¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!

Ana Sánchez

La ONU, en su 101ª sesión plenaria celebrada el 25 de julio de 2019 decidió declarar 2021 como “Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil”. Según las últimas estimaciones mundiales sobre el llamado trabajo infantil que presenta la Organización Internacional del Trabajo, referidas al año 2016, existían 218 millones de niños víctimas del trabajo infantil. Las cifras chocan con otras organizaciones que trabajan directamente con los niños que sufren la esclavitud, como Misiones Salesianas que hace dos años hablaban de 223 millones de menores explotados sexualmente en el mundo. Está claro que las cifras no cuadran.

Una cuestión fundamental es saber de qué estamos hablando cuando hablamos de “trabajo”, quizá no todos tengamos lo mismo nuestra cabeza. Una pista la encontramos en la reciente carta apostólica Patris Corde, donde el Papa Francisco nos recuerda que “una familia que carece de trabajo está más expuesta a dificultades, tensiones, fracturas e incluso a la desesperada y desesperante tentación de la disolución. ¿Cómo podríamos hablar de dignidad humana sin comprometernos para que todos y cada uno tengan la posibilidad de un sustento digno?”

Este año que acaba de comenzar, dedicado a San José y declarado como año contra la eliminación del trabajo infantil puede ayudarnos a calibrar la dimensión y crudeza de este problema. Ya en junio del año pasado se alertaba desde los organismos oficiales (OIT y UNICEF, concretamente) cómo “la COVID-19 podría resultar en un aumento de la pobreza y por tanto en un incremento del trabajo infantil, ya que los hogares utilizan todos los medios disponibles para sobrevivir”. En países como Brasil, Guatemala, México, India y Tanzania, ya se ha observado un aumento del trabajo infantil producto del desempleo de los padres.

Es determinante saber cuál es el trabajo de cada uno. El de los niños debe ser jugar y estudiar, es decir, todo lo contrario a lo que realizan millones de ellos en la agricultura, extracción minera, ejército y guerrillas, fábricas, prostitución y un largo etcétera de actividades más o menos agresivas; en este sentido, todas lo son, todas suponen una esclavitud de un grupo de población (los niños) que deberían ser especialmente protegidos, no especialmente explotados.

¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos?

Fuente: theobjective.com

Autor: Miguel Ángel Quintana Paz

Hace unos meses el joven filósofo Diego S. Garrocho publicó en el diario El Mundo una tribuna notable. Su título, ¿Dónde están los cristianos?, formulaba sin concesiones una preocupación: que en nuestros debates públicos, nuestras redes sociales, nuestras tertulias políticas y discusiones intelectuales, apenas cabe oír voces cristianas que muestren, verbigracia, «el vigor filosófico del Evangelio de Juan, el mérito sapiencial del Eclesiastés o la revolución moral de las epístolas de San Pablo».

«Hagan la lista», sugería Garrocho: «Está la izquierda cultural, el marxismo talmúdico, la socialdemocracia, el populismo de izquierdas, el de derechas, el liberalismo erudito, el de audiolibro, los ecologistas, la izquierda de derechas, la Queer Theory, los conservadores estetizantes, la tardoadolescencia revolucionaria, el extremo centro, los del carné de un partido, los del otro carné… Y está, por supuesto, el catolicismo excesivo y de bandería. Están todos, absolutamente todos en un ejercicio de afinación sinfónica, todos menos la intelectualidad cristiana».

Esta carencia, a juicio de nuestro pensador, él mismo cristiano (y, por tanto, el texto no deja de emanar cierto aire autocrítico), es grave. No siempre fue así: Garrocho recuerda debates recientes en que sí que supieron penetrar autores como el papa Benedicto XVI, o los filósofos Gianni Vattimo y Rémi Brague (todos ellos vivos, aunque ancianos; yo añadiría al recientemente fallecido René Girard). Su artículo concluye, pues, de forma tan punzante como bella: «Nadie ensaya a decir ya, ni tan siquiera como ejercicio intelectual, que a lo mejor es cierto que hay una dignidad singular en los que pierden, los que sufren y los que lloran, porque de ellos será lo que los cristianos reconocen desde hace siglos como el Reino. Así sea como hipótesis merecería la pena decirlo en alto alguna vez. Por pura probabilidad. No vaya a ser cierto».

Garrocho lanza, pues, un llamamiento a hablar más en cristiano. Y uno podría esperar que tal llamamiento chocase sobre todo con quienes se alegran de que el cristianismo quede fuera (o «fuerísima», según moderno superlativo) de nuestras batallas culturales: laicistas, podemia, modernez malasañera, cientificistas… Sin embargo, resulta revelador del estado de nuestra opinión pública que las principales críticas que tal texto ha recibido hayan procedido… de los propios cristianos.

Estos se han sentido (¿hace falta aclararlo, en el mundo de hoy?) ofendiditos con el planteamiento de este joven profesor. Han negado la mayor. No, ¡no es cierto que no haya autores cristianos produciendo pensamientos valiosos! En Twitter se han ocupado y todo de detallarle listas de notables.

Pero no solo Garrocho (a quien tuve la fortuna de conocer hace años en un congreso dedicado a Paul Ricoeur), sino cualquier persona culta conoce bien estos nombres. Lo que denuncia su artículo, pues, no es que no existan. Volvamos al título: lo que se pregunta es más preciso, ¿dónde están? Pues, desde luego, no son nombres que resuenen en nuestros diálogos públicos.

Ante esta evidencia, los críticos con el artículo que estamos comentando contraatacan: “Oh, cierto, pero ¡no es culpa nuestra, cristianos, si no estamos presentes en el mainstream! ¡Es culpa de quienes controlan este! Si nos excluyen, nos silencian, o si simplemente no se nos escucha, ¿qué responsabilidad nos puede caber?”.

Esta queja parece plausible hasta que uno recapacita sobre ella. Que es a lo que me gustaría invitar al amable lector aquí. Porque cabría ver ese lamento como razonable si procediera de algún grupo marginal, pongamos a los mormones o a los adventistas del Séptimo Día. O a los jugadores de bádminton. Todos ellos dependen, por sus escasos recursos, de la voz que les concedan los demás.

Pero ¿de verdad pueden miembros de la Iglesia católica quejarse de que «otros» les acallan? ¿No tiene tal iglesia hoy en España una red de colegios, de universidades, una cadena de radio, una de televisión, editoriales, asociaciones, organizaciones, institutos, congregaciones, edificios, museos… suficientes como para no depender de si «otros» te otorguen o no la palabra? ¿De veras se están empleando estos enormes recursos del modo óptimo que permitiría ir bien pertrechados a la guerra intelectual?

