¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos?

Fuente: theobjective.com

Autor: Miguel Ángel Quintana Paz

Hace unos meses el joven filósofo Diego S. Garrocho publicó en el diario El Mundo una tribuna notable. Su título, ¿Dónde están los cristianos?, formulaba sin concesiones una preocupación: que en nuestros debates públicos, nuestras redes sociales, nuestras tertulias políticas y discusiones intelectuales, apenas cabe oír voces cristianas que muestren, verbigracia, «el vigor filosófico del Evangelio de Juan, el mérito sapiencial del Eclesiastés o la revolución moral de las epístolas de San Pablo».

«Hagan la lista», sugería Garrocho: «Está la izquierda cultural, el marxismo talmúdico, la socialdemocracia, el populismo de izquierdas, el de derechas, el liberalismo erudito, el de audiolibro, los ecologistas, la izquierda de derechas, la Queer Theory, los conservadores estetizantes, la tardoadolescencia revolucionaria, el extremo centro, los del carné de un partido, los del otro carné… Y está, por supuesto, el catolicismo excesivo y de bandería. Están todos, absolutamente todos en un ejercicio de afinación sinfónica, todos menos la intelectualidad cristiana».

Esta carencia, a juicio de nuestro pensador, él mismo cristiano (y, por tanto, el texto no deja de emanar cierto aire autocrítico), es grave. No siempre fue así: Garrocho recuerda debates recientes en que sí que supieron penetrar autores como el papa Benedicto XVI, o los filósofos Gianni Vattimo y Rémi Brague (todos ellos vivos, aunque ancianos; yo añadiría al recientemente fallecido René Girard). Su artículo concluye, pues, de forma tan punzante como bella: «Nadie ensaya a decir ya, ni tan siquiera como ejercicio intelectual, que a lo mejor es cierto que hay una dignidad singular en los que pierden, los que sufren y los que lloran, porque de ellos será lo que los cristianos reconocen desde hace siglos como el Reino. Así sea como hipótesis merecería la pena decirlo en alto alguna vez. Por pura probabilidad. No vaya a ser cierto».

Garrocho lanza, pues, un llamamiento a hablar más en cristiano. Y uno podría esperar que tal llamamiento chocase sobre todo con quienes se alegran de que el cristianismo quede fuera (o «fuerísima», según moderno superlativo) de nuestras batallas culturales: laicistas, podemia, modernez malasañera, cientificistas… Sin embargo, resulta revelador del estado de nuestra opinión pública que las principales críticas que tal texto ha recibido hayan procedido… de los propios cristianos.

Estos se han sentido (¿hace falta aclararlo, en el mundo de hoy?) ofendiditos con el planteamiento de este joven profesor. Han negado la mayor. No, ¡no es cierto que no haya autores cristianos produciendo pensamientos valiosos! En Twitter se han ocupado y todo de detallarle listas de notables.

Pero no solo Garrocho (a quien tuve la fortuna de conocer hace años en un congreso dedicado a Paul Ricoeur), sino cualquier persona culta conoce bien estos nombres. Lo que denuncia su artículo, pues, no es que no existan. Volvamos al título: lo que se pregunta es más preciso, ¿dónde están? Pues, desde luego, no son nombres que resuenen en nuestros diálogos públicos.

Ante esta evidencia, los críticos con el artículo que estamos comentando contraatacan: “Oh, cierto, pero ¡no es culpa nuestra, cristianos, si no estamos presentes en el mainstream! ¡Es culpa de quienes controlan este! Si nos excluyen, nos silencian, o si simplemente no se nos escucha, ¿qué responsabilidad nos puede caber?”.

Esta queja parece plausible hasta que uno recapacita sobre ella. Que es a lo que me gustaría invitar al amable lector aquí. Porque cabría ver ese lamento como razonable si procediera de algún grupo marginal, pongamos a los mormones o a los adventistas del Séptimo Día. O a los jugadores de bádminton. Todos ellos dependen, por sus escasos recursos, de la voz que les concedan los demás.

