Se vende recién nacido

José F. Peláez

Fuente: Magnífico Margarito

Este fin de semana nos despertábamos con una foto con cientos de recién nacidos en Ucrania almacenados como bricks de leche en cunas frías. Con una diferencia: los bricks no lloran. El llanto del recién nacido es insoportable y lo es precisamente para eso, para que no se pueda soportar, para que el que lo oiga deje lo que quiera que esté haciendo y sienta la necesidad imperiosa de cogerlos, de abrazarlos, de darles alimentos y calor y que, así, deje de llorar. Ese llanto es una alarma que pide protección. Es un llanto evolucionista, esa frecuencia llama a Darwin.

No son niños abandonados, no son huérfanos. Son niños ‘producidos’ para ser vendidos, para que vengan unos señores con cara de buenas personas y se los lleven a su casa. Pero claro, debido al coronavirus no han podido ir. Los niños están allí llorando, esperando a que se abran las fronteras y alguien los recoja, como si fueran gabardinas y la vida una tintorería de barrio. Hay mujeres que dan a sus hijos en adopción por no poder criarlos. Hay mujeres que, para no abortar, deciden tener a sus hijos, darles la vida y que sean otros los que los críen. Pero es que esto es otra cosa. Son mujeres que venden a sus hijos como quien vende medio kilo de mortadela con aceitunas. Mujeres que los han abandonado en el almacén y que ni si quiera ante este imprevisto ‘del mercado’ tienen la pulsión de abrazarlos, aunque fuera de modo interino. No aplica Darwin, la frecuencia se vuelve inaudible en la distancia. Se ve que el amor y la dignidad no vienen de serie. Dios santo.

No quiero pensar ahora en esos padres capaces de vender a su hijo, esa es otra columna y otro espacio acotado en el infierno. Yo quiero pensar en el niño que llora en la cuna ucraniana, en el niño que llama a su madre porque no sabe que es un producto y que los productos no lloran. Hay derechos fundamentales y estos son inalienables. La vida es uno de ellos. Que nadie pueda mercantilizar con tu vida parece sensato, no es mucho pedir que no te vendan. Si un proceso de divorcio se articula sobre la base del supremo interés del menor, con más razón se debe proteger ese interés cuando no se trata de un divorcio sino de su propia vida. ¿Alguien ha pensado en ese niño? ¿Por qué se le suspenden los derechos? ¿Bastaría con que una multimillonaria vendiera a su hijo en Kiev para que en el futuro ese niño no pudiera acceder a la herencia que le corresponde legítimamente?

La foto es escalofriante. Lo que la foto oculta, lo es aún más. Que el ser humano es capaz de lo peor, no nos sorprende. Pero que la Unión Europea mire para otro lado en esta trama institucionalizada de compraventa de seres humanos es directamente descorazonador.Muchos de los grandes ilustrados, Locke por ejemplo, defendían la legalidad de la esclavitud en pleno siglo XVIII. Muy poco tienen que enseñarnos ingleses, holandeses y demás países protestantes y negrolegendarios a Castilla, que la abolió en tiempos de Isabel la Católica, trescientos años antes. Hoy todos miramos la esclavitud con vergüenza y a los esclavistas con desprecio. Espero que el futuro nos mire a nosotros con el mismo desprecio por estar permitiendo con nuestro silencio que esos niños lloren como muñecos cuando les ponen pilas nuevas en la mañana de Reyes. Solo les falta el código de barras. Y desgravarse la factura.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 19 de mayo de 2020)

Teología en tiempos de pandemia

Hasta ahora, no me había atrevido a hacer una interpretación de esta situación, ya que sentía que era necesario –o, al menos, era mejor– dejar que la propia realidad nos hablara en toda su dureza y desnudez. Algunas opiniones que he leído, aunque he intentado que hasta ahora fueran las mínimas, me han dado la impresión de que han sido un poco precipitadas. La razón humana es admirable en su capacidad de acoger lo que nos viene encima y de interpretarlo para así otorgarle un significado y, más aún, un sentido. Sin embargo, a veces, esta razón tiende a apoderarse de la realidad con demasiada premura para evitar así ser golpeada por ella y, de esta forma, ser llevada más allá del horizonte en el que estaba instalada. Por eso, a veces, es preferible dejar que la realidad nos golpee y nos enseñe, nos hable sin filtros, sin aventurarnos apresuradamente a hacer interpretaciones que nos limiten el contacto real con la realidad.