Mi impresión es la contraria. Todos esos talentos se están dilapidando de forma difícilmente perdonable (recordemos la parábola de los ídem). Y parte del problema es que ese desperdicio se ha convertido ya en una inercia que pasa desapercibida a los propios dilapidadores. De ahí que estos reaccionen del modo tan airado en que lo han hecho con el artículo del profesor Garrocho.

¿A qué me refiero cuando hablo de derroche de los recursos con que sí cuenta la Iglesia católica, pero que no se ven reflejados en su impacto intelectual? Empecemos hablando de los medios de comunicación de la Conferencia Episcopal: una de las cadenas radiofónicas más escuchadas del país, Cope, y una televisión con cierta presencia también, Trece TV.

Enciendo mi aparato de radio mientras redacto este artículo: se juega un partido de fútbol, así que los locutores lo narran exaltados, pespunteándolo todo de alguna que otra blasfemia (el término «hostia», no en su significado sacramental de «pieza redonda y delgada de pan ácimo», es la primera que detecto). No me parece algo definitivo (aunque la próxima vez que los obispos se quejen de que un artista o una revista satírica se mofa de su fe, me preguntaré por qué no ponen en su sitio también a sus propios empleados de Cope, por muy millonarios que sean los contratos de estos). Acudo a la parrilla general de esta cadena: ¿qué espacio se presta a debates intelectuales de empaque donde escuchar la voz cristiana? Me percato de la gran labor que Fernando de Haro o Pilar Cisneros realizan en su programa de tarde, algún que otro programa consagrado a asuntos de sacristía… y poco más.

Apago la radio, enciendo la tele, y mi sensación empeora. Trece TV ha decidido, por razones misteriosas, que repetir películas del Oeste antiguas constituye una excelente introducción al pensamiento cristiano actual. Pero no acierto a captar el porqué.

En cuanto Pablo Iglesias Turrión contó con una televisión, pequeña, financiada por la teocracia iraní, comenzó enseguida a producir debates en que exhibir sus ideas extremistas. Y en los que ir contactando con intelectuales afines o netamente adversarios. Debatir, incluso con gente muy contraria a ti, te da visibilidad (y bien que se la acabaron dando las teles de derecha a Iglesias). ¿Ha pensado alguna vez Trece TV en hacer algo tan sencillo como copiarles?

Es más, ¿por qué no inundar su parrilla de programas que expliquen el inmenso legado artístico, literario, musical del cristianismo? ¿Por qué no explicar, en formato audiovisual, las ideas de (por recordar solo los aquí citados) Ratzinger, Brague, Girard? Reconozco que no tengo ni idea de si estos programas resultarían lucrativos en lo económico (no lo descartemos: como bien descubrió Pedro Navaja, aunque tarde, «la vida te da sorpresas»). Lo que es seguro es que esas emisiones resultarían lucrativas en lo intelectual. Y, por cierto, se puede difundir también este tipo de cosas en la radio (no nos hemos olvidado de ti y de tus locutores millonarios, Cadena Cope).

Trasladémonos de la comunicación de masas al mundo educativo. Prosiguiendo la pasión por el fútbol de la Cadena Cope, permítaseme hablar en primer lugar de «la cantera». ¿Salen preparados en el legado cristiano los jóvenes que pasan hasta 10, 12, 15 años en colegios católicos? ¿Conocen al dedillo (¡diez años dan para mucho!) los relatos bíblicos, las metáforas de los evangelios, los personajes del Antiguo Testamento? ¿Saben responder si se les pregunta por las virtudes teologales o, al menos, las cardinales? Mi experiencia, como profesor de Ética, es en este sentido decepcionante. A menudo debo explicar a mis alumnos, educados o no en escuelas cristianas, los protagonistas de nuestra civilización con el mismo detenimiento con que ellos deben explicarme a mí los personajes y aventuras de Harry Potter. Con el detalle, claro está, de que hay que salvar muchas distancias para sopesar siquiera una comparación como esta.

Una y otra vez he de preguntarme, pues, ¿qué han hecho día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año en esos centros educativos? Me repetiré (pero bien sabrá el amable lector que las repeticiones no son ajenas al estilo bíblico): ¡diez, quince años dan para mucho! Me responden algunos alumnos: clases de religión dedicadas a elaborar murales «por la paz». Charlas sobre lo importante que es ser buena persona. ¿Sabíais que es importante ser buena persona? Jesús te ama y la Virgen, también. Más murales con letras de colores en que ponga esto. Hay que ayudar a los pobres. Jesús vivió hace mucho tiempo. Pero te ama. A los pobres también. Hagamos una campaña de recogida de fondos. Por cierto, ¿no sería fantástico acompañarla de un mural?

No tengo nada, naturalmente, en contra de las campañas filantrópicas. (Sobre los murales evitaré, de momento, pronunciarme). Yo también recogía fondos mientras fui escolar, pues conté con la fortuna de que me educara un colegio católico. Pero justo por eso sé que en 10 años (13 en mi caso) da tiempo para aprender muchas más cosas. Soy el primero que disfruta el entusiasmo de un joven de 23 años, que está redescubriendo el valor de su civilización cristiana, cuando escucha por primera vez la ya citada parábola de los talentos. Pero uno añora los tiempos en que esas cosas bíblicas se conocían de sobra a semejante edad, y se podía partir de ellas para reflexionar más allá.

Terminaré hablando del otro extremo de nuestro sistema educativo: las universidades, en este caso las católicas. Son 16 en total, más dos facultades eclesiásticas. Y sin duda todas ellas cuentan con profesores e investigadores de nivel más que apreciable. Pero, de nuevo, ¿consiguen imbricarse en el debate social? ¿Generan discusiones que tengan repercusión fuera de ellas? ¿Introducen asuntos en redes sociales? 16 universidades dan pie a una red de invitaciones mutuas, de lecturas mutuas, de intercambios respectivos, pero ¿logran cada una de ellas entrar en diálogo con visiones cercanas, mas no idénticas por fuerza?

Mi impresión es que aquí ocurre lo contrario que describíamos en niveles educativos inferiores: mientras que en ellos el cristianismo queda a menudo diluido en frases vagas o bellas intenciones (y murales), cosas todas ellas que podría compartir cualquier persona de buena voluntad, en el ámbito universitario el enfoque se vuelve más cristiano, pero también más cerrado. No proliferan conversaciones entre ateos y cristianos en las facultades católicas. O entre cientificistas y humanistas. No son frecuentes los debates tampoco entre visiones contrapuestas de la fe. La moral cristiana no aprovecha para propagarse y demostrar su potencia en lucha intelectiva con otras visiones. Las vibrantes discusiones que caracterizaron la universidad medieval son hoy solo un recuerdo mortecino. Todo se despacha a menudo con un par de jornadas en que unos cuantos amigos repiten entre sí las ideas que ya todos ellos conocen; o algún homenaje simbólico a algún autor de renombre, que rara vez tiene más alumnos entre el público que ponentes invitados.

