Alfonso Milián

Ha muerto Alfonso Milián, obispo de una diócesis pequeña a la que se dedicó con tal entrega, que siendo él turolense de nacimiento y zaragozano de sacerdocio, su última voluntad ha sido que su cuerpo descanse en sus queridas tierras altoaragonesas de Barbastro. Pero nos deja sobre todo un sacerdote y ante todo un bautizado. Maduró como sacerdote y se formó como obispo a la vera de otro gran obispo, Don Elías Yanes, un defensor apasionado del Concilio Vaticano II y del papel del laico en la Iglesia, por quien sentía gran admiración.

Los que hicimos ejercicios espirituales con él (en la casa Emaús nos acompañó por lo menos en dos ocasiones) recordaremos la sencillez de su vida y su palabra. Recordamos cómo te hacía nuevas aquellas cosas que muchos cristianos dábamos por rutinarias.  Nos recordaba la hondura y el compromiso que adquiríamos cada vez que hacíamos la señal de la cruz o pronunciábamos el Padre Nuestro. “Santiguarse no es cualquier cosa y por tanto no se puede hacer de cualquier manera, Hacer la señal de la cruz nos compromete” Y no a un compromiso cualquiera. Un compromiso especialmente con los pobres.

“Los pobres son sacramento de Cristo”, era una de sus predicaciones recurrentes. Con este tema nos impartió unas jornadas en Zaragoza y en Burgos: “Ser sacramento, es ser imagen, expresión, reflejo y transparencia del amor del Padre. Por eso ante el pobre tenemos que descalzarnos, como Moises ante la zarza ardiendo. Ante el pobre estamos ante una realidad sagrada. Lo mismo que nos arrodillamos ante Cristo presente en la Eucaristía y le adoramos, tendríamos que adorarle en cada hombre, más aún si es pobre, no sólo por la predilección que Dios manifiesta siempre por él, sino porque con él se identifica plenamente”

Deja la Iglesia militante y se une al Iglesia triunfante un pastor bondadoso, un limpio de corazón.

Don Alfonso ¡Hasta mañana en el altar!

Hammarskjöld y la sala de meditación

Dag Hammarskjöld, premio nobel de la paz y segundo secretario general de la ONU diseñó la «Quiet room» en el edificio de Naciones Unidas de Nueva York. Era un hombre que se observaba tremendamente, un contemplativo de la angustia. Decía: «No sé a quién o a que algo he respondido…» Pero respondió con una gran conciencia de fraternidad universal y el vínculo de la Paz. Fue una experiencia de conversión, no estática, de búsqueda de la verdad y la fraternidad universal… hasta dar la vida.

20 años después, ¿hemos cambiado?

Fuente: lamarea.com

Autor: Javier Bauluz, texto y fotos

¿Recuerdan la foto? Una pareja de bañistas frente al cadáver de una persona migrante subsahariana tras naufragar su patera. «Ahora ya no es solo indiferencia, ahora también es odio», resume el autor, el fotoperiodista Javier Bauluz.

El 2 de septiembre de 2020 se cumplen 20 años de las fotografías que hice en la Playa de los Alemanes, en Tarifa, Cádiz. “Camino hacia el cadáver con una idea en la cabeza: desde el otro lado se podrá ver el muerto y la playa llena de gente disfrutando. Nosotros y ellos en el mismo espacio pero en dos mundos distintos. La gente continúa su vida playera, se bañan, siguen tumbados, los niños chapotean en la orilla. Solo algunos bañistas, cinco o seis, comentan en un corrillo la tragedia (…) Por desgracia, no me sorprende en absoluto. Es la misma indiferencia que he visto tantos días con la suerte de los inmigrantes. No es asunto nuestro. Son erizos o bestias de trabajo, no son ‘personas humanas’ (…) Llego a las rocas que se dibujan al final de la playa. Ante mí, el cadáver del inmigrante y una playa llena de gente, y sombrillas. La primera, la de la pareja de la primera foto” de aquella tarde en la playa.

Releo este texto que escribí entonces y me pregunto: ¿Hemos cambiado nuestra mirada sobre ‘ellos’? La respuesta es sí. Ahora ya no es solo indiferencia, ahora también es odio, inducido con patrañas e inoculado por el nuevo fascismo ascendente en millones de corazones, almas y votos ante el silencio cómplice de algunos que se autoproclaman respetuosos con los derechos humano. Son los nuevos judíos.

Llevo 25 años cubriendo migraciones en España y otros lugares del mundo. En 1994 fotografié a un millón de refugiados muriéndose de cólera delante de mi cámara, más de mil al día, en la frontera de Ruanda con el actual Congo. En 1996, leí en un periódico: “Impermeabilización de la frontera de Ceuta”. Fui a ver. España empezaba a construir las vallas de Ceuta y Melilla, financiadas por Europa. Un guardia civil decía que las saltarían pasando por encima de los cadáveres de los que morirían a pie de valla, como los conejos en Australia. Hasta ese momento nadie moría. Cruzaban la frontera con Marruecos caminando por el monte, pero con las vallas tuvieron que cruzar el mar arriesgando sus vidas. En el 2000 cientos de pateras cruzaban el Estrecho y cientos morían.

