Lo común

23 DE ABRIL DE 1521, HACE 500 AÑOS

Por Rodrigo Lastra y Ana Sánchez

El año 2021 se cumplen 500 años de la batalla de Villalar (Valladolid). Un 23 de abril de 1521 caía derrotado en las llanuras de esta villa castellana el ejército de los Comuneros de Castilla frente a las tropas realistas (todavía no imperiales) del nuevo y joven rey de los territorios que ya formaban la actual España: Carlos I de España, sería también Carlos V de los reinos alemanes y emperador del Sacro Imperio Germánico, heredero de aquella suerte de Unidad Europea medieval fundada por Carlomagno en el siglo VIII.

Carlos de Habsburgo era hijo de Juana I de Castilla y Felipe de Habsburgo y nieto de los Reyes Católicos; con esta herencia llegaría a convertirse en el monarca más poderoso de Europa y casi del mundo, pues a las europeas se unen todos nuevos territorios de América y Asia. Con él se inauguraba en España la dinastía de Los Habsburgo, también conocido como “los Austria” que reinarán durante todo el siglo XVI y XVII. Austrias, Borbones (Francia) y Tudor y Estuardo (Inglaterra) se repartían el botín europeo por aquellos años.

La llegada del joven príncipe a la península para convertirse en rey de Castilla, Aragón y Navarra en 1517 no cayó nada bien, especialmente entre los castellanos. Tenía 17 años y era la primera vez que pisaba España; había sido educado en Flandes (la actual Bélgica) y apenas hablaba castellano y cuando a Castilla prácticamente todos su consejeros y ministros fueron nombrados entre flamencos.

El descontento inicial hacia el extranjero, que se reflejó primeramente en lo económico (especialmente ante la amenaza que sintieron los potentados de Castilla de perder prebendas y privilegios) iría cogiendo forma y fuerza entre las clases populares urbanas, con un cariz mucho más político y social, hasta desembocar en una auténtica revolución (aunque este término no se usará hasta el siglo XVIII) que puso en jaque durante casi 2 años el sistema imperante.

El descontento va prender fundamentalmente en las ciudades, basadas en la incipiente burguesía textil y los gremios en contra de la amenaza de poder absolutista que representaba el nuevo rey y los grandes nobles exportadores de lana (que acabaron apoyando la causa realista).

La rebelión, que estalla en 1520 mayoritariamente en las grandes ciudades comerciales de Castilla, se concentra fundamentalmente en las dos mesetas, con alguna excepción como la ciudad de Murcia. Y aunque en algunos lugares, como el campo palentino y vallisoletano, la revuelta llega a tomar un carácter justiciero anti-señorial (al estilo de las revueltas medievales que periódicamente se daban por Europa) la rebelión comunera tiene mucho más de revolución moderna si se tienen en cuenta elementos fundamentales, como su fuerte componente urbano, su cuerpo institucional y sus demandas políticas.

A diferencia de los levantamientos antiseñoriales, en el caso de la revuelta Comunera, se construye un poder político representado en la Santa Junta, en la que están representados (de una manera bastante democrática para la época) miembros de todos los estamentos sociales de las ciudades levantadas. La Junta llegó a tener representantes de 14 ciudades.

Los comuneros consiguieron hacer un esbozo de constitución, queriendo acotar el poder del nuevo rey, dando más representatividad a las cortes y comunidades. Las pretensiones de los comuneros eran las siguientes: limitar el poder real y el poder de la nobleza, reducir los impuestos, reducir el gasto público, dotar de una mayor participación política de las ciudades, reducir las exportaciones de lana y otorgar mayor protección a la industria textil:

Que rey no pueda poner Corregidor en ningún logar sino que cada ciudad é villa elijan primero da del año tres personas de los hidalgos é otras tres de los labradores, é quel Rey ó su Gobernador escojan el uno de los tres hidalgos y el otro de los labradores, é questo dos que escojeren sean alcaldes de cevil é criminal por tres años, (…) que los oficios de la casa Real se hayan de dar á personas que sean nacidos é bautizados en Castilla (…) quel Rey no pueda sacar ni dar licencia para que se saque moneda ninguna del reino, ni pasta de oro ni de plata, é que en Castilla no pueda andar ni cada en el reino, (…)

Otro de los elementos que llama la atención entre las reivindicaciones, y que muchas veces ha pasado desapercibido por los estudios que abordan el tema, es la defensa del indígena, que quedó incluida de la siguiente forma en los capítulos de 1520:

“que no se hagan ni puedan hacer perpetuamente mercedes algunas a ninguna persona de cualquier calidad que sea, de indios algunos, para que caven e saquen oro, ni para otra cosa alguna. E que revoquen las mercedes de ellos fechas hasta aquí. Porque en se haber fecho merced de los dichos indios, se ha seguido antes daño que provecho del patrimonio real de Sus Majestades, por el mucho oro que se pudiera haber de ellos: demás que siendo, como son, cristianos, son tratados como infieles y esclavos”.

De ello se deduce que los malos tratos a indígenas, a la altura de 1520, no habían podido ser frenados por los monarcas; antes bien, posiblemente fueron favorecidos por la concesión de múltiples encomiendas en forma de mercedes, utilizadas para conseguir que los hombres asentados en unas tierras tan lejanas geográficamente de Castilla se mantuvieran fieles a la Corona. Es importante destacar que los comuneros se sintieran en el deber de demandar el final de aquellos abusos, incluso antes de que se desarrollase completamente un conjunto normativo defensor de los nativos americanos. Realmente, estas fueron unas reclamaciones muy avanzadas

Tras varias victorias militares iniciales y el conato inacabado de redacción de unas nuevas leyes para Castilla, el levantamiento fue perdiendo fuerza. La retirada de la Comunidad de ciudades tan importantes como Burgos y el cambio de posición de la mayoría del clero, que vuelve a apoyar a Carlos, acabarán debilitando el movimiento comunero. Finalmente, el ejército realista venció en la batalla de Villalar y sus principales capitanes Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado fueron ajusticiados.  El obispo de Toledo, Antonio de Acuña, moriría ejecutado por orden del mismo emperador unos años más tarde. María Pacheco, “la última comunera” aún mantuvo viva la llama de la revuelta en Toledo hasta 1522, exceptuada del perdón general concedido ese año por Carlos V y condenada a muerte dos años después por rebeldía por el Consejo Real. Moriría en el exilio portugués 9 años después.

La revuelta, que había comenzado como un movimiento anti-extranjero, haciendo hincapié en lo económico, acabó como una revuelta política y social a mitad de camino entre las revueltas medievales y las revoluciones modernas. Una revolución en un cambio de época, que ya apuntaba claramente las demandas que luego serán constantes en los cambios revolucionarios ulteriores.

La derrota de las Comunidades supuso la consolidación definitiva de la decadencia ya iniciada de las instituciones de carácter comunitario en Castilla, pero también la imposición, ya sin trabajas, de un modelo político autoritario en el que el poder real apenas contaba límites a su ejercicio y esto sería así de manera creciente en toda Europa, en la que comienza en estos momentos la época de los absolutismos. Pero la semilla de las revoluciones liberales primero y comunales después estaba sembrada. Sólo habría que esperar un par de siglos para un desarrollo más amplio.