Seguramente he generalizado (es lo que tienen los análisis generales, como este, de la postergación del cristianismo en nuestra cultura). Seguramente hay alumnos que salen de sus escuelas católicas con una sólida formación desde Abraham a Maritain, desde el Génesis al Apocalipsis. Seguramente hay actos donde universidades eclesiásticas o religiosas se confrontan con los retos (y los intelectuales) de nuestro tiempo. Probablemente hay tardes en que Trece TV no emite un western.

Todo eso puede ser verdad y, aun así, la pregunta de Diego S. Garrocho con que iniciamos este artículo seguiría siendo pertinente. Así al menos la he visto yo; y un buen modo de mostrar que Diego y yo nos equivocamos sería que radios, televisiones, colegios, universidades, institutos, editoriales, museos católicos recogieran este guante. No como lo recoge una damisela ofendida; sino como un reto para batirse en duelo intelectual. Para demostrarnos a nosotros, a todos, que el cristianismo, dos mil años después, sigue aprovechando cualquier ocasión para ponerse de actualidad. Al igual Jesús, también él, aprovechó el mero hecho de sentir sed junto a un pozo de Samaria para pegar la hebra.

Noche de paz

Villancico interpretado por las voces de la familia García Prieto y grabado en el sótano de la Casa Emaús.

Cinco motivos para entender por qué han venido 20.000 senegaleses a Canarias

Fuente: blog.africavive.es

Autor: Jaume Portell

 ¿De qué sirven muchos ojos si solo observan a la víctima en el suelo? En 2006, más de 35 000 personas llegaron a las costas canarias desde el continente africano. En 2020, catorce años después, las escenas se repiten de nuevo y no parece que hayamos aprendido mucho. Nada nos impide creer que en 2034 veremos las mismas imágenes en televisión: miles de africanos muy jóvenes, reconfortados con mantas y bocadillos de la Cruz Roja tras salir de una patera.

Los titulares de prensa andan, como siempre, divididos: algunos hablan de avalancha y agitan sus eslóganes racistas; otros aprovechan este episodio para dedicar un bonito canto a la diversidad. Encontramos incontables muestras de lo que Martín Caparrós ha bautizado como “periodismo Gillette”: limpio, lleno de declaraciones y neutro. Sin ideología, es decir, reforzando la mayor de las ideologías, la más conservadora: la idea de que no tener ideas es siempre lo más deseable para expresarse ante los demás.

Senegal seguirá exportando a gente por factores que raramente aparecen en la prensa. Si acaso, se mencionan en algún párrafo perdido, se camuflan bajo palabras vacías de tanto usarlas: ‘desigualdad’, ‘injusticia’, ‘desastre’. Víctimas sin verdugos, casuales, desgraciadas, problemas sin causa ni solución. Somos capaces de escribir bellísimas crónicas sobre el dolor africano, pero apenas nos atrevemos a mencionar qué provoca el desgarro. No queremos mancharnos. “Culpa a Occidente por los problemas de África. Pero no seas demasiado específico”, decía Binyavanga Wainaina en su legendario “Cómo escribir sobre África”. Hoy me apetece ser específico con cinco motivos.

El primero es la comida. Senegal gasta la mitad de sus importaciones solamente en comida y energía. Uno podría entender que un país se gastara un dineral en comprar máquinas prodigiosas, tecnología punta o inventos fantásticos. Senegal se lo gasta en comprar arroz, trigo, leche y pescado. El país tenía y tiene capacidad para producir muchos de estos productos, pero la liberalización comercial y los subsidios europeos han destrozado a los comerciantes senegaleses. Lo explica una publicación de Saiba Bayo y Ernst Krose sobre los Acuerdos de Colaboración Económica (EPAs, en inglés): “al principio de este siglo los estados de África oriental y occidental tenían una producción propia de pollo de entre el 70 % y hasta el 90 %. Después de pocos años la autoproducción ha disminuido a un nivel del 5 al 10 %.” Descartado el pollo, Senegal dependía considerablemente del pescado para obtener proteínas. Los acuerdos con la UE han dejado a los pescadores artesanales sin trabajo y a los senegaleses con menos comida. Quien habla de las oportunidades que los senegaleses tienen para emprender negocios en casa siempre ignora este hecho: las importaciones europeas –subsidiadas y más baratas- acabarán con la posibilidad de conseguir cualquier mercado.

El segundo es la moneda. Senegal utiliza el franco CFA, cuya paridad con el euro, una moneda fuerte, dificulta las exportaciones –al ser más caras para otros compradores- e incentiva las importaciones –al ser más baratas. No es raro que Senegal, junto a otros países de África occidental, haya tenido casi siempre un déficit comercial: es decir, el país gasta más de lo que ingresa. El franco CFA sigue ligando a Francia con sus excolonias africanas: los franceses tienen derecho a veto en las decisiones sobre la moneda y el sector bancario suele estar en manos extranjeras. El economista Ndongo Samba Sylla acusa al sector financiero local de actuar como un agente rentista: prefieren comprar bonos del Estado y ganar interés que prestar a los comerciantes. Cuando conceden créditos se los dan a las empresas más grandes, que suelen ser francesas. El círculo se cierra cuando estas empresas, gracias a la paridad fija de la moneda, pueden repatriar beneficios tranquilamente: la libre circulación de capitales impuesta por el FMI obliga a los africanos a dejarse desangrar a cambio de recibir préstamos.

El tercero es el petróleo. El país ya ha perdido sin que un solo barril haya sido vendido al exterior. La compraventa de los derechos implicó a Aliou Sall, hermano del presidente senegalés Macky Sall, y a Frank Timis –fundador de Timis Corporation-, un empresario rumano: la jugada implicó que el rumano se quedara con unos derechos que acabaron vendiéndose a British Petroleum. Sall cobró 25 000 dólares al mes de Timis Corporation, una empresa sin experiencia en el sector petrolero que consiguió la concesión del Estado senegalés. Según un reportaje de la BBC, será Timis quien cobre los royalties y el Estado senegalés perderá entre 9000 y 12 000 millones de dólares. Aliou Sall fue, según Voz Populi, una “buena conexión política” en el negocio bancario de Alberto Cortina y Alberto Alcócer en Dakar.

El cuarto es el oro. Las minas de Sabodala y Massawa se encuentran en el suroeste, la zona más pobre del país. Actualmente son propiedad de Teranga Gold, una multinacional canadiense. El negocio ha implicado desplazamientos de población forzosos e incluso asesinatos de los mineros artesanales que no querían abandonar las minas. Las acciones de la mina de Massawa son en un 90% de Teranga Gold y en un 10% del Estado senegalés. La propia compañía prevé empezar a exportar 384 000 onzas de oro durante cinco años a partir de 2021. O lo que es lo mismo: a precios de mercado, unos 700 millones de dólares anuales. En el consejo de administración de la compañía se encuentra Jendayi Frazer, responsable de Asuntos Africanos durante la presidencia de George W. Bush en Estados Unidos.

