La falsa frontera que separa el “dentro” y “fuera” de la familia

Lo que pasa en el mundo nos afecta como familia. Hoy lo vemos claramente. Un virus, que comienza en China hace unos pocos meses, y la respuestas que dan los gobiernos de los distintos niveles de la administración, hacen que tengamos que permanecer en nuestras casas confinados, sin poder acudir a nuestros trabajos, ni, en muchos casos, acompañar a nuestros familiares en su muerte y en su entierro. Se cierran empresas, se pierden empleos… Parece claro que el mundo influye sobre la familia.

Pero también sucede al revés. Lo que hacemos como familia afecta al mundo que nos rodea. Si decidimos saltarnos el confinamiento y salir a dar un paseo, o incumplir las medidas de higiene recomendadas para evitar la propagación del virus, eso, afecta al resto del mundo.

No hay una frontera tan nítida, como a veces pensamos, entre lo que pasa de puertas para fuera del hogar y lo que pasa de puertas para dentro. No hay un “fuera” y un “dentro” tan claro como muchos proclaman. Hay interrelación.

Cuando ignoramos esta interrelación y pretendemos reafirmar esa falsa frontera entre “dentro” y “fuera” de la familia, caemos en una especie de privatización de la familia. Muchas veces esto se hace con la intención de “blindar” la familia de lo que pasa fuera. Esperamos que la familia sea un remanso de paz, de autenticidad. Queremos convertir la familia en una especie de oasis en el que sus miembros viven protegidos del peligroso desierto de la sociedad. En la sociedad estaría la competitividad, el conflicto, la tensión… Esperamos que la corrupción y la falsedad del mundo no pasen al interior de la familia. Vemos la política como el más claro ejemplo de corrupción y falsedad. Y tratamos de mantenernos alejados de la política.

Cuando vivimos así la familia, de repente descubrimos que, lo que creíamos que era un oasis, está afectado por ese “desierto” del mundo y la política del que hemos intentado mantenernos alejados. Lo que sucede con nuestros empleos, la forma de enterrar a nuestros seres queridos, dónde pasamos nuestros días… viene decidido por aquello de lo que hemos decidido “protegernos”: la política.

Nos equivocamos al alejarnos de la política. Porque el ser humano es un ser político. Hay quien dice que es un ser social. Las abejas son seres sociales. Las abejas conviven y se organizan, en esencia, de la misma manera que lo hacían hace 500 años. No tienen conciencia de su historia ni de su forma de organizarse. El instinto rige su comportamiento.

La organización de los seres humanos es muy distinta a lo que era hace, no ya 500 años, sino 50. El ser humano evoluciona en su organización social y es capaz de reflexionar sobre esa misma organización y transformar las leyes que rigen las relaciones sociales. Eso le convierte en un ser político. Sólo el hombre es una animal político por estas dos razones: porque tiene conciencia de su historia y del derecho.

Dos realidades son necesarias para el crecimiento del ser humano: la familia y la comunidad política. Nacemos en el seno de una familia, que nos influye y a la que necesitamos para recibir el cuidado y el amor que precisamos. Y nacemos en medio de una organización política determinada, que nos influye y a la que necesitamos para crecer y recibir la educación, la sanidad, las infraestructuras… que precisamos. Renunciar a una de ellas nos deja cojos.

Trabajar desde la política para hacer del mundo un lugar mejor es trabajar por la familia. Por la propia y por todas las demás. También por aquellas a las que no conozco. Hacer de la familia un lugar mejor es hacer del mundo un lugar mejor, pero de eso hablamos más habitualmente en estas páginas.

 

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid

«Aprendemos juntos» a lavar la imagen de la banca

Actualmente la banca utiliza diferentes medios para su lavado de imagen. Especialmente nos llama la atención una serie de vídeos que han lanzado bajo el título “aprendemos juntos” que ha sacado BBVA. Nos gustaría hacer un análisis de uno de ellos, en el que BBVA y el El País denuncian a través del testimonio de un inmigrante, el sufrimiento que padecen los emigrantes que tratan de llegar hasta Europa.

El vídeo conecta con el público, identificándose emocionalmente con un drama que sufren millones de personas, haciendo ver que los inmigrantes se juegan la vida al tratar de llegar a Europa, pero no profundiza en las causas que lo producen, que son el hambre, las guerras y la esclavitud. Mientras los gobiernos no hagan una legislación de acogida en lugar de persecución, seguirán existiendo miles de muertos en el mar, en los desiertos….

Además se publicita una ideología individualista donde hace ver que cada uno debe resolver sus problemas sin responsabilizar a los gobiernos y multinacionales. Es un intento de lavar su imagen socialmente a través de proyectos de microcrédios que atacan gravemente a la caridad, en especial la caridad política, un buenismo que limpia su imagen y sus conciencias.

En definitiva ambas instituciones pretenden buscar un cambio de imagen donde se les vea como ONG, pero las inversiones las van a seguir haciendo en empresas que generan esclavos en serie, aunque luego se justificarán con que hacen inversiones en banca ética. Tienen todos los productos para ofrecer según tu ideología o necesidad. Pero nunca harán una denuncia clara de las causas y consecuencias de la inmigración.

En algunos países de llegada, los fenómenos migratorios suscitan alarma social y miedo, a menudo fomentados y explotados con fines políticos. Se difunde así una mentalidad xenófoba, ante la que hay que reaccionar con decisión.

Las naciones más prósperas tienen la obligación de acoger, en cuanto sea posible al extranjero que busca seguridad y medios de vida que no pueden encontrar en su país de origen. Los poderes públicos deben velar para que se respete el derecho natural.

A los responsables de las empresas, les corresponde ante la sociedad la responsabilidad económica y social de sus operaciones, están obligados a considerar el bien de las personas y no solamente el aumento de las ganancias.

Por ello, nos parece que este tipo de vídeos donde se utiliza la imagen de los inmigrantes sin entrar a hacer un análisis profundo de la inmigración, y donde sí ofrecen sus productos para lavar  su imagen y conciencia, no deben ser compartidos y sí denunciados.

Javier Arranz

La fuerza de voluntad no existe

Es un mito. Una excusa. Una justificación. Pero no existe. ¿Cuántas veces hemos escuchado “yo no puedo hacer eso porque tengo muy poca fuerza de voluntad” o “esa persona ha conseguido eso gracias a su fuerza de voluntad”? Pues bien, no se tiene mucha o poca “fuerza de voluntad”, simplemente porque no existe tal fuerza.

Existe, eso sí, la voluntad, que, según la Real Academia de la Lengua es la facultad de decidir y ordenar la propia conducta. Y esa, en condiciones normales, la tenemos todos. Lo que sucede es que la aplicamos para algunas cosas sí y para otras no.

Me explico.

Una mujer fumadora ha intentado dejar de fumar en numerosas ocasiones y no lo ha conseguido. Se entera que está embarazada y deja de fumar de la noche a la mañana.  No es que antes tuviera poca “fuerza de voluntad” y después toda esa fuerza le entrara de repente con el embarazo, no. Antes no tenía la voluntad de dejar de fumar: no lo veía importante, o intentaba dejarlo porque se lo decían los demás, pensaba que podía controlarlo y volvía a caer… En el momento que se entera del embarazo y es consciente del daño que fumar puede provocar a su hijo, y aquello cobra un verdadero sentido para ella, toma la decisión y la ejecuta. No hay ninguna cuestión de “fuerza”, sí de voluntad, de deseo. Y es que cuando hay voluntad (cuando uno realmente quiere), eso tiene mucha fuerza.

