Teletrabajar no es conciliar, es sumar dos trabajos

Irene Fernández Novo
Pubicado en Nius diario


Esta socióloga e investigadora advierte sobre los riesgos del teletrabajo improvisado: «sumar dos trabajos puede ser un parche, un apaño para ir tirando, pero no es una solución a medio plazo»

Destaca también el enorme peso que ha recaído en los hogares con el confinamiento y el papel clave del trabajo «no pagado» para salir adelante en esta crisis

“Se ha destrozado el equilibrio tradicional, el Estado no ha podido seguir ejerciendo las funciones educativas que ejercía, ni del cuidado de la salud, porque se ha visto desbordado. Y ese esfuerzo han tenido que absorberlo, casi íntegro, los hogares. Las empresas también ofrecían muchos servicios que también han absorbido los hogares. Los hogares son inmensos recursos de los que estamos abusando, no puede ser”.

Ángeles Durán, socióloga y veterana investigadora del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC, alerta sobre la complicada situación que ha generado el confinamiento en los hogares españoles. “Ha sido un cataclismo y no hay todavía una solución bien pensada”.

Durán hacía estas consideraciones al analizar, junto a otros expertos del CSIC, el impacto social de la pandemia de COVID-19 en España. Repartir los costes sociales de la pandemia, reconoce la socióloga, no es fácil, “es un puzle, y un reto” que todavía sigue ahí. “Hay mucho cansancio y agotamiento, el tema de los niños no se ha resuelto, todavía no sabemos el panorama de cara a los próximos meses, queda mucho por hacer…”.

El teletrabajo no se puede improvisar

En ese puzle, el trabajo ha sido y sigue siendo una pieza clave, a la que todavía le faltan muchos engranajes, en opinión de esta experta. Sobre todo si hablamos del teletrabajo, que avisa: “no se puede improvisar, esto de ahora es un parche”. Y que tiene ventajas, sí, pero también inconvenientes. Durán subraya estos últimos.

“El teletrabajo tiene una ventaja enorme: el ahorro en los tiempos de transporte. Pero tiene muchos inconvenientes. El primero, que traslada todos los costes del espacio de trabajo al hogar. Si quieres que tu casa tenga una habitación extra dedicada al teletrabajo (para poder hacerlo en condiciones) eso supone mucho dinero. Se traslada ese coste de la empresa al trabajador». Esto es algo, precisamente, que ya está estudiando el ministerio de Trabajo.

Y está también el tema de los horarios. «Puede ser una ventaja poder hacer un trabajo a las 4 de la madrugada o a cualquier hora, pero eso genera más estrés, que cuando parcelas no tienes. Tiene ventajas pero son muchos los inconvenientes”.

El teletrabajo, una práctica que apenas existía en España antes del coronavirus, ahora parece que ha llegado para quedarse. Si hace un año sólo trabajaba desde casa el 4% de los asalariados, el confinamiento ha elevado ese porcentaje al 32%. Y de cara al futuro se plantea, incluso, como una “ventaja” para poder conciliar. “No lo es, es sumar dos trabajos. Sobre todo, en el caso de las mujeres. No pierden uno, sino que suman otro. Puede suponer un estrés extraordinario”, advierte Durán.

Y propone buscar soluciones. “Habrá que ofrecer servicios alternativos al trabajo dentro de casa. Sumar dos trabajos puede ser un parche, un apaño para ir tirando, pero no es una solución a medio plazo”. Porque además, subraya, el trabajo fuera de casa aporta muchas otras cosas. “El trabajo no solo es el trabajo, es también el ambiente, los compañeros, los estímulos, las reuniones… en general, el centro de trabajo te da muchas cosas buenas, que las pierdes si estás encerrado en casa”.

El trabajo no visible ha paliado la crisis

Durán habla del trabajo pagado y del no pagado, que en su opinión es igual de importante. Y lo explica. “En general, el 60% de nuestro tiempo lo dedicamos a dormir, lavarnos y comer. Del 40% restante, la mitad es trabajo no pagado que se hace dentro de los hogares. En esta pandemia, se le ha pedido a ese trabajo que sea extraordinariamente flexible y que responda inmediatamente al fracaso en la producción de servicios por parte del Estado y las empresas como consecuencia del confinamiento”. Y vaya si ha respondido. “El trabajo no pagado ha conseguido disminuir el impacto negativo de la crisis. Y eso ha repercutido sobre todo en las mujeres. No sólo, pero mucho más en ellas”, asegura.