El quinto es la deuda. El Estado senegalés gasta más de lo que ingresa, el sector bancario y los recursos naturales están en manos extranjeras, no puede autoabastecerse a nivel alimentario y tiene el mercado saturado de las importaciones subsidiadas de los países ricos. Con agujeros por todas partes, favorecidas por la repatriación de capitales, Senegal se endeuda para salvar los muebles. Y lo hace a tipos de interés prohibitivos. En 2018, el país vendió un bono a 30 años a un 6,75 % anual. En total, para recibir 1000 millones de dólares acabará pagando más de 2000 millones en intereses. Y después tendrá que devolver los 1000 millones del principal. ¿Quién tiene deuda senegalesa? Blackrock, Goldman Sachs, JP Morgan, HSBC y UBS.

Blackrock, el segundo fondo de inversión más grande del mundo, tiene invertidos más de 100 millones de dólares en deuda senegalesa. También es uno de los propietarios de Teranga Gold. Cuando cientos de millones de dólares de oro salen de Senegal, Blackrock gana y el país pierde los millones con los que podría pagar su deuda. Cuando el país, tras la pérdida de esos millones, pide dinero prestado, Blackrock gana con los intereses de la deuda. El fondo estadounidense controla 7 billones de dólares en activos: 290 veces el PIB de Senegal y 5 veces el PIB de España. Para ser más independiente, Senegal podría usar su banco central para financiar su deuda, tal y como han hecho Estados Unidos, la UE o Japón durante años, con tipos de interés cercanos al 0 %. Pero Senegal no tiene banco central porque no controla su moneda. Con el paso de los años se suceden los ciclos de crecimiento, deuda, caída y austeridad; estos acaban con recortes en sanidad y educación y una infinita extracción de rentas. Senegal paga en dólares, en materias primas y en el sacrificio definitivo de un país: con su gente. Algunos mueren en el mar, otros llegan; y el saqueo continúa.

 

#24RETOSDEAMOR

Retos extraídos del libro «Razones para vivir», de José Luis Martín Descalzo.

«La lista podría ser interminable y los ejemplos similares, infinitos. Y ya sé que son minucias. Pero, con muchos millones de pequeñas minucias como estas, el mundo se haría más habitable.»

Mijaíl Kaláshnikov, el armero arrepentido

Fuente: xlsemanal.com

Soñaba con diseñar cosechadoras. Sin embargo, inventó un arma casi perfecta: el AK-47, un fusil barato, sencillo y eficaz que ha matado (y mata) a cientos de miles de personas. No es eso lo que quería su creador, Mijaíl Kaláshnikov, el hijo de unos campesinos deportados a Siberia por Stalin.

Poco antes de morir, Mijaíl Kaláshnikov -creador del famoso fusil automático que lleva su nombre- confesó que su sueño de juventud había sido crear máquinas agrícolas. De joven soñó con hacer más fácil el duro trabajo de la gente del campo, como el que llevaban a cabo sus padres, que vivían en la aldea de Kuryá, en la región siberiana de Altái.

Mijaíl nació en aquel lugar recóndito de la Unión Soviética el 10 de noviembre de 1919, hace ahora 100 años. En 1930, las purgas de Stalin afectaron a su familia, que fue deportada a la región de Tomsk por ser considerada kulak, un término despectivo que se aplicaba a los agricultores que se oponían a la colectivización forzosa de sus tierras.

Kaláshnikov hizo el servicio militar en el Ejército Rojo y en 1938 cursó estudios en la academia de tanquistas de Kiev, donde diseñó accesorios para carros de combate, como un contador de disparos o una bocacha apagallamas. un eliminador de destellos que permitía disparar la pistola TT-33 desde el interior de la torreta de un blindado sin que el soldado se deslumbrara por el fogonazo.

En la Segunda Guerra Mundial (la Gran Guerra Patria, como es conocida en Rusia) fue herido de gravedad en la batalla de Briansk. Durante su convalecencia en el hospital escuchó a un grupo de compañeros quejarse de la escasa fiabilidad y el incómodo retroceso de los rifles soviéticos, lo que lo animó a inventar una nueva arma que combinase el poder del fusil automático con la simplicidad de una pistola.

Su mejor invento

En 1945, Kaláshnikov ideó el legendario AK-47, su gran invento, por no decir el único que lo ha sobrevivido. Su producción comenzó dos años más tarde en la fábrica de Izhevsk, donde el joven maestro armero fue ascendido a ingeniero jefe. Su invento ha triunfado en todo el mundo. El ministro de defensa de Mozambique contó a Kaláshnikov que su pueblo logró la libertad combatiendo con su fusil. «Muchos soldados pusieron a sus hijos el nombre de Kalash. ¿Qué diseñador armero no sería feliz al oír algo así?», dijo el propio Kaláshnikov. El padre del AK-47, sin embargo, pensaba que su criatura estaría siempre al servicio de la paz, la seguridad y la justicia. Por eso, no entendió a los que lo culparon de haber diseñado un arma tan mortífera.

Dolido por las críticas que cosechó a lo largo de su vida, Kaláshnikov recordó que había inventado el AK-47 para proteger a su patria, no para ponerlo en manos de asesinos. «No es culpa mía si hoy estas armas son usadas donde no se deberían usar. La culpa es de los políticos, no de los constructores».

Hubo críticas, pero también un gran reconocimiento en su país. Cuando cumplió 90 años, el presidente ruso Dmitri Medvédev lo nombró Héroe de Rusia, el título honorífico más prestigioso de la nación.

Para la patria, sin patente

El AK-47 pronto se hizo famoso por su seguridad en las condiciones climáticas más adversas. Daba igual si se utilizaba en las ardientes arenas del desierto o en las gélidas regiones de Siberia. Los modelos originales casi nunca fallaban. Lo mismo que las versiones más modernas, muchas de las cuales se han fabricado en China, Polonia, Irak o Israel, entre otros países.

«Conocí al creador del modelo israelí y, por supuesto, se ha hecho rico», recordaba Kaláshnikov en una entrevista de 2009. El padre del AK-47 sabía que de cada modelo recibía un porcentaje de dinero. «Pero nosotros trabajábamos para la patria. Así nos educaron. Nadie pensaba en patentes». Pese a todo, Kaláshnikov confesó que el Estado ruso lo cuidaba bien: «Recibo una pensión honoraria de la fábrica de armas de Izhevsk y un buen sueldo como consejero del director general de Rosoboronexport (la principal agencia estatal para la exportación de armas)», dijo.