Durante las primeras semanas de confinamiento, probablemente nos hemos sentido desorientados y sobrepasados, con la congoja de ver cómo los números de fallecidos y afectados por el virus iban creciendo de forma acelerada. Rara ha sido la persona que en su entorno cercano no se ha visto afectada de una forma u otra por la pandemia. Hemos pasado por una constante fluctuación de estados de ánimo, que no nos permitía vivir con una cierta y sana normalidad el día a día a quienes no hemos estado en la primera línea de su combate o en actividades esenciales. Durante este tiempo, hemos vivido dos grandes tentaciones. Bien dejarnos llevar por la inmediatez del momento, sucumbiendo al golpe de las cifras, de la situación de personas cercanas, del ambiente de excepcionalidad que nos domina; bien buscar una “sobreinterpretación” de la situación que vivimos desde diferentes teorías apocalípticas, providencialistas, revolucionarias o del tipo que sea, para dejar de aprender realmente de la situación que nos ha tocado vivir. A lo largo de estos días, he ido acompañando a los alumnos de primero de Teología de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas no solo como profesor de una asignatura, sino como tutor del curso. Además de pautas y consejos concretos para el camino del aprendizaje de la teología trinitaria en una situación excepcional como esta, al final les ofrecí una breve reflexión en siete puntos que forman el esquema de lo que aquí ahora ofrezco a un grupo de destinatarios más amplio. Estas reflexiones nacieron de la necesidad particular de decir una palabra desde la teología que acompañara el día a día de estos alumnos. Espero que ahora sean de ayuda, al menos, para acoger y pensar la realidad que nos está tocando vivir desde un punto de vista teológico y cristiano. No tengo la pretensión de decirlo todo, ni de tener razón, son simplemente algunas reflexiones teológicas personales desde la pandemia. Muchas veces, los teólogos nos sentimos increpados porque nos dicen que no tenemos una palabra que decir ante la situación concreta de la vida. No es así. La teología acoge la realidad que padecemos como experiencia humana singular y palabra de Dios oportuna para convertir toda situación, por dramática que sea, en un “tiempo favorable de salvación” (cfr. 2 Cor 6, 2).

1. EL HOMBRE VULNERABLE

La primera lección que hemos aprendido en este tiempo es que el ser humano es un ser vulnerable. La fragilidad y la muerte forman parte de la condición humana. No es lo único, pero sí una dimensión esencial que no podemos dejar de lado u olvidar. Desde el admirable progreso técnico y los diferentes avances en el mundo de la biología, de la medicina, de la física y de la tecnología nos parecía que la humanidad, superada la época de las guerras, pestes, enfermedades, estaba alcanzando una nueva fase de desarrollo donde se le ponía en el horizonte la conquista de la inmortalidad. De la fase evolutiva del homo sapiens parecía que estábamos entrando en el camino del homo deus. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, nos hemos percatado de nuestra condición contingente de criaturas finitas, débiles y vulnerables. Esta realidad no debe inducirnos a caer en un pesimismo trágico, sino abrazar el realismo como base fundamental para todo proyecto humano. En un sentido ser vulnerable no es sinónimo de debilidad, al menos en una forma extrema, sino la constatación de que no somos intocables. Estamos expuestos a la realidad y esta nos afecta. El viejo anhelo de la virtud de la apatheia de la filosofía estoica puede ser entendido en un sentido moral, desde la búsqueda de una existencia que posee el dominio sobre sí ante las adversidades, pero nunca desde un significado metafísico, como si el ser humano estuviera más allá de la temporalidad y la historicidad de la existencia. Somos mundo y estamos sujetos a que la realidad, en sus avatares y circunstancias, nos golpee y nos afecte profundamente.
La muerte no es un simple problema técnico, como escribía Yuval Harari en un artículo –en mi opinión, impúdico– publicado el domingo 26 de abril por El Confidencial, alejado de la real experiencia humana, no sé si para justificar la tesis fundamental de sus libros. La muerte es un profundo hecho humano, que hay que saber vivir cuando esta llega en el ejercicio de la libertad e integrar en nuestra vida cotidiana. Cómo nos comportamos ante ella nos hace humanos, tal y como ha mostrado el proceso mismo de hominización y el salto cualitativo que los seres humanos hemos dado cuando hemos mostrado el cuidado y la memoria (culto) de los difuntos. Ese mismo domingo, Olegario González de Cardedal publicaba en La Tercera del periódico ABC una reflexión en torno a la muerte con toda densidad humana y teológica que contrastaba radicalmente con el autor anteriormente mencionado. No hace falta situarse intelectualmente a favor de uno u otro para percibir o echar en falta la conexión de las ideas expuestas con la real experiencia humana.