Por eso, Durán pide que las políticas públicas tengan mucho más en cuenta este tipo de trabajo. Algo que plantea la propia ONU desde 1995. “Que no se entiende la economía de un país si solo estamos atentos a sus componentes monetarizados. Pensamos que el trabajo en los hogares, como el voluntariado, es algo gratuito e inagotable. Pero son recursos limitados y cuestan mucho esfuerzo a quien los aporta a los demás, a la sociedad. Hay que incorporarlos en cualquier política pública o decisión colectiva”.

Porque esta pandemia, dice, lo ha demostrado. “Medirlo todo en dinero no tiene ningún sentido. Cuando pensemos en los puntos fuertes de nuestra sociedad, hay que hacer un hueco a la población no asalariada y a la que presta servicios no remunerados desde sus hogares. Esta crisis la está sacando a flote, en gran parte, el trabajo no visible”.

“Igual salario por igual trabajo”, o cómo las obreras de Dagenham vencieron a Ford

Josefina L. Martínez
Publicado en ctxt


Si la mañana del 7 de junio de 1968 Eileen Pullen hubiera encendido la radio, podría haber escuchado a Aretha Franklin cantando su nuevo éxito: “Oh, Freedom, Freedom…”. Dagenham, un municipio al este de Londres, amanecía tranquilo. Horas después, Eileen Pullen, Gwen Davis, Sheila Douglass, Rose Boland y Vera Sime, junto al resto de las 187 trabajadoras de la planta de Ford abandonarían las máquinas para iniciar una huelga de tres semanas que cambió la historia de la clase obrera británica.

La fábrica, construida en 1929 sobre el Támesis, llegó a ser la más grande de la compañía en Europa. Durante la Segunda Guerra Mundial se había reconvertido para producir tanques para los aliados, aunque el viejo Ford no se privaba de abastecer también a los nazis –business is business–. En la década siguiente, la producción británica alcanzó el récord de medio millón de coches y el modelo ‘Cortina’ se transformó en un éxito de ventas. El consumo de masas, el crecimiento urbano, nuevas autovías y la cultura del automóvil tomaban impulso. 1968 llegó entonces como una ráfaga de impugnación radical. El 17 de marzo, miles de personas se movilizaron en Londres contra la guerra de Vietnam y se enfrentaron a la policía en Grosvenor Square. La ola llegó también a Dagenham.

“No puedes vender coches sin asientos”

La huelga en Dagenham fue decidida a mano alzada. Las costureras que confeccionaban las fundas de los asientos se indignaron al comprobar que, otra vez, su salario era inferior al de sus compañeros. El trabajo de las operarias era clasificado con la categoría “B”, más parecido al de los jóvenes que limpiaban los pisos que a los empleados que manejaban máquinas como ellas. Como resultado, el salario femenino era un 85% del masculino. Cansadas de escuchar la misma respuesta, las mujeres decidieron abandonar el trabajo: “Entramos a la planta, cogimos nuestros bolsos, cerramos con llave nuestros casilleros y nos marchamos”, recordará Gwen Davis a los 85 años, en ocasión del cincuentenario de la histórica huelga.

Las 187 trabajadoras de Dagenham eran una absoluta minoría en la planta, que ocupaba a un total de 54.800 trabajadores, y su tarea se consideraba secundaria porque no estaban en las líneas de motores ni de carrocería. Por eso la empresa las subestimó –muchos de sus compañeros también lo hicieron– pensando que no iban a aguantar el pulso con el gigante del automóvil. Ese fue su gran error. Por más que los gerentes insistieran en que el trabajo de las mujeres no era importante para la producción, nadie estaba dispuesto a comprar un coche sin asientos.

La huelga fue dura. Primero las ignoraron y después llegaron las amenazas, diciendo que iban a ser responsables de dejar a toda la fábrica sin trabajo. Entre sus compañeros también había muchas reticencias, aunque algunos sindicatos las apoyaron.