Pero ¿de verdad pueden miembros de la Iglesia católica quejarse de que «otros» les acallan? ¿No tiene tal iglesia hoy en España una red de colegios, de universidades, una cadena de radio, una de televisión, editoriales, asociaciones, organizaciones, institutos, congregaciones, edificios, museos… suficientes como para no depender de si «otros» te otorguen o no la palabra? ¿De veras se están empleando estos enormes recursos del modo óptimo que permitiría ir bien pertrechados a la guerra intelectual?

Mi impresión es la contraria. Todos esos talentos se están dilapidando de forma difícilmente perdonable (recordemos la parábola de los ídem). Y parte del problema es que ese desperdicio se ha convertido ya en una inercia que pasa desapercibida a los propios dilapidadores. De ahí que estos reaccionen del modo tan airado en que lo han hecho con el artículo del profesor Garrocho.

¿A qué me refiero cuando hablo de derroche de los recursos con que sí cuenta la Iglesia católica, pero que no se ven reflejados en su impacto intelectual? Empecemos hablando de los medios de comunicación de la Conferencia Episcopal: una de las cadenas radiofónicas más escuchadas del país, Cope, y una televisión con cierta presencia también, Trece TV.

Enciendo mi aparato de radio mientras redacto este artículo: se juega un partido de fútbol, así que los locutores lo narran exaltados, pespunteándolo todo de alguna que otra blasfemia (el término «hostia», no en su significado sacramental de «pieza redonda y delgada de pan ácimo», es la primera que detecto). No me parece algo definitivo (aunque la próxima vez que los obispos se quejen de que un artista o una revista satírica se mofa de su fe, me preguntaré por qué no ponen en su sitio también a sus propios empleados de Cope, por muy millonarios que sean los contratos de estos). Acudo a la parrilla general de esta cadena: ¿qué espacio se presta a debates intelectuales de empaque donde escuchar la voz cristiana? Me percato de la gran labor que Fernando de Haro o Pilar Cisneros realizan en su programa de tarde, algún que otro programa consagrado a asuntos de sacristía… y poco más.

Apago la radio, enciendo la tele, y mi sensación empeora. Trece TV ha decidido, por razones misteriosas, que repetir películas del Oeste antiguas constituye una excelente introducción al pensamiento cristiano actual. Pero no acierto a captar el porqué.

En cuanto Pablo Iglesias Turrión contó con una televisión, pequeña, financiada por la teocracia iraní, comenzó enseguida a producir debates en que exhibir sus ideas extremistas. Y en los que ir contactando con intelectuales afines o netamente adversarios. Debatir, incluso con gente muy contraria a ti, te da visibilidad (y bien que se la acabaron dando las teles de derecha a Iglesias). ¿Ha pensado alguna vez Trece TV en hacer algo tan sencillo como copiarles?

Es más, ¿por qué no inundar su parrilla de programas que expliquen el inmenso legado artístico, literario, musical del cristianismo? ¿Por qué no explicar, en formato audiovisual, las ideas de (por recordar solo los aquí citados) Ratzinger, Brague, Girard? Reconozco que no tengo ni idea de si estos programas resultarían lucrativos en lo económico (no lo descartemos: como bien descubrió Pedro Navaja, aunque tarde, «la vida te da sorpresas»). Lo que es seguro es que esas emisiones resultarían lucrativas en lo intelectual. Y, por cierto, se puede difundir también este tipo de cosas en la radio (no nos hemos olvidado de ti y de tus locutores millonarios, Cadena Cope).

Trasladémonos de la comunicación de masas al mundo educativo. Prosiguiendo la pasión por el fútbol de la Cadena Cope, permítaseme hablar en primer lugar de «la cantera». ¿Salen preparados en el legado cristiano los jóvenes que pasan hasta 10, 12, 15 años en colegios católicos? ¿Conocen al dedillo (¡diez años dan para mucho!) los relatos bíblicos, las metáforas de los evangelios, los personajes del Antiguo Testamento? ¿Saben responder si se les pregunta por las virtudes teologales o, al menos, las cardinales? Mi experiencia, como profesor de Ética, es en este sentido decepcionante. A menudo debo explicar a mis alumnos, educados o no en escuelas cristianas, los protagonistas de nuestra civilización con el mismo detenimiento con que ellos deben explicarme a mí los personajes y aventuras de Harry Potter. Con el detalle, claro está, de que hay que salvar muchas distancias para sopesar siquiera una comparación como esta.

