pornografía y prostitución

No se puede luchar contra la trata alimentando el mercado que la sostiene

Corina Fuks

Cada 23 de septiembre, Día Internacional contra la Explotación Sexual y la Trata de Personas, gobiernos, instituciones, fuerzas de seguridad y organizaciones sociales vuelven a denunciar una de las formas más graves de violencia y explotación de seres humanos. Se habla de redes criminales, de captación, de mujeres y niñas explotadas sexualmente y se anuncian operaciones policiales, campañas de sensibilización y medidas para combatir la trata. 

Sin embargo, ¿por qué sigue siendo posible y rentable esta forma de explotación? La trata no surge de la nada. Detrás de la explotación sexual existe una estructura económica y social que convierte los cuerpos de niñas y mujeres en mercancía. Hay quienes principalmente captan y explotan, quienes obtienen beneficios, quienes pagan por usar y controlar cuerpos. Sin embargo, estos agentes desaparecen del discurso. 

La trata no empieza cuando llega la policía 

Jurídicamente, trata, prostitución y pornografía no son sinónimos. No toda prostitución ni toda pornografía constituyen legalmente trata. La legislación establece requisitos concretos para determinar cuándo existe el delito de trata de personas, pero esta distinción jurídica no debería impedirnos mirar el fenómeno en toda su dimensión. 

La trata con fines de explotación sexual forma parte de un mercado que necesita demanda, intermediación y supone un beneficio económico. 

Por eso, si queremos combatir la trata, no podemos limitar la mirada al momento en el que una persona ha sido captada, trasladada o explotada. Tenemos que preguntarnos también qué sostiene económicamente ese mercado y qué papel desempeña la demanda. 

El putero, el proxeneta y el capital 

Hay tres figuras que deberían estar presentes cuando hablamos de explotación sexual: el putero, el proxeneta y el capital

El proxeneta convierte la explotación sexual de otras personas en una fuente de ingresos: crea y gestiona el negocio, controla, intermedia y obtiene un beneficio. Además, intenta revestir esta actividad de un lenguaje empresarial: gestión, servicios, agencias, plataformas, entretenimiento. Pero cambiar el vocabulario no cambia la realidad. 

Cuando alguien obtiene beneficios de poner a disposición de terceros el cuerpo de otras personas para su explotación sexual como si se tratase de un recurso, existe una cuestión que palabras como negocio o gestión no pueden esconder: quién está siendo convertido en mercancía, quién está ganando dinero con ello y quién compra. 

El putero no necesariamente capta, traslada o se lucra de una mujer prostituida, que además puede ser víctima de trata, sino que paga por acceder a ella y usarla sexualmente sin importarle su dignidad, su deseo, y sus circunstancias. 

Aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro discurso social: ¿podemos condenar la trata y, al mismo tiempo, normalizar una cultura en la que comprar el acceso sexual al cuerpo de otra persona se presenta como una opción de consumo? 

La demanda no explica por sí sola toda la trata, pero sin la normalización social de la demanda, no existiría impunidad para el mercado que la sostiene. 

La explotación también está en la pantalla 

La tecnología ha ampliado enormemente las posibilidades de explotación sexual. Ya no hablamos solamente de pisos, clubes o locales. La explotación puede producirse, difundirse y monetizarse a través de páginas web, redes sociales y plataformas digitales. 

La pantalla introduce una distancia que puede hacernos olvidar algo elemental: detrás de cada imagen hay una persona. La palabra «contenido» puede ocultar fácilmente esta realidad. Ni la violencia sexual desaparece porque sea grabada –por el contrario, esto la perpetúa– ni la explotación deja de serlo porque quien paga por visionarla esté sentado frente a un teléfono. 

Esto tampoco significa que toda pornografía sea jurídicamente trata ni que toda persona que aparece en una producción pornográfica sea víctima de trata. Pero sí significa que debemos ser capaces de observar las estructuras de poder, explotación y beneficio que existen detrás de estos mercados sexuales, aunque no siempre encajen en una determinada categoría jurídica. En última instancia, las causas que hacen posible la explotación son las mismas: unos intereses económicos y una cultura que convierten a algunas personas en objetos de consumo mientras que otras personas se benefician de ello. 

La contradicción 

No podemos afirmar que queremos acabar con la trata mientras mantenemos y normalizamos las estructuras que alimentan el mercado de la explotación sexual. No podemos poner el foco únicamente en el último eslabón de una cadena y actuar como si los anteriores no existieran, existe el último porque hay una cadena. Es la consecuencia de todo lo que lo precede.  

Combatir la trata exige proteger a las víctimas y garantizar sus derechos, al igual que mirar a la demanda, perseguir a quienes explotan, y a quienes obtienen beneficios de este mercado que abarca la prostitución, la pornografía y la violencia sexual online. 

Resulta contradictorio decir que luchamos contra la trata mientras evitamos cuestionar aquello que hace que la explotación sexual sea rentable. 

¿Contra quién estamos luchando? 

Cada 23 de septiembre deberíamos hacernos la pregunta de contra quién estamos luchando cuando hablamos de trata. Si la respuesta es únicamente contra las redes criminales, dejamos fuera a una parte fundamental del problema. 

También debemos mirar al proxeneta, que quiere ser reconocido como empresario honorable, al comprador de sexo, que paga por acceder al cuerpo de otra persona y considera que el dinero convierte ese acceso en legítimo, a las empresas que obtienen beneficios de plataformas y mercados que convierten la sexualidad en producto, y a las instituciones que denuncian la explotación mientras permiten que las estructuras que la alimentan permanezcan normalizadas. 

No se trata de negar las diferencias jurídicas entre prostitución, pornografía y trata. Se trata de no utilizar esas diferencias para hacer pasar por lucha contra la trata lo que no cuestiona aquello que la hace posible: la existencia de un mercado de explotación sexual. 

No se puede luchar contra la trata alimentando el mercado que la sostiene 

No se puede condenar la explotación sexual cuando aparece en su forma más extrema y, al mismo tiempo, mantener intacta la cadena que conduce hasta ella. 

Si queremos acabar con la trata, hay que mirar a todos los que de una forma u otra obtienen beneficios de este sistema de explotación. Porque mientras las personas puedan ser convertidas en productos sexuales y exista alguien dispuesto a pagar por ellas, habrá un mercado dispuesto a ponerles precio. 

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