Otro ejemplo, el joven al que le cuesta mucho levantarse por las mañanas y retrasa el momento de poner los pies en el suelo y comenzar el día. Ha intentado múltiples trucos: poner el despertador lejos para tener que levantarse, pedir que le despierten otras personas… pero no funcionan. Hasta que llega el día que tiene que ir a su primer día de trabajo. Ése día se levanta sin problema en cuanto suena el despertador. No es que haya desarrollado una gran “fuerza de voluntad”. Lo que sucede es que el deseo de no llegar tarde a su primer día de trabajo es un deseo intenso y lleno de sentido para el joven.

Tener poca fuerza de voluntad es, la mayoría de las veces, una excusa para encubrir nuestra poca voluntad, el poco deseo que tenemos de conseguir aquello que, supuestamente, nos hemos propuesto. A veces esto sucede porque aquello que nos hemos propuesto conseguir, no es algo de lo que estemos convencidos, sino que de lo que nos han convencido. Y aún no hemos hecho nuestras, las razones para poner en marcha ese cambio. Cuando esto sucede y fracasamos en el intento, decimos que tenemos poca “fuerza de voluntad” y de esa manera, parece que tenemos menos responsabilidad en el fracaso, porque puedo culpar a mi poca “fuerza de voluntad” del mismo.

Tiremos a la basura la excusa de la fuerza de voluntad. Rebusquemos en nuestra voluntad a la hora de iniciar un cambio, una conquista, un camino que tenga dificultades. Preguntémonos por los motivos para iniciar ese cambio. Preguntémonos por el sentido y la orientación de ese camino, para qué quiero conseguir aquello, qué cosas serán diferentes cuando haya avanzado por el mismo. No olvidemos el objetivo. Aceptemos que habrá tropiezos en el camino. Pero que la piedra en la que tropecemos no sea una invención contra la que no se puede luchar.

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid

La Iglesia, mujeres con hombres

En 2018, el Premio Nobel de la Paz fue otorgado de forma conjunta a un hombre y una mujer, señala la teóloga y biblista francesa Anne-Marie Pelletier, ganadora del premio Ratzinger en 2014. La mujer es Nadia Murad quien, como tantas otras mujeres yazidíes víctimas del Isis, fue secuestrada, esclavizada y sometida a una violencia sexual abominable. Tras lograr escapar gracias a la ayuda de una familia musulmana de Mosul, y después de ser recibida en Alemania, decidió dedicarse a defender a su pueblo.

El hombre es Denis Mukwege, un médico congoleño que ayuda a mujeres de la región de Kivu, en la República Democrática del Congo, víctimas de violaciones de guerra y mutilaciones. “Juntos –escribe Pelletier– son testigos de una resistencia humana más poderosa que las fuerzas del mal que humillan, esclavizan y destruyen…”.

Este doble Premio Nobel, un contrapunto de una actualidad que destaca «una verdadera humillación internacional de las mujeres», indica una ocasión para ser aprovechada: la de no limitarse a «un cara a cara armado entre los sexos» o «a solo la promoción de la paridad en el reparto de poderes y responsabilidades». Porque, y esta es la piedra angular de su ensayo ‘L’Église, des femmes avec des hommes’, (Le Cerf, 2019), “la verdad final de nuestra humanidad sexual es la aceptación de nuestra dignidad común, que hace de los hombres y las mujeres compañeros y colaboradores, en la búsqueda común de una vida feliz que culmina en su celebración recíproca”.

Una verdad antropológica “que concierne a toda la humanidad, pero que entra directamente en contacto con lo que está en juego en la salvación que la fe profesa al poner la alianza en el centro de la relación con Dios”. Para Pelletier es urgente reparar la relación hombre-mujer. Se trata de un trabajo en profundidad en el que la Iglesia puede y debe ser profética. Aunque solo sea porque Jesús da el ejemplo, en el contexto que le es propio, de una forma inédita de relacionarse con las mujeres.

Teología femenina

Pero, ¿cómo puede ser profética? Respondiendo, como lo hace Anne-Marie Pelletier, a la llamada del Papa Francisco a elaborar una teología “intrínsecamente femenina”. “No se trata de saturar de lo femenino la verdad teológica”, señala la teóloga. “Sería solo reproducir en simetría la tradición masculina anterior. Se trata de una necesidad, la de acceder a una visión plenaria, por lo tanto bifocal, de las cosas de la humanidad y de las cosas de Dios, que no es solo una justicia, sino también una solicitud de principios, ya que la reflexión hace referencia a las Escrituras que, desde su primera mención de la humanidad, la definen a través de su calidad de imagen de Dios y la articulación dentro de ella de la diferencia de los sexos”. Esto implica al mismo tiempo una presencia más incisiva de las mujeres en las áreas de reflexión y decisión de la Iglesia y una reflexión profunda sobre el «signo de la mujer»: como no pueden ser ordenadas al sacerdocio, observa la teóloga, las mujeres recuerdan que el sacramento del bautismo no puede ser rebasado.

“Restablecer al sacerdocio bautismal su centralidad –continúa– no significa que esta pueda privarse de una estructura ministerial, dando una cabeza al cuerpo eclesial y garantizando una función de presidencia, que se ocupe del servicio de la unidad y la caridad. El problema a tratar se refiere más bien al lugar respectivo de cada uno de los dos sacerdocios y su justa articulación para el bien de la vida de los cristianos. En el caso específico, se trata de asegurar que las provocaciones de los tiempos conduzcan a explicar de forma nueva la función y la necesidad del sacerdocio ministerial”.

Sacerdocio que debe entenderse tanto como “la visibilidad de Aquel que ha prometido a sus discípulos: ‘Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’”, que como “sustituto visible de la invisibilidad de Cristo que ya ha entrado en su Gloria”, en este nuestro tiempo “penúltimo”. Aquí, entonces, está el posible y poderoso “signo de la mujer” expresado como anuncio del Reino. Siempre que este signo se pueda decir y ver. Al mismo tiempo, se dirige a la fidelidad al Evangelio y a la credibilidad de la palabra cristiana en el mundo.

 

Fuente: Vida Nueva Digital

¿Epidemia de coronavirus o epidemia de miedo?

El obispo Pascal Roland, de la diócesis francesa de Belley-Ars, ha decidido no ceder al pánico. Ha publicado la siguiente declaración en el sitio web de la diócesis:

Más que la epidemia de coronavirus, deberíamos temer la epidemia del miedo! Por mi parte, me niego a ceder al pánico colectivo y a someterme al principio de precaución que parece operar en las instituciones civiles.

No tengo intención, por lo tanto, de dar instrucciones especiales a mi diócesis: ¿Dejarán los cristianos de reunirse para rezar? ¿Dejarán de frecuentar y ayudar a sus semejantes? Aparte de las medidas de precaución elementales que todos toman espontáneamente para no contaminar a los demás cuando están enfermos, no conviene añadir más.

