Hemos olvidado a Besteiro

Hoy necesitamos políticos como él. No es una casualidad que, en una España tan cainita como ésta, nadie le reivindique.

En un país en el que somos tan aficionados a las conmemoraciones y los aniversarios, hay un olvido que clama al cielo: es el de Julián Besteiro, uno de los políticos más honestos y más coherentes que ha tenido España desde la Restauración.

El que fuera presidente del PSOE, de UGT y de las Cortes nació en Madrid en 1870 y murió en la cárcel de Carmona en 1940, un año después de terminar la Guerra Civil. Por lo tanto, se cumplen ahora 150 años de su llegada al mundo y 80 años de su fallecimiento.

Cada vez que paso por debajo del busto que hay en el pasillo del Congreso por el que se accede al Hemiciclo, me acuerdo de este hombre injustamente olvidado en nuestra vida política y, sobre todo, por el PSOE, al que nadie sirvió con lealtad y ejemplaridad.

Nadie hizo más que Besteiro para evitar el conflicto que estalló en 1936, ya que siempre se opuso a las tesis de Largo Caballero, que quería implantar la dictadura del proletariado durante la República y que apoyó el levantamiento de Asturias.

Besteiro propugnaba un reparto más justo de la riqueza, mejoras en la educación y reformas para consolidar la democracia, pero era abiertamente contrario a provocar una guerra que, según él creía, tendría un altísimo coste humano y generaría la pérdida de muchos de los avances sociales de la República.

Su juicio y condena fue un ajuste de cuentas porque incluso el fiscal militar, que había sido alumno suyo, reconoció que era un hombre bueno y honesto, que no tenía responsabilidad alguna en delitos de sangre. Se le condenó por haber sido socialista y haber defendido la República a la que había jurado lealtad.

Como es sabido, Besteiro se sumó a la iniciativa del Coronel Casado en marzo de 1939 para entregar Madrid con el ánimo de evitar un inútil derramamiento de sangre. Se le acusó de traidor por ello, pero fue uno de los pocos dirigentes socialistas, por no decir el único que se quedó en la capital. Fue detenido en los sótanos del Ministerio de Hacienda y encarcelado.

Cuando se le preguntó por qué no había huido como sus compañeros, respondió que tampoco habían podido salir de Madrid los obreros, los artesanos y las gentes modestas que no tenían dónde ir. «Lo que sea de ellos será de mí», afirmó.

Y así fue. Franco se negó a indultarle pese a las peticiones de algunos generales y dirigentes del régimen del yugo y las flechas, que sabían que Besteiro, que era catedrático de Lógica, no merecía ningún castigo de los vencedores.

Era un hombre inequívocamente de izquierdas, como lo prueba que fue condenado en 1917 a cadena perpetua por formar parte del comité que organizó la huelga general revolucionaria en la que mi abuelo, según me contó, fue despedido de la Compañía del Norte.

Hoy necesitamos políticos como él. No es una casualidad que, en una España tan cainita como ésta, nadie le reivindique y no se ponga en valor su falta de sectarismo y su generosidad con el adversario.

Una lástima.

Pedro García Cuartango

Fuente: ABC

La quinta revolución industrial, la que nos trajo el COVID-19

Bérgamo, Italia. La ciudad es el epicentro de la crisis del COVID-19 en Italia. Annamaria Furlan, sindicalista hace más de 40 años, jamás se imaginó diciendo: “No he pedido nunca el cierre de ninguna fábrica, pero es que ahora está en riesgo la vida de las personas”. En su misma ciudad a no pocos metros de ella, el poco empático Vincenzo Boccia, presidente de la patronal Confindustria argumentaba: “No entiendo los motivos por los que los sindicatos querrían hacer huelga. El decreto ya es muy restrictivo: ¿qué más se tendría que hacer?”.

¿Cómo va a entender el Capital el sufrimiento de aquellos para los cuáles el Trabajo es su mayor baluarte?

Chicago, EEUU, ciudad industrial por excelencia y entre las más contaminadas del país. Las personas afroamericanas fallecidas por coronavirus suponen el 70% del total, aunque esta comunidad ronda el 30% de la población. John Anderson, trabajador de industria química y habitante de Englewood, vecindario en el que los afroamericanos son mayoría, se pregunta por qué. Un estudio de Harvard revela que la gente de los condados de Estados Unidos que ha estado expuesta a un mayor nivel de contaminación durante los últimos 15-17 años tiene un índice de mortalidad por Covid-19 sustancialmente mayor. Anderson confirma: “los afroamericanos tenemos más enfermedades crónicas, menos cobertura sanitaria y buena parte de los trabajadores ‘de primera línea’, que no podemos confinarnos, debemos acudir a trabajar en medio de la pandemia”.

¿Cómo va a entender la rica sociedad europea de 30.000€ per cápita el sufrimiento de los trabajadores explotados para los cuáles el trabajo es su único salvoconducto?

Hoy, 1 de mayo de 2020, en plena crisis del coronavirus, debemos valorar su impacto en el Mundo del Trabajo aunque lo que vamos a encontrarnos no nos guste. La OIT ha publicado recientemente unas estimaciones entre las que destacan:

  • Las medidas de paralización total o parcial de actividad ya afectan a casi 2.700 millones de trabajadores, es decir, a alrededor del 81% de la fuerza de trabajo mundial.
  • En especial las empresas más pequeñas, se enfrentan a pérdidas catastróficas que amenazan su funcionamiento y solvencia, y millones de trabajadores están expuestos a la pérdida de ingresos y al despido.
  • En muchos países ya ha comenzado una contracción del empleo a gran escala sin precedentes. Se calcula que en el segundo trimestre de 2020 habrá una reducción del empleo de alrededor del 6,7%, el equivalente a 195 millones de trabajadores a tiempo completo.
  • Los 2.000 millones de trabajadores de la economía informal que carecen de protección legal son los más afectados. Por ejemplo, en la India, donde casi el 90 por ciento de la población trabaja en la economía informal, alrededor de 400 millones de esos trabajadores corren riesgo de ver agravada su situación de pobreza durante la crisis. Las actuales medidas de confinamiento en la India, han perjudicado apreciablemente a estos trabajadores, que se han visto obligados a regresar a las zonas rurales de las que proceden.
  • En las zonas urbanas, muchos trabajadores del sector informal trabajan en sectores de la economía muy expuestos a la infección por el virus. Otros se ven sin ingresos por las medidas de confinamiento, como los recicladores de desechos, los vendedores ambulantes, los camareros, los obreros de la construcción, los trabajadores del transporte y las trabajadoras y trabajadores domésticos.
  • Casi el 40 por ciento de los trabajadores del mundo trabajan en los sectores más afectados por la caída de producción como son el comercio al por menor, los servicios de alojamiento y de servicio de comidas y las industrias manufactureras.
  • En los países más empobrecidos, con un acceso limitado a los servicios de salud y a la protección social, los trabajadores corren un alto riesgo de caer en la pobreza y de tener mayores dificultades para recuperar sus medios de vida durante el periodo de recuperación.