Los comuneros, gran influencia en la política española e iberoamericana

La Historia de los comuneros, con todo un halo de romanticismo, que autores de gran solvencia (como el Premio Príncipe de Asturias Joseph Pérez) se encargan de desmitificar, influyó de manera importante en la política española e iberoamericana del siglo XVIII, XIX y principio de siglo XX. Sólo recordar la inspiración de la Guerra de las Comunidades de Castilla en las revueltas comuneras de los siglos XVII y XVIII en Paraguay, antecesoras de las independencias coloniales; o la reivindicación de los comuneros que los liberales decimonónicos españoles (como el héroe de la independencia Juan Martín el Empecinado) hicieron en 1821; o cómo la franja morada de la bandera republicana que se izó en abril de 1931 en España representaba un homenaje al color morado atribuido a los comuneros (aunque al parecer el color de los pendones que ondeaban los partidarios de las Comunidades era el rojo castellano). Tampoco es casualidad que otra de las grandes revoluciones del siglo XIX, y de la que ahora se cumplen exactamente 150 años (1871) llevará el nombre de “Comuna de París” y sus partidarios fueran conocidos como Comuneros (comunards, como el obrero Eugène Varlin o la maestra Louise Michel). De nuevo, lo común en el trasfondo de las reivindicaciones.

Entre todo el debate historiográfico que la revolución comunera ha suscitado en el pasado y con las diferentes visiones de un mismo acontecimiento (muchas veces con lecturas ideológicamente interesadas), la Revolución de las Comunidades merece figurar entre las luchas por la libertad que antecedieron a las grandes luchas sociales que se dieron en los siglos XIX y XX. Con sus luces y sus no pocas sombras, en el espíritu más hondo de todas estas manifestaciones están las aspiraciones eternas del ser humano: libertad individual y bien común; ambos deseos no exentos de grandes conflictos que, por momentos, parecen irreconciliables, pero que, sin embargo, deben ser las dos patas necesarias para caminar hacia un mundo más justo y más fraterno.

  • Berzal de la Rosa, Enrique (2008). Los comuneros. De la realidad al mito. Sílex.
  • Pérez, Joseph (2001). Los Comuneros. La Esfera de los Libros. 
  • Maravall, José Antonio (1969). Las comunidades de Castilla: Una primera revolución moderna. Alianza. 
  • Martínez, Miguel (2021). Los Comuneros, el rayo y la semilla (1520-1521). La hoja de lata
Ejecución de los comuneros

¿Qué nos enseña la fiesta de los comuneros?

Por Jorge Lara

Sin caer en mitificaciones, historiadores serios como Joseph Pérez o José Antonio Maravall o Julio Valdeón nos aportan claves que merece la pena conocer y tener en cuenta en la actualidad. No fue un planteamiento nacionalista al uso actual, y por eso resulta chocante cuando se apela a los comuneros para justificar posturas nacionalistas o por el contrario cuando se ve a Castilla como cuna y beneficiaria del centralismo estatal, cuando Castilla es la que más sufrió ese centralismo. Y tampoco es fundamental el apartado bélico militar. Sin embargo, sí merece la pena profundizar en el aspecto revolucionario que supuso ese acontecimiento histórico.

Los historiadores constatan que aunque hubo ese componente militar, esto fue forzado por la situación cambiante, pero se había tratado de hacer un levantamiento legitimado y pacífico. Hubo por ejemplo un fuerte intercambio de cartas entre las ciudades movilizadas con el bando real, (en concreto con el Cardenal y el Almirante) tratando de razonar y buscar soluciones negociadas, que incluso fueron entendidas en parte por el propio bando real. Se llegó a afirmar por parte del condestable su sorpresa porque “se lucha con tinta y papel”. Además de la labor agitadora de muchos frailes con esa preocupación de formar una opinión pública y grupos de militantes que se entregaran a la causa.

Las reivindicaciones evolucionaron de algunas quejas concretas, hacia un auténtico programa político administrativo y económico. Tendían a reforzar el papel del reino –a través de las Cortes- frente al poder creciente del rey, así como a ampliar la representatividad social en los municipios y Cortes. Deseaban establecer un cierto control sobre los cargos y oficios públicos y beneficios eclesiásticos. Mejorar la administración de justicia. Preocupación por los intereses económicos de Castilla (mercantilismo), impedir la salida de oro y plata (fuga de capitales), protección a la industria textil, oposición a nuevas cargas fiscales, defensa del patrimonio real frente a su entrega a los nobles. A medida que las reivindicaciones fueron más serias y profundas se causó la deserción de los elementos más moderados que no querían cambios tan profundos sólo algunas reformas.

El programa político del movimiento comunero

Fue importante la práctica política que se llevó a cabo, la comunidad era un movimiento de democratización: el pueblo llegó a intervenir muchas veces de forma tumultuosa, pero también hubo asambleas de barrio etc. tanto para las pequeñas cuestiones como las grandes, y se participaba en el gobierno de la ciudad y en la elaboración de las orientaciones políticas. Pero también se fue decantando una estructura representativa. En Tordesillas, la asamblea se proclamó Cortes y Junta General del Reino. Como Cortes, la asamblea reunía a los procuradores de las ciudades con voz y voto; como Junta General actuaba como un auténtico gobierno (esto provocó abandonos). El programa político se podía resumir en:

1. Rechazo del imperio: no por xenofobia, ni voluntad de encerrarse, sino para que no se sacrificara el bien común de Castilla a los intereses personales y dinásticos.

2. Relaciones Rey y reino. Se quejaban de que ante la elección imperial “el rey nuestro señor aceptó sin pedir parecer ni consentimiento de estos reinos” Esta voluntad de intervenir en los debates políticos es lo que da la tónica general del movimiento. Decían, por ejemplo: “libertad otorgada no es libertad”; la libertad política tenía que ser declarada y mantenida por el mismo reino.

3. Por eso se pretende situar a las Cortes como la institución más importante del reino limitando el poder real. Aunque se mantenía la tradición de representar sólo algunas ciudades, la composición variaría, pues cada ciudad estaría representada por un representante del clero, uno de los caballeros y escuderos y otro de la comunidad, los pecheros.

4. Además, los procuradores tenían la obligación de dar cuenta de su mandato a sus electores. Sobre todo, se pretende que las leyes obliguen tanto a los súbditos como también a los príncipes, pero el reino es el que debe tener la última palabra. Esto se apoyaba ya en teorías tradicionales y escolásticas de la Edad media, pero con un aire moderno, teorías que los teólogos españoles repetirán todavía tras la derrota de las Comunidades pero que ya no tendrán alcance práctico.

Lo importante es, pese a algunos rasgos tradicionales, el carácter absolutamente innovador de este programa en el plano de la teoría política. Pero esto en un país en que la burguesía era relativamente débil y además dividida lo que causó en buena parte el fracaso final. Para algunos acaeció demasiado pronto, y porque el convencimiento que mostraron muchas ciudades no era similar al de otras más conservadoras, más dominadas.

La derrota de los comuneros supuso la consolidación definitiva de la decadencia (iniciada bastante antes) de las instituciones de carácter comunitario en Castilla, y la imposición sin trabas de un modelo político autoritario, pero fue una oportunidad grande para haber cortado ese proceso.  ¿Podríamos seguir aquella estela?

Ni responsabilidad social ni personal, sálvese quien pueda

Marcos Roitman Rosenmann

Son tiempos de reflexión. Las consecuencias de haber sido educados en el egoísmo, la competitividad y la meritocracia afloran con el hedor de sus enseñanzas. Vivimos en el capitalismo, un orden de dominación y explotación sobre el cual se edifica una cultura a cuyos valores nadie es inmune. Es una sociedad enferma. Los síntomas hablan de un colapso general. Calentamiento global, desertización, sequías, contaminación ambiental, hambrunas y, por si fuera poco, pandemias. Los científicos atentos a los cambios han inventado una palabreja, sindemia. El término une dos conceptos: pandemia y sinergia.