La vulnerabilidad no es una etapa accidental de la historia humana o una condición concreta de unos cuantos seres humanos castigados por una situación desfavorable o una estructura social injusta, al menos no solo, sino una dimensión constitutiva de la existencia vinculada a su esencial condición histórica y temporal. Pero, a la vez y de forma inmediata, hay que decir que el cristianismo no necesita un ser humano apocado o hundido por el peso de la vida y la existencia, menos aún un hombre acongojado por la muerte, para ofrecerle a Cristo como propuesta de vida y de sentido. En él rige una ley que ya es clásica: a mayor consistencia de la realidad humana en su plenitud de vida, libertad, razón, deseo, conciencia, amor, gozo, mayor es la oferta de gracia y salvación que se le da y se le ofrece. Si la fe cristiana realiza este diálogo de salvación teniendo en cuenta esta vulnerabilidad constitutiva, es para no realizarla en el vacío o en un idealismo inexistente, sino desde la situación histórica y concreta en la que viven los seres humanos, tantas veces amenazados por realidades que manifiestan su fragilidad.

2. EL MUNDO ES UN PAÑUELO

En segundo lugar, esta pandemia nos ha mostrado que el mundo es un pañuelo. El fenómeno de la globalización nos era cada vez más evidente en el ámbito de la economía, las comunicaciones, las relaciones, etc. La pandemia nos ha mostrado cómo todo el mundo está conectado. Un estornudo en la región de Wuhan hace que se constipe un tercio del mundo y que prácticamente la mitad de la población mundial tenga que estar confinada, padeciendo así una recesión económica como no se había vivido desde las dos guerras mundiales. Esta constatación nos obliga a ser conscientes de nuestra responsabilidad personal, pues en realidad no hay ninguna acción privada o individual que no tenga repercusión en el conjunto de la sociedad. Para bien y para mal, la acción de uno repercute en la totalidad. Por lo tanto, si no somos capaces de dar una respuesta global a la crisis que nos afecta, nadie, ni ninguna parte del mundo puede estar y sentirse realmente a salvo. La pandemia nos ha enseñado que debemos reconocernos responsables del destino de todos y cada uno de los habitantes del planeta.

Esta relación global que hace el mundo tan cercano al estar radicalmente interconectado tiene repercusiones positivas y negativas. La comunidad científica del mundo entero comparte de forma casi inmediata los pequeños avances que se van logrando para contener el virus y esperemos que pronto también para dominarlo. Tenemos un conocimiento casi inmediato de lo que puede ocurrir en cualquier rincón del mundo, haciendo que podamos convertirnos inmediatamente en sus prójimos. La globalización permite un ejercicio de la solidaridad también global, saliendo más allá de los estrechos límites de nuestro pueblo, nuestra región, nuestro país, nuestro continente. Nunca ha sido tan verdad que somos ciudadanos del mundo, siendo conscientes de que pertenecemos a una única humanidad. Pero también esta globalización tiene sus sombras. La extensión del virus ha sido tan rápida porque nunca hasta ahora había habido un desplazamiento tan constante y masivo de personas en todo el mundo. Las repercusiones económicas de lo que acontece en una región del mundo tienen una influencia directa en otras regiones, generando grandes bolsas de paro y pobreza que, a partir de ahora, desgraciadamente, vamos a ver crecer porque, después de la crisis sanitaria, viene la crisis económica y social que ya estamos viviendo. Sin retroceder en esta conciencia global, quizás esta pandemia nos ayude a replantear una economía de proximidad, más cercana y autosuficiente, que sea capaz de resistir mejor los vaivenes producidos en otras regiones de la tierra. Y esto no por una búsqueda de una soñada autarquía nacionalista, sino por responsabilidad con el entorno social en el que vivimos. Cada región del mundo debe tener la capacidad de ser autosuficiente y autogestionaria en los bienes fundamentales para el sostenimiento de la vida, porque, además de garantizar la sostenibilidad del planeta, significaría un desarrollo digno para cada una de las regiones.