La OIT no hace otra recomendación que la de adoptar medidas de alivio inmediato a los trabajadores y a las empresas para volver a la normalidad. Y no se atreve a reconocer que la “normalidad” era el problema. La normalidad de un mundo en el que el mantra “VUCA” (las siglas en inglés de Volatilidad, Incertidumbre, Complejidad y Ambigüedad) y la tecnología liquidaban de un plumazo a 2/3 partes de los trabajadores actuales, preconizando las bondades de la digitalización.

Decía Kant que “la inteligencia de los individuos se mide por la capacidad de incertidumbre que son capaces de soportar”. Pero esta afirmación del filósofo, no puede servir de excusa para hacer experimentos sociales. Nos dicen que tenemos que aprender a vivir en la incertidumbre y tienen razón. Pero eso vale para todos, no sólo para que vivan angustiados los de siempre, los explotados. Hemos tratado de jugar a ser dioses, empoderados con la tecnología y nos hemos olvidado de que a la incertidumbre que asfixia, que mata, se la combate con AMOR. Con AMOR en la POLÍTICA, en la ECONOMÍA, en la vida SINDICAL.

Madrid, España. Hemos podido paladear un poco de ese mundo VUCA que estaba por venir durante estos días de confinamiento. Los 2200 trabajadores de la sede central de Vodafone, se van a teletrabajar desde sus casas, incluso antes de que el Gobierno decrete el estado de alarma. Y la actividad económica de la operadora de telecomunicaciones, no se resiente… ¿Habrán entendido nuestros sindicatos del Siglo XX, que a las empresas del siglo XXI hay que enfrentarlas con herramientas del este siglo? ¿Que las luchas de los trabajadores en este mundo digital no pueden ser exclusivamente la huelga de antaño, sino que requieren el conocimiento y las redes de los trabajadores a nivel mundial?

¿Cómo van a entender los sindicalistas de oficina el sufrimiento de los trabajadores explotados de India que vomitan líneas de código para las multinacionales de las telecomunicación, para los cuáles los 2 € al día suponen comer toda la familia esa jornada?

No tememos a la robotización. Como Guillermo Rovirosa, somos unos enamorados de la tecnología, pero a condición de que esté al servicio del hombre, empezando por los más empobrecidos, no al revés. Lo estamos viendo con fuerza estos días. Cuando el ser humano no dispone de lo fundamental: Tierra (para poder alimentarse), Techo (incluso para poder “confinarse”) y Trabajo (para no depender de nadie, ni de nada), pasa a ser parte de los descartados. Como aquellos a los que el Ébola, el Sarampión, el Covid-19, o el virus de la explotación condena a muerte.

Luchar por la dignidad del trabajo para todos, es esencial. Los países del Norte están aprobando los mayores planes de rescate económico de la historia con seguros de desempleo para grandes capas de su población. Pero en el mundo hay muchos más millones de personas a los que no va a llegar ninguna ayuda y el parón económico les impactará de lleno. Se espera una oleada de gente sin hogar, más bancarrotas y más morbilidad y mortalidad, aparte de las cifras relacionadas con la pandemia.

Robert Skidelsky, profesor emérito de economía política en la Universidad de Warwick e integrante de la Academia Británica de historia y economía, dijo “Si una máquina puede reducir a la mitad la necesidad de mano de obra humana, ¿por qué en lugar de prescindir de la mitad de los trabajadores, no los empleamos a todos durante la mitad de tiempo?… Esto sería posible si el rédito de la automatización, en vez de quedar exclusivamente en manos de los ricos y poderosos, se distribuyera equitativamente”. ¿Habrá sociedades y empresas audaces que se atrevan a llevar a cabo esta revolución del pensamiento social? Tenemos la oportunidad de construir, con trabajo, una sociedad y un mundo nuevos, en los que unos tengan que decrecer, para que otros salgan de la miseria. Podemos construir una sociedad en la que la justicia, no sea sólo un eslogan. Estaríamos ciegos si no reconociéramos que hay miles de hechos que demuestran que soplan vientos de esperanza. ¡Quién sabe si este COVID-19 no nos traerá de la mano la 5ª revolución industrial, la de la Solidaridad!

Sin embargo, en las anteriores crisis se siguió una estrategia que acabó enriqueciendo aún más a los financieros, a costa de un crecimiento más lento y una desigualdad más marcada. En los primeros días de esta crisis vimos como los gobiernos estaban más atentos a las bolsas de valores y al sector financiero que a sus trabajadores, que son quienes no se enriquecen con las finanzas y las bolsas. El debate de la renta básica cobra fuerza, pues el sistema pretende aliviar la situación de sus trabajadores sin cambiar los pilares del sistema.

Lo realmente preocupante es que, cuando se logre controlar la pandemia, nos vamos a encontrar con un escenario de reconstrucción en el que las diferencias entre ricos y pobres van a ser superiores las de la crisis del 29 o la Segunda Guerra Mundial.

Un mundo dominado por grandes corporaciones en el que los Estados no han sido capaces de establecer estructuras fiscales justas es un mal punto de partida. Además otro virus está infectando el mundo de forma creciente que son los nacional-populismos que fomentan la división y va a dificultar la búsqueda de soluciones justas y solidarias a la crisis.