Una y otra vez he de preguntarme, pues, ¿qué han hecho día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año en esos centros educativos? Me repetiré (pero bien sabrá el amable lector que las repeticiones no son ajenas al estilo bíblico): ¡diez, quince años dan para mucho! Me responden algunos alumnos: clases de religión dedicadas a elaborar murales «por la paz». Charlas sobre lo importante que es ser buena persona. ¿Sabíais que es importante ser buena persona? Jesús te ama y la Virgen, también. Más murales con letras de colores en que ponga esto. Hay que ayudar a los pobres. Jesús vivió hace mucho tiempo. Pero te ama. A los pobres también. Hagamos una campaña de recogida de fondos. Por cierto, ¿no sería fantástico acompañarla de un mural?

No tengo nada, naturalmente, en contra de las campañas filantrópicas. (Sobre los murales evitaré, de momento, pronunciarme). Yo también recogía fondos mientras fui escolar, pues conté con la fortuna de que me educara un colegio católico. Pero justo por eso sé que en 10 años (13 en mi caso) da tiempo para aprender muchas más cosas. Soy el primero que disfruta el entusiasmo de un joven de 23 años, que está redescubriendo el valor de su civilización cristiana, cuando escucha por primera vez la ya citada parábola de los talentos. Pero uno añora los tiempos en que esas cosas bíblicas se conocían de sobra a semejante edad, y se podía partir de ellas para reflexionar más allá.

Terminaré hablando del otro extremo de nuestro sistema educativo: las universidades, en este caso las católicas. Son 16 en total, más dos facultades eclesiásticas. Y sin duda todas ellas cuentan con profesores e investigadores de nivel más que apreciable. Pero, de nuevo, ¿consiguen imbricarse en el debate social? ¿Generan discusiones que tengan repercusión fuera de ellas? ¿Introducen asuntos en redes sociales? 16 universidades dan pie a una red de invitaciones mutuas, de lecturas mutuas, de intercambios respectivos, pero ¿logran cada una de ellas entrar en diálogo con visiones cercanas, mas no idénticas por fuerza?

Mi impresión es que aquí ocurre lo contrario que describíamos en niveles educativos inferiores: mientras que en ellos el cristianismo queda a menudo diluido en frases vagas o bellas intenciones (y murales), cosas todas ellas que podría compartir cualquier persona de buena voluntad, en el ámbito universitario el enfoque se vuelve más cristiano, pero también más cerrado. No proliferan conversaciones entre ateos y cristianos en las facultades católicas. O entre cientificistas y humanistas. No son frecuentes los debates tampoco entre visiones contrapuestas de la fe. La moral cristiana no aprovecha para propagarse y demostrar su potencia en lucha intelectiva con otras visiones. Las vibrantes discusiones que caracterizaron la universidad medieval son hoy solo un recuerdo mortecino. Todo se despacha a menudo con un par de jornadas en que unos cuantos amigos repiten entre sí las ideas que ya todos ellos conocen; o algún homenaje simbólico a algún autor de renombre, que rara vez tiene más alumnos entre el público que ponentes invitados.

Seguramente he generalizado (es lo que tienen los análisis generales, como este, de la postergación del cristianismo en nuestra cultura). Seguramente hay alumnos que salen de sus escuelas católicas con una sólida formación desde Abraham a Maritain, desde el Génesis al Apocalipsis. Seguramente hay actos donde universidades eclesiásticas o religiosas se confrontan con los retos (y los intelectuales) de nuestro tiempo. Probablemente hay tardes en que Trece TV no emite un western.

Todo eso puede ser verdad y, aun así, la pregunta de Diego S. Garrocho con que iniciamos este artículo seguiría siendo pertinente. Así al menos la he visto yo; y un buen modo de mostrar que Diego y yo nos equivocamos sería que radios, televisiones, colegios, universidades, institutos, editoriales, museos católicos recogieran este guante. No como lo recoge una damisela ofendida; sino como un reto para batirse en duelo intelectual. Para demostrarnos a nosotros, a todos, que el cristianismo, dos mil años después, sigue aprovechando cualquier ocasión para ponerse de actualidad. Al igual Jesús, también él, aprovechó el mero hecho de sentir sed junto a un pozo de Samaria para pegar la hebra.

