca una paradoja, aislados somos más que nunca una comunidad. En ese dilema —trágico— hemos tomado una decisión que contradice la apología de la eficacia y la idolatría del éxito imperante en las últimas décadas. Queremos proteger a los más frágiles, con todas nuestras fuerzas, pagando el alto precio que exigirá el futuro. Hemos apostado sin titubeos por los cuidados.

Hace 25 siglos, Sófocles se preguntó en una tragedia cómo actuar ante el dolor ajeno. No es fácil vivir enfermo, pero tampoco lo es vivir con un enfermo. Filoctetes, que da nombre a la obra, es un combatiente griego en el asedio a la ciudad de Troya. Cierto día, una flecha envenenada le provoca una terrible herida en la pierna. Hartos del insoportable hedor que desprende Filoctetes, de sus gritos y quejas, sus propios compañeros deciden abandonarlo en una isla desierta con su arco mágico, que nunca yerra el tiro, para que pueda alimentarse de la caza. Durante 10 años sobrevive en soledad, oyendo el estruendo de las olas que rugen en los acantilados, sin que nadie lo atienda ni se preocupe por él. Transcurrida esa década, una profecía revela a los griegos que solo podrán ganar la guerra gracias al arco de Filoctetes. Ulises y el hijo de Aquiles se embarcan en busca del hombre al que desahuciaron cuando creyeron que era prescindible. En la isla se hacen patentes las consecuencias del abandono sobre los que lo decidieron y sobre el que lo sufrió. Filoctetes les dirige unas palabras con resonancias actuales: “Atrévete. Sálvame”. Sé osado, arriésgate a cuidar del débil, porque eso te hará más fuerte.

Filoctetes es una tragedia singular porque alberga un final feliz. En esta obra los personajes sufren para llegar a aprender que toda armonía es siempre el resultado de una fuerte tensión. Sófocles creía que es posible reconciliar el miedo y la comprensión, la autoridad y la libertad, la costosa protección al frágil con la solidez moral del futuro, y por eso este texto queda abierto al optimismo. Estas enseñanzas del pasado forman ya parte de nuestra mejor tradición humanista. El futuro, ese país desconocido, necesita fortalecer la salud, la investigación y la ciencia. Sin olvidar esa red tejida de relatos e historias, ideas y reflexiones, imágenes y canciones que nos han transmitido el valor incalculable de la fragilidad, la mejor herencia de nuestros mayores. Esas mismas historias que, en tiempos de encierro, nos han aliviado dialogando con nuestras sombras y sueños. El conocimiento, la ciencia y la cultura son cadenas frágiles, tan frágiles como nosotros mismos. No volvamos a descuidar los cuidados.

Democracia auténtica: economía ética

No hay «demo-cracia» si gobierna el mercado

Adela Cortina
Publicado en Agenda Latinoamericana mundial. «La otra economía». 2013


El fracaso de la economía vigente es palmario. Persisten el hambre, la pobreza y la exclusión, aunque hay medios más que suficientes para erradicarlas. Pero también es evidente la insatisfacción que produce el actual funcionamiento de las democracias, porque ni están al servicio de todas las personas ni los ciudadanos se sienten protagonistas de la vida política.

Es urgente crear otra economía, una economía ética, y dar cuerpo a democracias que respondan con los hechos al nombre que llevan. Para hacerlo no hay que huir de este mundo, sino exigirle que la economía cumpla las tareas por las que dice legitimarse, y que las democracias se conviertan en auténticas democracias. Eso se consigue intentando detectar lúcida y cordialmente las tendencias que es preciso reforzar, sugiriendo desde ellas caminos nuevos, y eliminando las tendencias dañinas.

Es urgente plasmar una economía ética, a la altura de las personas y de la sostenibilidad de la naturaleza. Pero no habrá economía ética sin democracia auténtica. Estos serían algunos de los rasgos que deberían caracterizarlas.

1. Una democracia auténtica

La democracia es la mejor forma de gobierno que hemos descubierto. Según la caracterización más conocida, es «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Lo cual exige, al menos, tres cosas:

1) Que esté al servicio de todos los que componen el pueblo sin exclusiones.
2) Todos los que forman parte de la comunidad política tienen que ser reconocidos como ciudadanos.
3) Los ciudadanos, que son los destinatarios de las leyes, tienen que ser también de alguna manera sus autores.