No había dispositivo de ayuda a pie de playa. Los que llegaban vivos, heridos, quemados o con hipotermia estaban tirados en playas y roquedales durante cinco o siete horas, ya bajo custodia policial. He sido testigo de cómo guardias daban el biberón a bebés hambrientos, con su propio dinero, y de cómo vecinos ayudaban  o daban refugio clandestino a los migrantes para que no fueran deportados. También he visto la indiferencia, sobre todo en instituciones y gobiernos. Pero nunca el odio y la criminalización política interesada que sufren ahora.

Informé a Médicos Sin Fronteras. Vinieron, vieron y montaron una operación de emergencia humanitaria en el sur de la UE. Con su ejemplo y testimonio lograron que las instituciones actuaran. En 2001, al cerrar los 14 kilómetros del Estrecho, pagando a Marruecos como policía malo, las personas migrantes tuvieron que cruzar el Atlántico, desde el sur de Marruecos hacia Fuerteventura, Canarias. 100 kilómetros de travesía. Después tuvieron que salir de Mauritania y Senegal al cerrar las rutas con acuerdos bilaterales, dinero y represión. Quizá miles se hundieron en esta gigantesca fosa marina.

Tampoco había asistencia humanitaria y algunos guardias les compraban bocadillos. Los encerraban durante 40 días, sin ver el sol y sin médicos, en la siniestra sala de maletas del viejo aeropuerto, de donde salían millones de turistas. También Médicos Sin Fronteras fue avisado, actuó. Entonces encarcelaron a personas no delincuentes en un campo de concentración llamado CIE. Mientras nuestros campos se llenaban de trabajadores migrantes sin derechos, nuestra economía crecía. He sido testigo de manifestaciones y encierros en iglesias en Lorca, Murcia, cuando el entonces ministro Mayor Oreja hizo la ley, vigente hoy, que obliga a deportar a los indocumentados. Recuerdo el terror esperando a que llegaran camiones para llevárselos. Hoy siguen esclavizados y en condiciones inhumanas, como jornaleros, con papeles o sin ellos, en asentamientos de chabolas que les queman cada poco, algunas a 50 metros de un centro comercial de multinacionales. Lepe, en Huelva, el Ejido, en Almería, o Lleida siguen siendo símbolos de la explotación humana. Y muchos continúan con el miedo a ser deportados.

Muchos ciudadanos votaron por un gobierno progresista pensando que tendría más respeto por los derechos humanos, pero el ministro Grande-Marlaska hace feliz a la ultraderecha patria con sus políticas represivas. Construye un muro en Melilla más alto que el de Trump, logra que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos acepte las deportaciones ilegales masivas, tiene a 1.500 personas encerradas en Melilla en el CETI durante la pandemia…

Ha reabierto la ruta a Canarias al cerrar la del Mediterráneo y prohibir a Salvamento Marítimo rescatar en parte del Mar de Alborán. Y dar 140 millones a Marruecos para reprimir. Mueren decenas y morirán cientos o miles. También prohíbe la libertad de información, impidiendo el acceso a periodistas llegar a un kilómetro del puerto canario, mientras la cuenta de Twitter de Salvamento solo informa de rescates de personas no negras o morenas. Ni los más duros ministros del PP se atrevieron a tanto.

Año 2000. Tarifa, Cádiz, España. Una pareja juega a las palas mientras guardias civiles y funerarios retiran en un ataúd el cuerpo de un hombre migrante subsahariano ahogado.
Año 2019. Salé, Marruecos. La desesperada madre de un joven desaparecido visita a la familia de Ayoub Mabrouk, su compañero de viaje en patera, cuyo cadáver pudo ser enterrado gracias al funerario español Martín Zamora, única persona en España que investiga, identifica y devuelve a sus familias a los ahogados en pateras.
Año 2019. Lepe, Huelva, España. Chabola de un asentamiento de jornaleros migrantes reconstruido tras varios incendios y cercano a un gran centro comercial con las principales marcas multinacionales.

Walesa, la esperanza de un pueblo

Ana Sánchez

“La esperanza de un pueblo”. Ése es el subtítulo que lleva la película que el cineasta polaco Andrzej Wajda ha rodado sobre Lech Walesa, el histórico líder político y sindical, también polaco.

El propio director tomó parte activa en el movimiento de los astilleros de Gdansk con los que arrancan tanto la película como el movimiento libertario y sindical que culminaría diez años después, ya en 1980, con la formación de “Solidaridad”, un sindicato caracterizado por su gran militancia obrera católica y su lucha contra el gobierno comunista, en los años previos a la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. La película se desarrolla en torno a la entrevista que realizó la periodista italiana Oriana Fallaci a Lech Walesa. A través de ella se va desgranando la historia de esta turbulenta época polaca y de la no menos turbulenta personalidad de Walesa, al que se retrata con sus sombras y luces, no como un héroe perfecto, ni mucho menos; más bien como un auténtico ser humano, con sus virtudes y defectos.

A lo largo de la historia vamos viendo cómo es este terco electricista que llegó a conseguir un premio Nobel de la Paz y que incluso alcanzó la presidencia de su país; un trabajador manual y un padre de familia, un idealista con los pies en la tierra, convencido de que él era necesario en ese momento histórico de su país, con un cierto toque narcisista y ególatra, pero un elevado grado de entrega a los demás.