3. LA NOSTALGIA DE LAS PEQUEÑAS COSAS

En tercer lugar, durante todo este tiempo hemos sentido una nostalgia de las pequeñas cosas. La vida humana no se teje con grandes programas o proyectos. Estos, desde luego, son necesarios para ofrecernos marcos u horizontes de sentido que van ayudándonos a vivir. Pero el día a día de nuestra vida está hecho de pequeñas cosas, que solo echamos de menos y valoramos cuando nos faltan. Un abrazo acogedor de un amigo; un beso cariñoso de una persona amada; una mesa compartida por la familia; unas cañas distendidas con los amigos al terminar el trabajo; una cercanía inspiradora de compañeros de trabajo; un paseo o una carrera liberadora por el monte; una clase, aunque sea aburrida, pero presencial, con contacto visual y atmósfera personal; una eucaristía con la presencia física y espiritual del pueblo de Dios, donde se come y se bebe el cuerpo y la sangre de Cristo… Todo esto y muchas más cosas forman nuestro día a día, alimentándonos y dándonos las fuerzas necesarias para vivir, a pesar de que a veces, por ser algo cotidiano o rutinario, no le dábamos la importancia suficiente. La vida está tejida con estas pequeñas cosas que, sumadas, es lo que hace realmente que esta pueda ser vivida de forma humana.

Unido a esto, este tiempo de clausura obligada nos ha dado la oportunidad de dirigir una mirada especial hacia nuestra corporalidad. El ser humano no tiene un cuerpo como una especie de carcasa que es necesaria para sostener las dimensiones esenciales de su ser. El hombre es cuerpo, siendo la corporalidad una de las dimensiones constitutivas de su esencia y su existencia. La distancia social obligada como forma de (no) relacionarnos con los demás nos ha mostrado lo necesario que es el contacto físico y el encuentro personal. En una época donde se han desarrollado sobremanera las relaciones a través de las redes sociales, donde ha crecido lo virtual, dando gracias por el servicio que nos ha hecho como mal menor, añoramos y necesitamos el contacto real con la realidad y con las personas a través del cuerpo. Desde este punto de vista antropológico fundamental, puedo entender el deseo encendido que también hemos sentido por la carencia de la vida sacramental, donde lo físico y lo corporal tiene un puesto fundamental, además de otras razones eclesiales y teológicas a las que me referiré más adelante.

4. LOS SANTOS Y HÉROES DE AL LADO

En cuarto lugar, todos hemos sido testigos de los santos y héroes de al lado, tal y como ha dicho el papa Francisco. Más allá de las acciones de los gobiernos y autoridades competentes, que deberán ser juzgadas por los ciudadanos y la sociedad cuando pase el momento más crudo de la pandemia, la sociedad y, ante todo, las personas, de carne y hueso, con nombre y apellidos, han respondido con responsabilidad, solidaridad y generosidad; algunos aun a riesgo de la propia vida. Durante todos estos días, hemos salido a las 8 de la tarde a los balcones y ventanas para agradecer con nuestros aplausos a estos héroes anónimos que han velado y cuidado de los contagiados y de los enfermos; a aquellos que han continuado trabajando en labores que nos parecían sencillas, casi despreciables, pero que se han revelado como esenciales en nuestra vida. Cuántos gestos y acciones de solidaridad callada pero efectiva se han vivido en estos días, que nos recuerda la masa buena de la que estamos hechos los seres humanos: donaciones, colectas, servicios gratuitos, solidaridad vecinal, atención a los más desvalidos… Todo ello sumado muestra un tapiz realmente reconfortante de la inmensa mayoría de la sociedad, que no empaña las acciones y actitudes de los aprovechados de siempre que quieren beneficiarse de la desgracia e indefensión general.

