¡Cuánta gente habita en mi!

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid

He metido la pata. Por mi culpa algo ha ido mal. He perdido los papeles en una situación. No he mostrado apoyo cuando el otro lo necesitaba. Le he ignorado o menospreciado.

    Automáticamente aparece mi abogado defensor interior y me dice: “Hombre, Diego, tenías toda la razón para haber actuado así, es que hay que ver cómo se ha puesto, es que no te ha quedado otra salida, a ver si así se da cuenta que estás hasta arriba, es que no te hace caso…” 

    A mi abogado interior no le interesa demasiado la verdad, sino salvar mi imagen y evitar que me condene a mí mismo. Suele retorcer los hechos para justificar mi comportamiento y convencerme de que no he hecho nada malo.

    A veces, mi abogado se va de vacaciones y en su relato aparecen algunas grietas… Voy al cuarto de baño, me miro al espejo y pienso, “hombre, es verdad que lo que el otro hizo estuvo mal, pero, tú, Diego, te has pasado tres pueblos. Lo que tú hiciste ha estado mal, quizá deberías ir y pedirle perdón…”

    A veces, mientras estoy al espejo, mi abogado defensor regresa inesperadamente de sus vacaciones y vuelve intentar convencerme de su relato. Y discutimos un poco, mi abogado y yo. Le digo que me molesta que reconstruya los hechos a su antojo para defenderme, que prefiero la verdad. A veces le mando a paseo. Buena victoria.

    Entonces suele aparecer mi pasota interior. Me mira de arriba abajo con un poco de desprecio y me dice: “¿Pedir perdón?, menuda bobada, tío, pasando… que no ha sido para tanto. Si el otro te quiere, no necesita que le pidas perdón ¿no? ¿Y si vuelves a sacar el tema y volvéis a tener jaleo? Es mejor seguir como si nada, volver a la vida normal y listo”.

    A veces, mi pasota interior se echa una siestecita. De nuevo me encuentro ante el espejo, pensando, “Diego, si lo que has hecho ha estado mal, es mejor que pidas perdón al otro, aunque se pueda seguir como si nada”. A veces consigo pasar de mi pasota interior. Gran victoria.

    Ahí aparece mi procrastinador interior. Y me dice: “Vale, tienes que pedir perdón, pero hay que buscar el momento adecuado. Deja pasar un poco de tiempo, no vaya a ser que el asunto esté demasiado fresco. Las cosas de palacio van despacio. No hagas hoy lo que puedas dejar para mañana…” Intenta persuadirme de que espere un poco a pedir perdón.

    Pero, a veces, mi procrastinador interior deja para mañana la tarea de convencerme y me descubro de nuevo mirándome al espejo, pensando “Diego, si lo que has hecho ha estado mal, déjate de refranes y bobadas. Vete y pídele perdón”. Enorme victoria.

    En ese momento aparece mi psicólogo interior y me dice: “A ver, Diego, es normal que te sientas mal por lo que hiciste, quieres pedir perdón, pero ¿te das cuenta del ridículo que vas a hacer? ¿Qué le vas a decir? ¿Perdóname? Es que suena hasta cursi. ¿Y si te dice que no te perdona? ¿No ves la humillación que supone? No es bueno para tu autoestima que te humilles de esa manera”. Y está muy cerca de convencerme. 

    Pero, a veces, mi psicólogo interior se despista en el diván leyendo a Freud, y me encuentro otra vez ante el espejo, cavilando, “Diego, a tu autoestima no le va a pasar nada por pedir perdón. Si has metido la pata, es lo mejor que puedes hacer”. Colosal victoria. 

    Salgo del cuarto de baño, decidido, pero de puntillas para no llamar la atención de mi psicólogo, mi procrastinador, mi pasota y mi abogado. Me acerco a mi mujer, a mi hijo, a mi madre, a mi hermano… y le digo: “Perdóname”. Descomunal victoria.

    Y aparece entonces mi jardinero interior y riega la florecilla del amor, que crece un poco ahogada entre el abogado, el pasota, el procrastinador y el psicólogo que habitan en mí.

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