Los costes de la Primera Guerra Mundial los pagó Alemania y provocaron la Segunda Guerra Mundial. La factura de ésta última la pagaron los países del hemisferio Sur y disparó la riqueza de los países del Norte. Estamos en un momento decisivo de la historia: o activamos una respuesta solidaria o los más pobres volverán a ser los paganos de esta crisis. ¡Celebremos como se merece este 1º de mayo! ¡Arriba los pobres del mundo!

Javier Marijúan y Marta Sanz

De crisis y pandemias

La presencia devastadora de las plagas en la historia de la humanidad es una constante que se ha ido repitiendo cada cierto tiempo. Algunas tuvieron un impacto tremendo, como la peste llamada Antonina, que indirectamente contribuyó a la expansión y consolidación del cristianismo. La Peste Negra de mediados del s. XIV fue también devastadora en Europa, provocando cambios muy profundos que dieron paso al llamado Renacimiento. Quizá ninguna fue tan catastrófica como la entrada de la viruela en América, una auténtica hecatombe demográfica, que ya había hecho y volvería a hacer estragos en Europa. Cito solo dos más, bien recientes y en Europa. La plaga de la patata arrasó los cultivos de patata en toda Europa en la década de 1840; en Irlanda provocó la muerte de un millón de personas y la emigración de otro millón, cerca del 25% de la población. Y la más célebre fue, quizá, la Gripe Española en 1918, muy posiblemente la primera pandemia planetaria que, según los cálculos, afecto a unos 500 millones de personas y murieron cerca de 50 millones.

La humanidad fue superando una tras otra esas epidemias. No obstante, los costes siempre fueron muy elevados, sobre todo, como es lógico, en vidas humanas. No es sencillo sacar lecciones de la historia, aunque evidentemente siempre podemos aprender algo de los aciertos y los errores que tuvieron nuestros antepasados. El problema principal para aprender del pasado lo recoge un antiguo proverbio anónimo ecuatoriano: «cuando teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas». Los grandes problemas morales, y afrontar una pandemia es sobre todo un problema moral, tienen ese rasgo: son siempre contextuales. Exigen tener una clara jerarquía de valores y hacer un análisis riguroso del contexto, partiendo de que es casi imposible que haya dos contextos iguales. Eso lo sabía muy bien los moralistas del siglo XVII, sobre todo jesuitas, que se centraron en el estudio de casos, la casuística. Siglos antes ya lo había dicho con sagacidad Aristóteles, al afirmar que hacer el bien es hacer lo que es debido teniendo en cuenta las circunstancias y hacerlo además por las razones adecuadas. Cada pandemia debe ser afrontada de manera específica, siendo valioso, pero insuficiente siempre, el conocimiento previo acumulado. Cada caso necesita reflexionar sobre cómo resolver los posibles conflictos de valores y cómo encontrar las soluciones prácticas que mejor solucionen el problema, esto es hacer el mayor bien posible o, en su caso, el menor mal posible.

Pieter Brueghel El triunfo de la muerte Museo del Prado

Lo que sí nos ha recordado esta pandemia es algo elemental que quizá estaba un poco descuidado por ciertos discursos muy arraigados sobre el prometedor futuro de la humanidad. Más de 200 años de crecimiento y mejoras palpables, sobre todo en los últimos cincuenta años, unidos a los espectaculares adelantos tecnológicos, hacían pensar en un mundo futuro mejor, de la mano de la tecnología, capaz de todo. En ese sentido, las experiencias anteriores sí que nos permiten entender hasta qué punto es frágil la condición humana: somos vulnerables, muy vulnerables. Y también podemos ver que la tecnología actual permite rebajar los daños de todo tipo, aunque no es tan eficaz como la gente pensaba, o soñaba, en las décadas anteriores. Es cierto que ha mejorado le tecnología y avanzado el conocimiento científico, como estamos viendo en el caso del COVID-19; la mejora científica y tecnológica no impide que un virus esté provocando un descalabro desmesurado.

La información difundida sobre esta nueva pandemia es muy amplia, aunque plagada de sesgos, cuando no de puros bulos, provocados por debates políticos espurios.  Considero que la pandemia está todavía en fase de expansión y no es fácil saber exactamente lo que puede pasar en el tiempo que queda. En ese sentido, hay que ser prudentes y sacar pocas conclusiones por ahora. Es obvio que no le está yendo a todos los países igual, pero las dudas respecto a los datos y las diferencias en los días que cada país ha estado sometido a la enfermedad hace muy difícil hacer comparaciones y evaluar la eficacia de las estrategias de afrontamiento de la crisis. Los datos, cuando escribo este texto (13/04/2020), indican que hay 1.920.918 contagiados y 119.686 personas muertas en el mundo. Mucho mejores que los datos de la pandemia de 1918, o de la gripe de Hong Kong en 1968.

La implicación de los científicos ha sido muy elevada, pero el problema es que no existe un acuerdo claro entre ellos. Cierto es que ese tipo de desacuerdos son habituales en la ciencia y son parte de lo que garantiza el rigor de sus investigaciones. Las peculiaridades del propio virus y la complejidad de los modelos matemáticos empleados por los epidemiólogos pueden ayudar también a entender estos desacuerdos. Pero siguen siendo llamativos, aunque tienen un interesante antecedente en una epidemia de cólera local que hubo en Hamburgo en 1892, en la que estuvieron implicados científicos del más alto nivel, como  Koch, von Pettenkofer y Rudolf Virchow, cuando Alemanía era quizá el centro de la ciencia occidental; y también como ahora,  estuvieron implicadas las autoridades políticas y sociales. Si algo podemos ver en esa epidemia comparándola con la actual, es que hay algunos parecidos en la lógica social y política con la que se afrontan ambas, pero las diferencias son mayores en los avances científicos en estos 130 años.

