Javier Marijuán
En varias ocasiones viajé a Venezuela y pude ver la situación de aquel país en directo. La llegada de venezolanos a España también permite hacerse idea de lo que pasa: una descomunal riqueza y un pueblo que mayoritariamente vive en la penuria. Es irracional ver niños desnutridos y barrios de chabolas asentados sobre las mayores reservas del mundo. Esas inmensas bolsas de petróleo y minerales han provocado que los buitres pusieran sus ojos en su extracción y aprovechamiento.
Las extremas posibilidades de enriquecerse han hecho de Venezuela presa fácil de los extremismos políticos. Dictadores y populistas han cabalgado a lomos de los ingresos petroleros sin propiciar una promoción real de las posibilidades del pueblo. Un amigo venezolano comparaba la situación de su país con una montaña rusa: un día nadas en la abundancia y al día siguiente estás en las colas del hambre.
Pero es un país al que esa riqueza no le ha permitido crear instituciones que funcionen. Tanta codicia y tanto espejismo han orillado la urgencia de crear un circuito económico eficaz que sirva al pueblo. De forma paralela, las instituciones políticas se han usado para encaramarse al poder y ejercerlo sin control ninguno.
Así nos llegamos al tres de enero cuando un sheriff le dijo al mundo que la razón de la fuerza le daba derecho a controlar la riqueza de Venezuela sin importarle la democracia. La violación de la Carta de Naciones Unidas por parte de Trump no se justifica por las violaciones de los derechos humanos y fraude electoral perpetrados por Maduro, también constatados por el Comité de Derechos Humanos de la ONU.
Qué paradoja hemos visto en nuestras calles: venezolanos celebrando el secuestro del dictador que no comprenden cómo hay españoles condenando la intervención. Los que hoy se regocijan por una espectacular operación militar y se mofan de la humillación del cautivo bien les vendría recordar que esa humillación se les acabará volviendo en su contra. ¿O no fue esa la causa del ascenso de Chavez?
Cuando León XIV pide caminos de justicia y paz, nos pide ser constructores de una transición política. Una transición solo puede ser iniciada por un pueblo que se reconcilia, que sabe buscar sus puntos de unión y que, sin renunciar a sus diferencias, reconoce en el otro alguien a quien respetar. Y por eso la guerra no es el camino.





