Rodrigo Lastra
El 3 de marzo de 1976, en Vitoria-Gasteiz, cinco trabajadores fueron asesinados por disparos de la policía y más de un centenar resultaron heridos. Medio siglo después, “matanza de Vitoria” sigue siendo uno de los episodios más graves de la represión contra el movimiento obrero durante la recién iniciada transición.
Desde enero de 1976, miles de trabajadores de las principales empresas industriales de la ciudad (metalúrgicas, siderometalúrgicas y del sector auxiliar) estaban en huelga en demanda de incrementos salariales que compensaran la inflación desbocada, por la reducción de la jornada laboral, la mejora de las condiciones de seguridad e higiene y sobre todo por el reconocimiento efectivo de derechos sindicales y de representación democrática en la empresa. En un contexto aún dominado por las estructuras del franquismo (con el sindicato vertical oficialmente vigente y todavía sin libertad sindical) las reivindicaciones laborales se entrelazaban con demandas de libertades públicas. Las asambleas obreras, coordinadas al margen de la legalidad vigente, eran el verdadero motor de las luchas obreras.
Muchos de los trabajadores implicados estaban vinculados a las organizaciones clandestinas sindicales nacientes, en pleno proceso de reorganización, alentados muchos de ellos por colectivos y grupos cristianos, así como otras corrientes políticas antifranquistas. Pero el rasgo más distintivo de aquel conflicto laboral de Vitoria en 1976 fue su carácter autogestionario y unitario.
El 3 de marzo de 1976, los trabajadores en huelga celebraban una asamblea en la iglesia de San Francisco de Asís, en el barrio obrero de Zaramaga. Estas reuniones obreras en las iglesias, no eran un hecho excepcional: ante la ausencia de libertas sindical y la limitación del derecho de asociación y reunión, muchas parroquias, iglesias y colegios religiosos en toda España llevaban décadas cediendo sus locales al movimiento obrero clandestino.
Pero ese día, no era una simple reunión clandestina, sino que eran miles los obreros que se cobijaban en el templo para dicha asamblea informativa. La policía acordonó la parroquia, y en un momento dado comenzó a lanzar gases lacrimógenos en su interior. El pánico se apoderó de los asistentes. Cuando los trabajadores intentaron salir, las fuerzas policiales abrieron fuego con munición real. El resultado fue la muerte de cinco obreros y decenas de heridos de bala. La matanza tuvo un carácter especialmente simbólico y brutal por producirse en el interior y en las inmediaciones de una iglesia. El párroco de san Francisco intentó impedir la entrada de las fuerzas del orden invocando el Concordato vigente entre el Estado español y la Santa Sede, que reconocía la inviolabilidad de los lugares de culto. Las fuerzas del “orden” lo ignoraron y actuaron con brutalidad. La violación del espacio sagrado evidenció hasta qué punto los estertores del régimen estaban dispuestos a emplear la violencia para frenar la autoorganización obrera.
La matanza de Vitoria dejó al descubierto la continuidad de prácticas represivas de la dictadura, y generó una oleada de solidaridad en el resto de España y en Europa, contribuyendo a reforzar la legitimidad del movimiento obrero que se estaba recomponiendo en España. Cincuenta años después, recordar a los cinco trabajadores asesinados es un acto de memoria y justicia histórica. La sangre derramada en la parroquia de San Francisco, forma ya parte de la historia del movimiento obrero y de la conquista de las libertades en España.