Por eso es importante que la democracia representativa se complemente y se convierta en deliberativa: la ciudadanía ha de ser ciudadanía activa, que elige representantes, les pide cuentas y participa activamente en la vida política. La ciudadanía activa es un motor de transformación social.

2. ¿Qué es un ciudadano?

Un ciudadano es aquella persona que en una comunidad política es su propia señora, no es sierva y mucho menos esclava. Ha de conquistar su libertad, pero sabe que debe hacerlo trabajando solidariamente con los demás ciudadanos, que son sus iguales en tanto que conciudadanos y en tanto que personas. Por eso los valores esenciales de la ciudadanía activa son la libertad, la igualdad, la solidaridad o la fraternidad y la interdependencia. Esto exige, al menos, crear instituciones que hagan posible encarnar dos dimensiones de la ciudadanía: la social y la económica.

3. Ciudadanía social

Es «ciudadano social» aquella persona que ve respetados sus derechos de primera y segunda generación: libertad de conciencia, expresión, asociación, reunión, desplazamiento y participación; pero también sus derechos económicos, sociales y culturales, como son, entre otros, el derecho al trabajo, a la asistencia sanitaria, a la educación o a la cultura. La ciudadanía social recoge los derechos de la Declaración Universal de Naciones Unidas de 1948, una declaración que compromete a todas las naciones que han firmado los pactos a esforzarse para que se vean protegidos en todos los países de la Tierra. Pero es imposible proteger estos derechos, en el nivel local y global, si quien gobierna no son los ciudadanos a través de sus representantes y de la deliberación pública, sino un mercado financiero, opaco y omnipotente, insensible a los derechos y necesidades de las personas.

Para realizar la democracia auténtica es necesaria otra economía, en que los ciudadanos intervengan. Es necesario hacer posible una ciudadanía económica.

4. Ciudadanía económica

En algún tiempo se decía que las tres grandes preguntas de la economía son: ¿qué se produce, para qué se produce y quién decide lo que se produce? Y ya entonces era una flagrante contradicción afirmar que las personas son iguales en tanto que ciudadanas, pero radicalmente desiguales a la hora de tomar decisiones económicas. Si los afectados por las decisiones económicas nunca son tenidos en cuenta, hay una contradicción entre la ciudadanía política, por la que todos son supuestamente iguales, y la ciudadanía económica, inexistente. Siempre deciden otros qué se produce y para qué, los afectados no son consultados, con lo cual, en ningún lugar de la tierra hay ciudadanos económicos. Parecía que crear las instituciones que hicieran posible la ciudadanía económica era una de las tareas inminentes para el siglo XXI. Sin embargo, este proyecto se complicó todavía más con la financiarización de la economía. Pasamos de una economía productiva a una economía financiera. En ella lo que importa no es quién decide lo que se produce, sino quién decide dónde se invierte para ganar más, aun sin producir bienes y servicios.

Ciudadanos y países pasan a depender de los mercados financieros y de las agencias de rating, y toda posibilidad de ciudadanía económica activa se corta de raíz. Es necesaria otra economía, que tenga por centro a las personas.

5. La meta de la economía: la persona en el centro

La economía no es un mecanismo fatal. Es una actividad humana y, por lo tanto, debe orientarse por unas metas que le dan sentido y legitimidad social. No sólo la política necesita legitimación social, también la necesita la economía.

La meta de una economía legítima consiste en «crear riqueza material e inmaterial para satisfacer las necesidades de las personas y para reforzar sus capacidades básicas de modo que puedan llevar adelante aquellos planes de vida feliz que elijan». La persona tiene que ser el centro y la economía debe colaborar en la tarea de crear buenas sociedades.

6. Los valores de una economía ética

Aunque suele decirse que la economía es una ciencia ajena a los valores morales, que sólo debe preocuparse por la producción eficiente de riqueza, sin atender a su distribución ni tampoco a cómo esa producción afecta a la libertad, la solidaridad y la igualdad de los seres humanos, eso es falso.

Cualquier opción económica potencia unos valores y debilita otros. Una economía legítima tendería a erradicar la pobreza y el hambre, reducir las desigualdades, satisfacer las necesidades básicas, potenciar las capacidades básicas de las personas, reforzar la autoestima, promover la libertad.