Volvemos a lo que es específico —y más relevante para nosotros— de esta pandemia, siendo conscientes de que es un terreno en el que se pueden encontrar infinidad de reflexiones muy sugerentes y diversas en los medios de comunicación social. Tal profusión tiene bastante que ver con el hecho de que los procesos sociales, y este es uno de ellos, son multidimensionales y son, por tanto, múltiples las causas que inciden, existiendo además procesos de causalidad circular, de tal modo que algún factor puede ser a un tiempo causa y efecto de otro factor. Simplificar analizando estas situaciones puede ser tan tentador como inútil.

Madrid en días de confinamiento. El Independiente

Algo que hace especialmente peligrosa a esta pandemia es que llega en un período muy delicado en la política y la economía, con un dominio absoluto de un capitalismo financiero especulativo que controla todo el planeta desde China a Estados Unidos y desde Islandia hasta Tasmania. Nunca antes el dominio del capitalismo había sido tan total. Es un capitalismo que, además, está en crisis desde hace tiempo, y algunos datos importantes del funcionamiento económico indican cierta debilidad estructural. A eso se añade la crisis global vinculada al calentamiento y a la degradación ecológica, sobre la que ya había empezado a cuajar por fin una conciencia mundial muy sensibilizada, disminuyendo mucho los negacionistas. Vinculado a lo anterior, y para complicarlo más, una profunda crisis de la propia democracia, amenazada de muchos modos después de décadas de consolidación en todo el planeta, con las dificultades planteadas por la globalización y la vuelta a propuestas nacionalistas identitarias de extrema derecha. Ni el capitalismo neoliberal ni la profunda crisis ecológica han causado esta pandemia, pero desde luego interactúan con ella en ese sentido circular y multicausal del que hablaba antes. Y agravan las consecuencias negativas.

Es además una pandemia especialmente peligrosa por ser global, es decir, por afectar a casi todos los países y a todas las personas, independientemente de su condición social. Es cierto que, al menos por el momento, no ha afectado apenas a países de África, que sufren otras graves y mortíferas enfermedades endémicas, y está por ver cómo afectará a América del Sur. Algunos analistas simplifican cuando dicen que es una pandemia de los países ricos, aunque también es claro que algunos grupos sociales se están llevando la peor parte: por ejemplo, en Nueva York, afroamericanos e hispanos; en España, las personas ancianas. Y eso se notará más todavía porque esta pandemia, que ha provocado una profunda escasez de suministros y el cierre, por confinamiento, de una gran cantidad de empresas suministradoras esta dando paso a una recesión muy fuerte que, sin duda, la padecerán las clases sociales más débiles (en España, ese 20 % de la población en condiciones de pobreza severa), que apenas se habían recuperado de la anterior crisis del 2008. Estamos además en una sociedad en la que la desigualdad ha alcanzado niveles intolerables.

El panorama no es, por tanto, muy halagüeño. De hecho, desde hace décadas proliferan instituciones e investigadores potentes dedicados al análisis de los riesgos existenciales y globales que acechan a la humanidad. Uno de los riesgos que analizaban era precisamente el de las posibles pandemias, del tipo de la que ahora nos castiga, pero había muchos otros. Se puede agrupar los riesgos en los que poseen un carácter no antropogénico y los de carácter antropogénico, más conocidos hasta ahora. Esta pandemia parece pertenecer al primer grupo, pero hay también aspectos de la misma que la vinculan al segundo. El hecho es que la acumulación de problemas puede provocar una situación difícil de abordar y eso podría ayudar a entender la desorientación con la que están actuando los políticos que nos gobiernan. Ahora mismo, se plantea un problema moral muy complejo: lograr un equilibrio entre la paralización total de la economía no esencial y la protección de la vida de las personas que tengan que trabajar en sectores no esenciales de la economía.

China prohíbe el consumo y comercio de animales salvajes // Fotos: AFP. LaPatilla.com

Surgen en estos momentos, como también aparecieron en el 2008, reflexiones que auguran  que nada volverá a ser igual que hasta ahora y que todo va a cambiar, sin especificar muy bien cuál va a ser ese cambio.  Tengo claro que el futuro no está claro, y hay que huir de dicotomías radicales que ponen en un lado de la balanza diversas propuestas de tipo solidario, comunitarista o propiamente socialista, y en el otro lado ponen la barbarie o el ecofascismo.  Posiblemente no sea ni lo uno ni lo otro, sino que vayan apareciendo soluciones intermedias aprobadas con dificultad y aplicadas con más dificultad todavía, por lo que es difícil prever lo que termine ocurriendo. El caso de la Unión Europea logrando un pacto entre dos bloques opuestos para hacer frente al descalabro económico, es un buen ejemplo.

Algunos piensan en un nuevo gran pacto social, como el que se alcanzó tras la II Guerra Mundial, que permita construir un orden internacional más justo y una economía más solidaria, con un mejor reparto de la riqueza existente (que es mucha) acaparada en estos momentos por menos del 10% de la población de la Tierra, con un 1% desmesuradamente enriquecido. Pero las condiciones y las dificultades de la tarea provocan que no sean muy optimistas las expectativas. El mundo está tentado por la fragmentación, por el surgimiento de potentes fuerzas de extrema derecha, por el atractivo de gobiernos autoritarios, por la vuelta a planteamientos nacionalistas estrechos…

Hay propuestas parciales que consideran que todavía son posibles acuerdos sin tocar el problema político, por tanto, moral, que se sitúa en los cimientos de todo lo que nos ocurre: el orden impuesto por el capitalismo neoliberal radical ha generado enormes cantidades de riqueza, pero no ha sido capaz de distribuirla, es más, parece controlado por las llamadas élites extractivas empeñadas en acumular poder y riqueza.  Ya se intentó algo así tras el 2007 y se insistió mucho en la responsabilidad social corporativa o en el compromiso por el medio ambiente, llamado ahora el Nuevo Pacto Verde; sin embargo, al final, esos compromisos fueron derrotados por la obsesión con el incremento de los beneficios, a costa de producir más y de degradar las condiciones laborales. Del respeto al medio ambiente y de los compromisos democráticos de las empresas se han hecho cargo más bien los departamentos de publicidad y los que cuidan la imagen pública corporativa.