Más bien hay que recordar que en situaciones mucho más graves, las de las grandes plagas, en una época en que los recursos sanitarios no eran los de hoy, las poblaciones cristianas se distinguían por la oración colectiva, así como por la ayuda a los enfermos, la asistencia a los moribundos y el entierro de los muertos. En resumen, los seguidores de Cristo no se han alejado de Dios ni han rechazado a sus semejantes. Todo lo contrario.

¿No revela el pánico colectivo del que somos testigos hoy en día nuestra relación distorsionada con la realidad de la muerte? ¿No manifiesta los efectos angustiosos de la pérdida de Dios? Queremos ocultar el hecho de que somos mortales y, habiéndonos cerrado a la dimensión espiritual de nuestro ser, perdemos el equilibrio. Porque tenemos a nuestra disposición técnicas cada vez más elaboradas y eficaces, pretendemos dominarlo todo y ocultamos el hecho de que no somos los amos de la vida!

A propósito, ¡notemos que la aparición de esta epidemia en el momento de los debates sobre las leyes de la bioética nos recuerda oportunamente nuestra fragilidad humana! Y esta crisis mundial tiene al menos la ventaja de recordarnos que todos somos vulnerables e interdependientes, (…)

Parece que todos hemos perdido la cabeza! En cualquier caso, estamos viviendo una mentira. ¿Por qué de repente centrar nuestra atención sólo en el coronavirus? ¿Por qué ocultar el hecho de que cada año en Francia, la gripe estacional ordinaria enferma a entre 2 y 6 millones de personas y causa alrededor de 8.000 muertes? También parece que hemos eliminado de nuestra memoria colectiva el hecho de que el alcohol es responsable de 41.000 muertes al año, ¡mientras que se estima que 73.000 se atribuyen al tabaco!

Lejos de mí, pues, prescribir el cierre de iglesias, la supresión de misas, (…), la imposición de tal o cual modo de comunión reputado más higiénico (dicho esto, ¡cada uno podrá hacer siempre lo que quiera!), porque una iglesia no es un lugar de riesgo, sino un lugar de salvación. Es un espacio donde acogemos a Aquel que es la Vida, Jesucristo, y donde a través de él, con él y en él, aprendemos juntos a ser seres vivos. Una iglesia debe seguir siendo lo que es: ¡un lugar de esperanza!

¿Debemos estar enclaustrados en casa? ¿Es realmente necesario saquear el supermercado local y acumular reservas para prepararse para un asedio? ¡No! Porque un cristiano no teme a la muerte. No ignora que es mortal, pero sabe en quién ha puesto su confianza. Cree en Jesús que le dice: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; el que se apresura a creer en mí no morirá jamás» (Juan 11:25-26). Sabe que está habitado y animado por «el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos» (Romanos 8:11).

Además, un cristiano no se pertenece a sí mismo; su vida se da, porque sigue a Jesús, que enseña:

: «El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará» (Marcos 8:35). (Un fiel) no se expone indebidamente, pero tampoco busca preservarse. Siguiendo las huellas de su Maestro y Señor crucificado, aprende a entregarse generosamente al servicio de sus hermanos más frágiles, en la perspectiva de la vida eterna.

¡Así que no cedamos a la epidemia del miedo! ¡No seamos los muertos vivientes! (…)

 

 

El trabajo sin el que todo el sistema económico colapsaría

Oxfam Intermón publica un informe que advierte sobre el impacto negativo que va a tener sobre las mujeres y niñas el envejecimiento demográfico, los recortes en los servicios públicos y la crisis climática.

Si nadie hiciese el trabajo que garantiza la vida, todo el sistema económico mundial colapsaría. Y, sin embargo, el 75% de esas labores lo hacen las mujeres y niñas sin recibir ninguna remuneración a cambio. Y un 16%, a cambio de salarios indignos: las trabajadoras domésticas son el colectivo laboral más pobre del mundo.

La filosofía consiste en repreguntarnos qué son realmente aquellas cuestiones que damos por sentado. Por eso, Tiempo para el cuidado, el último informe de Oxfam Intermón, dedicado al trabajo de cuidados remunerado y no remunerado, tiene mucho de filosófico: cuestiona y desmonta la forma en la que se ha concebido hasta ahora el sistema económico dominante, que ha desembocado en la sociedad más desigual de la historia de la humanidad: nunca la diferencia entre una minoría ínfima de milmillonarios ha sido tan grande con la de la inmensa mayoría de la población mundial.

Pero también hay mucho de aproximación filosófica en el informe de esta ONG porque más allá de realizar un diagnóstico de la situación actual, propone un modelo radicalmente distinto que configuraría otra forma de convivencia: una en la que los cuidados de los niños, niñas y ancianos, de las personas enfermas o con alguna discapacidad, en la que cocinar, lavar, buscar leña y agua –las labores que permiten que no muramos, que sobrevivamos– estén en el centro de las políticas públicas, sean remuneradas dignamente, garantizando así que todas las personas vean respetado su derecho a ser cuidados; y aquellas que cuidan a gozar de derechos políticos, sociales y económicos iguales que el resto de los trabajos.

Una propuesta de una lógica aplastante y que, sin embargo, subvertiría un sistema económico sexista basado en la explotación del trabajo de las mujeres y niñas y que, como estamos viendo con las numerosas protestas que se suceden por todo el globo, se ha demostrado fallido e insostenible. Un sistema diseñado dirigido mayoritariamente por hombres que explicaría igualmente que sean estos, en términos globales, los que gozan de un 50% más de riqueza que las mujeres. 

Solo en España, la ONG estima que en 2018 se destinaron más de 130 millones de horas diarias al trabajo de cuidados no remunerado, una cifra que equivaldría a 16 millones de personas trabajando una jornada laboral diaria sin percibir ninguna remuneración y el 14,9% del PIB, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

La crisis global de la desigualdad

“La desigualdad está fuera de control”. Así comienza el informe Tiempo para el cuidado, de Oxfam Intermón. A partir de aquí, una sucesión de datos aplastantes. En 2019, los 2.153 milmillonarios que hay contabilizados a nivel mundial poseían más riqueza que 4.600 millones de personas. Los 22 hombres más ricos del mundo gozan de más dinero que todas las mujeres de África. El 1% más rico de la población ostenta más del doble de riqueza que 6.900 millones de personas. Y, atención: la entidad calcula que el trabajo de cuidados no remunerado que llevan a cabo las mujeres de más de 15 años en todo el mundo superaría los 10,8 billones de dólares anuales, el triple que el tamaño de la industria tecnológica mundial.

Pero hay una receta para acabar con tanta desigualdad: “sólo con una subida de un 0,5% en el tipo de impuesto que grava el patrimonio del 1% más rico del mundo, se podría recaudar fondos para crear más de 117 millones de puestos de trabajo en sectores como la educación, la salud y la asistencia a las personas mayores, acabando así con los déficits de cuidados en estos ámbitos”, expone la ONG en su informe.

En este sentido, el reconocido economista Thomas Piketty propone en su último libro un impuesto del 90% sobre el patrimonio de los milmillonarios que haga circular la propiedad para volver a los niveles de concentración de la riqueza de los años 70. Así, los más ricos seguirían teniendo más de 100 millones de dólares, lo que les permitiría seguir gozando de un estatus privilegiado. Con lo recaudado, como contaron en el último dossier de la revista de La Marea, plantea una herencia de 125.000 euros a todas las personas cuando cumplan 25 años para que puedan desarrollar su proyecto vital y profesional.