Desde que pasó a ser el fusil de asalto de los ejércitos soviéticos y de las naciones adscritas al Pacto de Varsovia, el AK-47 se convirtió en uno de los símbolos de los movimientos guerrilleros, así como en el arma preferida de losÿ grupos terroristas de todo el mundo. Se ha utilizado en los atentados de los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972 o en la matanza de la sala Bataclan de París en 2015.

Se estima que actualmente hay entre 70 y 100 millones de unidades de distintas versiones que están en servicio en más de 50 países, así como en manos de diversas organizaciones criminales. Su fiabilidad está fuera de toda duda, lo mismo que su capacidad letal. Si las dos bombas nucleares que lanzó Estados Unidos en 1945 sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki mataron a unos 200.000 civiles, el AK-47 causa cada año un número similar de víctimas.

Mijaíl Kaláshnikov murió en 2013, a los 94 años. Meses antes de su fallecimiento, escribió una carta al patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa en la que le preguntaba angustiado si era culpable de las muertes que su fusil había causado, aunque fueran enemigos. El patriarca le respondió con prontitud: «Cuando las armas sirven para proteger a la patria, la Iglesia apoya tanto a sus creadores como a los soldados que las utilizan». Debió de ser un consuelo para Kaláshnikov, quien se bautizó con más de 90 años y se describió a sí mismo como «un siervo de Dios».

Fue dos veces Héroe de la Unión Soviética y Caballero de la Orden de Lenin. Los egipcios levantaron un monumento gigante en su honor en la península del Sinaí; en el centro de Moscú se instaló otro hace dos años. El fusil que lleva su nombre se utilizó en la guerra de Vietnam; su imagen figura en la bandera de Mozambique y en los escudos de Zimbabue, Timor Oriental y Burkina Faso (de 1984 a 1997). Con un AK-47 se suicidó el presidente chileno Salvador Allende.

Cosa de niños

Los modelos originales del fusil tenían una tendencia a disparar ligeramente a la izquierda. Pero esa imprecisión carecía de importancia. Su punto fuerte era que permitía a su portador disparar con intensidad en modo semiautomático o en ráfagas cortas. Cualquiera puede aprender a usarlo rápidamente. Gracias a su simplicidad y a su suave retroceso, ha pasado a ser el arma de fuego de los niños soldados africanos.

Por si fuera poco, su construcción no es nada compleja, lo que abarata su precio. Si en Europa se puede adquirir uno nuevo por unos 450 dólares, en Camboya se venden de segunda mano por 40 dólares y en Mozambique por apenas 20 dólares, un precio similar al que paga un muyahidín afgano por uno antiguo, pero listo para el combate. Y ese es el grave problema. Eso no es lo que quería Mijaíl Kaláshnikov.

La ley de eutanasía, ¿una conquista social?

Cristina Casanova, enfermera de atención primaria.

Hace dos días leía en la editorial de un periódico de tirada nacional que la aprobación de la ley de eutanasia “vuelve a situar a España en el grupo de cabeza de las conquistas sociales”.

Porque me considero una persona de izquierdas me chirría la argumentación en favor de la ley de eutanasia como de un gran avance social y la gran mentira de comparar eutanasia con muerte digna.

¿A qué llamamos avance social? Solo recordar algunos datos del informe que presentó  el relator de la ONU para la pobreza tras visitar España en febrero: “en España hay familias que tienen un dilema: o poner la calefacción o comprar comida”, “la alarmante pobreza que alcanza al 26% de los españoles”, “los alquileres de vivienda son cada vez más altos y los desahucios se han disparado en los últimos años“,  “España no ha invertido en vivienda social o ha vendido la que tenía”, “una de las medidas más urgentes que deben afrontar los políticos es regular los precios de los alquileres en las grandes ciudades”.

Y si esto era así a principios de año, ¿cómo será ahora en plena pandemia por covid?  Se ha disparado la pobreza energética hasta su máximo histórico: 1,3 M de hogares; en los meses de abril, mayo y junio hubo 1.383 ejecuciones de desahucio en España, lo que da una media de 21 diarios; han aumentado las depresiones y el consumo de sicofármacos. ¿Realmente la eutanasia es de un gran avance social?

Por mi experiencia laboral como enfermera veo la soledad con la que sobrellevan la enfermedad muchísimas personas mayores, sin llegar las ayudas de la Ley de Dependencia, sin llegarles unos cuidados paliativos necesarios para que su enfermedad pueda ser más llevadera y sin dolor, en casas pequeñas o sin ascensor que les permita salir a dar un paseo o relacionarse con otros o tomar algo de sol y hacer una pequeña comprar  o con hijos con unos horarios laborales que no permiten compaginar el cuidado ¡esta es la gran mentira comparar eutanasia con muerte digna! Y digo yo ¿quién no quiere morir con muerte digna? Aquello que define una “muerte digna” morir acompañado por tus seres queridos y morir sin dolor, cuidado y en un lugar confortable ¿cuántas personas van a poder morir dignamente con esta situación social que arrastramos?

Tengan la decencia de no engañarnos.

Cuando los últimos centran la política

El vigésimo aniversario del fallecimiento de Camilo Sánchez se celebra el 29 de diciembre Se le recuerda por sus políticas de solidaridad, vivienda y servicios

Judith Pulido. La Provincia 13-12-2020

Las palabras entereza, coherencia, rigurosidad y solidaridad se repiten constantemente en los testimonios de las personas que apreciaron a Camilo Sánchez, alcalde de Santa Lucía de Tirajana entre los años 1995 y 2000, que falleció hace veinte años tras luchar intensamente contra el cáncer. Su trayectoria política, que inició tras finalizar la dictadura, destacó por su fuerte compromiso social y persistencia para mejorar aspectos vitales de los vecinos de la localidad. La construcción de viviendas sociales en el municipio, el equipamiento de los barrios, la mejora de infraestructuras públicas y el fomento de la educación fueron algunas de las hazañas que efectuó junto a los miembros de su formación en los primeros años de democracia.

El éxito de sus planteamientos y actos políticos se demuestran en el cariño que vertieron en él los ciudadanos, y es que fue el alcalde más votado de los municipios españoles con más de 20.000 habitantes en las elecciones de 1999. Pero su relación con la militancia, su profunda búsqueda del cambio y sus inquietudes políticas comienzan mucho antes, cuando tan sólo era un niño.

Pobreza

La escasez económica de este territorio -conocido como el triángulo de la pobreza, en conjunto con Agüimes e Ingenio-marcaba las pautas. Las aparcerías eran una de las pocas salidas que poseían los vecinos en esa época y a eso se dedicaban sus padres. “La explotación laboral, la carencia de derechos sindicales y la falta de libertad durante la época de la dictadura fue determinando nuestro comportamiento”, expresa Carmelo Ramírez, compañero militante en la agrupación política Asamblea Canaria (AV), que fundaron juntos tras morir Franco.