7. Los Principios de una Economía Inclusiva

Las personas deben ser el centro de la economía y de la política. Pero las personas no somos individuos aislados, sino seres en relación de reconocimiento mutuo: llegamos a reconocernos como personas porque otras nos han reconocido como personas. La base de la vida social no es el individuo, sino las personas vinculadas entre sí por el reconocimiento recíproco.

Por eso es falso el Principio del Individualismo Posesivo, que dio comienzo al capitalismo y sigue vigente.

Según ese principio, «cada individuo es dueño de sus capacidades y del producto de sus capacidades, sin deber por ello nada a la sociedad». Por el contrario, toda persona es lo que es por su relación con otras, está ligada a las otras personas y, por lo tanto, obligada a ellas. Lo que tiene se debe en muy buena parte a la sociedad, y más en un mundo globalizado. De donde se sigue que los bienes de la tierra son sociales. Y, por lo tanto, tienen que ser globalmente distribuidos. Los principios éticos de la economía ética serían el Reconocimiento de la Igual Dignidad de las Personas, la Apuesta por los más Vulnerables y la Responsabilidad por la Naturaleza, que no permiten exclusión alguna de la vida económica.

8. Consumo justo y felicitante

La desigualdad en las formas de consumo es aterradora entre los países y dentro de ellos. Mientras algunas personas no pueden satisfacer sus necesidades, otras consumen los bienes más sofisticados para satisfacer caprichos y por eso para ellas nunca hay bastante. Una forma de vida humana reclama apostar por un consumo liberador, que no esclavice; por un consumo justo, que tenga en cuenta las necesidades de todos, y por un consumo felicitante, que tenga en cuenta que lo más valioso para conseguir la felicidad es disfrutar de las relaciones humanas. Se hace necesario sellar un Pacto Global sobre el Consumo y potenciar la «ciudadanía del consumidor».

9. Gobernanza global. Ciudadanía cosmopolita

Construir un mundo en el que todas las personas se sientan ciudadanas es el reto político, económico y cultural del siglo XXI. Para ello se hace necesaria una gobernanza global, que haga llegar los beneficios de la globalización a todas las personas. Es ésta una exigencia de justicia.

10. Bienes de justicia y bienes de gratuidad

Pero los bienes de la tierra no son sólo «bienes de justicia», necesidades cuya satisfacción puede reclamarse como un derecho al que corresponde por parte de otros un deber. Quien se sabe cordialmente ligado a otras personas, se sabe también obligado a ellas, le resulta imposible llevar adelante una vida feliz si no es contando con ellas. Hay una creativa economía del don que va más allá del intercambio de equivalentes y abre camino a la gratuidad, que brota de la abundancia del corazón. Sin ella no habrá una economía ética.

La pobreza y la exclusión social son los mayores factores de riesgo de la Covid-19

La pobreza es un factor de riesgo determinante en la propagación y mortalidad del coronavirus. Las clases socioeconómicas más desfavorecidas se encuentran más expuestas incluso en España, que cuenta con un fuerte sistema sanitario público. La cuestión es estructural. Las consecuencias más graves del covid-19 se desarrollaron en los pacientes con patologías previas, que se desarrollan con mayor frecuencia en los pacientes de bajos recursos. Un tercio de aquellos que tienen los ingresos más bajos presentan dos o más afecciones crónicas, mientras que esa cantidad de afecciones sólo se observa en la cuarta parte de los que tienen las rentas más altas, según el informe 'Salud de un vistazo 2019' de la OECD.

«Las enfermedades crónicas son más frecuentes en hogares de renta baja que alta, y en este caso de coronavirus incide en una mayor mortalidad», afirma Liliana Marcos, investigadora de Políticas Públicas y Desigualdad de Oxfam Intermón. Entre estas enfermedades que se prolongan más de seis meses destacan la diabetes y las coronarias. En cuanto a la evidencia científica, un estudio realizado por el Hospital de La Paz y la Universidad Autónoma de Madrid concluye que la mortalidad por causas cardiovasculares tiene correlación con la riqueza. A menos renta de una región, más casos letales por episodios cardíacos y menor disminución de su letalidad con el paso del tiempo, en comparación con otras de mayores recursos.