El equipo de Piketty, como subraya Oxfam Intermón, ha demostrado la aceleración de la concentración de la riqueza desde 1980, periodo en el que el 1% de la población más rica del mundo ha recibido 27 centavos por cada dólar de crecimiento de los ingresos a nivel mundial, mientras el 50% más pobre, solo 12 centavos. Más datos: solo el 4% de la recaudación fiscal mundial procede de los impuestos sobre la riqueza y, según estudios recogidos por el informe, las grandes fortunas eluden hasta el 30% de sus obligaciones fiscales. Una dinámica que hace inviable la reducción de la pobreza, que se ha estancado desde 2013 a la mitad tras dos décadas de importantes avances. La mitad de las personas que habitan el planeta trata de sobrevivir con 5,5 dólares al día o menos.

El trabajo doméstico en España 

El informe estima que hay unos 67 millones de trabajadores del hogar en el mundo, el 80% mujeres, y que de estos sólo uno de cada diez está protegido por legislaciones laborales asimilables al resto de empleos. Tampoco en España donde una reforma de 2011 les reconoció algunos derechos, pero las mantuvo en un régimen especial por el que no tienen derecho a la prestación por desempleo, vacaciones ni a un finiquito, entre otros derechos básicos.

En el acuerdo suscrito por el PSOE y Unidas Podemos para la conformación del gobierno de coalición se recoge “la plena integración en el Régimen General de la Seguridad Social de las empleadas del hogar a lo largo de la legislatura. Firmaremos y ratificaremos el Convenio número 189, de 2011, de la Organización Internacional del Trabajo sobre las trabajadoras y los trabajadores domésticos”.

En este sentido, Lara Contreras, economista y responsable de relaciones institucionales de Oxfam Intermón, da la bienvenida al anuncio en declaraciones para lamarea.com, pero teme que no suponga la igualación total de derechos. “Esta equiparación podría suponer un incremento del gasto en cuidados, que deben asumir las empresas y el Estado, responsable de garantizar el derecho de ser cuidado de cualquier persona y que las que cuidan lo hagan con los mismos derechos que el resto”. En este sentido, reivindica la recuperación de la Ley de Dependencia, pero completa, no solo subiendo los mínimos a recibir por las personas dependientes. «Debe destinarse la financiación suficiente para que todas las personas reciban la atención que necesitan».

Y de nuevo, el quid de la cuestión está en la reforma del sistema fiscal: “Esperamos que se cumpla el compromiso de que las grandes empresas paguen el 15% del tipo efectivo, que se grave más el capital y la riqueza y que la lucha contra la evasión fiscal sea una de las primeras medidas adoptadas”, resume Contreras. Según su ONG, con un incremento de solo el 0,5% del impuesto sobre el patrimonio del 1% más rico se podrían crear 117 millones de puestos de trabajo de cuidados en sectores como la educación, la salud y la asistencia a personas mayores.

En el mes de enero, Rafaela Pimentel, de Territorio Doméstico -una asociación madrileña de trabajadoras del hogar migrantes- ha relanzado su recogida de firmas en change.org para que el gobierno de Sánchez suscriba el convenio 189 de la OIT, y acabe con el limbo en el que se encuentra más de 1,5 millones de mujeres que trabajan en el sector de cuidados en España sin estar dadas de alta en la Seguridad Social.

“Hemos enviado cartas al Gobierno, pero no se trata solo de aprobar el convenio, sino de que se aprueben medidas que acaben con la precariedad en el sector”, subraya Pimentel. “El encarecimiento de la vivienda está provocando que muchas mujeres vuelvan a trabajar como internas porque no se pueden permitir un alquiler o una habitación en un piso compartido, que no hay suficientes además. También debe derogarse la Ley de Extranjería, que condena a las mujeres que son expulsadas de sus países a ser invisibles durante tres años”. Pimentel enumera algunas de las últimas ofertas de trabajo de las que han tenido constancia: “En Barcelona pedían una chica que no tenga hijos y que libraría dos veces al mes por 300 euros mensuales. A otra le ofrecían trabajar los fines de semana cuidando a una señora enferma por 200 euros…”.

Pimentel coincide con Contreras en la corresponsabilidad del Estado: “Hay familias que no se pueden permitir pagar un salario digno con la Seguridad Social porque ellas mismas son precarias, por eso tiene que apoyar el Estado. El mismo Estado que tiene que proteger a esas mujeres que ahora tienen más de 50 años, que no encuentran trabajo, que no han cotizado por ellas y que se encuentran en una situación muy dura después de una vida de trabajo”.

La crisis global de los cuidados 

Oxfam advierte de la crisis de los cuidados que va a provocar el envejecimiento demográfico, los recortes en los servicios públicos y sistemas de protección social y la crisis climática. Se estima que en 2025 se calcula que 2.400 millones de personas vivirán en zonas sin suficiente agua, por lo que mujeres y niñas tendrán que recorrer mayores distancias para recogerla. Recuerda también que el calentamiento global reducirá la producción de alimentos y aumentará la afectación de enfermedades, lo que aumentará el tiempo exigido a mujeres y niñas para hacer frente a esta situación.

Para construir una sociedad más justa e igualitaria, Oxfam recuerda la propuesta de las 4R que economistas feministas, trabajadoras de cuidados y la sociedad civil llevan años proponiendo: reconocer los cuidados como un trabajo que aporta un valor real, reducir el número dedicadas a estas labores de manera no remunerado, redistribuir estas tareas de manera equitativa en las familias y trasladar su responsabilidad al Estado y al sector privado, y que las proveedoras de cuidados más excluidas tengan representación en el diseño y ejecución de las políticas que afectan a sus vidas.

Pero sobre todo, la investigación de Oxfam insta a los gobiernos a invertir en sistemas nacionales de atención y cuidados que “permitan abordar la desproporcionada responsabilidad de trabajo de cuidados que recae sobre las mujeres y niñas”, acabar con la riqueza extrema para erradicar la pobreza extrema, legislar para proteger a las personas que se ocupan del trabajo de cuidados y garantizar salarios dignos a sus trabajadoras y que tengan influencia en la toma de decisiones, combatir las normas sociales y las creencias sexistas, así como promover políticas y prácticas empresariales que pongan en valor el trabajo de cuidados.

Reivindicaciones que ya están liderando las trabajadoras etíopes en Líbano a través de Engna Legna Besdet, haciéndose oír en Sudáfrica a través de la campaña Domestic Workers Rising y convirtiéndose en políticas públicas en Uruguay o Nueva Zelanda.

El gobierno de coalición “no tiene un programa feminista”

“El pacto de gobierno tiene apartados que hablan de derechos de las mujeres que están bien, como en el ámbito de la lucha contra la precariedad laboral, que impactará especialmente entre las mujeres, las más precarizadas. Pero no es un programa feminista porque no pone en el centro de la economía y las políticas, que es lo que define ser feminista, los cuidados y la lucha contra la desigualdad y la pobreza ”, sostiene Lara Contreras.