El seminario quizá marcó un antes y un después en la forma de ver las cosas que tenía el ex mandatario. “Era la universidad de los pobres; nuestros padres no tenían dinero para pagarnos escuelas privadas, era lo único que teníamos en ese momento para estudiar”, señala Silverio Matos, otra de las personalidades que han marcado la política en Santa Lucía, siendo el alcalde que sustituyó a Camilo tras su fallecimiento. Su acercamiento más próximo a la militancia se produjo al asistir a los cursillos de iniciación que la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) organizaba en los locales del Teleclub de El Doctoral y Casa Pastores. “Eran dirigidos por Pepe el Cura; nos enseñaba sobre la solidaridad y deberse a los demás”, añade Francisco Rodríguez, alcalde actual del municipio.

“Allí nos conocimos”, señala Sebastiana ‘Chana’ González, su viuda, que explica que se acercaron bajo el interés de promulgar un cambio en la calidad de vida de Santa Lucía. “En ese periodo empezamos con los movimientos; realizábamos actividades para la mejora del barrio, se empezaron a crear asociaciones de vecinos y grupos culturales, también se formó la Federación Autogestionaria de Asociación de Barrios -que llegó a agrupar a más de 60 vecindarios federados de distintos municipios-, era el preámbulo de lo que sería la vida política de Camilo”, explica su mujer.

Cuando se presentó con Carmelo Ramírez y otros vecinos a las primeras elecciones municipales, en 1979, ya tenían el respaldo popular. “Ganamos por mayoría absoluta”, asevera el ahora consejero insular, que durante ese tiempo actuó como alcalde, mientras que Camilo ocupó el cargo de primer teniente de alcalde. En esta segunda etapa de la vida sociopolítica de Sánchez destacan las políticas de vivienda que se llevaron a cabo en el municipio. “Nos centramos en eso en primer lugar, eliminando todas las cuarterías y favoreciendo la construcción de viviendas sociales”, sostiene.

La equipación de los barrios con infraestructuras tan básicas como redes de saneamiento, alumbrado o aceras y carreteras asfaltadas fue el siguiente paso; aunque el asunto más urgente con el que tuvieron que lidiar fue con el suministro de agua. “No había suficiente, pero cientos de personas se movilizaron organizando una manifestación frente a la Delegación del Gobierno que duró varios días”, asevera. El triunfo de esta concentración propició la creación de la Mancomunidad del Sureste, que después efectuaría la obra de la potabilizadora comarcal. “La participación ciudadana fue otro de los aspectos más importantes en este periodo”, explica por su parte Eugenio Rodríguez, co-autor de la recién reeditada biografía de Camilo Sánchez. Según señala, el gobierno conformado por Sánchez y Ramírez fundó en 1982 el Consejo Ciudadano, integrado por unos 50 representantes vecinales -uno por cada 500 habitantes- y los miembros de la Corporación municipal, para discutir los puntos que después se llevarían a pleno.

Aun así, por lo que más se conoció a Camilo en los años venideros, fue por las políticas de solidaridad. “El Ayuntamiento de Santa Lucía fue el precursor del área de Solidaridad de las administraciones españolas”, asegura el biógrafo del fallecido. “Recuerdo acompañarle a un encuentro de la Federación de Municipios de España (FEMP) que se celebró en Valencia, en donde discutió con el ministro Solchaga que el Gobierno estatal tenía que garantizar el 1% del presupuesto para asuntos de solidaridad”, rememora por otro lado Matos, un episodio que sucedió ya durante la etapa de alcaldía de Sánchez en Santa Lucía. “Camilo fue uno de los políticos más valientes de este país”, señala Eugenio Rodríguez, subrayando con admiración que su forma de actuar siempre se basaba en sus principios, nunca corrompiéndose e incluso enfrentándose a grandes instituciones para conseguir mejoras para su pueblo. “Es una personalidad forjada en la lucha, por eso se ha hecho tan famosa y molesta su frase ‘O luchas o te vendes’”, recuerda.

El diagnóstico del cáncer, ya durante su alcaldía, fue un shock tanto para sus familiares y amigos como para la ciudadanía. “Fue una situación muy complicada, pero la vivió con entereza y de forma pública; de hecho, mucha gente donó dinero para que se fuese a operar a Estados Unidos, eso nos sorprendió”, recuerda Chana, que insiste en que Camilo nunca dejó apartada sus responsabilidades políticas a pesar de las circunstancias. De hecho, volvió a presentarse a la alcaldía en 1999 y no sólo salió elegido por mayoría, sino que fue el más votado de los municipios de más de 20.000 habitantes en toda España. “El rigor en todo el trabajo que hacía y la honestidad es lo que atraía a la gente. Nunca se vio el municipio salpicado por casos de corrupción”, expresa su compañero de partido. “Hacía de la ética un estilo de vida”, añade su viuda.

El final de Camilo -el 29 de diciembre del 2000- ha quedado grabado en la mente de muchos. Más de 30.000 personas asistieron a su entierro, según calculó la Policía Local en aquella fecha. “Aunque otros tantos se quedaron en el camino, porque era muy difícil acceder por la aglomeración”, sostiene Chana. Durante los veinte años que han pasado desde entonces, las organizaciones e instituciones de la Isla no han parado de recordarle. El Cabildo insular lo nombró Hijo Predilecto de Gran Canaria; han organizado jornadas de solidaridad y eventos deportivos para homenajearle, e incluso denominado el mayor parque urbano de Santa Lucía con su nombre. “Fue un hombre que creó escuela, ha sido un referente para todos”, concluye Matos.

Jornadas de solidaridad

La asociación de vecinos de Teneguía de Casas Pastorales y la asociación Ventolera organizan los próximos días 28 y 29 de diciembre la octava edición de las Jornadas de Solidaridad en homenaje a Camilo Sánchez. En esta ocasión el evento estará enfocado en el vigésimo aniversario de su muerte, por lo que muchas de las actividades que se efectúen se basarán en difundir las experiencias de vida y reflexiones del que fue alcalde de Santa Lucía entre 1995 y 2000. En concreto, el lunes 28 se inaugurará en el Teatro Víctor Jara una exposición sobre el personaje público a las 19.00 horas y se celebrará una mesa redonda para recordarle. El miércoles se llevará a cabo la tradicional entrega del premio de solidaridad a la persona o entidad a la que se le haya concedido.

