La prostitución en el corazón del capitalismo liberal

Fuente: CTXT

Autora: Rosa Cobo

En los últimos años se ha producido un debate, muchas veces agrio, sobre qué hacer con la prostitución. La razón se debe, fundamentalmente, a la transformación de esta realidad social. De ser un negocio reducido sin impacto económico en las cuentas nacionales ha pasado a convertirse en una industria global. Su crecimiento ha sido gigantesco y su visibilidad y normalización también ha aumentado considerablemente. A finales de la década de los años setenta, con la aparición de las primeras políticas económicas neoliberales, comienza a decaer el viejo sistema prostitucional que conocimos a través de la literatura y el cine. Casas de citas, mujeres jóvenes marcadas por la pobreza y por acontecimientos biográficos que las situaron en los márgenes de la sociedad, y grupos menos numerosos de varones de los que acuden hoy formaban el viejo canon de la prostitución. Muchos de ellos se iniciaban en la sexualidad en esos lugares. Sin embargo, el nuevo canon de la prostitución poco tiene que ver con eso. Hay algo en lo que coinciden esos dos mundos prostitucionales: es en el relato de las mujeres prostituidas como putas felices que estaban y están ahí porque les va la marcha

La transformación de la prostitución en una gigantesca industria de la explotación sexual tiene su origen, como señalaba antes, en el nuevo capitalismo. Cuando se imponen estas políticas económicas nos encontramos con países que no pueden engancharse a la economía global porque sus aparatos productivos no son competitivos y destruyen empleo. En ese momento hacen su aparición las economías ilícitas –Castells las denomina economías criminales–, que se convierten en una oportunidad para aquellos países con altas tasas de pobreza que contemplan con pánico la ruina de una parte de su tejido empresarial. La exportación ilegal de armamento, el narcotráfico, la exportación de mujeres para la explotación sexual, el tráfico de órganos o los vientres de alquiler –uno de los países con una industria más extendida y criminal ha sido Ucrania hasta el estallido de la guerra– son las economías criminales que más beneficios obtienen. Estas industrias ilegales serán para algunos países la posibilidad de reconstruir sus economías nacionales.

Sin embargo, no es fácil crear una economía ilícita como fuente primordial de beneficios para un país. Para eso, nos explica Saskia Sassen, es preciso la creación de circuitos semi-institucionalizados por los que transiten alguna o varias economías ilegales. A través de esos circuitos son exportadas las mujeres para la explotación sexual desde países del sur, con altas tasas de pobreza, hasta los países del norte. Esos circuitos conectan las mafias de los países de origen con las de los países de destino. Las mujeres que estarán en prostitución son captadas en su país con violencia, con engaños o con la promesa de dinero y de una vida mucho mejor que la que tienen en su país. Cuando llegan aquí ya tienen destinado un piso, un burdel o un lugar en un polígono industrial o en el centro de una ciudad, como también tienen asignados los hombres que las controlan. Entonces comienza para ellas un viaje de sufrimiento y dolor que es inimaginable para quienes no conocemos esas vidas.

Sassen los denomina circuitos semi-institucionalizados porque, para conectar el país de origen con el de destino y exportar por ese circuito a miles de mujeres diariamente, saltando los controles migratorios, tiene que existir la complicidad de las mafias con sectores de la policía, ejército, judicatura y, por supuesto, de las élites económicas y políticas del país. La clave fundamental es que las mujeres que son exportadas envían remesas de dinero al país de origen, y con ese dinero se reactiva la economía nacional

Por eso, la industria de la explotación sexual se ha convertido en una estrategia de desarrollo para países como Rumanía, Tailandia, Camboya, Nigeria, Brasil, Colombia o República Dominicana, entre otros muchos. Un ministro de Tailandia afirmaba en una entrevista que era necesario sacrificar a una generación de mujeres para acelerar el crecimiento económico del país. El Fondo Monetario Internacional, cuando concede préstamos de ayuda estructural a países con altas tasas de pobreza, les conmina a que creen una industria del ocio y del entretenimiento para asegurarse la devolución de la deuda. El proyecto de Eurovegas en Madrid respondía a este modelo de ocio que se concreta en prostitución y juego. Con la prostitución se crea dinero y con el juego se blanquea. 

El blanqueo de dinero es, precisamente, el punto de conexión de la economía legal con la ilegal. El surgimiento de microbancos en aquellos países que exportan a mujeres para la prostitución cumple la función de blanquear el dinero que se obtiene ilegalmente de los cuerpos de mujeres que han sido transformados en una mercancía cuya principal característica es su bajo coste y sus altísimos beneficios. No es de extrañar que la prostitución oscile en ser el segundo o tercer negocio en términos de beneficios a escala global. La economía criminal cumple una función necesaria en la globalización del capitalismo neoliberal. Pues bien, en ese contexto se ha articulado un mercado global que extrae beneficios de los cuerpos de las mujeres en el que la existencia de la prostitución, la pornografía o los vientres de alquiler las ha convertido en mercancías de ese criminal mercado. 

