Mirar la lactancia materna desde la soberanía alimentaria

Fuente: Pikara Magazine

Autora: Esther Vivas

Si cerramos los ojos e imaginamos una imagen relacionada con la lactancia materna, seguramente nos vendrá a la cabeza una fotografía idílica de una madre con su bebé tomando la teta. Las dificultades para dar de mamar, con las que nos topamos tantísimas mujeres, no son aceptadas en ese ideal de maternidad color de rosa, tan útil al sistema patriarcal y capitalista.

La lactancia materna es vista como una mera opción individual, rodeada de una áurea de romanticismo, cuando en realidad viene muy determinada por el contexto socioeconómico en el que se lleva a cabo. Un contexto, por cierto, hostil a todo aquello que tiene que ver con la maternidad y la crianza. De ahí que sea necesario mirar la lactancia materna no como una cuestión privada sino pública y colectiva, que además tiene repercusiones políticas.

Hay un claro sesgo de clase vinculado a la lactancia materna. En general, podrán lactar en exclusiva más allá de los cuatro meses de permiso de maternidad las mujeres con un cierto poder adquisitivo que tienen capacidad para tomarse una excedencia sin remunerar. En el Estado español, en 2013, las mujeres de clase social alta destetaban a los 8 meses, las de clase media a los 6,4 y las de clase social baja a los 5, según datos de la Encuesta Nacional sobre Hábitos de Lactancia. Defender la lactancia materna implica, por tanto, defender otro modelo sociolaboral.

Amamantar implica dar de comer al bebé, y como toda práctica alimentaria no está exenta de las tensiones intrínsecas a cualquier sistema agroalimentario. En cada periodo histórico y sociedad, la alimentación de las y los recién nacidos ha estado condicionada por el modelo de alimentación hegemónico. La evolución del capitalismo ha dado lugar en el transcurso de la historia a, lo que los sociólogos Harriet Friedmann y Philip McMichael llaman, distintos «regímenes alimentarios», los cuales han influido en la constitución de ciertos regímenes de lactancia.

La globalización alimentaria actual, por ejemplo, se caracteriza por tener una cultura de la lactancia subordinada a los intereses de la industria agroalimentaria en conjunción con los del sistema médico, en la que la cultura del biberón se impone a la cultura del amamantamiento. A pesar de que en los últimos años las instituciones sanitarias han dado pasos significativos en la promoción de la lactancia materna, existe un decalaje significativo entre el discurso institucional prolactancia y los recursos reales que se destinan para promocionarla. Por este motivo, muchas mujeres una vez abandonan el hospital tras dar a luz no obtienen el acompañamiento adecuado para hacer frente a las dificultades con las que se encuentran. Asimismo, todavía perduran ciertos prejuicios sociales, y también médicos, entorno a la lactancia materna que minan la confianza de las madres para dar el pecho. Según datos del año 2017 del Ministerio de Sanidad, solo el 39 por ciento de los bebés toman teta en exclusiva hasta los 6 meses de vida, como recomienda la Organización Mundial de la Salud. Los escasos permisos de maternidad, de tan solo 16 semanas, no ayudan. Aun así, hoy se vive un renacimiento de la lactancia materna, igual que en un plano más general se reivindican otros modelos de producción y consumo de alimentos basados en la agroecología.

Pese a los intereses privados, las características propias de la lactancia materna son ajenas a las dinámica del sistema capitalista. Dar la teta requiere de unos tiempos antagónicos a la lógica productivista, es el alimento más sostenible para el bebé, no genera residuos, ni gases de efecto invernadero, y además sale gratis. De aquí que podamos afirmar que la lactancia materna es per se una práctica ecologista. También lo es feminista, ya que es beneficiosa para la salud física y psíquica de la madre, ayuda a la recuperación tras el parto y, gracias a la liberación de oxitocina, protege de la depresión posparto, al mismo tiempo que permite la plena autonomía de la mujer en la alimentación de su criatura.

El sistema, no obstante, fuerza a que la lactancia materna se adapte a sus dinámicas, con permisos de nacimiento y de lactancia extremadamente cortos y un mercado laboral que la obstaculiza. Una situación que empuja a muchas madres a dejar de dar la teta o a ir todo el día con el sacaleches, algo que también reporta beneficios significativos al sector privado. Pero no se trata de adaptar la lactancia materna al mercado, sino transformar la sociedad para que amamantar no sea una tarea titánica sino un derecho garantizado.

Las grandes empresas de la industria láctea son conscientes del ingente negocio que significa la alimentación de los bebés, en particular si estos dejan de tomar la teta. No en vano a mediados del siglo pasado, la industria de la leche de fórmula, en alianza con una parte del personal sanitario, impuso la idea de que dar el biberón era igual o incluso mejor que dar el pecho. Una tesis falsa, como han demostrado numerosos estudios científicos, pero que les reportó cuantiosos beneficios económicos, en detrimento de la salud de madres y criaturas, y cuyas consecuencias aún arrastramos, en forma de prejuicios sobre la lactancia materna, pérdida de la cultura del amamantamiento o «amistades peligrosas» entre empresas y asociaciones de pediatría. Y no es que dar el biberón sea malo, suerte que podemos recurrir a él cuando amamantar no es una opción posible o deseada, el problema radica cuando nos engañan para que lo demos en aras del beneficio privado o cuando tenemos que utilizarlo porque los imperativos del mercado de trabajo no nos dejan otra opción.

Pensar la lactancia materna con las gafas de la soberanía alimentaria es extremadamente útil para entender la colisión de intereses detrás de esta práctica alimentaria. Pero, ¿qué implica la soberanía alimentaria? Significa, en palabras de La Vía Campesina, «el derecho de los pueblos a decidir sus políticas agrícolas y alimentarias», es decir, que el campesinado tenga acceso a la tierra, al agua, a las semillas y que las y los consumidores podamos escoger y saber de donde viene lo que comemos, cómo se ha producido, en qué condiciones.

La soberanía alimentaria aplicada a la primera infancia reside en la lactancia materna, la cual permite la producción y el acceso a la comida más ecológica, saludable y local para las y los recién nacidos, y que podríamos definir como soberanía lactante. La soberanía alimentaria empieza por la lactancia materna y la soberanía lactante es el primer acto de soberanía alimentaria.

La soberanía alimentaria es vulnerada por las prácticas de las multinacionales agroalimentarias y las grandes cadenas de distribución, que impiden al campesinado ganarse la vida dignamente y dificultan el acceso a una dieta sana, de proximidad y campesina. La soberanía lactante, por su parte, es atacada por la industria de la alimentación infantil, que pone trabas a las madres para dar la teta y erosiona el derecho de los bebés a consumirla. Tanto en el caso de la soberanía alimentaria como en el de la soberanía lactante son los intereses económicos privados los que se anteponen a necesidades vitales, y estos cuentan a menudo incluso con apoyo institucional.

La industria agroalimentaria y la industria de la leche artificial son lo mismo. Lo constatan algunos de sus nombres, Nestlé o Danone. Las principales compañías del sector de la leche de fórmula son multinacionales que ven en las y los pequeños de hoy a las y los consumidores del mañana. En definitiva, la alimentación de las y los recién nacidos, igual que la de la población adulta, no es una cuestión solo de elecciones individuales sino que viene condicionada por fuertes intereses económicos y por nuestro modelo de sociedad.

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