Cuando los últimos centran la política

El vigésimo aniversario del fallecimiento de Camilo Sánchez se celebra el 29 de diciembre Se le recuerda por sus políticas de solidaridad, vivienda y servicios

Judith Pulido. La Provincia 13-12-2020

Las palabras entereza, coherencia, rigurosidad y solidaridad se repiten constantemente en los testimonios de las personas que apreciaron a Camilo Sánchez, alcalde de Santa Lucía de Tirajana entre los años 1995 y 2000, que falleció hace veinte años tras luchar intensamente contra el cáncer. Su trayectoria política, que inició tras finalizar la dictadura, destacó por su fuerte compromiso social y persistencia para mejorar aspectos vitales de los vecinos de la localidad. La construcción de viviendas sociales en el municipio, el equipamiento de los barrios, la mejora de infraestructuras públicas y el fomento de la educación fueron algunas de las hazañas que efectuó junto a los miembros de su formación en los primeros años de democracia.

El éxito de sus planteamientos y actos políticos se demuestran en el cariño que vertieron en él los ciudadanos, y es que fue el alcalde más votado de los municipios españoles con más de 20.000 habitantes en las elecciones de 1999. Pero su relación con la militancia, su profunda búsqueda del cambio y sus inquietudes políticas comienzan mucho antes, cuando tan sólo era un niño.

Pobreza

La escasez económica de este territorio -conocido como el triángulo de la pobreza, en conjunto con Agüimes e Ingenio-marcaba las pautas. Las aparcerías eran una de las pocas salidas que poseían los vecinos en esa época y a eso se dedicaban sus padres. “La explotación laboral, la carencia de derechos sindicales y la falta de libertad durante la época de la dictadura fue determinando nuestro comportamiento”, expresa Carmelo Ramírez, compañero militante en la agrupación política Asamblea Canaria (AV), que fundaron juntos tras morir Franco.

El seminario quizá marcó un antes y un después en la forma de ver las cosas que tenía el ex mandatario. “Era la universidad de los pobres; nuestros padres no tenían dinero para pagarnos escuelas privadas, era lo único que teníamos en ese momento para estudiar”, señala Silverio Matos, otra de las personalidades que han marcado la política en Santa Lucía, siendo el alcalde que sustituyó a Camilo tras su fallecimiento. Su acercamiento más próximo a la militancia se produjo al asistir a los cursillos de iniciación que la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) organizaba en los locales del Teleclub de El Doctoral y Casa Pastores. “Eran dirigidos por Pepe el Cura; nos enseñaba sobre la solidaridad y deberse a los demás”, añade Francisco Rodríguez, alcalde actual del municipio.

“Allí nos conocimos”, señala Sebastiana ‘Chana’ González, su viuda, que explica que se acercaron bajo el interés de promulgar un cambio en la calidad de vida de Santa Lucía. “En ese periodo empezamos con los movimientos; realizábamos actividades para la mejora del barrio, se empezaron a crear asociaciones de vecinos y grupos culturales, también se formó la Federación Autogestionaria de Asociación de Barrios -que llegó a agrupar a más de 60 vecindarios federados de distintos municipios-, era el preámbulo de lo que sería la vida política de Camilo”, explica su mujer.

Cuando se presentó con Carmelo Ramírez y otros vecinos a las primeras elecciones municipales, en 1979, ya tenían el respaldo popular. “Ganamos por mayoría absoluta”, asevera el ahora consejero insular, que durante ese tiempo actuó como alcalde, mientras que Camilo ocupó el cargo de primer teniente de alcalde. En esta segunda etapa de la vida sociopolítica de Sánchez destacan las políticas de vivienda que se llevaron a cabo en el municipio. “Nos centramos en eso en primer lugar, eliminando todas las cuarterías y favoreciendo la construcción de viviendas sociales”, sostiene.