En esta película se van entretejiendo los momentos históricos con otros tantos episodios cotidianos, desde el momento en el que Walesa se convirtió, casi sin pensarlo, en líder de los astilleros de Gdansk.

En esta semblanza de la figura cotidiana y humana de Walesa destaca muy especialmente la de Danuta, su infatigable esposa y madre de sus hijos, un apoyo en todo momento, sin la que sería incomprensible la actividad de Lech, como la de tantos otros militantes a lo largo de la historia; una suma de inocencia y empeño, temor y coraje, resignación y orgullo; un auténtico símbolo de temperamento en este choque entre las esferas pública y privada de la vida de Lech Walesa, que en ocasiones queda escondida por la lucha social, pero que es la que verdaderamente importa a escala más pequeña, puesto que es la que hace posible y sustenta el compromiso político.

El gran desafío del director es unir todas las piezas en esta película: el contexto social de Polonia y Europa, la carrera sindical y política de Walesa, su vida personal y la importancia de su esposa Danuta en toda su lucha. Esto lo hace intercalando tramos de ficción con imágenes reales de la época, una época en la que él mismo estuvo también muy implicado: Walesa reconoció que las películas de su compatriota les ayudaron a seguir luchando y el propio Wajda llegó a ser senador en la década de los noventa.

Las autoridades sabían que eran los obreros los únicos que podían poner en peligro el sistema: sin su trabajo no podrían cumplir los compromisos adquiridos con la Unión Soviética y esto queda también patente en la película con la figura de políticos e intelectuales en el desarrollo del movimiento de “Solidaridad”, cómo la fuerza del trabajo es la que auténticamente puede ser transformadora y generadora de cambios que hagan avanzar la sociedad.

COVID-19: Certezas, incertidumbres y manipulaciones.

El jueves 12 de noviembre tuvimos la oportunidad de dialogar y reflexionar sobre la actual sitación de pandemia mundial que estamos viviendo. Después de más de 6 meses ya se van clarificando muchas cosas y creemos que los ciudadanos tenemos el derecho y deber de estar bien informados sobre lo que está pasando. Por eso, queremos contar con especialistas y analistas que hacen un seguimiento constante de la situación y de las decisiones políticas que se están tomando. Queremos tener una mirada amplia y crítica ante la COVID-19.

En esta sesión contamos con José R. Loayssa, médico de familia que trabaja en el servicio de emergencias del servicio navarro de salud, además es un ávido comentarista en facebook con noticias relacionadas con la covid19 siempre desde una visión crítica. También forma parte de un seminario nacional donde distintos expertos reflexionan semanalmente sobre las actuaciones y la evolución de la pandemia a nivel local y mundial.

Os dejamos la grabación de este diálogo.

Cómo se aprende a cuidar

Fuente: elsaltodiario.com

En cuestión de un año había aprendido todo lo que necesitaba saber para cuidar físicamente de quien me había cuidado a mí antes. Pero no estaba preparada para el enorme esfuerzo psicológico que supone una situación así sin medios.

Hay una grieta en el suelo que no nos deja avanzar. Yo, cada tarde, como si fuera un juego, cambio la ruta para llegar al banco del parque. Me coge del brazo y caminamos muy despacio. No está nada mal para su edad, pero podría estar mejor si el entorno en el que habita no fuese una zona hostil para ella.

Va camino de los 95 años y cada día sube y baja dos pisos para salir a pasear. No hay ascensor a pesar de que la estructura del edificio lo permite. ¿Qué lo impide? Supongo que alguien pensará que poner un artilugio tan costoso por alguien a quien le queda tan poco es tirar el dinero.

La vejez nunca ha sido el centro porque de ella ya no se puede extraer beneficio. Yo lo descubrí muy pronto: con 15 años ya me hacía cargo de mi abuela. Siempre había vivido con nosotras. Para ser honestos, éramos nosotras los que vivíamos con ella. Me llevaba al colegio, me duchaba y me peinaba. Y eso mismo hice yo con ella cuando lo necesitó.

Al principio no tenía ni idea de cómo se hacía. Tenía que cambiarle los pañales, pero en aquel momento sabía más de cuidar bebés que de cuidar ancianos. Hubiese sido más útil que a mi generación nos hubiesen regalado muñecos de ancianos y no un babyborn: a fin de cuentas, era más probable que cuidase de mi abuela que de un hijo.

Polvos de talco para las escamas que produce estar tanto tiempo sentada, una silla de ruedas de las medidas de la puerta, vigilar todos los días las heridas de las piernas que con la diabetes no se curan y mucha crema para hidratar. En cuestión de un año había aprendido todo lo que necesitaba saber para cuidar físicamente de quien me había cuidado a mí antes. Pero no estaba preparada para el enorme esfuerzo psicológico que supone una situación así sin medios.

Mi abuela había sido una mujer con un carácter que llegó con ella a la vejez. Siempre he pensado que fue pura supervivencia. Viuda y con una bebé de un año se plantó en Madrid para trabajar. Durante cuarenta años sirvió la comida a un colegio entero e hizo todas las tareas necesarias para que los curas solo se preocuparan de dar clase a sus alumnos y algún que otro asunto más.