 

RENTAS ALTAS:

  1. Menos enfermedades crónicas:
    Una cuarta parte padece dos o más patologías.
  2. Empleos con teletrabajo:
    Mejores trabajos con modificación de horarios.
  3. Movilidad en coche particular:
    El contagio es nulo en los desplazamientos.
  4. Viviendas con más metros cuadrados:
    Se puede practicar la distancia social.
  5. Un hogar por núcleo familiar:
    Los padres viven sólo con sus hijos menores y los abuelos tienen su propio domicilio.
  6. Pueden almacenar más cantidades de alimentos:
    Más capacidad de refrigeración.
  7. Segundas residencias en lugares con menos contagio:
    Antes o durante el confinamiento se han ido de las ciudades más afectadas.

RENTAS BAJAS:

  1. Sufren más enfermedades crónicas:
    Un tercio padece dos o más patologías.
  2. Empleos de cara al público o presenciales:
    Trabajos precarios como la construcción o domésticos.
  3. Usuarios de transporte público:
    Recorren grandes distancias en bus, metro o tren.
  4. Menos espacio en casa para mantener las distancias:
    Hay hacinamiento.
  5. Viven con los abuelos:
    Las familias comparten vivienda tres generaciones.
  6. Van con frecuencia al supermercado:
    No tienen mucha capacidad de refrigerar ni disponen de dinero.
  7. Barrios con mayor densidad de población:
    Las zonas populares tienen más domicilios y menos parques.

En España, así como la percepción de salud disminuye con los años, también cae en picado según la situación laboral, señala la más reciente Encuesta Nacional de Salud, con casi diez puntos de diferencia con respecto a los desempleados. «A medida que se desciende en la clase social, disminuye la valoración positiva del estado de salud» hasta un 20%, señala el INE.

«La renta 'per capita' es la variable que más influye en los factores determinantes de la salud», asegura Julio Villalobos, investigador de la Universidad Abierta de Cataluña (UOC) y director de su máster de Gestión de Salud. «En España hay un nicho de pobreza importante y se está poniendo de manifiesto con la crisis del coronavirus. La salud es más que curar enfermedades, porque es bienestar físico, psíquico y social, y el 80% depende de los estilos de vida y los factores socioeconómicos». Con la crisis sanitaria todavía lejos de remitir, no se han publicado conclusiones específicas sobre la relación entre la pobreza y la pandemia. En Estados Unidos, por ejemplo, se ha vinculado la situación socioeconómica con el origen de la población, hispana o afroamericana, para avanzar el impacto diferente en las clases sociales.

Fractura social

En España las cifras de contagio o mortalidad por comunidades autónomas o por distritos son inexactas para determinar correlaciones directas entre el 'rich-poor gap', como se denomina al factor económico sanitario, y la Covid-19. Los datos podrían estar distorsionados por la existencia de un foco de infección, como las residencias de mayores, en una zona; o por haber en una misma demarcación rentas altas y bajas. Por ejemplo, las regiones con mayores recursos han sido las más atacadas: Barcelona, Bilbao y Madrid, pero allí también existe una mayor desigualdad entre sus pobladores. En el último caso, yendo por barrios, la incidencia en Vallecas es similar a la de Chamberí por cada 100.000 habitantes e inferior a la de Retiro. Frente a la anomalía de Leganés con más de 700 contagiados por cada 100.000, el resto de la periferia, como Getafe, tiene entre 101-200 casos por cada 100.000 personas.

Los factores determinantes de la salud también mejoran entre los de clases sociales más altas, según los datos oficiales: mejoran «en los grupos de posición socioeconómica más favorecida», indica la Encuesta Nacional de Salud. «Mejora el tabaquismo, se reduce el consumo de alcohol, aumenta la actividad física, la lactancia natural y el consumo de fruta». Lo que se suele reducir a «tabaco, dieta y ejercicio» influye en la aparición o tratamiento de las enfermedades crónicas. «A los estilos de vida se les atribuye el 30% de la salud», sostiene Villalobos.

Cuando la crisis sanitaria se convierta en una crisis económica, algo que ya se da por hecho con una caída pronunciada del PIB español, la incidencia del coronavirus seguirá mordiéndose la cola, con un efecto de retroalimentación que generará más población vulnerable, por patologías previas o por imposibilidad de cumplir con el aislamiento preventivo. «Cuando desaparezca la epidemia va a haber un segundo momento con consecuencias sociales», aseguraFrancisco Lorenzo, director de Acción Social de Cáritas. «La desigualdad puede aumentar».