La pregunta es qué hacer con esta industria y con sus víctimas, aquellas a quienes la industria mercantiliza, explota, objetualiza y exprime sin más límites que las horas que tiene cada día. Regular la prostitución es regular esta industria, pero también es aceptar que nuestros cuerpos son una mercancía. Por eso la prostitución tiene efectos funestos sobre todas las mujeres. ¿Se puede, desde el feminismo y desde la izquierda, proponer la regulación laboral de una fellatio o de una penetración anal o vaginal? ¿Se puede utilizar para ello el principio de la libertad individual? Es decir, ¿podemos seguir repitiendo el argumento de “hago con mi cuerpo lo que quiero”? Si se utiliza este principio para legitimar el acceso sexual al cuerpo de las mujeres, podremos también utilizarlo para la venta de órganos o para legitimar cualquier esclavitud siempre y cuando esté consentida por el sujeto que la padece. ¡Es desolador cómo ha impregnado la cultura de la mercantilización neoliberal a sectores de la izquierda! ¿Podemos legítimamente reclamar que la salud, la educación o las pensiones no sean parte del mercado y al mismo tiempo proponer que el cuerpo de las mujeres esté disponible como mercancía? La regulación de la prostitución es abrir el último dique del que disponemos, que es nuestro propio cuerpo, al mercado. Por eso la prostitución es un test de hasta dónde puede llegar la voracidad del capitalismo neoliberal. Es hacer del cuerpo de algunas mujeres, las más vulnerables y las que menos recursos tienen, un lugar de trabajo. Es apostar por sobrevivir en lugar de hacerlo por vivir. Las mujeres que están en prostitución merecen tener una vida como las demás. Y la pregunta de “y si quieren hacerlo” solo pueden formularla quienes hablan desde la ignorancia o la mala fe. Nadie merece violencia y abuso.

Tuve que hacer trabajo de campo cuando investigué sobre prostitución y nunca me encontré con ninguna mujer que quisiera estar donde estaba. Encontré embarazos en mujeres migrantes, algunas muy jóvenes, que no sabían qué hacer frente a esta circunstancia. Y también encontré hijos, madres y padres o hermanos en el país de origen que necesitaban o les venía bien dinero para sobrevivir o para vivir mejor. Encontré abusos de familiares que empujaban a algunas mujeres a la prostitución para recibir su dinero mensual… Encontré dolor, mucho dolor, y algunas afirmaciones que nunca olvidaré: “Quiero tener una vida normal, llevar a mis hijos a la escuela, tener un trabajo y una casa”. También me encontré con alcohol y cocaína para sobrellevar los abusos de los puteros. Y muchos dolores físicos y psíquicos. Después de haber estado en el polígono Marconi, en clubs o en pisos en los que había prostitución, nunca podré proponer nada que no sea acabar con una realidad que es fuente inagotable de dolor para tantas mujeres. Nunca podré tener otra mirada que aquella que quiere poner fin a esa industria criminal.

Las políticas abolicionistas no van a acabar con la prostitución de la noche a la mañana, pero sí disuadirán a los proxenetas que buscarán nuevos mercados de explotación sexual hasta que el mundo se vuelva inhabitable para esos criminales. Y también sancionará a los puteros, sobre los que se asienta el sistema prostitucional. Nuestros jóvenes no merecen ser socializados en la idea de que está bien acceder al cuerpo de mujeres de escasos recursos, migrantes, en situación administrativa irregular y siempre vulnerables, por precios irrisorios. El abuso y la explotación ni deben ni pueden formar parte de la socialización de nuestra sociedad como tampoco deben alimentar nuestro imaginario sexual. Nos encontraremos con muchos obstáculos en el largo camino hacia la abolición de la prostitución. Los intereses patriarcales y los económicos están a la cabeza. La abolición remueve privilegios masculinos, pero tenemos la obligación de eliminarlos si anhelamos un mundo con más igualdad. Hacer políticas abolicionistas es colocarnos en el lado correcto de la historia porque es un paso ético fundamental para civilizar nuestra sociedad y nuestra democracia. Las mujeres que están en prostitución tienen el derecho a tener vidas que merecen ser vividas y en el interior de la industria de la explotación sexual no hay vida, solo explotación y violencia.

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Rosa Cobo es profesora de Sociología en la Universidad de A Coruña y escritora.

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