Nuestra civilización occidental que se ufana de sus desastres, sufre pandemias como la obesidad, la malnutrición y el cambio climático, a la cual se unen atractores que multiplican sus consecuencias, provocando nuevas enfermedades. Hablamos de las desigualdades sociales. Sin atender a sus causas, desoyendo los avisos, las próximas sindemias no están lejanas. Asistimos a una crisis que afecta no sólo al sistema sanitario, compromete al orden económico, social, político, étnico, cultural y de género. Une factores sociológicos, históricos y sicofisiológicos, que arrastra una condensación de actos del ser humano contra la naturaleza, que han llevado a la especie humana a un callejón sin salida.

Asistimos a una concentración de grandes fortunas, cuyas proporciones son obscenas. Son el resultado de mantener, conscientemente, a cientos de millones de personas con salarios de hambre, sin acceso a la salud, a una vivienda digna, a la educación ni a una alimentación sana, al agua potable, la electricidad, a derechos laborales o sociales. Tampoco a la justicia. El capitalismo los excluye, margina y considera fracasados. Gente que no ha aprovechado sus oportunidades. Incapaces de labrarse un porvenir. Han tomado malas decisiones. Nadie más que ellos son culpables, deben pagar las consecuencias.

Los ricos, nos dice su ideología, tienen derecho a su riqueza, a disfrutarla, no deben avergonzarse. Las han levantado con su esfuerzo, sacrificio y compitiendo en un mercado que expulsa a los débiles. En esta ecuación, no se menciona la moral corrupta inherente al capitalismo, con una sola regla de oro, aprovechar al máximo sus oportunidades para explotar, engañar y especular. Conscientes de esta otra cara del capitalismo, quienes amasan billones acaban creando fundaciones y propagando actos de filantrocapitalismo.

Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Bill Gates, Carlos Slim, Amancio Ortega, Larry Page o Sergey Brin no le deben nada a nadie. Todo lo han conseguido por iniciativa personal. Es irrelevante la pertenencia a una clase social. Ellos se bastan y sobran. Pero son buena gente, hacen beneficencia. Donan material digital, patrocinan la OMS, se comprometen con la agricultura verde y digital, eliminar la brecha de digital, apadrinan especies en extinción y ONG para luchar contra la contaminación, el hambre y la explotación. Seguramente comprarán vacunas contra el Covid-19 para ofrecerlas al tercer mundo, cuando ellos estén a salvo, claro. Evaden impuestos, mantienen a sus trabajadores en condiciones de sobrexplotación, con empleos basura y contratos temporales, deslocalizando la producción para emplear a niños en países asiáticos, maquilas o en la agroindustria de palma, soya o maíz transgénico en América Latina. Para ellos, al igual que para los gobiernos y las compañías trasnacionales, las desigualdades no son responsabilidad de nadie. Unos ganadores otros perdedores. Los segundos lo son por su escaso espíritu de sacrificio. Irresponsables que no han querido estudiar, ni progresar. Por consiguiente merecedores del desprecio. En este saco entran los pueblos originarios, los inmigrantes, las mujeres obligadas a esclavizarse sexualmente. Deben asumir su fracaso, obedecer y trabajar en beneficio de quien les da trabajo.

Hoy, los gobiernos, en medio del ­Covid-19, llaman a sus ciudadanos a ser responsables; a no salir de casa, mantener la distancia social, usar mascarillas, ser prudentes. Apelan a valores como el bien común, la solidaridad, el interés general. Es decir, lo que han despreciado, ninguneado y consideran un lastre para la iniciativa privada, el beneficio empresarial y la especulación financiera. Han avalado las conductas egoístas, han educado en la meritocracia y la competitividad. Pero hoy piden responsabilidad. Las mismas élites políticas, gobiernos, empresarios e instituciones (FMI, BM, OMC) que fomentan la desigualdad, desgravan las grandes fortunas, nos piden responsabilidad, de la cual han carecido a la hora de privatizar, desarticular los sistemas de salud y la educación pública. Sin olvidar que en esta pandemia han optado por salvar la economía y no a las personas. Su ejemplo, la irresponsabilidad, la mentira y la criminalización de los movimientos democráticos. No es coherente ni ético. Sin embargo, a contracorriente, la respuesta de las clases trabajadoras, de los pueblos originarios, del feminismo, ha sido ejemplar ante la pandemia. Han actuado con dignidad, sabiendo que del capitalismo sólo se puede esperar un sálvase quien pueda. En él no hay cabida para la responsabilidad social ni personal. Demandarla es hipocresía, tanto como las orgías, fiestas y transgresiones que sus dirigentes comenten todos los días.

La nueva ética laica del neoliberalismo: el emprendimiento

Autor: Enrique Javier Díez Gutiérrez

Si buscas emprendimiento en Dialnet, una de las grandes bases de datos de ciencias sociales de España, aparecen más de 11.000 documentos sobre el tema: Emprendimiento y sostenibilidad, Emprendimiento y democracia, Emprendimiento y fiscalidad, Emprendimiento y discapacidad o La empresa y el emprendimiento, son algunos de los primeros títulos de artículos publicados en revistas “científicas”.

Si buscas emprendimiento en un buscador de internet, los resultados se multiplican exponencialmente. En Google aparece 61.400.000 resultados con este término. Su definición en Wikipedia es “el proceso de diseñar, lanzar y administrar un nuevo negocio, que generalmente comienza como una pequeña empresa o una emergente, ofreciendo a la venta un producto, servicio o proceso“.

Incluso se ha creado en España la figura de la Oficina del Alto Comisionado para España Nación Emprendedora, que depende directamente del presidente del Gobierno. Su responsable, para la revista Forbes, es uno de los veintiún “change makers” que lideran las iniciativas para cambiar la sociedad española en 2021. Este change maker, afirma en su Twitter, con 1.585 seguidores, que quiere “construir la Nación Emprendedora”. Eso sí, todo ello acompañado por muchos eslóganes, sobre todo si son en inglés que vende más. Sandbox financiero, sectores tractores, ecosistema emprendedor, rompehielos de un nuevo modelo de país, disruptores, escalabilidad…, junto con los ya clásicos: coworking, hub, business angels, etc.

¿En qué se concreta realmente todo esto? Hasta ahora parece que en entrevistas en radios y artículos de opinión en periódicos. Diversas reuniones de promoción. El anuncio de “Misiones País para la Innovación”, cuyo ‘primer instrumento’, “Misiones Ciencia e Innovación”, destina 95 millones de euros a proyectos de I+D+I de las grandes empresas. Y la declaración de “convertir a la administración pública en un Sector Público Emprendedor”. Poco más.

Me recuerda exactamente lo que pretendía el anterior gobierno en el campo de la educación y que el nuevo gobierno mantiene también en la nueva ley de educación: el emprendimiento. Este “espíritu empresarial o emprendedor” se ha introducido así en los contenidos escolares desde infantil a universidad. La Recomendación Europea 2006/962/CE insta a los Gobiernos de la Unión Europea a que introduzcan la enseñanza y el aprendizaje de competencias clave en sus estrategias de aprendizaje, siendo el “espíritu empresarial” una de las ocho claves.