Cómo de duro tiene que ser que tú, que has cuidado, veas que te tienen que cuidar. Yo no sabía lo duro que era, ni me lo imaginaba. Por cada mala palabra me enfadaba, con cada mal gesto deseaba que eso acabara ya. ¿Tiene que ser eso cuidar?

El Ministerio de Sanidad, junto a las Consejerías de las Comunidades Autónomas, ha notificado más de 20.300 muertes de ancianos en residencias. La crisis del coronavirus ha puesto sobre la mesa el deterioro de los cuidados, y muchos hablan de que hemos abandonado a nuestros mayores. No es de ahora, esto viene de lejos ya.

Su salud física y mental y la de sus familiares ha sido abandonada por un Estado de Bienestar cada vez más deteriorado y que en origen tampoco pensó mucho más allá de las jubilaciones. Los sistemas de transporte público son tremendamente hostiles. Las ciudades están diseñadas para la circulación de los coches y el consumo. No hay espacio para pasear y contemplar, que es justo lo que se hace a esa edad.

Tampoco nos enseñaron a entender a los ancianos. Las colas en el supermercado con muecas porque una mujer no cuenta bien o no ve las monedas. Los coches que aceleran cuando no han terminado de cruzar. La nula empatía por saber qué se siente con esa edad.

Nadie tiene que sentir alivio cuando un familiar fallece porque está cansado de cuidar. Porque no le permiten tener tiempo, porque no puede comprar una silla de ruedas o adaptar su baño para que asearse no se convierta en una situación de pánico, porque una ayuda a la dependencia llegue dos años después de descansar.

Ahora, diez años después, paseo a su hermana mucho más tranquila y sabiendo cómo lidiar con una situación de agitación que solo escondía la vergüenza de una anciana que no quería hacer el ridículo al levantarse de la silla de un bar.

Brecha social y crisis a la vista

Fuente: laopiniondemurcia.com

Autor: José Molina

Nos convertiremos poco a poco en trabajadores uberizados, que viviremos en plataformas nebulosas que para colmo de los engaños se atribuyen ser ‘economía colaborativa’: una forma de silicolonizar el mundo para que nos dominen desde la nube sin darnos cuenta

Después de una década sufriendo las consecuencias de una crisis financiera que cocinaron los que gobiernan las superestructuras de la economía, nos llega esta pandemia, que ha caído como un obús entre la ciudadanía más pobre y con menos medios. Lo peor de las dos crisis es que se han politizado y están desestructurando aceleradamente la sociedad. La OMS advierte que hay muchas decisiones que se están asumiendo que escapan al ámbito sanitario y son más el resultado de las confrontaciones políticas y sociales de una sociedad que con la crisis del 2008 arruinó el Estado de Bienestar. Madrid y otras Comunidades son un claro ejemplo de esta situación del caos por los recortes.

El primer obús nos estalló en la cara, fue una situación imprevista, caímos en la trampa del virus y golpeó indiscriminadamente. Pero esta segunda oleada del covid-19 viene directamente a la parte más débil y con más brecha social de la sociedad, que es la más numerosa.
Gobiernos sin soluciones por su aferrado encadenamiento a un mundo neoliberal que se ha hipotecado con lo más reaccionario del mundo económico global. Llegar al millón de muertes es un gran drama que suma a la brecha social, la gran discriminación de desigualdades que se vive en el planeta. La clase privilegiada se ha protegido es sus espacios amplios y no viaja en colectivos. Cuenta con los medios de control médicos preventivos y su escudo social la protege con más eficacia.

En los barrios más populosos de las ciudades (Madrid es el ejemplo más simbólico) sobrevivir es el deseo de cada día, y el reto de acudir al trabajo y solucionar las urgencias de cada momento no se soluciona ni con un confinamiento desigual, ni con más policías. Se soluciona con más medios sanitarios, con más médicos dedicados a cubrir las necesidades y con estructuras sanitarias que mejoren lo que no hay en las viviendas de estos vecindarios explotados y carentes de lo más esencial desde que la crisis del 2008 les golpeó.

El virus nos llegó desde China mordiendo indiscriminadamente, pero el tiempo nos está demostrando que no todos se pueden defender con los mismos medios. Y es aquí donde aparece la desigualdad más feroz. Esa que tenemos mal asumida, porque nos dejamos convencer de que la crisis financiera de 2008 era producida por un monstruo amable, que nos robaba recursos, por un lado, pero por otro nos daba un trabajo precario para seguir viviendo. Y que consagró la idea de que había que aceptar la superación de las ideologías, y de las clases sociales como concepto. Ello nos llevó al actual fiasco: el recorte de la sanidad pública, la educación pública y los servicios sociales. El espectáculo de las residencias de ancianos es la imagen más patente de este resultado.

Tenemos sensación de abandono, y nos tememos que pueda ser peor. La reacción no ha sido eliminar del panorama a los que han sido culpables de este caos, sino mirar para otro lado o responsabilizar a otros. La fragilidad del ser humano se ha puesto al descubierto. La ausencia de instituciones y organizaciones de defensa de los derechos, que operó con eficacia para implantar el contrato social para el Estado del Bienestar ya no funciona. Y no es casual: Margaret Thatcher y Ronald Reagan se encargaron de robarnos nuestra alma rebelde e implantarnos un alma consumista. Consiguieron, como dice Simone, que el mundo girase a la derecha y aceptase que el monstruo del capitalismo tenía una cara amable.