 

Fuente: lamarea.com

Falsas razones para perdonar

¿Para qué perdonar? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué pretendo conseguir cuando perdono? Falsas razones para perdonar hacen que el perdón que se otorga en algunas situaciones no sea auténtico.

Una de ellas sucede cuando el perdón viene motivado porque el ofendido confía en la posibilidad de que el ofensor cambie gracias al perdón que ha recibido.  Es algo así como que el rencor por la ofensa recibida permaneciese archivado, como una especie de expediente pendiente de resolución, y en función de cómo transcurra la conducta y el comportamiento del acusado, se termina de resolver de modo favorable al ofensor si no vuelve a cometer la ofensa, o se le agrava la pena pendiente en caso de que vuelva a herir. Este tipo de perdón confía demasiado en sí mismo y suele convertirse en frustración cuando no logra el objetivo de que el otro se convierta y cambie. Esa frustración se traduce en un aumento exponencial del resentimiento. El perdón verdadero es incondicional.

Otra de las razones falsas consiste en que si yo perdono voy a ser mejor persona. En esta motivación se utiliza el hecho de perdonar para ser mejor, para el crecimiento personal, en una especie de ascensión a los cielos hecha a base de peldañitos de perdón. En esa dinámica, cada ofensa se convierte en una ocasión para el avance espiritual propio, sin importar demasiado ni el ofensor, ni su futuro. Y el perdón se convierte en una ganancia en el camino de una persona centrada en sí misma, que mira al ofensor desde el altar de su propia bondad. El perdón verdadero es humilde, gratuito, desinteresado…

También es una falsa razón aquella en que el ofendido utiliza el perdón como forma de dominación del ofensor. Se sustituye la deuda moral contraída con la ofensa por la deuda moral contraída por el perdón. “Te perdono para dominarte”. Esta dinámica supone que el ofendido utiliza tanto el daño recibido como el perdón otorgado en la relación con el otro, porque el perdón le convierte en poderoso. Desde su magnanimidad emplea el perdón para acrecentar la deuda que tenía el ofensor en vez de cancelarla. En estos casos, lo más habitual es que la relación futura empeore, ya que aumenta el desequilibrio entre las partes. El perdón verdadero impide que la última palabra la tenga el poder.

La última de las falsas razones consiste en perdonar para terminar rápidamente con todo lo que tiene que ver con la ofensa y pasar página. En este tipo de escenario, el ofendido intenta volver a la relación anterior ahorrándose, o ahorrando al ofensor, el dolor que supone mirar la ofensa, y tratando de minimizar el daño para facilitar la vuelta a la situación original. Evita de esa manera, el remordimiento del ofensor, que es tan necesario para promover un cambio y una reparación. El perdón verdadero ni ignora ni minimiza el mal.

Vistas éstas como falsas razones para perdonar. ¿Cuáles pueden ser las verdaderas razones para hacerlo? Sólo una: el perdón es el amor buscando sitio para crecer. Al no perdonar, nuestra capacidad de amar se estanca. Y como dice el Papa Francisco, el amor que no crece comienza a correr riesgos. La única razón para perdonar es querer amar.

 

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano

Marguerite Barankitse: “Cuando perdonas, curas el mundo”

Tras rescatar 25 niños de una masacre de 72 personas que se vio obligada a presenciar en 1993 en Burundi, ‘Maggy’ creó Maison Shalom, un hogar para más de 20.000 huérfanos

La llaman Ángel de Burundi, Madre Nacional o Santa Maggy, apelativos que Marguerite Barankitse (Ruyigi, Burundi, 1956) rechaza con una sonora carcajada de pudor que se intensifica en cada sobrenombre mencionado. “Soy más bien una mujer loca”, se adjudica,“porque sólo con locura empiezas cosas desde la nada”; aunque todo el mundo la llama Oma (abuela). Una ‘abuela’ de 60 años de edad, presencia majestuosa y sonrisa contagiosa, que encarna tanto la tragedia del pasado violento de Burundi como el empeño hacia un futuro de paz.

El 22 de octubre de 1993, Maggy perdió el 60% de su familia. La desnudaron, la ataron y la obligaron a presenciar la matanza de 72 personas durante los trágicos conflictos entre hutus y tutsis en Burundi. Los asesinos obligaron a los hombres a elegir entre matar con sus manos a su mujer y sobrevivir o morir junto a la esposa y dejar a los hijos huérfanos. Una amiga le pidió que, por favor, cuidara de sus hijas Lidia y Liset; que prefería morir con su marido.

El 22 de octubre de 1993, Maggy perdió el 60% de su familia durante los conflictos entre hutus y tutsis.

Rescató 25 niños y niñas de aquella tragedia y fundó Maison Shalom, una ONG que en pocos años llegó a dar asistencia sanitaria y educación a más de 20.000 niños de todas las etnias. Era la generación destinada a romper el ciclo de violencia en el país. Pero en 2015 el Gobierno burundés la cerró y la activista –crítica con los crímenes de lesa humanidad, reconocidos por la ONU, y perpetrados por el presidente Pierre Nkurunziza– se vio obligada a abandonar el país y refugiarse en Ruanda. Allí ha abierto un centro comunitario, llamado Oasis de Paz, para 90.000 refugiados burundeses. Su testimonio, que Barankitse vino a compartir esta semana en un acto organizado por el CIDOB en Barcelona, es el ejemplo de una resiliencia sin límites.

¿Cómo lo hace por convivir con los estragos del genocidio?

Siendo una vela en la oscuridad. Desde mi infancia cada cinco años ha habido masacres en Burundi. A pesar de las atrocidades, en mi familia siempre fui feliz. Perdí a mi padre cuando tenía cinco años pero mi madre me enseñó otra cara de la vida. Y para mí la vida fue un festín. Decidí no deprimirme y ser una pequeña candela entre la oscuridad. Me acuerdo cuando empezó en mi país la enorme masacre entre tutsis y hutus en 1972 , yo era una adolescente y no quise ir a la escuela porque no entendía porqué no honrábamos por igual a todos los padres que habían muerto. Mi madre me trajo una vela y me dijo: ‘Cuando haya oscuridad, escoge siempre ser luz’. Fue cuando le dije a mi madre que quería ser profesora y enseñar lo mismo que ella me enseñó.

A vivir en el lado positivo de la vida

Por eso, cuando hay odio, puedo amar, cuando hay indiferencia, puedo ser compasiva, cuando hay intolerancia puedo ser tolerante y cuando hay orgullo, puedo ser humilde. Esta es la misión que recibí de mi madre.

Usted creó una comunidad para 25 niños primero y luego, incluso para más de 20.000…

No solo esos 20.000 niños, sino también todas esas madres que fueron violadas, esas familias que no tenían a donde ir, los exprisioneros que no tenían casa, los niños soldados… Era una comunidad muy especial. Para mi las cifras no son importantes. Era una casa de la paz, Maison Shalom, abierta a todo el mundo. Recuerdo que en el año 2000 hubo un bombardeo y toda la gente vino a mi casa y en el patio había al menos 8.000 personas, a las que tuve que alimentar de golpe. Lo hice sin dudarlo ni un segundo.

¿Construir esa comunidad le ayudó a superar la tragedia?