La equipación de los barrios con infraestructuras tan básicas como redes de saneamiento, alumbrado o aceras y carreteras asfaltadas fue el siguiente paso; aunque el asunto más urgente con el que tuvieron que lidiar fue con el suministro de agua. “No había suficiente, pero cientos de personas se movilizaron organizando una manifestación frente a la Delegación del Gobierno que duró varios días”, asevera. El triunfo de esta concentración propició la creación de la Mancomunidad del Sureste, que después efectuaría la obra de la potabilizadora comarcal. “La participación ciudadana fue otro de los aspectos más importantes en este periodo”, explica por su parte Eugenio Rodríguez, co-autor de la recién reeditada biografía de Camilo Sánchez. Según señala, el gobierno conformado por Sánchez y Ramírez fundó en 1982 el Consejo Ciudadano, integrado por unos 50 representantes vecinales -uno por cada 500 habitantes- y los miembros de la Corporación municipal, para discutir los puntos que después se llevarían a pleno.

Aun así, por lo que más se conoció a Camilo en los años venideros, fue por las políticas de solidaridad. “El Ayuntamiento de Santa Lucía fue el precursor del área de Solidaridad de las administraciones españolas”, asegura el biógrafo del fallecido. “Recuerdo acompañarle a un encuentro de la Federación de Municipios de España (FEMP) que se celebró en Valencia, en donde discutió con el ministro Solchaga que el Gobierno estatal tenía que garantizar el 1% del presupuesto para asuntos de solidaridad”, rememora por otro lado Matos, un episodio que sucedió ya durante la etapa de alcaldía de Sánchez en Santa Lucía. “Camilo fue uno de los políticos más valientes de este país”, señala Eugenio Rodríguez, subrayando con admiración que su forma de actuar siempre se basaba en sus principios, nunca corrompiéndose e incluso enfrentándose a grandes instituciones para conseguir mejoras para su pueblo. “Es una personalidad forjada en la lucha, por eso se ha hecho tan famosa y molesta su frase ‘O luchas o te vendes’”, recuerda.

El diagnóstico del cáncer, ya durante su alcaldía, fue un shock tanto para sus familiares y amigos como para la ciudadanía. “Fue una situación muy complicada, pero la vivió con entereza y de forma pública; de hecho, mucha gente donó dinero para que se fuese a operar a Estados Unidos, eso nos sorprendió”, recuerda Chana, que insiste en que Camilo nunca dejó apartada sus responsabilidades políticas a pesar de las circunstancias. De hecho, volvió a presentarse a la alcaldía en 1999 y no sólo salió elegido por mayoría, sino que fue el más votado de los municipios de más de 20.000 habitantes en toda España. “El rigor en todo el trabajo que hacía y la honestidad es lo que atraía a la gente. Nunca se vio el municipio salpicado por casos de corrupción”, expresa su compañero de partido. “Hacía de la ética un estilo de vida”, añade su viuda.

El final de Camilo -el 29 de diciembre del 2000- ha quedado grabado en la mente de muchos. Más de 30.000 personas asistieron a su entierro, según calculó la Policía Local en aquella fecha. “Aunque otros tantos se quedaron en el camino, porque era muy difícil acceder por la aglomeración”, sostiene Chana. Durante los veinte años que han pasado desde entonces, las organizaciones e instituciones de la Isla no han parado de recordarle. El Cabildo insular lo nombró Hijo Predilecto de Gran Canaria; han organizado jornadas de solidaridad y eventos deportivos para homenajearle, e incluso denominado el mayor parque urbano de Santa Lucía con su nombre. “Fue un hombre que creó escuela, ha sido un referente para todos”, concluye Matos.

Jornadas de solidaridad

La asociación de vecinos de Teneguía de Casas Pastorales y la asociación Ventolera organizan los próximos días 28 y 29 de diciembre la octava edición de las Jornadas de Solidaridad en homenaje a Camilo Sánchez. En esta ocasión el evento estará enfocado en el vigésimo aniversario de su muerte, por lo que muchas de las actividades que se efectúen se basarán en difundir las experiencias de vida y reflexiones del que fue alcalde de Santa Lucía entre 1995 y 2000. En concreto, el lunes 28 se inaugurará en el Teatro Víctor Jara una exposición sobre el personaje público a las 19.00 horas y se celebrará una mesa redonda para recordarle. El miércoles se llevará a cabo la tradicional entrega del premio de solidaridad a la persona o entidad a la que se le haya concedido.