Todas las administraciones públicas impulsan su promoción a través de un discurso que reviste esta categoría de “emprendedor” dentro de un hálito mágico, que supone una representación ideológica del mismo, provisto de cualidades personales y sociales extraordinarias, presentados estereotípicamente como generadores de desarrollo y bienestar, creativos líderes innovadores y visionarios, personas “hechas a sí mismas”, que transforman y construyen nuevas realidades y cimientan el cambio social que requieren las sociedades actuales.

La mitología de los emprendedores es la reedición del mito del “sueño norteamericano”, pero un sueño convertido en pesadilla de autoexplotación. Descontada la razonable potenciación de la capacidad de iniciativa, el sustrato de este enfoque es una mitificación idealista que utiliza tal eufemismo de emprendedores para que los trabajadores y las trabajadoras pasen a ser autónomos o “pequeños empresarios” sometidos a las reglas del juego de las grandes empresas, en lo que es un claro abuso de la retórica en alza del individualismo empresarial espontáneo, tan útil a la flexibilidad laboral a ultranza que acompaña a un mercado de trabajo aceleradamente desregulado.

En el actual escenario laboral de neoliberalismo salvaje, se avanza hacia la progresiva uberización del modelo emprendedor, siguiendo el ejemplo de plataformas, falazmente llamadas colaborativas, como Uber o Deliveroo, en donde el capitalista ya no precisa ni arriesgar su capital, y en el que los trabajadores y las trabajadoras se aprestan a generar beneficios para estas plataformas, sin salario ni descansos regulados, sin protección ante la enfermedad, asumiendo todo el riesgo, pero felices y contentos de no ser ya “clase trabajadora”, sino avispados emprendedores. Se produce así una transferencia total del riesgo a la clase trabajadora.

El objetivo no es otro que descargar en la persona todo el riesgo y la responsabilidad de su futuro laboral, a la capacidad de empleabilidad de cada uno. Ante el derrumbe del modelo de empleo estable y la precariedad organizada como sistema, se desplaza el riesgo y la responsabilidad a cada individuo, que debe hacer de su capacidad de empleabilidad una premisa frente a un mercado de trabajo inestable e inseguro por sistema. Por lo tanto, ya no puede haber protesta. Se deslegitima así el conflicto social, ya que no hay responsable ajeno ni otras causas que la propia incapacidad. Se convierte a las víctimas en culpables, responsables de su propia situación.

De esta forma ya no se trata de cambiar el modelo laboral de precariedad y temporalidad instaurado por las reformas laborales de los gobiernos conservadores y neoliberales al servicio del sector empresarial y las corporaciones multinacionales, sino que cada uno ha de convertirse en “inversor y accionista” de su propia fuerza de trabajo y como tal debe actuar, haciendo de su vida un proceso de reconversión continuo que busca el máximo interés individual, en un marco de relaciones interesadas y competitivas entre individuos.

Esta subjetividad neoliberal está marcada por un discurso que alega que la búsqueda del interés propio es la mejor forma mediante la que un individuo puede servir a la sociedad, donde el egoísmo es visto casi como un “deber social” y las relaciones de competencia y mercado se naturalizan. La finalidad del ser humano se convierte en la voluntad de realizarse uno mismo frente a los demás.

La noción de emprendimiento entronca directamente con la visión que el pensamiento neoliberal tiene acerca del ser humano como homo economicus: individualista, competitivo y que busca la consecución de sus propios objetivos a través de las opciones que le ofrece el mercado. En un entorno de coworking, rodeados de frases positivas y glamurosas de la “ciencia de la felicidad” y el pensamiento positivo al estilo Paulo Coelho —quien le teme al fracaso, le teme al éxito—. Complemento necesario para gestionar la experiencia opresiva de la explotación y sentirse incluso un colaborador libre y proactivo en la propia explotación, mediante técnicas de management emocional, aprendiendo a cambiar antes las percepciones que las condiciones de explotación.

Son las nuevas técnicas de fabricación de “la empresa de sí”. La empresa se convierte así, no sólo en un modelo general a imitar, sino que define una nueva ética, cierto ethos, que es preciso encarnar mediante un trabajo de vigilancia que se ejerce sobre uno mismo y que los procedimientos de evaluación constante se encargan de reforzar y verificar.

De esta forma, cada persona se ha visto compelida a concebirse a sí misma y a comportarse, en todas las dimensiones de su existencia, como portador de un ‘talento-capital’ individual que debe saber revalorizar constantemente. El primer mandamiento de la ética del emprendedor es “ayúdate a ti mismo”. Y sus tablas de la ley se rigen por la competencia como el modo de conducta universal de toda persona, que debe buscar superar a los demás en el descubrimiento de nuevas oportunidades de ganancia y adelantarse a ellos.

La gran innovación de la tecnología neoliberal consiste, precisamente, en vincular directamente la manera en que una persona “es gobernada” con la manera en que “se gobierna” a sí misma. En el contexto de lo que el filósofo Byung Chul Han denomina el “capitalismo de la emoción”, la biopolítica foucaultiana, el control panóptico exterior, es continuada por la psicopolítica neoliberal haniana, que busca seducir en vez de someter y en la que el control pasa al interior y se gestiona desde la emoción. Esta es, en lo esencial, la función de los dispositivos de aprendizaje, sumisión y disciplina, tanto económicos, como culturales y sociales, que orientan a las personas a “gobernarse” bajo la presión de la competición, de acuerdo con los principios del cálculo del máximo interés individual.

Enseñando igualmente a no identificarse con lo público; a desinteresarse y a asumir que el bien común quedó obsoleto, que cada persona solo depende de su destreza individual para vivir y que vivir significa fundamentalmente conseguir más dinero. ¿Qué sociedad pensamos construir si lo que enseñamos y promueven todas nuestras administraciones es esta nueva “ética laica del emprendimiento neoliberal”?

Frente a esta moral corrosiva, que expande esta “ética laica del emprendimiento neoliberal”, inmersa en los valores del capitalismo, extractivista y depredador, ecocida e insolidario, reivindicamos una ética laica del bien común y la justicia social, asentada en los derechos humanos, democrática, inclusiva, ecofeminista, postcapitalista y antineoliberal. Es en estos principios en los que debe basarse la educación de las nuevas generaciones y la urgente reconstrucción de un modelo social postcapitalista, postcolonial y antipatriarcal, como demanda Boaventura de Sousa Santos. Sin concesiones ni medias tintas. Es la única forma de revertir el auge del fascismo que resurge como una pandemia mundial y de heredar un planeta todavía vivible a las futuras generaciones.

Lo que Europa le debe al cristianismo

Rafael Narbona

Durante estas navidades, el Parlamento Europeo ha rechazado la propuesta de exponer un Belén en su sede, alegando que podría resultar ofensivo. Cuesta trabajo comprender qué puede resultar ofensivo en una tradición que ha acompañado a la sociedad europea durante siglos. No es un secreto que la identidad de Europa es una síntesis de Roma, Grecia y Jerusalén. Si prescindimos de algún aspecto de este legado, mutilamos nuestro propio ser. El cristianismo no ha aportado tan solo la Buena Noticia, el nacimiento de Jesús, un niño judío que se revelará como el Hijo de Dios, materializando la promesa del Antiguo Testamento, según el cual la herida abierta por el pecado original solo se cerrará cuando un Salvador restaure el equilibrio roto por el hombre.