Klee. Angelus Novus. Wikipedia En

Si no hay un compromiso riguroso por modificar el corazón del sistema, no hay solución y en esto son muchos los que están de acuerdo, desde el papa Francisco en su encíclica Laudatio si, hasta las organizaciones del ecologismo radical, como puede ser, en España, Ecologistas en acción. En todo caso, lo que pueda ocurrir en el futuro dependerá mucho de la capacidad que tengamos aquí y ahora de generar prácticas sociales y económicas basadas en la cooperación y el apoyo mutuo, con modelos de organización más horizontales y más autogestionarios en los que el no dejar a nadie atrás no será tan solo un lema. Afortunadamente, ya hay muchas prácticas de este tipo y esas son las que pueden prefigurar un mundo más humano y más vivible, superando soluciones absolutamente insolidarias y, por tanto, distópicas, como las que eligen algunos sectores de las élites.

No está nada claro que vaya a aparecer ni un mundo mucho mejor ni otro mucho peor. Lo más seguro es que sigamos esforzándonos para alejarnos del colapso y lograr un mundo más humano, más vivible para todas las personas. Cuanto más hagamos ya presentes, aquí y ahora, propuestas solidarias, más cerca estaremos de un mundo mejor y más preparados para afrontar otras crisis futuras que con toda seguridad aparecerán.

Para citar esta entrada

García Moriyón, Félix (2020). De crisis y pandemias 14/04/2020 en https://niaia.es/de-crisis-y-pandemias/

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Un plan para resucitar

El Papa escribe en ‘Vida Nueva’ una reflexión inédita para una Pascua marcada por el coronavirus. A partir del “alégrense” de Jesús a las mujeres, reivindica la civilización del amor. Francisco llama a contagiarse con “los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad” para la reconstrucción en el día después de la pandemia. “Es el Resucitado que quiere resucitar a la humanidad entera”, asevera en esta hoja de ruta que el Obispo de Roma regala a los lectores de la revista, a la Iglesia y a la sociedad.

De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: ‘Alégrense’” (Mt 28, 9). Es la primera palabra del Resucitado después de que María Magdalena y la otra María descubrieran el sepulcro vacío y se toparan con el ángel. El Señor sale a su encuentro para transformar su duelo en alegría y consolarlas en medio de la aflicción (cfr. Jr 31, 10). Es el Resucitado que quiere resucitar a una vida nueva a las mujeres y, con ellas, a la humanidad entera. Quiere hacernos empezar ya a participar de la condición de resucitados que nos espera.

Invitar a la alegría pudiera parecer una provocación, e incluso, una broma de mal gusto ante las graves consecuencias que estamos sufriendo por el COVID-19. No son pocos los que podrían pensarlo, al igual que los discípulos de Emaús, como un gesto de ignorancia o de irresponsabilidad (cfr. Lc 24, 17-19). Como las primeras discípulas que iban al sepulcro, vivimos rodeados por una atmósfera de dolor e incertidumbre que nos hace preguntarnos: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3). ¿Cómo haremos para llevar adelante esta situación que nos sobrepasó completamente? El impacto de todo lo que sucede, las graves consecuencias que ya se reportan y vislumbran, el dolor y el luto por nuestros seres queridos nos desorientan, acongojan y paralizan. Es la pesantez de la piedra del sepulcro que se impone ante el futuro y que amenaza, con su realismo, sepultar toda esperanza. Es la pesantez de la angustia de personas vulnerables y ancianas que atraviesan la cuarentena en la más absoluta soledad, es la pesantez de las familias que no saben ya como arrimar un plato de comida a sus mesas, es la pesantez del personal sanitario y servidores públicos al sentirse exhaustos y desbordados… esa pesantez que parece tener la última palabra.

Sin embargo, resulta conmovedor destacar la actitud de las mujeres del Evangelio. Frente a las dudas, el sufrimiento, la perplejidad ante la situación e incluso el miedo a la persecución y a todo lo que les podría pasar, fueron capaces de ponerse en movimiento y no dejarse paralizar por lo que estaba aconteciendo. Por amor al Maestro, y con ese típico, insustituible y bendito genio femenino, fueron capaces de asumir la vida como venía, sortear astutamente los obstáculos para estar cerca de su Señor. A diferencia de muchos de los Apóstoles que huyeron presos del miedo y la inseguridad, que negaron al Señor y escaparon (cfr. Jn 18, 25-27), ellas, sin evadirse ni ignorar lo que sucedía, sin huir ni escapar…, supieron simplemente estar y acompañar. Como las primeras discípulas, que, en medio de la oscuridad y el desconsuelo, cargaron sus bolsas con perfumes y se pusieron en camino para ungir al Maestro sepultado (cfr. Mc 16, 1), nosotros pudimos, en este tiempo, ver a muchos que buscaron aportar la unción de la corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás. A diferencia de los que huyeron con la ilusión de salvarse a sí mismos, fuimos testigos de cómo vecinos y familiares se pusieron en marcha con esfuerzo y sacrificio para permanecer en sus casas y así frenar la difusión. Pudimos descubrir cómo muchas personas que ya vivían y tenían que sufrir la pandemia de la exclusión y la indiferencia siguieron esforzándose, acompañándose y sosteniéndose para que esta situación sea (o bien, fuese) menos dolorosa. Vimos la unción derramada por médicos, enfermeros y enfermeras, reponedores de góndolas, limpiadores, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas, abuelos y educadores y tantos otros que se animaron a entregar todo lo que poseían para aportar un poco de cura, de calma y alma a la situación. Y aunque la pregunta seguía siendo la misma: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3), todos ellos no dejaron de hacer lo que sentían que podían y tenían que dar.