Con el teletrabajo nos quieren vender una solución, pero se ha implantado a ciegas y puede ser una nueva trampa para decir adiós al concepto de trabajo. Tener un puesto en una estructura. Tener un trabajo, bueno o malo. Nos convertiremos poco a poco en trabajadores uberizados, que viviremos en plataformas nebulosas que para colmo de los engaños se atribuyen ser ‘economía colaborativa’: una forma de silicolonizar el mundo para que nos dominen desde la nube sin darnos cuenta.

Por eso es importante reaccionar. La alcaldesa de París, Anne Hidalgo, con su plan París a 15 Minutos, está abordando el problema con más sentido y compromiso. Su plan, elaborado por Carlos Moreno, profesor de la Sorbona, puede ser analizado y adaptado en el desarrollo de las ciudades. Ahora toca una tarea descomunal: buscar nuevos contenidos a la altura de los tiempos, capaces de aportar formas de innovación que llenen el vacío que estas crisis están produciendo. Porque la actual crisis, que se alimenta con los destrozos de la otra, puede provocar una nueva para la que no haya vacuna posible: porque nos quieren arruinar no ya la economía, sino la vida misma.

Un nuevo despotismo intenta poco a poco de forma virtual y algorítmica degradar a las mujeres y hombres de este planeta dominando con sutileza todos los elementos que lo componen. Estamos siendo atormentados con un rostro sonriente que los medios se encargan de difundir. Una conspiración perfecta.

Escuchar el “Eco de Lampedusa” en las Islas Canarias

Este domingo 15 de noviembre de 2020, la Iglesia Católica celebra en todo el mundo la IV Jornada Mundial de los pobres, que en esta ocasión tiene por lema “Tiende tu mano al pobre”, un lema que, como nos dice el Papa Francisco, es un código sagrado a seguir en la vida.  

Con motivo de esta Jornada Mundial, ante el hecho que estamos viviendo estos últimos meses, con la llegada de miles de inmigrantes a Canarias, los obispos de las dos diócesis de estas islas nos dirigimos a los fieles católicos, y a la sociedad en general, ofreciéndoles algunas reflexiones que nos ayuden a tomar conciencia de la situación de pobreza y vulnerabilidad que viven estas personas y, especialmente, a ponernos manos a la obra para que nadie se sienta marginado o despreciado, sino que todos experimenten la acogida, la atención y el respeto que como personas humanas se merecen. Apoyamos nuestra reflexión en las enseñanzas del Papa Francisco que, como es conocido, en distintas ocasiones ha manifestado su sensibilidad y preocupación por las personas emigrantes.

1. El drama de los inmigrantes

La llegada de inmigrantes a las costas canarias nos llama a todos a tener presente la “cruz de Lampedusa”, que como recordáis fue realizada por el artista italiano Franco Tuccio con trozos de madera de las embarcaciones que habían naufragado en la isla y a tener presente las palabras del Santo Padre que afirmaba: “No podemos seguir viviendo anestesiados ante el dolor ajeno. Lleven a todas partes la “cruz de Lampedusa” como símbolo, para acercar y no olvidar el drama y la realidad de los inmigrantes”.

El eco de las Palabras de Francisco nos obliga a sensibilizarnos ante la muerte de aquellos que viajaban en las barcas, por esos niños, jóvenes y adultos que han enterrado sus sueños y sus vidas en las aguas del Atlántico. Nunca sabremos cuantos miles de personas han perdido sus vidas de manera trágica y dramática entre las dos orillas en estos últimos años.

Nos unimos a las palabras del papa Francisco que con tanta fuerza profética denunció las tragedias mortales en Lampedusa y que siguen sonando como un aldabonazo en nuestras conciencias: “¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste? ¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por esas personas que iban en la barca? ¿Por las madres jóvenes que llevaban a sus hijos? ¿Por estos hombres que deseaban algo para mantener a sus propias familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de “sufrir con”: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!

Como Iglesia sentimos el profundo dolor y la impotencia de ver cómo muchos hermanos mueren frente a las costas de nuestros pueblos y ciudades sin que parezca que hayamos hecho lo suficiente para evitarlo

2. Globalización de la indiferencia

El eco de la “cruz de Lampedusa” nos llama a todos a trabajar contra la globalización de la indiferencia. Como afirma Francisco,  somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto. Poner la meta en lo provisional nos conduce a la indiferencia hacia los otros. Hay que saber mirar uno a uno a esos hombres, mujeres y niños y hacer nuestros sus sufrimientos tras haber huido de la guerra, de las persecuciones, del hambre y haber afrontado un largo y peligroso viaje por el desierto y el mar en manos, tantas veces, de traficantes de seres humanos. Los inmigrantes son personas como cualquiera de nosotros, con nombres, historias y familias.

Escuchar el “eco de Lampedusa” es rechazar todas las voces que siembran confusión. Lamentablemente, la llegada de inmigrantes es una imagen utilizada, en ocasiones, por algunas voces políticas y bulos en plataformas mediáticas para sembrar la confusión y el miedo en la ciudadanía, alertando de que es una invasión, tal vez con el fin de conseguir réditos electorales, o de promover una fobia inaceptable hacia los extranjeros.