Entiendo que para muchos este razonamiento solo es mitología. Conviene recordar que las Sagradas Escrituras no pretenden ser un relato de hechos históricos contrastables mediante la metodología de las ciencias sociales, sino una narración con una dimensión mítica y un significado trascendente. Si no fuera así, no se comprendería que el robo de una manzana fuera el origen de las desgracias de la humanidad. Esa manzana quizás nunca existió y simplemente simboliza la transgresión de las normas que protegían la vida. De hecho, la muerte de Abel es una consecuencia directa del pecado original, que introdujo la violencia en las relaciones humanas, desoyendo el mandato espontáneo de no matar que nos asalta cada vez que contemplamos el rostro ajeno.

El cristianismo es un humanismo radical

Con independencia de las cuestiones teológicas, el cristianismo no se ha limitado a aportar esperanza, lo cual no es poco, sino que además ha cimentado una interpretación del hombre y la historia basada en valores atemporales, como la fraternidad, el perdón, la paz y la solidaridad. Para el cristianismo, no hay judíos y gentiles, hombres civilizados y bárbaros, patricios y esclavos, varones y mujeres, sino seres humanos con una dignidad inalienable. Nadie es insignificante. Cualquier vida posee un valor incuestionable. Frente al egoísmo, el cristianismo incita al desprendimiento y la generosidad. El clamor contra la injusticia recorre el Evangelio y el Antiguo Testamento. Los pobres, los hambrientos, los que sufren no deben ser abandonados a su suerte. Su dolor es un escándalo y hay que hacer todo lo posible por mitigarlo. Eso sí, la lucha por la justicia no puede servir de pretexto para empuñar la espada. Hay que renunciar a la violencia y la venganza. Los pacíficos son los verdaderos hijos de Dios. El amor al prójimo debe extenderse a los enemigos. Quizás pueda parecer una idea ingenua o inhumana, pero sin esa predisposición, las heridas siempre permanecerán abiertas. Europa no ha conocido una paz duradera hasta que las naciones con una tradición de enemistad han decidido estrecharse la mano, enterrando su historial de agravios mutuos.

En el cristianismo, el amor al prójimo no es algo marginal, sino una idea central. San Juan escribe: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, está mintiendo. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”. El cristianismo es un humanismo radical. Pone a la persona en el centro de la vida moral y social, señalando que el hombre siempre es un fin y nunca un medio. No somete al individuo a los designios de la Historia o la Naturaleza, que justifican su inmolación, apelando a una hipotética plenitud futura. Algunos dirán que las hogueras de la Inquisición ignoraron este planteamiento. Sería absurdo negarlo, pero conviene aclarar que la Inquisición constituyó una gravísima infidelidad al Evangelio.

La Iglesia Católica no ha logrado permanecer al margen de las convulsiones de la historia. Su mensaje ha sido utilizado para justificar ideologías opuestas a sus principios más elementales. Pienso en el antisemitismo, que nace de la injusta acusación contra el pueblo judío de ser los responsables de la muerte de Jesús. Nunca me cansaré de repetir que Jesús fue ejecutado por Roma, que le consideró un alborotador más, uno de esos mesías que aparecían de vez en cuando, incitando a la rebelión. El cristianismo no es la negación del judaísmo, sino su continuación. Una hagadá de la Torá formula con inequívoca nitidez el pilar de la moral: “No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti; todo lo demás es comentario”. Debemos esa “regla de oro” al rabino Hilel el Sabio (h. 110 a. C.-10 d. C.), el primer erudito que sistematizó la interpretación de la Torá escrita. En su ‘Vida de Jesús’, Ernest Renan sostiene que Hilel fue el maestro de Jesús de Nazaret. El cristianismo siempre estará ligado al judaísmo. Los Cristos rubios y de ojos azules son una grotesca caricatura que ignora los hechos históricos (Jesús probablemente tuvo la piel morena, los ojos oscuros y el cabello corto), fomentando un antisemitismo hondamente anticristiano.

La religión como pretexto

Se ha responsabilizado al cristianismo de las guerras que asolaron Europa a partir de la Reforma, pero lo cierto es que esos conflictos no nacen de disputas religiosas, sino de la búsqueda de la hegemonía de unas naciones sobre otras. La religión sirvió de pretexto. Nunca fue la causa principal. Lejos de abogar por la guerra, el cristianismo destaca la responsabilidad de cada ser humano en relación a sus semejantes. El examen de conciencia y el sentimiento de culpa nos obligan a reflexionar sobre nuestros actos y a reparar el daño causado. La culpabilidad no es un simple lastre, sino un reconocimiento objetivo de nuestros errores y un estímulo permanente para corregirlos y superarlos. La culpabilidad sería estéril sin la posibilidad del perdón. Gracias al perdón, podemos librarnos del pasado. No estamos encadenados a él como si fuera algo muerto e inalterable. Ser perdonados significa poder reescribir lo que sucedió, avanzando hacia un futuro con nuevas posibilidades. Todas las legislaciones de países democráticos se hacen eco de esta idea, señalando que el sentido de las penas no es castigar, sino rehabilitar al infractor. Jesús nunca escatimó el perdón y siempre mostró predilección por los pecadores.

El cristianismo no se mostró hostil a la carne ni al sexo. Postuló la resurrección del cuerpo y el alma porque entendió que la persona es existencia encarnada, una conjunción indivisible. Sin cuerpo, no hay historia. Es la vía de inserción en lo real y lo que nos permite forjar una identidad. El odio al sexo no es una herencia cristiana, sino una vieja enseñanza gnóstica que san Agustín asimiló, desviándose del espíritu del Evangelio. El cristianismo tampoco es enemigo de la ley. Cuando Jesús pide que se paguen los impuestos, reconoce la dimensión comunitaria del individuo. No es posible una vida humana al margen de la sociedad.

Ser ciudadano no es una opción, sino una necesidad y una obligación. Eso sí, las sociedades que utilizan al hombre como medio y no como fin carecen de legitimidad y cabe la desobediencia. En los Hechos de los apóstoles, Pedro afirma: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. La invitación a la comunidad de bienes que circula por el Evangelio incorpora a la política una perspectiva utópica. No se trata de una utopía basada en la violencia revolucionaria, sino en el ejercicio de la razón. No es posible la paz y la prosperidad en un mundo con grandes desigualdades. Solo cuando comprendamos que la verdadera felicidad consiste en compartir, saldremos de esa lógica de la acumulación y el consumo que nos convierte en esclavos de los bienes materiales.

La fuerza de la libertad

El cristianismo es una “moral abierta”, como señala Henri Bergson, que se fundamenta en la libertad. Podemos abrazarla o no. No es una “moral cerrada” que se impone mediante la fuerza. No podría ser de otro modo en una filosofía que invita a poner la otra mejilla y a compartir con nuestros semejantes el manto, la túnica o lo que sea preciso. El cristianismo siempre se solidariza con el más débil. Por eso cambió la situación de los niños en el mundo antiguo. En Roma, la vida del recién nacido dependía de la voluntad del ‘pater familias’. Si éste repudiaba al niño, se le abandonaba a la intemperie, expuesto a los elementos y a las fieras. Jesús advierte que la vida de los niños es sagrada y que más valdría atarse una rueda de molino y arrojarse al mar antes que causarles cualquier daño. Su actitud no es menos favorable hacia la mujer. Se ha recriminado al cristianismo la discriminación y postergación de la condición femenina. Ese reproche debería más bien dirigirse a las distintas iglesias, pues Jesús se rodeó de mujeres y todo indica que muchas desempeñaron un papel muy importante en las primeras comunidades.