La película Made in Dagenham (2010) [en España: Pago justo] del director Nigel Cole reconstruye una anécdota que a las protagonistas aún les gusta contar muchos años después. En una manifestación abrieron una pancarta que decía “We want sex equality” [Queremos igualdad sexual], pero, al quedar plegada, solo se leía “We want sex” [Queremos sexo], lo que desató no pocos malentendidos. La huelga generó un efecto contagio entre miles de trabajadoras. Si bien las heroínas de Dagenham tienen una película y hasta una obra de teatro, es menos conocido que las trabajadoras de la planta Ford de Halewood, al sur de Liverpool, también abandonaron sus puestos de trabajo en solidaridad. En 1969, una manifestación de un millar de mujeres exigía “igual salario por igual trabajo” en el centro de Londres, y un año después sería introducida la Equal Pay Act en el Parlamento.

El trabajo femenino y el “Pin Money”

La lucha contra la brecha salarial comenzó mucho antes. Movimientos de mujeres trabajadoras se organizaron en sindicatos –o a veces contra ellos– para exigir un pago equivalente por el mismo trabajo. Durante la Primera Guerra Mundial había aumentado el número de empleadas en la industria y el transporte. Una de las reivindicaciones centrales era “Igual salario por igual trabajo»” Militantes como la sufragista socialista Sylvia Pankhurst exigieron que los sindicatos afiliaran a las mujeres para incorporarlas a la lucha laboral. Reclamaban también una ayuda estatal alimenticia de emergencia. El 12 de julio de 1915 una gran manifestación se dirigió desde el East End de Londres hacia el Parlamento: “Igual salario”, “Abajo la explotación”, “Voto para las mujeres”. En 1918, la huelga de las conductoras de tranvías y buses consiguió el pago de un bono para equiparar su salario con el de los hombres.

“No es Pin Money, tenemos que vivir de esto” podía leerse en un cartel pintado a mano durante la huelga de Dagenham. “Pin money” era la forma de llamar al dinero que los maridos dejaban a las esposas para que pudieran hacer algunos gastos “extras”. Por eso se calificaba de “Pin money” al ingreso que las mujeres obtenían trabajando, ya que se lo consideraba un complemento del salario masculino.

Nancy Fraser señala que, durante la posguerra, el apogeo del orden industrial estaba centrado en el ideal del salario familiar. “En este mundo, se esperaba que las personas se organizaran en familias nucleares heterosexuales lideradas por un hombre jefe de familia, que vivían principalmente del salario masculino. Al hombre se le pagaría un salario familiar, suficiente para sostener a los hijos y a la esposa-madre, que se dedicaría a las tareas domésticas no pagadas. Esta estructura estaba inscripta en el modelo de sociedad bajo el Estado de bienestar de la era industrial”. Pero ese modelo comenzó a entrar en crisis a fines de los años 60.

En 1963, Betty Friedan había publicado en Estados Unidos La mística de la feminidad, haciendo referencia al “malestar que no tiene nombre” que padecían la mayoría de las mujeres de clase media que se quedaban en casa. Las mujeres trabajadoras que participaban cada vez más del mercado laboral tenían otros malestares: la brecha salarial, el acoso sexual en el trabajo y la doble jornada laboral con las tareas de trabajo doméstico en los hogares.

La huelga de las obreras de Dagenham desafió ese orden y expresó un malestar compartido por miles de mujeres trabajadoras. Al terminar la huelga, habían obtenido un aumento del salario de hasta el 92%, pero tendrían que salir otra vez a la calle en 1984 para que se reconociera su calificación laboral. En el año 2018, la brecha salarial de género en Gran Bretaña se calculaba todavía en un 18%, y en algunos sectores supera hoy el 20%.

El porcentaje de las mujeres que trabajan en Inglaterra (en la franja de edad de 16 a 64 años) era de un 34,2% en 1931. Estas cifras despegan a comienzos de los años 70, pasando al 52,8% en 1971. Desde entonces no han parado de crecer: 66% en 2000 y 71.8% en 2019. La gran feminización de la clase trabajadora plantea la necesidad de retomar las luchas de aquellas que abrieron caminos. Eileen Pullen, con 88 años, está encantada de que la generación de su bisnieta se prepare para continuar su legado.