Hay que exponer la verdad y decir que los que llegan en las pequeñas embarcaciones son sólo una pequeña parte, que no llega al 10%, del total, de la población inmigrante empadronada y residente en España.

Hay que contar un relato real y positivo de las migraciones, ya que habitualmente se silencia la aportación positiva que la inmensa mayoría de los inmigrantes hacen al país que los acoge. La contribución que aportan los inmigrantes abarca todas las dimensiones: la economía, la demografía, la cultura, y la propia vida religiosa, rejuveneciendo y revitalizando muchas parroquias y comunidades. No lo olvidemos, quienes vienen de fuera nos traen un inmenso tesoro, rejuvenecen con sangre nueva nuestra vieja Europa y nos abren al desafío de la diversidad que tiene tanto que ver con el Dios Trinidad.

Las aportaciones que hacen los inmigrantes a nuestra sociedad son notables. Además de paliar nuestro envejecimiento, como anteriormente se ha expuesto, muchas mujeres inmigrantes están siendo la voz y las manos de ternura que nuestros niños, nuestros enfermos o nuestros ancianos necesitan. Muchos jóvenes jornaleros del campo están recogiendo de nuestros campos una riqueza, que no se ve correspondida con las condiciones laborales que sufren. Y todos ellos con el testimonio de sus vidas, su valentía y su disponibilidad para afrontar peligros buscando un mundo mejor son un ejemplo de  esperanza para nuestra sociedad pesimista y ciega ante el futuro. Sí, todos ellos son fuentes de esperanza, ya que fue la esperanza la que les dio las fuerzas para afrontar tan duro viaje.

3. Llamados a ser buen samaritano

Escuchar el “eco de la cruz” es reconocer y valorar todas las vidas salvadas y rescatadas por los profesionales del Servicio Marítimo de la Guardia Civil, de Salvamento Marítimo del Gobierno. Han sido auténticos ángeles de la guarda en medio de nuestros mares y sería deseable que esa humanitaria labor de socorrer y salvar vidas siga contando en nuestra frontera sur con un apoyo decidido por parte de los diferentes gobiernos. A ellos hay que añadir la magnífica labor de la Policía Nacional, de personal de la Cruz Roja y de la Comisión de Ayuda al Refugiado [CEAR]. Son esos profesionales los que, junto con los voluntarios y miembros de Cáritas y de otras organizaciones humanitarias, nos ayudan a evitar la globalización de la indiferencia, que se consigue poniendo en práctica el programa descrito -con cuatro verbos- por el Papa Francisco en la Jornada mundial del inmigrante del pasado 29 de septiembre de 2019: Acoger, proteger, promover e integrar. Estos verbos expresan la misión de la Iglesia en relación con todos los habitantes de las periferias existenciales. Estos verbos nos invitan a encarnar la parábola del buen samaritano. Él se detuvo a salvar la vida del pobre hombre golpeado por los bandidos sin preguntarle cuál era su procedencia, sus razones de viaje o si tenía sus documentos en regla. Simplemente decidió hacerse cargo y salvar su vida.

Hablar de migrantes, es hablar de un paradigma para la vida cristiana que apunta a Cristo, que es nuestro Camino, Verdad y Vida. Un migrante es hijo de Dios. Donde muchos ven un emigrante, el cristiano ve a un hermano con una vida marcada por el dolor y el sufrimiento que busca la esperanza de alcanzar una vida mejor. No podemos permanecer ajenos al dolor del hermano. El encuentro con el otro es también un encuentro con Cristo. Nos lo dijo Él mismo. Es Él quien llama a nuestra puerta hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo y encarcelado, pidiendo que lo encontremos y ayudemos, pidiendo poder desembarcar. Y si todavía tuviéramos alguna duda, esta es su clara palabra: “En verdad os digo, que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

4. Todos Hermanos

Por último, hacemos una llamada a todos a crear la cultura del encuentro, a superar la fobia al extranjero, a luchar contra las mafias y favorecer el desarrollo de los países de origen. Como afirma la Encíclica Fratelli Tutti [FT]. Se trata de problemas globales que requieren acciones globales, evitando una “cultura de los muros” que favorece la proliferación de mafias, alimentadas por el miedo y la soledad (FT 27-28).

No debemos olvidar que solo cuando cese la injusticia actual del comercio internacional, cuando cesen las guerras inducidas en países con riquezas mineras, cuando los dictadores que expolian a su pueblo dejen de contar con la complacencia de gobiernos y empresas multinacionales, cuando cese el comercio de armas, la inmigración de ciertas zonas del mundo se podrá regular. Cuando se acabe con la injusticia actual la migración se moderará.