El respeto a los derechos humanos es la piedra angular del proyecto europeo y ese compromiso no ha surgido de la nada. Es anterior a la Ilustración y, de hecho, el humanismo de los ‘philosophes’ es nítidamente cristiano. El ateísmo fue un fenómeno marginal en el Siglo de las Luces. Predominó un anticlericalismo inspirado por el rechazo a la intervención de la Iglesia Católica en los asuntos políticos. Desgraciadamente, se juzga al cristianismo por las infidelidades de la Iglesia, siempre sujeta a las imperfecciones humanas, y no por sus grandes aportaciones al progreso moral de la cultura occidental. El cristianismo depuró la herencia grecolatina y las enseñanzas de la tradición judía mediante el humanismo del Evangelio, alumbrando la idea de una civilización basada en leyes justas que garantizaran la igualdad de derechos, la protección del más débil y la fraternidad con otros pueblos.

Negarse a exponer un Belén en el Parlamento Europeo significa darle la espalda a ese legado, ocultando sus raíces históricas y filosóficas. El hispanista Joseph Pérez afirmaba que sin el cristianismo, España se parecería al norte de África, donde las ideas democráticas aún soportan una fuerte resistencia. Puede extenderse su reflexión al resto de Europa. El comportamiento del Parlamento Europeo evoca los problemas de Jesús y María para hallar posada, cuando el nacimiento de Jesús era inminente. Es un gesto con un indudable parentesco con la tendencia de Europa a levantar muros y no puentes, cerrando el paso a los inmigrantes. Un Belén en el Parlamento Europeo, lejos de ofender, podría haber servido para recordar que lo ético y humano es la acogida, y no la indiferencia o el rechazo.

¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos?

Fuente: theobjective.com

Autor: Miguel Ángel Quintana Paz

Hace unos meses el joven filósofo Diego S. Garrocho publicó en el diario El Mundo una tribuna notable. Su título, ¿Dónde están los cristianos?, formulaba sin concesiones una preocupación: que en nuestros debates públicos, nuestras redes sociales, nuestras tertulias políticas y discusiones intelectuales, apenas cabe oír voces cristianas que muestren, verbigracia, «el vigor filosófico del Evangelio de Juan, el mérito sapiencial del Eclesiastés o la revolución moral de las epístolas de San Pablo».

«Hagan la lista», sugería Garrocho: «Está la izquierda cultural, el marxismo talmúdico, la socialdemocracia, el populismo de izquierdas, el de derechas, el liberalismo erudito, el de audiolibro, los ecologistas, la izquierda de derechas, la Queer Theory, los conservadores estetizantes, la tardoadolescencia revolucionaria, el extremo centro, los del carné de un partido, los del otro carné… Y está, por supuesto, el catolicismo excesivo y de bandería. Están todos, absolutamente todos en un ejercicio de afinación sinfónica, todos menos la intelectualidad cristiana».

Esta carencia, a juicio de nuestro pensador, él mismo cristiano (y, por tanto, el texto no deja de emanar cierto aire autocrítico), es grave. No siempre fue así: Garrocho recuerda debates recientes en que sí que supieron penetrar autores como el papa Benedicto XVI, o los filósofos Gianni Vattimo y Rémi Brague (todos ellos vivos, aunque ancianos; yo añadiría al recientemente fallecido René Girard). Su artículo concluye, pues, de forma tan punzante como bella: «Nadie ensaya a decir ya, ni tan siquiera como ejercicio intelectual, que a lo mejor es cierto que hay una dignidad singular en los que pierden, los que sufren y los que lloran, porque de ellos será lo que los cristianos reconocen desde hace siglos como el Reino. Así sea como hipótesis merecería la pena decirlo en alto alguna vez. Por pura probabilidad. No vaya a ser cierto».

Garrocho lanza, pues, un llamamiento a hablar más en cristiano. Y uno podría esperar que tal llamamiento chocase sobre todo con quienes se alegran de que el cristianismo quede fuera (o «fuerísima», según moderno superlativo) de nuestras batallas culturales: laicistas, podemia, modernez malasañera, cientificistas… Sin embargo, resulta revelador del estado de nuestra opinión pública que las principales críticas que tal texto ha recibido hayan procedido… de los propios cristianos.

Estos se han sentido (¿hace falta aclararlo, en el mundo de hoy?) ofendiditos con el planteamiento de este joven profesor. Han negado la mayor. No, ¡no es cierto que no haya autores cristianos produciendo pensamientos valiosos! En Twitter se han ocupado y todo de detallarle listas de notables.

Pero no solo Garrocho (a quien tuve la fortuna de conocer hace años en un congreso dedicado a Paul Ricoeur), sino cualquier persona culta conoce bien estos nombres. Lo que denuncia su artículo, pues, no es que no existan. Volvamos al título: lo que se pregunta es más preciso, ¿dónde están? Pues, desde luego, no son nombres que resuenen en nuestros diálogos públicos.

Ante esta evidencia, los críticos con el artículo que estamos comentando contraatacan: “Oh, cierto, pero ¡no es culpa nuestra, cristianos, si no estamos presentes en el mainstream! ¡Es culpa de quienes controlan este! Si nos excluyen, nos silencian, o si simplemente no se nos escucha, ¿qué responsabilidad nos puede caber?”.

Esta queja parece plausible hasta que uno recapacita sobre ella. Que es a lo que me gustaría invitar al amable lector aquí. Porque cabría ver ese lamento como razonable si procediera de algún grupo marginal, pongamos a los mormones o a los adventistas del Séptimo Día. O a los jugadores de bádminton. Todos ellos dependen, por sus escasos recursos, de la voz que les concedan los demás.

Pero ¿de verdad pueden miembros de la Iglesia católica quejarse de que «otros» les acallan? ¿No tiene tal iglesia hoy en España una red de colegios, de universidades, una cadena de radio, una de televisión, editoriales, asociaciones, organizaciones, institutos, congregaciones, edificios, museos… suficientes como para no depender de si «otros» te otorguen o no la palabra? ¿De veras se están empleando estos enormes recursos del modo óptimo que permitiría ir bien pertrechados a la guerra intelectual?

Mi impresión es la contraria. Todos esos talentos se están dilapidando de forma difícilmente perdonable (recordemos la parábola de los ídem). Y parte del problema es que ese desperdicio se ha convertido ya en una inercia que pasa desapercibida a los propios dilapidadores. De ahí que estos reaccionen del modo tan airado en que lo han hecho con el artículo del profesor Garrocho.

¿A qué me refiero cuando hablo de derroche de los recursos con que sí cuenta la Iglesia católica, pero que no se ven reflejados en su impacto intelectual? Empecemos hablando de los medios de comunicación de la Conferencia Episcopal: una de las cadenas radiofónicas más escuchadas del país, Cope, y una televisión con cierta presencia también, Trece TV.

Enciendo mi aparato de radio mientras redacto este artículo: se juega un partido de fútbol, así que los locutores lo narran exaltados, pespunteándolo todo de alguna que otra blasfemia (el término «hostia», no en su significado sacramental de «pieza redonda y delgada de pan ácimo», es la primera que detecto). No me parece algo definitivo (aunque la próxima vez que los obispos se quejen de que un artista o una revista satírica se mofa de su fe, me preguntaré por qué no ponen en su sitio también a sus propios empleados de Cope, por muy millonarios que sean los contratos de estos). Acudo a la parrilla general de esta cadena: ¿qué espacio se presta a debates intelectuales de empaque donde escuchar la voz cristiana? Me percato de la gran labor que Fernando de Haro o Pilar Cisneros realizan en su programa de tarde, algún que otro programa consagrado a asuntos de sacristía… y poco más.