¿Puede ocurrir una fractura social? «España no es un país que se fracture fácilmente en términos violentos, porque la familia ha jugado un papel crucial de pegamento social», dice Lorenzo. «Pero hay que entender que los servicios públicos son los auténticos garantes de los derechos. No sólo la sanidad, también la educación o la vivienda». La pobreza severa afecta a 4,2 millones de personas en España, calcula Oxfam, y la brecha económica podría repercutir en los servicios sanitarios, como ocurrió en 2008, y desproteger a la población en situación de exclusión social.

A menor ingreso familiar,más riesgo de contagio

Los ingresos familiares determinan las posibilidades de seguir las medidas de seguridad recomendadas por las autoridades sanitarias, como la distancia social o el confinamiento. «No hablamos de un único rostro», expone Francisco Lorenzo, director de Acción Social de Cáritas. «Por pobreza hay personas que viven en hogares hacinados, pequeños y con situaciones de insalubridad o poca higiene. Con problemas de relación entre ellos, de alcoholismo o de violencia. personas que están en una olla a presión».

En el microcosmos demográfico la rapidez de contagio se puede inferir por «lógica», pues «la pobreza hace imposible seguir las medidas de prevención en familias de menor renta», advierte Liliana Marcos, investigadora de Políticas Públicas de Intermón Oxfam, ONG que estima que la tasa de hacinamiento es más del doble en el 10% más pobre de la población con respecto al promedio. «En los hogares de renta baja se vive con los abuelos, están más expuestos y no pueden mantener de aislamiento social». A la población más vulnerable, no obstante, «es imposible identificarla con los datos disponibles porque no están desagregados».

A partir de los aspectos sociales la brecha sanitaria se amplía en diferentes aspectos, refieren los expertos consultados. Con una renta 'per capita' por encima de la media pueden disponer de coche particular y no viajar en transporte público; hay mayor espacio en casa para separar a las personas con síntomas y más áreas para hacer ejercicio físico; disponen de mejores y más grandes frigoríficos o pueden comprar equipamiento adicional para almacenar más víveres y salir menos al supermercado. También, como se vio durante el confinamiento blando inicial, poseen una segunda residencia en lugares con menos contagios, a donde han ido a vivir durante el estado de alarma.

El aspecto más importante de todos, sin embargo, está en que «a mayor renta, mejor educación y, a mayor educación, mejores empleos y viviendas», dice Julio Villalobos, investigador de Gestión de Salud de la UOC. Con un peor nivel de cualificación los empleos suelen estar expuestos al público o ser obligatoriamente presenciales, como los servicios domésticos o la construcción, sin que exista la posibilidad de ocuparlos por vías digitales.

«En España dos de las principales fuentes de crecimiento económico tienen que ver con los sectores de servicio y construcción, y han generado mucho empleo precario, que evidentemente no puede teletrabajar. O lo pierdes o te expones», indica Francisco Lorenzo, director de Acción Social de Cáritas. «A ellos se les hará más difícil la reincorporación después de la epidemia». Además la apertura del confinamiento expone especialmente a estos tipos de empleo ejercidos por los estratos inferiores de la escala social, «donde no es habitual mantener el sueldo sin hacer la tarea».

En un país que cuenta con un sistema sanitario público de alta calidad y con notables elementos de salubridad (agua, aire, medio ambiente), al final de la línea de la pobreza se encuentran los colectivos absolutamente expuestos. No son pocos. El INE ha reportado que los que acuden a los centros de atención a personas sin hogar rondan las 20.000 cada año en los últimos periodos. «En 2018 se alojaron 18.001 personas de media diaria, mientras que se dieron unas 48.000 comidas, ambos baremos en ascenso con respecto al bienio anterior.

«Los que están fuera de los sistemas de protección general son las personas sin hogar, con enfermedades de salud mental o adicciones», dice Lorenzo, «que carecen de una vivienda en condiciones, con una alimentación inadecuada o con niveles de estrés muy altos por la inseguridad de la precariedad económica».

Doménico Chiappe

Fuente: Hoy.es;