Es verdad que cuando pierdes el 60% de tu familia, tíos, tías, primos y primas… la familia, el sagrado regalo que Dios nos da, algunos días piensas que quieres volver a verles, otros, que quieres regresar a tu pueblo. Pero sé, gracias a mi madre, que puedo crear una nueva y preciosa familia. Me reservo tiempo para velar a los muertos, para decirle a Dios que no lo entiendo, que a veces fue muy difícil… Además de mi familia, también perdí muchos niños: cinco niños al día morían en mis manos. Y a veces no veo compasión en la comunidad que me rodea y solo mi fe me mantiene en pie.

Recuerdo que en 1996 perdí la voz porque quería cargar con todo, cambiarlo todo; me sentía joven, pero fue demasiado para mí. Después de eso, empecé a pensar que en realidad soy un mero instrumento para la comunicación del amor y que tengo que dedicar más tiempo a gozar de la vida, que para ser Teresa de Calcuta no hace falta ser una mártir, como dicta la educación católica que recibí. Fue cuando empecé a cuidarme, a maquillarme… ahora nadie puede detenerme.

Después de convertir los estragos de una guerra civil en un mundo de esperanza para 20.000 niños, se vio obligada a huir de Burundi a Ruanda y empezar de cero por sus críticas contra el presidente de Burundi Pierre Nkurunziza. Si pudiera retroceder en el tiempo, ¿haría las cosas de manera diferente? ¿Callaría?

No [ríe a carcajada limpia] Mire, cuando empecé a construir el hospital de Maison Shalom fue porque estaba muy enfadada. Un día del año 2001 murieron 16 madres en el parto y fui al Gobierno a denunciar que no podíamos continuar así, pero el ministro de Sanidad no me escuchó. Conseguí el dinero y construí un hospital y durante 10 años ninguna madre murió dando a luz. Todas estas cosas las dejé atrás cuando tuve que huir sin nada y empezar de cero. Dos años después he reconstruido un mundo nuevo.

No callaré nunca, ni por los burundeses, ni por los españoles, ni por la humanidad. Porque somos una sola familia humana. Porque cuando destruyen la dignidad de un ser humano los demás debemos levantarnos y luchar, ya sea por los hermanos y hermanas sirios, los somalíes o los americanos. Este es mi manera de sentir. Protestaré tanto si Trump nos insulta como si la ONU comete errores, no solo contra Nkurunziza.

¿Qué les pasó a los niños de Maison Shalom en Burundi después de tener que huir?

En vez de reutilizar nuestro hospital para el país, el Gobierno burundés lo cerró. Veintiún bebés murieron en las incubadoras porque cortaron la electricidad. Lo cerraron todo. 20.000 personas que trabajaban en la comunidad, perdieron el trabajo. Los enfermos de sida que hacían el tratamiento, ahora están muriendo.

La comunidad internacional no puede callar cuando ve gente muriendo. El silencio es complicidad. Mañana no dirán que no lo supieron. Ahora lo saben, no es como el genocidio de Ruanda, ahora la comunidad internacional y todas las agencias de la ONU saben lo que está pasando en Burundi porque hay un informe de la Corte Penal Internacional que lo denuncia.

Burundi fue una de las tres crisis humanitarias más ignoradas en 2017, junto con Corea del Norte y Eritrea. ¿Por qué nadie habla de Burundi?

Porque no hay petróleo, no hay diamantes… pero hay algo mucho más rico que el petróleo y los diamantes, nuestros hermanos y hermanas. Sí. Y también porque Burundi está en una situación geopolítica estratégica. Los que quieren robar en las minas de (la República Democrática del) Congo prefieren que haya un país corrupto cercano para actuar con impunidad.

 

Usted llegó a visitar a los asesinos que mataron a gente que conocía en prisión.

Si no les ayudamos a darse cuenta de que nuestra misión en el mundo no es matar sino amar continuarán con sus crímenes. Quiero romper el ciclo de violencia que hay en el mundo. Creo que aquellos que realmente nos necesitan son los criminales porque debemos enseñarles que están en el mal camino. No puedo guardar mi odio en el corazón y a ellos quiero llevarles de la oscuridad a la luz.

¿Y qué les dijo?

Uno me preguntó, ‘¿Maggy, por qué haces esto?’ ‘Porque creo que aunque seas un criminal sigues siendo mi hermano criminal. Y sé que puedes salvar más de lo que has matado. Y después se puso a llorar delante de mí. Cuando perdonas, curas el mundo.

¿Crees que Burundi está al borde de sufrir otro genocidio?

Si no prestamos atención, el genocidio en Burundi, que ya sucede ahora, irá a peor. Desde hace dos años están matando a gente. No crea que la comunidad internacional verá machetes, bombas… Pero matan 40 personas al día. Seleccionan a jóvenes tutsis y los arrestan. Está en el informe de la ONU. El Gobierno quiere convertirlo en un conflicto étnico pero no lo conseguirán. Nkurunziza es un presidente irracional que se levanta una mañana y decide matar a tutsis. No puedes imaginar de lo que es capaz un presidente que se ha vuelto loco: torturas, violaciones, fosas comunes, cadáveres en los ríos, cuerpos mutilados en las calles – tengo las fotos en el móvil. Es un genocidio. Se emplea el mismo vocabulario que usaron los nazis para deshumanizar a los judíos.

Entonces, ¿es una represión contra los opositores?

Sí. Pero quieren hacer creer que hay una limpieza étnica. Si arrestan a las personas que protestan en las manifestaciones, ponen en prisión a los hutus, pero a los tutsis los llevan a los servicios de inteligencia para torturarles, mutilarles o esterilizarles. El Gobierno intenta provocar la rabia entre los tutsis para que se levanten contra los hutus.

Nkurunziza es un presidente irracional que se levanta una mañana y decide matar a tutsis”

Con 24 años adoptó siete niños, cuatro hutus y tres tutsis, ¿cuál es el coste personal de dedicar toda una vida a los demás?

[Ríe] No es un sacrificio. A veces me preguntan si algún día querré casarme y tener mis hijos biológicos, pero yo les digo que soy la madre más feliz del mundo. No tuve mis propios hijos pero tengo miles y miles de niños que me quieren y a los que quiero mucho. A veces me preguntan si no quiero tener un marido, pero es que nunca estoy sola en casa, es una casa llena de felicidad. Es verdad que también soy una mujer normal. No soy una monja. Me preguntan, ¿no vas a dedicar tiempo a estar en la intimidad con un hombre? No puedo dedicarles tiempo, incluso cuando alguno lo ha intentado, ha visto que no puedo estar por él. A veces incluso me he olvidado de él. [Ríe] ¿Quién va a seguir a una mujer loca como yo y ser el padre de tantos miles y miles de niños? Mi madre perdió a mi marido con 24 años y nunca vi a otro hombre en nuestra casa, quizá estoy siguiendo los pasos de mi madre sin habérmelo propuesto.

» No tuve mis propios hijos pero tengo miles y miles de niños que me quieren y a los que quiero mucho”

Fuente: La Vanguardia

 

Cuatro formas desastrosas de intentar ejercer la autoridad con los hijos.