Charles Dickens: el espíritu de la Navidad

Rafael Narbona

‘Cuento de Navidad’ es un relato perfecto, un clásico con la permanencia de lo fundamental cuya enseñanza es que estas fechas son una invitación a ejercer nuestra libertad

En su Historia de la literatura inglesa (1965), elaborada en colaboración con María Esther Vázquez, Jorge Luis Borges señala que sin lugar a dudas “Dickens era un hombre de genio”. Borges recuerda que Robert Louis Stevenson lo acusó de “revolcarse desnudo en lo sentimental”. El genio puede convivir con el dislate y la arbitrariedad. No lo digo por Dickens, sino por Stevenson, que hizo un comentario injusto. Borges intenta aligerar la imputación, apuntando que Dickens también cultivó “lo humorístico, lo grotesco, lo sobrenatural y lo trágico”. Es cierto, pero no hay que menospreciar su exquisita humanidad, que le ayudó a comprender, compartir y recrear el sufrimiento ajeno. Su niñez pobre y desgraciada afinó su sensibilidad, implicándole de adulto en iniciativas reformistas. Cuando la gloria llamó a su puerta, lejos de olvidarse de los más infortunados, aprovechó su fama para impulsar la reforma de las prisiones, las escuelas y los asilos. Durante su célebre gira por Estados Unidos, pidió apasionadamente la abolición de la esclavitud y recorrió desolado Five Points, el famoso barrio marginal de Nueva York. No había olvidado sus extenuantes jornadas de trabajo en una fábrica de betún, mientras su padre cumplía condena en la cárcel por deudas impagadas. Su tendencia a idealizar el pasado no logró borrar el recuerdo de la miseria de los barrios populares de Londres. Su biografía le predisponía a escribir Canción de Navidad, un inolvidable relato que ha inspirado infinidad de versiones teatrales y cinematográficas. La esperanza y la caridad son virtudes cristianas que Dickens siempre atesoró. En Estados Unidos aprendió que las ideas políticas no cambian el mundo, si no van acompañadas de una transformación interior, capaz de aplacar el egoísmo, la mezquindad y la avaricia. La transformación –o conversión– no es la incorporación a un dogma, sino un giro existencial.

Se ha dicho que Dickens no crea personajes sino caricaturas. Me parece una observación que pasa por alto algo mucho más significativo. Al igual que Shakespeare o Cervantes, Dickens logra encajar realidad y mito, alumbrando arquetipos que trascienden el lugar común para alcanzar resonancia universal. El antipático Ebenezer Scrooge puede ser cualquier hombre que ha olvidado sus obligaciones con sus semejantes. Encarna la voluntad de poder que años más tarde exaltaría Nietzsche, intentando demoler varios siglos de tradición cristiana. La voluntad de poder es la ambición de ser más, de superar cualquier resistencia, de negar al otro, de convertir la dureza en una pasión. La demanda de ternura y solidaridad es –para el filósofo que intentó pulverizar a martillazos lo que hasta entonces se había considerado santo y ejemplar– una expresión de violencia contra el hombre superior. “El cristianismo –escribe Nietzsche en El Anticristo– ha tomado partido por todo lo débil, bajo, malogrado, ha hecho un ideal de la contradicción a los instintos de conservación de la vida fuerte”. Se ha fomentado el odio al hombre superior porque no se soporta su vigor y su insolente salud, que le permite apropiarse de las cosas.

Scrooge no parece ese hombre superior al que canta Nietzsche (un filósofo paradójicamente tímido y sentimental en su anodina intimidad), pero cuando acuden a pedirle un donativo para socorrer a las familias abocadas a pasar la Navidad en condiciones de penuria y precariedad, responde que ya existen instituciones caritativas y que si carecen de recursos para atender a todos los necesitados, no se debería impedir que los más débiles murieran. De ese modo disminuiría el exceso de población. Dickens pone en boca de sus personajes los inmisericordes razonamientos de Malthus, que aboga por la restricción de la natalidad o, en su defecto, por el respeto a los procesos de selección del mundo natural. Nietzsche razona con más impiedad aún. La sociedad debe imitar a la naturaleza, que desecha al más débil. La compasión es un error o, más exactamente, una ofensa contra la vida: “La compasión es antitética de los afectos tonificantes, que elevan la energía del sentimiento vital: produce un efecto depresivo. Uno pierde fuerza cuando compadece”. Dickens escribe su Cuento de Navidad contra esas ideas, reivindicando el espíritu compasivo del Evangelio y las cartas paulinas. No se debe minimizar la dimensión religiosa del cuento, que a fin de cuentas es una historia de pecado, caída, expiación y redención.

Georges Bataille atribuía la infelicidad a la escisión de la continuidad del ser. Ser un individuo significa estar separado de la totalidad. Ese aislamiento solo se supera mediante la violencia sobre el otro. Dickens, muy alejado de las filigranas teóricas de los filósofos, se muestra mucho más lúcido y sincero. La infelicidad brota de la incapacidad de establecer vínculos afectivos. Scrooge, comerciante de vinos y usurero, vive solo. Aunque es viejo, no ha formado una familia. Su aspecto es el fiel reflejo del yermo que ha usurpado su alma. La pluma de Dickens, lírica, fina y precisa, lo describe con maestría: “Duro y cortante como un pedernal del que ningún acero pudo sacar jamás una chispa generosa; taciturno, receloso y solitario como una ostra. Su frialdad interior helaba sus viejas facciones, afilaba su puntiaguda nariz, marchitaba sus mejillas, enrojecía sus ojos y amorataba sus labios; y hacía que, al hablar, su voz fuera seca y chirriante. Una gélida escarcha se había posado en su cabeza, en sus cejas y en su barbilla hirsuta”. No es un rostro, sino una máscara. No es un cuerpo, sino un leño viejo y seco. No es una persona, sino un individuo. La condición de persona solo se hace realidad cuando la propia vida se inscribe en la vida de la comunidad, intercambiando afectos y proyectos. Sin reciprocidad, el hombre se deshumaniza, encallando en una insoportable soledad, donde cada día es turbia y borrosa continuidad, aciaga y mediocre repetición, nunca creatividad, aventura o encuentro. Scrooge está muy cerca del Sade confinado en la Bastilla, que identifica la libertad absoluta con el poder ilimitado sobre el otro. Ambos se hallan completamente aislados, lejos de cualquier experiencia de comunión. Sade vive entre muros. Scrooge puede salir y entrar de su negocio, pero su encierro no es menos real. No ve a sus semejantes. Solo existen para él como materia fungible, como cieno que se pega a las botas y hay que limpiar. Ningún mendigo extiende la mano a su paso; los niños le rehúyen; los perros de los ciegos alejan a sus amos de su presencia, que despide un halo de muerte.