Y fue precisamente ahí, en medio de sus ocupaciones y preocupaciones, donde las discípulas fueron sorprendidas por un anuncio desbordante: “No está aquí, ha resucitado”. Su unción no era una unción para la muerte, sino para la vida. Su velar y acompañar al Señor, incluso en la muerte y en la mayor desesperanza, no era vana, sino que les permitió ser ungidas por la Resurrección: no estaban solas, Él estaba vivo y las precedía en su caminar. Solo una noticia desbordante era capaz de romper el círculo que les impedía ver que la piedra ya había sido corrida, y el perfume derramado tenía mayor capacidad de expansión que aquello que las amenazaba. Esta es la fuente de nuestra alegría y esperanza, que transforma nuestro accionar: nuestras unciones, entregas… nuestro velar y acompañar en todas las formas posibles en este tiempo, no son ni serán en vano; no son entregas para la muerte. Cada vez que tomamos parte de la Pasión del Señor, que acompañamos la pasión de nuestros hermanos, viviendo inclusive la propia pasión, nuestros oídos escucharán la novedad de la Resurrección: no estamos solos, el Señor nos precede en nuestro caminar removiendo las piedras que nos paralizan. Esta buena noticia hizo que esas mujeres volvieran sobre sus pasos a buscar a los Apóstoles y a los discípulos que permanecían escondidos para contarles: “La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo” (1). Esta es nuestra esperanza, la que no nos podrá ser robada, silenciada o contaminada. Toda la vida de servicio y amor que ustedes han entregado en este tiempo volverá a latir de nuevo. Basta con abrir una rendija para que la Unción que el Señor nos quiere regalar se expanda con una fuerza imparable y nos permita contemplar la realidad doliente con una mirada renovadora.

Y, como a las mujeres del Evangelio, también a nosotros se nos invita una y otra vez a volver sobre nuestros pasos y dejarnos transformar por este anuncio: el Señor, con su novedad, puede siempre renovar nuestra vida y la de nuestra comunidad (cfr. Evangelii gaudium, 11). En esta tierra desolada, el Señor se empeña en regenerar la belleza y hacer renacer la esperanza: “Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43, 18b). Dios jamás abandona a su pueblo, está siempre junto a él, especialmente cuando el dolor se hace más presente. Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todo los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos. La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria de esa otra presencia discreta y respetuosa, generosa y reconciliadora capaz de no romper la caña quebrada ni apagar la mecha que arde débilmente (cfr. Is 42, 2-3) para hacer latir la vida nueva que nos quiere regalar a todos. Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad para decir presente (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable tarea que nos espera. Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia. Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo. Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).

En este tiempo nos hemos dado cuenta de la importancia de “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral” (2). Cada acción individual no es una acción aislada, para bien o para mal, tiene consecuencias para los demás, porque todo está conectado en nuestra Casa común; y si las autoridades sanitarias ordenan el confinamiento en los hogares, es el pueblo quien lo hace posible, consciente de su corresponsabilidad para frenar la pandemia. “Una emergencia como la del COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad” (3). Lección que romperá todo el fatalismo en el que nos habíamos inmerso y permitirá volver a sentirnos artífices y protagonistas de una historia común y, así, responder mancomunadamente a tantos males que aquejan a millones de hermanos alrededor del mundo. No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es el Señor quien nos volverá a preguntar “¿dónde está tu hermano?” (Gn, 4, 9) y, en nuestra capacidad de respuesta, ojalá se revele el alma de nuestros pueblos, ese reservorio de esperanza, fe y caridad en la que fuimos engendrados y que, por tanto tiempo, hemos anestesiado o silenciado.

Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real. ¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es “una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos” (4). En este tiempo de tribulación y luto, es mi deseo que, allí donde estés, puedas hacer la experiencia de Jesús, que sale a tu encuentro, te saluda y te dice: “Alégrate” (Mt 28, 9). Y que sea ese saludo el que nos movilice a convocar y amplificar la buena nueva del Reino de Dios.


Notas
1. R. Guardini, El Señor, 504.
2. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 13.
3. Pontificia Academia para la Vida. Pandemia y fraternidad universal. Nota sobre la emergencia COVID-19 (30 marzo 2020), p. 4.
4. Eduardo Pironio, Diálogo con laicos, Buenos Aires, 1986.

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El futuro que vendrá tras la pandemia

La pandemia por el coronavirus, dejará un mundo con un antes y un después, planteando nuevos desafíos y también repensando el rol de Estado y la Sociedad en muchos sentidos.