A los padres en general nos preocupan nuestros hijos. Los queremos. Queremos que sean responsables. Sabemos que tenemos el deber de educarlos para ello. Muchas veces tropezamos en el cómo. Porque en ocasiones, utilizamos algunos métodos que consiguen justo el efecto contrario al pretendido. Vamos a detenernos en cuatro de ellos:

1.- Criticar sistemáticamente: poner el foco en lo negativo del hijo de forma permanente. Subrayar sus fallos. Pasarse la vida señalando errores y cosas a corregir. Dar por descontados los logros y progresos, sin valorarlos ni apreciarlos. Hay quien piensa que hay que ayudar al hijo a darse cuenta de sus errores. Y para eso los señala sistemáticamente.

Lógicamente, el hijo que es criticado sistemáticamente termina por no sentirse aceptado, valorado ni querido. Y reacciona mal. Y el padre que ve que reacciona mal, trata de corregir esa mala reacción, con lo cual agrava el problema.

Forma parte de la tarea de los padres corregir los errores de nuestros hijos. Pero no puede ser lo que ocupe más tiempo de nuestra tarea, porque el hijo se acaba alejando afectivamente.

 

2.- Ridiculizar: consiste en exponer de forma burlona o despectiva los fallos del hijo, independientemente de si se hace con razón o no, o si se hace en público o en privado. Algunos padres intentan, de este modo, “hacer reaccionar” al hijo. Algo así como ponerle las banderillas al toro para estimularlo y que actúe de una forma diferente.

Pero cuando se ridiculiza un hijo se transmite un mensaje de desprecio. Algo así como “no vales la pena”. Y lo habitual es que ese mensaje provoque una reacción negativa en forma de rebeldía o depresión. Rara vez produce una reacción positiva.

Corregir a nuestros hijos debe hacerse sin transmitir un mensaje tan destructivo. Desde la confianza en sus capacidades y sin humillarlo.

3.- Culpabilizar: “si te portas así, papa y mamá van a acabar separándose”, “por tu culpa me va a entrar un cáncer”, son maneras de intentar que el hijo se sienta culpable por posibles consecuencias de sus actos e intentar que cambie de conducta. Existe la errónea creencia de que, si el hijo se siente mal por algo, dejará de hacerlo y por eso algunos padres intentan agudizar el sentimiento de culpa en el hijo.

De esa manera se pone una losa enorme sobre las espaldas del hijo, que le impide crecer con libertad.

Porque una cosa es sentirse mal por algo que he hecho y otra aprender a hacer las cosas de otra manera. Experimentar un sentimiento dura un instante, aprender a comportarme de otra forma es un proceso.

4.- Descalificar globalmente: consiste en calificar la cond ucta de nuestro hijo con un adjetivo que describe por completo a su persona. Por ejemplo, cuando llamo cerdo a mi hijo por tener la habitación desordenada. A veces usamos estas expresiones de una manera inconsciente en medio de una bronca o regañina, sin darnos cuenta que un cerdo lo es desde que nace hasta que muere. Y lo es en cualquier lugar y situación, no cambia.

El problema de esto es que, aunque tenga una parte de verdad, la descalificación global es injusta y ante un mensaje así de injusto el hijo tiene dos opciones: si acepta el mensaje, se desanima. Si lo rechaza se ve obligado a pelear contra quien se lo lanza, con lo que, además de no corregir nada, hemos generado otro problema.

Si lo que queremos precisamente es que nuestro hijo cambie, es preferible señalar la conducta a corregir y aplicar una consecuencia, pero no convertir esa conducta en el elemento que describe toda la persona del hijo.

 

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano.

La arriesgada apuesta de un museo alemán para desactivar a la extrema derecha local

Cuando Hilke Wagner, directora del museo Albertinum, caminaba rumbo a la inauguración de una exposición en la plaza del mercado en Dresde, esperaba encontrarse con un distendido encuentro de amantes de la cultura. No sucedió. En su lugar, ella y el resto de asistentes se vieron rodeados por un grupo de manifestantes de extrema derecha armados de megáfonos insultando a los organizadores de la muestra de escultura y a su autor, un artista alemán de origen sirio. Los llamaban traidores. Al regresar a la oficina hubo lágrimas. «No sabíamos qué hacer».

El sector cultural de Dresde vive en tensión debido al auge de la extrema derecha más radical. Wagner llegó en noviembre de 2014 a su puesto, la dirección del Museo Albertinum, una de las colecciones de arte más importantes de Europa cuando se trata de la obra que nace del romanticismo y llega a la contemporaneidad. Un mes antes de su incorporación al puesto había aparecido en las calles de la ciudad un movimiento de protesta antislámico, Pegida, que desde entonces no ha dejado de crecer en tamaño y extremismo hasta el punto de que el pasado mes de noviembre, el ayuntamiento de Dresde decidió declarar de manera oficial una «emergencia por nazismo».

En un clima político tan polarizado como el de hoy, los promotores culturales se enfrentan a una difícil elección. ¿Deben dialogar con las voces reaccionarias y asumir el riesgo de normalizarlas o, al contrario, boicotearlas y arriesgarse así a que se alejen más de los principios compartidos por la mayor parte de la ciudadanía?

Al frente del Albertinum, Wagner ha optado por una tercera vía: han convertido el problema en caso de estudio sobre el mejor modo en que las organizaciones artísticas pueden ganarse a esa porción hostil del público sin renunciar a sus ideales.

Desde su nombramiento, Wagner ha tratado de imprimir dinamismo a la escena del arte contemporáneo de Dresde y ha hecho hincapié en el pluralismo que destilan las colecciones del Albertinum. En una entrevista con Die Welt poco después de asumir el puesto explicó su intención: «dejar claro que nuestra cultura es resultado de una mezcla de culturas».

Pero más allá de los muros de arenisca del Albertinum, esa extrema derecha que no deja de crecer tenía otros planes. Del mismo modo que el movimiento Pegida mutó de una masa de pensionistas de abrigos color beis a otra de jóvenes identitarios vestidos de negro, el partido Alternativa por Alemania y (AfD) pegó un bandazo desde su inicial oposición al Euro para transformarse en un partido etnoreligioso en toda regla.

Muy centrado en el arte y su impacto social, AfD se ha manifestado contra cualquier programación multicultural y en defensa de una «cultura alemana predominante». Sobre todo en Dresde, el partido se comprometió a conservar el arte clásico alemán y a oponerse a los proyectos que considera «marginales y dirigidos a las minorías».

A medida que Wagner se asentaba en el puesto, la retórica en las calles de Dresde empeoraba. Recuerda un caso concreto. El momento en que Pegida decidió protestar contra los rescates de refugiados al grito de «¡que se hundan, que se hundan!». «Claro, en esa situación, una se desespera», dice.

Transformar el odio en diálogo

En septiembre de 2017, la guerra cultural se volvió personal. El detonante, un artículo de opinión en un periódico regional, el Sächsische Zeitung, en el que se criticaba a Wagner, que creció en la antigua República Federal, por su tratamiento del arte de la antigua Alemania del Este. Wagner señala que el artículo planteaba «cuestiones importantes y que llegaban con cierto retraso». Tres décadas después de la unificación alemana, alrededor del 98% de los puestos de liderazgo del país los ocupan personas que crecieron en la antigua República Federal, en el Oeste. Para muchos, esa tendencia se refleja también en el tratamiento de la historia del arte alemán.

