Javier Marijuán
En nuestra sociedad se extienden los temores y se ha puesto de moda la palabra colapso. Unos prevén el colapso del ecosistema, otros apuntan al derrumbe de la democracia, otros afirman que en una década la IA extinguirá la Humanidad, el caos educativo, la desaparición de nuestros empleos … y suma y sigue.
Entre estas incertidumbres de nuestro tiempo, los únicos números que parecen dar la razón a la palabra colapso son los de la demografía. Pero curiosamente, no provocan miedo sino más bien al contrario pues el discurso antinatalista encuentra seguidores en todo el espectro político. El capitalismo clásico siempre ha exaltado el crecimiento material y ha tratado de limitar por todos los medios el crecimiento demográfico de los más pobres. También es relevante el discurso de la corriente ecologista que anima a no tener hijos para no dañar más el planeta y, de paso, evitarles el sufrimiento que les provocará la crisis ecológica. El consumismo desenfrenado se apunta a la fiesta y pide limitar los nacimientos antes que nuestro derroche depredador.
Pero también hay discursos pronatalistas que son tramposos y siguen la misma lógica como es el impulsado por grandes magnates y políticos de extrema derecha que exhortan a la población blanca a que se reproduzca para evitar lo que llaman el “gran reemplazo” por la población inmigrante.
La demografía se ha convertido así en un auténtico campo de batalla. La tasa de fecundidad desciende en la mayor parte del mundo por debajo del nivel de reemplazo de la población y ello es un indicativo de una crisis sin precedentes que no es otra que el cuestionamiento del valor de la vida.
Y por eso, en un mundo de hambre, guerras y migraciones forzadas, la lucha por la vida puede ser la base de un compromiso político capaz de unir el compromiso por la justicia y por la naturaleza en un tono esperanzado y combativo.
El pesimismo de pensar que vivimos en medio de un mar de ruinas o en un mundo colapsado nos impide gestar la rebelión que necesita el mundo. La vulnerabilidad de las generaciones venideras no se resuelve escondiendo la cabeza debajo de la tierra, como hace el avestruz, sino apostando por la vida fuera del sistema de control que convierte a la población en un recurso flexible a merced del mercado.