  1. El sistema del capitalismo globalizado basado en el consumismo desenfrenado y el despilfarro, en el paradigma tecnocrático y en el descarte, en la hiperconcentración de la riqueza en manos de unos pocos, como también en la destrucción de los recursos naturales por la acción humana que utiliza material fósil, comienza a tambalear, hace agua por todos lados y cae en una profunda recesión mundial.
    Ya está claro que esta crisis se equipara a las grandes rupturas de la era moderna, junto a las guerras mundiales y su impacto económico es más profundo que las crisis financieras de 1929 y 2008. En 1929 fracasó la idea de que el mercado se regularía solo, en el 2008 lo que se manifestó fue el agotamiento del capital financiero. En ambos fue necesario el salvataje del Estado para sortear la crisis sin detener totalmente la maquinaria (que no se detuvo ni en plena guerra mundial, sino que se reconvirtió pasando de fabricar autos a fabricar tanques). Lo novedoso de la crisis actual es que se frenó casi totalmente la maquinaria mundial y en simultáneo. Otro mundo se está configurando en el transcurso de la crisis.
  2. La aparición de este virus y de sus predecesores basados en mutaciones de animales a humanos no proviene necesariamente de ningún laboratorio maligno, sino de la lógica implacable y despiadada de la máxima ganancia: el factor fundamental es la destrucción de los hábitats de las especies silvestres y la invasión de estos por asentamientos urbanos y/o de la expansión agropecuaria industrial, con lo cual se crean situaciones propias para la mutación acelerada de los virus.
    La verdadera fábrica de los virus y bacterias que se transmiten a humanos es la cría industrial de animales, principalmente aves, cerdos y vacas. Más del 70% de los antibióticos se usan para engorde o prevención de infecciones en animales no enfermos, lo cual ha producido un gravísimo problema de resistencia a los antibióticos, también para los humanos. Ya en 2017 la OMS había convocado a las industrias agropecuarias y alimentarias a dejar de utilizar sistemáticamente antibióticos para estimular el crecimiento de animales sanos.
    A este caldo de cultivo de criaderos industriales, se le suma la utilización sistemática de antivirales y pesticidas dentro de esas mismas instalaciones por parte de las corporaciones. El aumento alocado de la productividad en aras de la máxima ganancia y forzando a los ecosistemas naturales más allá de sus límites, ha desatado una nueva y por ahora, incontrolable pandemia.
  3. El derrumbe de la demanda y de la oferta por la parálisis económica mundial, las prohibiciones de viajes, cierre de fábricas y fronteras, la caída de los precios de los comodities y el petróleo es un verdadero desastre para las economías. Sin embargo, es paradójicamente una bendición para la “casa común”. En apenas un mes de parálisis económica mundial, la tierra comenzó a respirar: se redujo el agujero de ozono, bajó la temperatura global, disminuyó sensiblemente la contaminación de dióxido de carbono en la atmósfera y varias ciudades del mundo descubrieron que el cielo es azul.
    Los pasos vacilantes de los que apoyaban pero no aplicaban el tratado de París sumado a los que lo repudiaban estaban llevando a la casa común a un callejón sin salida. La naturaleza ha resuelto ejecutar el Tratado de París de facto sin esperar más vacilaciones. Lo que no entra por la razón, entra por la fuerza. Esa parece ser la regla de la madre tierra que se protege de su autodestrucción.
  4. En estas circunstancias completamente excepcionales, donde el miedo y la incertidumbre se instalan en miles de millones de hogares, queda al descubierto la raíz de un sistema que se basa en la codicia y la avaricia y que solo persigue la máxima ganancia, particularmente en aquellos países donde la privatización del agua y la salud dejan al descubierto la extrema vulnerabilidad a la que exponen a sus poblaciones en aras de la riqueza de unos pocos.
    Son estas circunstancias excepcionales las que enseñan aceleradamente a los pueblos que el Estado debe primar sobre el mercado, que la necesidad y la solidaridad es mas importante que la máxima ganancia y que la vida y la salud están por encima de cualquier otra consideración. Los gobiernos que interpretan esos vientos son los que se fortalecen, mientras que , por el contrario, los que siguen aferrados a garantizar la riqueza de unos pocos, agravan el desastre y entran en decadencia.
    El Papa Francisco dijo reiteradas veces que sólo se sabe cuando se sufre. Efectivamente este sufrimiento colectivo está generando rápidos aprendizajes y reordenando conductas que pueden dar algunos indicios de cómo podría reconfigurarse la “normalidad” en el porvenir.
  5. No es la primera vez que una epidemia influye sobre el destino de un civilización y marca un antes y un después en la historia. La plaga de Atenas (430 AC) fue considerada como el principio del fin de la hegemonía ateniense sobre la antigua Grecia según relata Tucídides.
    En los siglos siguientes, la malaria contribuyó al hundimiento del imperio romano; la plaga justiniana (una peste bubónica) debilitó al imperio Bizantino frente a godos y árabes; la peste negra terminó de enterrar al sistema feudal alterando la oferta de alimentos y tierras; el tifus fue clave en la derrota del ejército napoleónico en Rusia. La primera globalización contemporánea comenzó hacia 1870 y terminó en la gripe española de 1918 y la última fase de la globalización iniciada en 1989 parece estar llegando a su punto final con el coronavirus
  6. La pandemia ha acelerado la decadencia del imperio norteamericano que ya venía perdiendo mercados a expensas de China y Rusia y la batalla por las nuevas tecnologías, donde China lo aventaja. Con la caída brutal del precio del petróleo por los acuerdos de Rusia y Arabia se ha encarecido el shale no convencional donde EEUU tenía su fuerte. Sus ilusiones de retener al menos la dirección energética del mundo se están desvaneciendo. Mientras tanto, la pandemia golpea de lleno al corazón de la sociedad norteamericana con miles de infectados y muertos por día y un sistema de salud privatizado que colapsa.
    EEUU no ha jugado ante el mundo ningún rol progresivo en la pandemia. Por el contrario, es acusado por Francia y Alemania de haber bloqueado compras de mascarillas para apropiárselas y es repudiado en su propio continente por la imposición de Trump a la empresa 3M de prohibir ventas de mascarillas a América Latina. Al compás de la crisis , la oposición y un ala de la burguesía globalizadora redoblan los cuestionamientos a Trump que debe enfrentar una elección ya no tan sencilla en noviembre.
    Henry Kissinger expresó claramente la línea de los detractores del gobierno cuando sostuvo que “Va a crecer la agitación política y económica y podría durar varias generaciones. Ningún país , ni siquiera Estados Unidos, puede en un esfuerzo puramente nacional, superar el virus. Para abordar las necesidades del momento debe combinarse con visión y programa de colaboración global. Si no podemos hacer ambas cosas a la vez, enfrentaremos lo peor de cada una”.
    Trump va por el camino opuesto y en su desesperación tantea la posibilidad de precipitar una invasión a Venezuela que le serviría para el doble objetivo de intentar distraer la atención y recuperar un punto estratégico de reserva petrolera convencional. Pero no cuenta ni con respaldo interno, ni con consenso social para semejante aventura.