Apago la radio, enciendo la tele, y mi sensación empeora. Trece TV ha decidido, por razones misteriosas, que repetir películas del Oeste antiguas constituye una excelente introducción al pensamiento cristiano actual. Pero no acierto a captar el porqué.

En cuanto Pablo Iglesias Turrión contó con una televisión, pequeña, financiada por la teocracia iraní, comenzó enseguida a producir debates en que exhibir sus ideas extremistas. Y en los que ir contactando con intelectuales afines o netamente adversarios. Debatir, incluso con gente muy contraria a ti, te da visibilidad (y bien que se la acabaron dando las teles de derecha a Iglesias). ¿Ha pensado alguna vez Trece TV en hacer algo tan sencillo como copiarles?

Es más, ¿por qué no inundar su parrilla de programas que expliquen el inmenso legado artístico, literario, musical del cristianismo? ¿Por qué no explicar, en formato audiovisual, las ideas de (por recordar solo los aquí citados) Ratzinger, Brague, Girard? Reconozco que no tengo ni idea de si estos programas resultarían lucrativos en lo económico (no lo descartemos: como bien descubrió Pedro Navaja, aunque tarde, «la vida te da sorpresas»). Lo que es seguro es que esas emisiones resultarían lucrativas en lo intelectual. Y, por cierto, se puede difundir también este tipo de cosas en la radio (no nos hemos olvidado de ti y de tus locutores millonarios, Cadena Cope).

Trasladémonos de la comunicación de masas al mundo educativo. Prosiguiendo la pasión por el fútbol de la Cadena Cope, permítaseme hablar en primer lugar de «la cantera». ¿Salen preparados en el legado cristiano los jóvenes que pasan hasta 10, 12, 15 años en colegios católicos? ¿Conocen al dedillo (¡diez años dan para mucho!) los relatos bíblicos, las metáforas de los evangelios, los personajes del Antiguo Testamento? ¿Saben responder si se les pregunta por las virtudes teologales o, al menos, las cardinales? Mi experiencia, como profesor de Ética, es en este sentido decepcionante. A menudo debo explicar a mis alumnos, educados o no en escuelas cristianas, los protagonistas de nuestra civilización con el mismo detenimiento con que ellos deben explicarme a mí los personajes y aventuras de Harry Potter. Con el detalle, claro está, de que hay que salvar muchas distancias para sopesar siquiera una comparación como esta.

Una y otra vez he de preguntarme, pues, ¿qué han hecho día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año en esos centros educativos? Me repetiré (pero bien sabrá el amable lector que las repeticiones no son ajenas al estilo bíblico): ¡diez, quince años dan para mucho! Me responden algunos alumnos: clases de religión dedicadas a elaborar murales «por la paz». Charlas sobre lo importante que es ser buena persona. ¿Sabíais que es importante ser buena persona? Jesús te ama y la Virgen, también. Más murales con letras de colores en que ponga esto. Hay que ayudar a los pobres. Jesús vivió hace mucho tiempo. Pero te ama. A los pobres también. Hagamos una campaña de recogida de fondos. Por cierto, ¿no sería fantástico acompañarla de un mural?

No tengo nada, naturalmente, en contra de las campañas filantrópicas. (Sobre los murales evitaré, de momento, pronunciarme). Yo también recogía fondos mientras fui escolar, pues conté con la fortuna de que me educara un colegio católico. Pero justo por eso sé que en 10 años (13 en mi caso) da tiempo para aprender muchas más cosas. Soy el primero que disfruta el entusiasmo de un joven de 23 años, que está redescubriendo el valor de su civilización cristiana, cuando escucha por primera vez la ya citada parábola de los talentos. Pero uno añora los tiempos en que esas cosas bíblicas se conocían de sobra a semejante edad, y se podía partir de ellas para reflexionar más allá.

Terminaré hablando del otro extremo de nuestro sistema educativo: las universidades, en este caso las católicas. Son 16 en total, más dos facultades eclesiásticas. Y sin duda todas ellas cuentan con profesores e investigadores de nivel más que apreciable. Pero, de nuevo, ¿consiguen imbricarse en el debate social? ¿Generan discusiones que tengan repercusión fuera de ellas? ¿Introducen asuntos en redes sociales? 16 universidades dan pie a una red de invitaciones mutuas, de lecturas mutuas, de intercambios respectivos, pero ¿logran cada una de ellas entrar en diálogo con visiones cercanas, mas no idénticas por fuerza?

Mi impresión es que aquí ocurre lo contrario que describíamos en niveles educativos inferiores: mientras que en ellos el cristianismo queda a menudo diluido en frases vagas o bellas intenciones (y murales), cosas todas ellas que podría compartir cualquier persona de buena voluntad, en el ámbito universitario el enfoque se vuelve más cristiano, pero también más cerrado. No proliferan conversaciones entre ateos y cristianos en las facultades católicas. O entre cientificistas y humanistas. No son frecuentes los debates tampoco entre visiones contrapuestas de la fe. La moral cristiana no aprovecha para propagarse y demostrar su potencia en lucha intelectiva con otras visiones. Las vibrantes discusiones que caracterizaron la universidad medieval son hoy solo un recuerdo mortecino. Todo se despacha a menudo con un par de jornadas en que unos cuantos amigos repiten entre sí las ideas que ya todos ellos conocen; o algún homenaje simbólico a algún autor de renombre, que rara vez tiene más alumnos entre el público que ponentes invitados.

Seguramente he generalizado (es lo que tienen los análisis generales, como este, de la postergación del cristianismo en nuestra cultura). Seguramente hay alumnos que salen de sus escuelas católicas con una sólida formación desde Abraham a Maritain, desde el Génesis al Apocalipsis. Seguramente hay actos donde universidades eclesiásticas o religiosas se confrontan con los retos (y los intelectuales) de nuestro tiempo. Probablemente hay tardes en que Trece TV no emite un western.

Todo eso puede ser verdad y, aun así, la pregunta de Diego S. Garrocho con que iniciamos este artículo seguiría siendo pertinente. Así al menos la he visto yo; y un buen modo de mostrar que Diego y yo nos equivocamos sería que radios, televisiones, colegios, universidades, institutos, editoriales, museos católicos recogieran este guante. No como lo recoge una damisela ofendida; sino como un reto para batirse en duelo intelectual. Para demostrarnos a nosotros, a todos, que el cristianismo, dos mil años después, sigue aprovechando cualquier ocasión para ponerse de actualidad. Al igual Jesús, también él, aprovechó el mero hecho de sentir sed junto a un pozo de Samaria para pegar la hebra.

Cuando los últimos centran la política

El vigésimo aniversario del fallecimiento de Camilo Sánchez se celebra el 29 de diciembre Se le recuerda por sus políticas de solidaridad, vivienda y servicios

Judith Pulido. La Provincia 13-12-2020

Las palabras entereza, coherencia, rigurosidad y solidaridad se repiten constantemente en los testimonios de las personas que apreciaron a Camilo Sánchez, alcalde de Santa Lucía de Tirajana entre los años 1995 y 2000, que falleció hace veinte años tras luchar intensamente contra el cáncer. Su trayectoria política, que inició tras finalizar la dictadura, destacó por su fuerte compromiso social y persistencia para mejorar aspectos vitales de los vecinos de la localidad. La construcción de viviendas sociales en el municipio, el equipamiento de los barrios, la mejora de infraestructuras públicas y el fomento de la educación fueron algunas de las hazañas que efectuó junto a los miembros de su formación en los primeros años de democracia.

