Las uvas de la ira

Ana Sánchez

Se unen aquí el premio nobel de literatura John Steinbeck y el magistral director John Ford para relatar una profunda historia de la depresión de los años treinta. Cuando Joad regresa a casa, a su hogar lo encuentra vacío: todos los  arrendatarios de la zona habían sido expulsados por los tractores de los propietarios de las tierras. La maquinaria, la productividad, los intereses de los banqueros, y las grandes compañías aplastan a los pequeños campesinos, impotentes ante la falta de rostro de quien les ataca, sin medios de defensa ante el monstruo voraz que lo arrasa todo.

Se inicia así una peregrinación en busca de un trabajo que pueda sostener a la familia, multitudes desplazándose a la tierra prometida, a una California en la que dicen que hay empleo para todos. La travesía es larga, atravesando desérticas carreteras interminables, guareciéndose en campamentos en los que se hacinan los que se han visto expulsados de su hogar

Las causas de esta migración son hondas y sencillas: “El hambre en un estómago, multiplicado por un millón; el hambre de una sola alma, hambre de felicidad y un poco de seguridad, multiplicada por un millón; músculos y mente pugnando por crecer, trabajar, crear, multiplicado por un millón”

Con este empuje se sostiene la familia, atravesando prácticamente todos los Estados Unidos. La llegada al destino supone la esperanza, la esperanza de poder vivir, la esperanza de conseguir por fin un trabajo con el que poder ganarse el sustento, la esperanza de establecerse en un hogar, la esperanza de dejar de huir del hambre y la miseria, la esperanza de recuperar la dignidad.

Pero la realidad tampoco es lo esperado, también en estas tierras hay grandes compañías que buscan el máximo beneficio a costa del trabajador, que reclutan a los obreros como si fueran también máquinas que se usan cuando son necesarias y se desechan cuando no hacen falta: hombres, mujeres, niños, un ejército de mano de obra barata.

Aquí nace también la conciencia de lucha por lo que pertenece a la persona, por poder comer los productos que cultivan, vivir en las casas que construyan.

La unión de los empobrecidos será la que les dará un alma con el que poder ser verdaderamente protagonistas su existencia, la solidaridad en las pequeñas cosas que construyen humanidad.

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