  7. El peso de Europa en el mercado mundial ya venía en picada y combinado con la crisis que significó el alejamiento de Inglaterra con el Brexit. La pandemia no ha hecho mas que acelerar la decadencia. La antigua cuna de civilización y el continente estrella de la globalización se ha transformado en el epicentro de la pandemia y ahora es aislada por tierra, mar y aire por casi todo el planeta. Cuanto más privatizados sus servicios de salud, mayor el desastre como lo muestran los casos de España, Italia y Francia. Si en Alemania los resultados no son tan drásticos es porque todavía existe una cobertura universal sanitaria para su población, al igual que en los países escandinavos.
    La Unión Europea y sus instituciones están al descubierto frente a la pandemia del coronavirus: el presidente del Consejo Europeo no tiene ni siquiera un equipo de diez médicos para enviar a Lombardía o a España. Por el contrario, la UE gasta 420 millones de euros para la Frontex, su superequipada policía de frontera.
    La UE no tiene ni hospitales de campaña, ni reservas de respiradores ni de mascarillas para poder ayudar a un país miembro. Pero está equipada de drones europeos para espiar los movimientos de personas en peligro que tratan de obtener el derecho de asilo.
    Y esas personas, todos los años, mueren por millares en el Mediterráneo. Médicos e insumos están siendo enviados por Cuba y China ante una Unión Europea totalmente impotente para hacer frente a la crisis.
  8. Diferente es el panorama de Rusia y China que quedan mejor posicionados de cara a lo que viene. Rusia reaccionó rápidamente a la pandemia y por ahora registra pocos casos de infectados y muertos por referencia a la escala de su población.
    Ha prolongado la cuarentena durante todo el mes de abril y volcado más de 16 mil millones de euros a ayuda social y a las pymes. Ademas ha avanzado en acuerdos con Arabia para manejar bajo el precio del petróleo convencional, asestando un golpe tremendo al shale no convencional que utiliza EEUU y que ahora se le complica por los altos costos para su extracción. China fue epicentro inicial de la pandemia que ahora parece estar comenzando a controlar. A pesar del golpe económico que le significó, aún tiene espaldas y reservas para reactivar la producción y ademas es el país mejor posicionado con la tecnología 5g que puede llegar a tener incidencia clave en el mundo post pandemia. La ayuda humanitaria que está ofreciendo a Europa y América Latina es la contracara de la mezquindad con la que se ha manejado Trump en esta crisis.
  9. El peligro de “genocidio virósico” que menciona el Papa Francisco puede llegar a concretarse en regiones de África, Asia y América Latina, donde son muy pobres las estructuras sanitarias y el 40 % de los hogares carece de acceso al agua potable y vive en situación de hacinamiento. En muchas de esas regiones el “lavarse las manos” y “quedarse en casa” parece una quimera.
    Es inimaginable que en esas circunstancias se pueda masificar el teletrabajo, la educación a distancia y que la población pueda acumular comida y suministros básicos por varias semanas en cuarentena. Aplicar el modelo de cuarentena europeo o propio de los grandes centros urbanos en esas regiones es inviable y persistir en ello, implica una militarización y represión creciente de poblaciones que subsisten del cuentapropismo,
    La suspensión de clases en muchas de estas zonas puede ser peor que la enfermedad porque significa muchas horas de contacto de niños con adultos y ademas problemas de malnutrición para millones de estos niños cuya dieta depende de la comida que reciben en la escuela. Fortalecer al Estado sobre el mercado para priorizar la salud de sus ciudadanos antes que la máxima ganancia y disponer de todos los recursos públicos y privados al servicio de este objetivo, puede ser una salida en la que otras tácticas garanticen el cuidado de sus poblaciones como el aislamiento comunitario, las redes territoriales de ayuda social y la provisión de agua, alimentos e insumos básicos dando siempre prioridad a las indicaciones de salud pública en cada contexto determinado.
    Es cierto que en muchas de esas regiones hay gobiernos corruptos, timoratos, poco afectos al servicio al pueblo, pero también es cierto que en estas circunstancias completamente excepcionales, la historia demostró que muchos gobernantes pueden ir mas lejos de lo que quieren bajo la presión de los pueblos. En los casos como Brasil, donde el derechista Bolsonaro ha pretendido priorizar el mercado por encima de la salud, ya hay movimientos profundos por abajo y por arriba que podrían sellar su destino si no cambia a tiempo. En el extremo opuesto, Alberto Fernández en la Argentina esta tomando una batería de medidas en protección de la vida humana antes que los mercados y ha logrado el acompañamiento de más de un 80 % de la población.
  10. Las pinceladas del después se van configurando en el transcurso de la misma crisis. En el miedo a la muerte propia y de seres queridos, los pueblos aprenden rápidamente de las experiencias de aquellos países que más cuidan a sus pueblos y de cuales los dejan a la deriva. Hay una revalorización de los Estados nacionales por encima de los mercados. De priorizar las vidas humanas por encima de cualquier ganancia. De reconocer la importancia de sistemas de salud universales que protejan a la población. Hay una mayor conciencia de que nadie se salva solo y que llegó la hora de que aporten al bien común los que se han enriquecido con el sistema que ahora perece. También hay una profunda reflexión colectiva en los pueblos respecto al daño hecho a la Casa Común y cómo la naturaleza pasa factura. De cuánto consumismo, despilfarro y descarte precedieron a esta pandemia.
    Es muy impactante cómo esta pandemia afecta por igual a todos los estratos de la sociedad sin importar clase, raza o etnia. También es significativo que a este virus, por las características de difusión y contagio, sólo se lo pueda combatir colectivamente, mediante la solidaridad y el respeto al prójimo.
    La pandemia ha puesto blanco sobre negro quién es quién. Aquellas sociedades que cuidan a sus abuelos y aquellas que, como en Texas, convocan a una especie de darwinismo social. Aquellos países que solidariamente extienden una mano a otros y aquellos como EEUU que busca acaparar los recursos indispensables solo para sí. Mientras tanto, hay medidas que se van insinuando en el devenir de la crisis y bajo la presión de los pueblos.
    El desconocimiento o postergación de las deudas fraudulentas que atormentaron a los países en desarrollo, la indispensable necesidad del control de la banca y el comercio exterior, la recuperación soberana de los recursos estratégicos , la necesidad de sistemas de salud que garanticen la asistencia a toda la población, la necesidad de una renta básica universal que asegure el sustento básico a cada familia. Medidas que hasta hace tres meses parecían quimeras, hoy afloran por aproximaciones sucesivas en el horizonte de pueblos que luchan por su supervivencia. Y empujan a los gobiernos a adoptarlas con mayor audacia.
    El frente interreligioso que pacientemente ha venido cociendo Francisco en torno a los ejes estratégicos y proféticos del Laudato Si’ son una base terrenal y espiritual que puede jugar un rol central en la reconfiguración de sociedades que sean justas, inclusivas y sustentables. Naturalmente el camino no es lineal y los imperios en caída pueden cometer locuras antes del ocaso y en el camino traer muchas penurias a la humanidad.
    Pero más temprano que tarde, los pueblos levantarán bien alto la bandera de la vida y la fraternidad porque esta pandemia global y traumática, dejará huellas profundas en el sentido común de la raza humana

Gustavo Vera
Fuente: MinutoYa