Dickens describe Londres con unos tonos sombríos y oníricos que recuerdan los relatos de terror de Poe: oscuridad impenetrable a las tres de la tarde, frío, humedad y bruma, velas con una llama agonizante detrás de los cristales empañados de las ventanas, fachadas desdibujadas, sombras que entran y salen de la oscuridad. La atmósfera reinante en la gran ciudad podría confundirse con una gigantesca fábrica de cerveza con un aroma fétido. Scrooge no entiende lo que significa la Navidad. Es el momento en que los corazones se abren, la Epifanía de la solidaridad y la compasión. El corazón del viejo comerciante está inmunizado contra esas pasiones. Para Scrooge, sus semejantes son extraños, alteridad radical que no puede ser acogida ni contemplada con indulgencia. Enamorarse es un sentimiento de alienados que deciden unir sus destinos para viajar juntos hasta la tumba. Cada hombre debe ocuparse de sus asuntos y no perder el tiempo con los de los demás.

Scrooge ni siquiera aprecia a su sobrino y lo único que le preocupó cuando murió Marley, su socio, fue organizar un entierro barato. Cuando se le aparece el espectro de Marley, su mentalidad escéptica y burdamente racionalista atribuye la visión a problemas digestivos. Dickens consigue ponernos los pelos de punta, describiendo el aspecto sobrecogedor de Marley. Harapiento, con la mandíbula colgante y los ojos alucinados, su miseria física no es tan hiriente como su condena: “Tendrá que vagar errante por el mundo […] y presenciar lo que no puede compartir”. Si hubiera compartido cuando vivía, si hubiera amado y compadecido, habría conocido la felicidad, pero nunca salió de su despacho. No le interesaba el mundo, no le quitaba el sueño embargar bienes ajenos, enviar a las familias a la calle, quitarles hasta el último penique. No le producía malestar que los niños pasaran hambre y frío. Dominaba a los demás desde su despacho, su ridícula atalaya, el trono que le hacía sentir como un déspota oriental sobre una multitud de esclavos. Ahora está definitivamente separado de los otros. Solo puede observarlos. Hay otros espectros como él. Todos lamentan no poder intervenir en el mundo, ayudando a los que despreciaron y humillaron. Se ha fantaseado muchas veces con las características del infierno. Dickens especula que no es un lugar con torturas medievales, sino un estado de soledad radical, donde no hay posibilidad de ejercer lo que nos humaniza: la responsabilidad hacia el otro, el cuidado de los que soportan las situaciones más acusadas de fragilidad. El diablo separa; Dios convoca y posibilita el encuentro.

Los tres espíritus que se aparecen a Scrooge le muestran la esterilidad de su pasado, la mezquindad de su presente y su infausto porvenir. Nadie le cuidará en la enfermedad, nadie llorará su muerte, nadie conservará sus objetos personales como entrañable recuerdo. Su tumba no será visitada ni honrada. No ocupará un lugar en la memoria de los demás, salvo para despertar una mueca de desprecio. Ha perdido la oportunidad de ser amado. Dejó a su novia porque carecía de dote. Ha llenado sus bolsillos, pero no ha sabido lo que se experimenta al ser padre y contemplar unos ojos infantiles rebosantes de amor. No sabe lo que es el calor familiar. No entiende el espíritu de la Navidad. No comprende que Dios se rebajara hasta el extremo de nacer en un hogar pobre e inhóspito. Siempre había pensado que esa clase de familias deberían ser recluidas en refugios… o prisiones. En la casa de Bob Cartchit, su escribiente, observa el afecto que prodiga a su hijo Tiny Tim, postrado en una silla por culpa de una parálisis en las piernas. Aunque es una escena nada extraordinaria, Scrooge siente que presencia algo fuera de lo común. Tiny Tim no es solo un niño enfermo. Es la imagen de Dios. Dios tiene un rostro humano, no es una abstracción o una fantasía infantil. Como apunta Javier Gomá Lanzón en Necesario pero imposible, el reino de Dios “ya ha tenido lugar. El fin de la historia no coincide con su centro toda vez que éste no se emplaza en el futuro sino en el pasado”. Scrooge ha visto el pasado y ha comprendido que la esperanza no es una entelequia, sino algo que ya se ha producido y marca el rumbo de la historia. De la historia colectiva y de su historia personal. Esta revelación será el punto culminante de su proceso de redención.

Tras su encuentro con los tres espíritus, Scrooge despertará, volverá a la vida, con la oportunidad de redimirse. Su historia aún no ha finalizado. Todavía puede escoger. Su mente se aclara y, paralelamente, la oscuridad de Londres se disipa. La luz inunda los rostros, el aire sopla con frescura, las campanas repiquetean alegremente. Scrooge descubre al prójimo. Abandona su negocio, con una desconocida sensación de paz y plenitud. Charla amistosamente con los vecinos, socorre a los indigentes, contempla con regocijo la alegría de los niños que juegan en las aceras, visita a su sobrino y le manifiesta por primera vez su cariño. Todo le produce placer y alborozo. Su espíritu ya no está sumido en la rabia y el desdén. Por último, visita a Bob Cartchit, le anuncia que le subirá el sueldo y ayudará a Tiny Tim. Se siente bendecido. No es un cambio pasajero. Desde entonces será otro hombre. Algunas personas se burlarán de su transformación, pero no se dejará intimidar por los chismes y rumores. Se ha convertido al fin en un hombre sabio y bueno. “Ojalá pueda decirse lo mismo de nosotros, de todos nosotros! –concluye Dickens, con acento evangélico-. Y así, como dijo Tiny Tim, ¡que Dios nos bendiga a todos!”.

Dickens nos dice lo mismo que Álvaro Petit Zarzalejos en Que aún me duelas, accésit del premio Adonais 2017: “Hay cierto valor en una sonrisa, / cierto imperio. / Es como batirse de duelo / con la existencia”. La sonrisa es “una osadía, signo de almas libres”. Jesús Montiel prolonga esa convicción en su conmovedor Sucederá la flor: “Un rostro amable es un ejército, la explosión de una bombilla en la tiniebla, una mano bien abierta, tendida en un desfiladero”. Scrooge se redime mediante la sonrisa. Recupera el imperio sobre su propia vida, reescribiendo su destino. Deja de ser el objeto pasivo del Mal, que le ha encadenado a la impiedad. Los espectros que se le aparecen van encadenados porque ya son esclavos sin posibilidad de redención. Su eternidad es una eternidad de tinieblas. La conversión de Scrooge le hace un hombre libre. Su rostro ya no es sombrío y agrio, sino amable y resplandeciente, una luz en el Londres oscurecido por la neblina. Su mano ya no está cerrada, sino abierta. Cuento de Navidad es un relato perfecto, un clásico con la permanencia de lo fundamental. Quizás la realidad es más amarga, pero ese hecho no afecta a su enseñanza esencial: la Navidad es una invitación a ejercer nuestra libertad.