Pero a Wagner también le sorprendía lo subrepticio y vicioso de la manipulación con la que la extrema derecha se incorporó al debate. Dos días después de que se publicara el artículo, un miembro de AfD pidió en el parlamento una lista de las pinturas en exhibición en el Albertinum discriminadas por su origen. Quería saber cuantas venían del Este del país y cuantas del Oeste. También cuestiones relativas al nombramiento de Wagner y sus intenciones respecto a la expansión de la colección de arte contemporáneo del museo.

Lo que siguió fue una oleada de mensajes de odio pidiendo la salida inmediata de Wagner. Mucha gente comenzó a reconocerla y confrontarla en la calle. «Fueron demasiado odio y agresividad de golpe», recuerda Wagner. «Durante dos semanas, casi no salí de casa, me invadió la paranoia».

Wagner se cuida de las generalizaciones. No cree que todos los que la contactaron fueran simpatizantes de la extrema derecha. Pero también reconoce la incómoda proximidad entre la defensa de la herencia cultural local y la agenda de AfD. «Está claro que AfD se agarra a esto desde el populismo. Que quieren incrementar la división entre el este y el oeste de Alemania».

La reacción inicial fue poner distancia. «Al principio pensé que no podía quedarme», cuenta. Pero cuando levantó el teléfono y llamó a una de las personas que la atacaba «creí honestamente que ese primer contacto era producto del odio, que se trataba de una cuestión egoísta y quería dejar las cosas claras. Pero tuve una conversación realmente positiva. Me di cuenta de cuanto bien hacía. Me lo hacía a mí y a la otra persona».

Wagner se sintió reforzada y decidió llamar una por una a cada persona que había llamado o escrito cargada de odio. Menos una, todas eran hombres. «No había un sexismo explícito», señala «pero estoy segura de que es parte de la situación».

Esas conversaciones siguieron siendo constructivas. Quienes recibían esas llamadas se sorprendían cuando era ella quien iniciaba el contacto. Hablaron y escucharon. Se dieron pasos en dirección a una comprensión mutua. «No es que llegáramos a puntos de acuerdo pero limamos malentendidos. Entendí algunos de sus agravios», reconoce Wagner.

Otras instituciones del arte alemán han adoptado una política de puertas cerradas ante la extrema derecha. En Leipzig, un artista que simpatiza con AfD fue excluido de una exhibición anual de pintura. En Berlín, el director del teatro Friedrichstadt-Palast declaró que los votantes de AfD no son bienvenidos en sus actividades.

Pero en Dresde, donde la pertenencia a la extrema derecha es transversal, Wagner entiende que la obligación de una institución pública es diferente. Cree que «los votantes de Pegida y AfD están por todas partes. Son parte de las familias, son compañeros de trabajo, están en nuestra red de financiadores. ¿Dónde nos ubicamos si nos limitamos a decir que no nos hablamos?»

Wagner desarrolló una serie de diálogos y una estrategia en torno al Albertinum. El primer paso fue una invitación abierta a una serie de discusiones. En el atrio central del museo y al aire libre, pidió colocar mesas alargadas y a su alrededor varias filas de asientos. Participaron más de 600 personas entre las que había miembros de Pegida y se encontraban también muchos de quienes la habían atacado.

Dice que «al principio fue muy difícil» y que «hubo gritos, portazos, discusiones, y acusaciones pero evolucionó en la dirección correcta». Uno de los hombres que había enviado un mensaje de odio a Wagner se puso en pie y pidió disculpas. Otro dijo que se había sentido en el Albertinum como «si estuvieran en su sala de estar».

Ese ambiente de cercanía era fundamental para Wagner, que tituló la serie de debate Necesitamos hablar y explicó que encontró «importante establecer la sensación de que entablaban relaciones personales. Tuvimos participantes de todo el espectro político y con actitudes bien diferentes. Aprendimos mucho unas de otros».

Luego pasó a las estrategias de programación. Como muchos lugares, porosos al extremismo de la extrema derecha, la identidad de Dresde está marcada por experiencias traumáticas. Capital de Sajonia, fue una vez un importante polo económico que bullía entre el comercio y su arquitectura barroca. Pero en febrero de 1945 el 90% del centro de la ciudad fue destruido por bombardeos aliados que dejaron 25.000 personas muertas, la mayor parte de ellas mujeres y niños. Después, y tras una vuelta a la vida, tanto arquitectónica como industrial, liderada por el gobierno de la Alemania socialista, la reunificación alemana fue testigo de la pérdida de gran parte del empleo en la ciudad y de la enajenación entre gran parte de su juventud y el oeste del país.

Wagner quiere que de entre la serie de pérdidas que ha vivido la ciudad nazcan momentos de energía artística similares, por ejemplo, a los vividos durante el período abstracto del período de entreguerras, tan creativo. Y menciona nombres. «Kandinsky, Mondrian, Lissitzky fueron muy activos en la década de los 20. Quiero que los habitantes de Dresde recuerden aquella historia modernista y así alimentar apertura y orgullo hacia lo que sucedió aquí».

A lo largo de las series de diálogo, quedó claro que su público quería ver más obra de Alemania del este y piezas que reprodujeran la destrucción que la ciudad sufrió durante la guerra. Eso presentaba un dilema: Ambas temáticas han sido utilizadas por AfD para alimentar el victimismo del que se sirve.

La solución de Wagner no ha sido negarse a los derechos de quienes visitan el museo sino retar cualquier narrativa simplificadora o victimista aportando matices y contexto. Ha mostrado obras que reproducen la destrucción de Dresde junto a obras contra la guerra de autores de otros países como Maria Lassnig y Marlene Dumas. Una instalación de Wolfang Tillmans mostraba la destrucción de Dresde junto a la de Coventry. «Quería estar segura de que no aislábamos las obras, de que las mostrábamos al mismo nivel que otras perspectivas»

Wagner también respondió positivamente a quienes pedían más arte de la Alemania del este pero no aceptó el discurso patriarcal de la AfD y decidió enfatizar a las mujeres artistas. Una muestra seleccionado por Susanne Altmann mostró obras de 36 mujeres de Alemania del este y otros países del antiguo bloque soviético. Un año después, otra muestra va a centrarse en los ideales inclusivos de la Alemania del este y explicar sus vínculos con Sudáfrica, Mozambique y la India.

No todos están de acuerdo con las decisiones de Wagner. Poco antes de navidad asistió a un recital ofrecido en el atrio del museo por una organización de migrantes y refugiadas. Se emocionó. Mientras disfrutaba del concierto desde las galerías superiores, uno de los asistentes, un alemán, hacía gestos de desaprobación ante el coro multiétnico y decía «pobre Alemania».

Fue un recordatorio deprimente de los retos que enfrenta. Pero Wagner no tira la toalla. Para ella, es justo ese tipo de exposición pública lo que podría aportar a la consecución de una mejor cohesión social. «Como museo», dice «somos uno de los pocos lugares en los que aún pueden suceder este tipo de encuentros cara a cara».

Ya se detectan algunas muestras de que su determinación comienza a dar resultado. Wagner no ha recibido mensajes de odio desde enero. Hace poco se encontró en la calle con uno de los que la criticaban. «Dijo que me debía una carta bonita».

Traducido por Alberto Arce

Fuente: eldiario.es