Hay que evitar migraciones no necesarias creando en los países de origen posibilidades concretas de vivir con dignidad. Como sabemos, también existe el derecho a no emigrar, y muchos de estos hermanos nuestros no iniciarían un viaje tan incierto si en sus pueblos y países se vivieran situaciones más justas

A los gobernantes europeos y al gobierno español hay que decirle que no se pueden crear guetos insulares para evadir el problema migratorio. Como afirma Francisco, en los países de destino, el equilibrio adecuado será aquel entre la protección de los derechos de los ciudadanos y la garantía de acogida y asistencia a los migrantes. Concretamente, el Papa señala algunas “respuestas indispensables” especialmente para quienes huyen de las “graves crisis humanitarias”: aumentar y simplificar la concesión de visados; abrir corredores humanitarios; garantizar la vivienda, la seguridad y los servicios esenciales; ofrecer oportunidades de trabajo y formación; fomentar la reunificación familiar; proteger a los menores; garantizar la libertad religiosa y promover la inclusión social (FT 38-40)

El Papa también invita a establecer el concepto de “ciudadanía plena” y la necesidad de una gobernanza mundial, una colaboración internacional para las migraciones que ponga en marcha proyectos a largo plazo, que vayan más allá de las emergencias individuales, en nombre de un desarrollo solidario de todos los pueblos basado en el principio de gratuidad. De esta manera, los países pueden pensar como “una familia humana”. Una cultura sana es una cultura acogedora que sabe abrirse al otro, sin renunciar a sí misma, ofreciéndole algo auténtico. Como en un poliedro – una imagen apreciada por el Pontífice – el conjunto es más que las partes individuales, pero cada una de ellas es respetada en su valor (FT 132-146)

Nos encomendamos a la Virgen María, a la que todos veneramos con gran devoción -con distintas advocaciones- en cada una de nuestras islas.  A ella le confiamos las esperanzas de todos los emigrantes y refugiados y le pedimos por todas las comunidades parroquiales y colectivos sociales que los acogen para que les ayude a ser buenos samaritanos para vivir el mandamiento del amor al otro, al extranjero, como a nosotros mismos. Que Dios derrame su amor en nuestros corazones para que lo hagamos realidad.

† José Mazuelos Pérez, obispo Canariense

† Bernardo Álvarez Afonso, Obispo Nivariense.

Un aplauso para las librerías

Autor: Juan Marqués

Fuente: theobjective.com

«Hay librerías que no tienen libreros sino otra cosa, muy respetable, y hay libreros o libreras de corazón que no tenemos librería. Pero cuando se juntan las dos cosas, y es algo no extraordinario sino habitual, la belleza salta, la cultura se activa, el amor por la literatura funciona»

Hay un momento en El Principito (que es, adorados modernos, una obra maestra de la literatura) en el que el niño se encuentra con un charlatán que anuncia por los caminos una pastilla que te quita la sed. Si te tomas una a la semana, asegura el buhonero, ya no tienes que beber ni una sola vez en siete días, y así te ahorras cincuenta y tres minutos, que son los que los expertos han descubierto que invertimos semanalmente en beber agua. El niño lo escucha con atención, como a todo el mundo, y después le pregunta con sincera inocencia (la misma del libro, que no es una inocencia fingida o postiza sino una inocencia recuperada, reconquistada) que para qué puede querer nadie esos cincuenta y tres minutos de más. Pues muchas cosas, dice previsiblemente el asombrado comerciante, lo que cada uno quiera. Y entonces el Principito responde que él, de tener cincuenta y tres minutos libres, caminaría muy despacio hacia un manantial para beber un poco de agua.

Yo soy genéticamente incapaz de comprender por qué alguien, salvo casos de enfermedad, compra las cosas a distancia, por qué se puede llegar a preferir permanecer en casa para recibir incluso tallarines ya tibios y chorreantes en cajas de cartón plastificado en vez de salir al mundo para encontrar alimentos, para elegirlos, o para obtener cada cosa en sus contextos, para cazar cada producto en su “hábitat”, en el comercio donde se guardan y se conocen y se comprenden… Pero como por otra parte nunca he vivido muy preocupado por la actualidad (por no decir que poco interesado por la realidad), no dedicaba mucho tiempo a pensar en el asunto, simplemente no me implicaba, no me concierne. Pero entonces llegó el Estado de Alarma, y el Gran Confinamiento de marzo, y hubiera sido necesario ser quince veces más yo de lo que ya soy para no reparar en algo que se hizo obvio, que era lo exagerada y preocupantemente preparados que estamos para la vida sedentaria y a cubierto, cuán en el fondo necesitamos no la vecindad sino el hacinamiento, lo rápidamente que podríamos acostumbrarnos a quedarnos recluidos y vivir en colmenas, aparentemente comunicados a través de las redes, supuestamente atentos y despiertos pero literalmente domesticados.

La última Feria del Libro que pudo celebrarse en Madrid, la de 2019, será recordada entre los implicados como aquella en la que el Parque del Retiro fue precintado en la víspera de la inauguración, impidiendo a los participantes terminar de montar sus casetas. Aquel día alguien bromeaba por las inmediaciones: “Caramba con los de Amazon, ya consiguen organizar hasta tormentas”. Lo cierto es que unos días antes un árbol había caído por allí sobre un niño muy pequeño (un árbol mató a un niño…: debimos verlo como un primer presagio, una de las trompetas que anunciaban lo que ha venido después) y las autoridades andaban escrupulosamente vigilantes ante la velocidad del viento, inflexibles a partir de determinados números. Pero recordé aquella broma allá por marzo, porque cualquiera hubiera dicho que esa Cuarentena general, como el mal tiempo, estaba patrocinada por las grandes plataformas de venta online, y no sólo a la vista de lo bien que les vino, sino como aparatoso ensayo general del tipo de mundo y de sociedad y de convivencia que claramente desean y promueven.