El éxito de sus planteamientos y actos políticos se demuestran en el cariño que vertieron en él los ciudadanos, y es que fue el alcalde más votado de los municipios españoles con más de 20.000 habitantes en las elecciones de 1999. Pero su relación con la militancia, su profunda búsqueda del cambio y sus inquietudes políticas comienzan mucho antes, cuando tan sólo era un niño.

Pobreza

La escasez económica de este territorio -conocido como el triángulo de la pobreza, en conjunto con Agüimes e Ingenio-marcaba las pautas. Las aparcerías eran una de las pocas salidas que poseían los vecinos en esa época y a eso se dedicaban sus padres. “La explotación laboral, la carencia de derechos sindicales y la falta de libertad durante la época de la dictadura fue determinando nuestro comportamiento”, expresa Carmelo Ramírez, compañero militante en la agrupación política Asamblea Canaria (AV), que fundaron juntos tras morir Franco.

El seminario quizá marcó un antes y un después en la forma de ver las cosas que tenía el ex mandatario. “Era la universidad de los pobres; nuestros padres no tenían dinero para pagarnos escuelas privadas, era lo único que teníamos en ese momento para estudiar”, señala Silverio Matos, otra de las personalidades que han marcado la política en Santa Lucía, siendo el alcalde que sustituyó a Camilo tras su fallecimiento. Su acercamiento más próximo a la militancia se produjo al asistir a los cursillos de iniciación que la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) organizaba en los locales del Teleclub de El Doctoral y Casa Pastores. “Eran dirigidos por Pepe el Cura; nos enseñaba sobre la solidaridad y deberse a los demás”, añade Francisco Rodríguez, alcalde actual del municipio.

“Allí nos conocimos”, señala Sebastiana ‘Chana’ González, su viuda, que explica que se acercaron bajo el interés de promulgar un cambio en la calidad de vida de Santa Lucía. “En ese periodo empezamos con los movimientos; realizábamos actividades para la mejora del barrio, se empezaron a crear asociaciones de vecinos y grupos culturales, también se formó la Federación Autogestionaria de Asociación de Barrios -que llegó a agrupar a más de 60 vecindarios federados de distintos municipios-, era el preámbulo de lo que sería la vida política de Camilo”, explica su mujer.

Cuando se presentó con Carmelo Ramírez y otros vecinos a las primeras elecciones municipales, en 1979, ya tenían el respaldo popular. “Ganamos por mayoría absoluta”, asevera el ahora consejero insular, que durante ese tiempo actuó como alcalde, mientras que Camilo ocupó el cargo de primer teniente de alcalde. En esta segunda etapa de la vida sociopolítica de Sánchez destacan las políticas de vivienda que se llevaron a cabo en el municipio. “Nos centramos en eso en primer lugar, eliminando todas las cuarterías y favoreciendo la construcción de viviendas sociales”, sostiene.

La equipación de los barrios con infraestructuras tan básicas como redes de saneamiento, alumbrado o aceras y carreteras asfaltadas fue el siguiente paso; aunque el asunto más urgente con el que tuvieron que lidiar fue con el suministro de agua. “No había suficiente, pero cientos de personas se movilizaron organizando una manifestación frente a la Delegación del Gobierno que duró varios días”, asevera. El triunfo de esta concentración propició la creación de la Mancomunidad del Sureste, que después efectuaría la obra de la potabilizadora comarcal. “La participación ciudadana fue otro de los aspectos más importantes en este periodo”, explica por su parte Eugenio Rodríguez, co-autor de la recién reeditada biografía de Camilo Sánchez. Según señala, el gobierno conformado por Sánchez y Ramírez fundó en 1982 el Consejo Ciudadano, integrado por unos 50 representantes vecinales -uno por cada 500 habitantes- y los miembros de la Corporación municipal, para discutir los puntos que después se llevarían a pleno.

Aun así, por lo que más se conoció a Camilo en los años venideros, fue por las políticas de solidaridad. “El Ayuntamiento de Santa Lucía fue el precursor del área de Solidaridad de las administraciones españolas”, asegura el biógrafo del fallecido. “Recuerdo acompañarle a un encuentro de la Federación de Municipios de España (FEMP) que se celebró en Valencia, en donde discutió con el ministro Solchaga que el Gobierno estatal tenía que garantizar el 1% del presupuesto para asuntos de solidaridad”, rememora por otro lado Matos, un episodio que sucedió ya durante la etapa de alcaldía de Sánchez en Santa Lucía. “Camilo fue uno de los políticos más valientes de este país”, señala Eugenio Rodríguez, subrayando con admiración que su forma de actuar siempre se basaba en sus principios, nunca corrompiéndose e incluso enfrentándose a grandes instituciones para conseguir mejoras para su pueblo. “Es una personalidad forjada en la lucha, por eso se ha hecho tan famosa y molesta su frase ‘O luchas o te vendes’”, recuerda.

El diagnóstico del cáncer, ya durante su alcaldía, fue un shock tanto para sus familiares y amigos como para la ciudadanía. “Fue una situación muy complicada, pero la vivió con entereza y de forma pública; de hecho, mucha gente donó dinero para que se fuese a operar a Estados Unidos, eso nos sorprendió”, recuerda Chana, que insiste en que Camilo nunca dejó apartada sus responsabilidades políticas a pesar de las circunstancias. De hecho, volvió a presentarse a la alcaldía en 1999 y no sólo salió elegido por mayoría, sino que fue el más votado de los municipios de más de 20.000 habitantes en toda España. “El rigor en todo el trabajo que hacía y la honestidad es lo que atraía a la gente. Nunca se vio el municipio salpicado por casos de corrupción”, expresa su compañero de partido. “Hacía de la ética un estilo de vida”, añade su viuda.

El final de Camilo -el 29 de diciembre del 2000- ha quedado grabado en la mente de muchos. Más de 30.000 personas asistieron a su entierro, según calculó la Policía Local en aquella fecha. “Aunque otros tantos se quedaron en el camino, porque era muy difícil acceder por la aglomeración”, sostiene Chana. Durante los veinte años que han pasado desde entonces, las organizaciones e instituciones de la Isla no han parado de recordarle. El Cabildo insular lo nombró Hijo Predilecto de Gran Canaria; han organizado jornadas de solidaridad y eventos deportivos para homenajearle, e incluso denominado el mayor parque urbano de Santa Lucía con su nombre. “Fue un hombre que creó escuela, ha sido un referente para todos”, concluye Matos.

Jornadas de solidaridad

La asociación de vecinos de Teneguía de Casas Pastorales y la asociación Ventolera organizan los próximos días 28 y 29 de diciembre la octava edición de las Jornadas de Solidaridad en homenaje a Camilo Sánchez. En esta ocasión el evento estará enfocado en el vigésimo aniversario de su muerte, por lo que muchas de las actividades que se efectúen se basarán en difundir las experiencias de vida y reflexiones del que fue alcalde de Santa Lucía entre 1995 y 2000. En concreto, el lunes 28 se inaugurará en el Teatro Víctor Jara una exposición sobre el personaje público a las 19.00 horas y se celebrará una mesa redonda para recordarle. El miércoles se llevará a cabo la tradicional entrega del premio de solidaridad a la persona o entidad a la que se le haya concedido.