Salir al mundo es comprometerse con la realidad, que es el principal lugar donde la vida transcurre. Pero la vida también se despliega en la ficción, en la cultura, en la imaginación, en los sueños, y para salir a su encuentro están las librerías, los museos, el teatro, el cine, las galerías de arte, el circo… En un mundo “normal” ese tipo de lugares no debería necesitar ayudas públicas, empujones económicos por parte de la Administración, subvenciones… Uno, ingenuamente, piensa que lo natural debería ser que esos sitios fuesen solventes e independientes sin necesidad de desvivirse por ellos, sin que sus dueños o empleados entregasen toda su vida en ese local y sus necesidades, aunque lo hagan con verdadera y admirable vocación, por gusto, con una pasión que no debería precisar más estímulos que su propio impulso ni más recompensas que la propia satisfacción de mantenerlos abiertos y activos. Ni siquiera se debería “fomentar” la lectura, igual que a nadie se le ocurre fomentar el agua o el oxígeno: es que es simplemente inconcebible que haya que “animar” a la gente a leer. Y sin embargo hay que hacerlo, y se hace sin demasiado éxito. La gente, simplemente, está a otras cosas.

Hace unos días la alcaldesa de París pidió a sus conciudadanos que, ante el previsible nuevo confinamiento, no compren por Amazon, que recurran a otros canales, y hay muchos que piensan que se ha extralimitado. Yo creo que no. De hecho, veo mucho menos clara la necesidad o conveniencia de proteger oficialmente a las librerías que la urgencia de parar los pies de forma legal a quienes de forma transparente abusan. No hay que vivir de espaldas a Amazon por cariño hacia las librerías, sino por respeto a las leyes medioambientales, por apego a los derechos laborales o, en fin, por puro sentido común, y es estrictamente inexplicable la enorme cobardía civil que hay entre las instituciones (de todo signo, de toda ideología) a la hora de exigir que se observen las normas sobre competencia, o en normativa tributaria, o monopolios… En El olor de los tebeos ese escritor maravilloso que es José María Conget contaba cómo un amigo suyo dio en el clavo a la hora de explicar por qué había que desdeñar el facsímil de un viejo e inencontrable cómic de principios de siglo XX, y era eso que adelantaba el título: el olor insustituible. Para quien me quiera entender, yo creo que los libros comprados por Amazon no huelen igual, falta el “factor humano” y sobra robótica y frialdad. El legítimo afán de lucro de cualquiera deja de ser simpático en cuanto se convierte en descarada obsesión por la ganancia, por la acumulación… No conozco a ningún librero que pretenda hacerse rico, que haga lo que hace “sólo” por dinero, y la gente a la que yo más valoro es ésa, la que prefiere ganar 2000 euros mensuales haciendo algo que les motiva, les ilusiona o les complace que embolsarse 10.000 entregando su sagrado e irreversible tiempo a asuntos ajenos o directamente envilecedores.

El viernes 13 de noviembre es el Día de las Librerías. Cuando hablamos de librerías no nos referimos a Shakespeare & C.O., ni a esa de Oporto que salía en Harry Potter ni a esa otra de Buenos Aires (¿o era México D.F.?) que parece un anfiteatro o un ovni… No, yo me refiero a las librerías, a esa que, querido lector, querida lectora, tienes por allí cerca. Si tu imagen de una librería está más cerca de un mojito que de Natalia Ginzburg hay un problema, o cuando menos algo extraño. Hay librerías que no tienen libreros sino otra cosa, muy respetable, y hay libreros o libreras de corazón que no tenemos librería. Pero cuando se juntan las dos cosas, y es algo no extraordinario sino habitual, la belleza salta, la cultura se activa, el amor por la literatura funciona. Si por enfermedad o por problemas de movilidad no puedes salir a esas fuentes de agua fresca que son las librerías, o si quieres algún libro extraño o lejano que, por el motivo que sea, no quieres encargar en tu librería, allá al lado, de camino hacia otro recado, o de paseo… las librerías acaban de lanzar un espacio web, Todos Tus Libros, donde puedes comprar libros a las librerías sin entrar en una librería. Pero por lo menos sabes que estás comprando las cosas a quien las conoce y las aprecia, a gente con nombre y apellidos, que le compras la trucha al pescadero, los plátanos a la frutera y la Odisea al librero. Si este sentido común te parece simplón y trasnochado, no te agobies: en Oporto hay una librería donde te puedes hacer un selfi, o incluso puedes ver en Netflix documentales sobre “las librerías más bonitas del mundo”, o en vez de leer puedes apoyar con tu emocionado like campañas de autopromoción en las que, con sus libros en las manos, enseñándonos sus coloridas cubiertas, algunos autores a los que se les pondría en un bonito compromiso si se les preguntase cuáles son sus tres librerías favoritas nos hablan de lo importantes que son las librerías, y lo bonitas, y se les ocurre, sin que se lo apunte nadie, que son “espacios de resistencia y de libertad”. Los demás, mientras tanto, seguimos necesitando nuestros manantiales.