Es verdad que hablamos de heroicidad y santidad, pero realmente la mayoría de las acciones entrarían dentro del sentido del deber. Estos héroes cotidianos, cuando se les pregunta, no dejan de contestar que ellos no son héroes, sino que sencillamente están cumpliendo con su deber. Después de este tiempo, tendremos que preguntarnos qué ha pasado en la sociedad desde un punto de vista moral para que la acción que nace del sentido del deber y la responsabilidad sea visto como un acto heroico. Decía el otro día una periodista que, cuando el sentido común parece algo excepcional, es que la sociedad se ha radicalizado en los extremos. Esto que puede ser dicho de la vida política y social es extrapolable perfectamente a la vida moral. No obstante, dicho esto, es bueno reconocer a tantos héroes y santos de al lado, de la mística de la vida cotidiana que, al ofrecer su tiempo, dinero, conocimiento, pericia, en definitiva, sus personas por la salud de los otros, nos han otorgado luz y esperanza en la vida humana.

5. PALABRA DESDE EL SILENCIO

En quinto lugar, este tiempo nos ha ayudado a comprender la fecundidad del silencio para la palabra. Necesitamos palabras, pero nacidas desde el silencio fecundo que es fuente y origen de estas. El confinamiento nos ha impuesto un silencio obligado en la vida diaria y, especialmente, en la misión de la Iglesia en el anuncio del Evangelio y en la transmisión de la fe. Hay palabras que son pura verborrea, que, más que alentarnos e iluminarnos en situaciones como estas, nos dejan apesadumbrados y aturdidos. Todos las hemos sufrido. Cuando en este tiempo quienes solemos predicar a los demás hemos tenido que guardar silencio y escuchar a otros, nos hemos dado cuenta de la fuerza que tiene la palabra cuando es concreta, precisa y verdadera; y lo vana que se vuelve cuando es una pura logomaquia. En este orden, fue sobrecogedora la oración del papa Francisco en una Plaza de San Pedro vacía ante el Santísimo y ante el mundo entero, gracias a los medios de comunicación.

En este elogio de la palabra nacida del silencio, como decía Ignacio de Antioquía, es oportuno ofrecer una reflexión en torno al “ayuno eucarístico” que nos ha tocado vivir. Ha sido como un prolongado Viernes Santo, en el que hemos vivido desde la luz de la palabra y la sombra de la cruz. Nuestra oración se ha vuelto más intercesora que nunca, pidiendo la salvación y la salud de aquellos que se encontraban en una situación más delicada y encomendando a la vida de Dios a los que han muerto. Me ha sorprendido mucho el nerviosismo que se ha desencadenado en algunos ambientes eclesiales, hasta el punto de querer ver en esta situación excepcional una especie de “protestantización” de la Iglesia, una enmienda a la raíz sacramental de la vida cristiana. Quiero pensar que todo ello ha sido fruto de la situación de confinamiento y falta de aire y respiro necesarios. Querer hacer categoría teológica de una situación excepcional está fuera de lugar, tanto para acusar a los pastores que han decidido por motivos de salud suprimir las eucaristías con pueblo siguiendo las directrices de las autoridades competentes, pensando que la vida de la Iglesia estaba al borde del abismo por renegar de sus estructuras fundamentales, como pretender que esta situación excepcional se instale en una “nueva normalidad” yendo más allá de una Iglesia eucarística, donde una de sus estructuras esenciales es la comunión jerárquica.

Hay que volver a recordar la expresión de Henri de Lubac desde donde resumía la doctrina de la relación entre Iglesia y eucaristía en la teología patrística: la eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la eucaristía. Esta es la verdad fundamental, pero porque hayamos tenido que vivir esta relación durante dos meses de una forma casi invisible, al menos desde una eclesiología sociológica, no hay que sacar conclusiones exageradas. La entrega del Señor que celebramos en la eucaristía ha seguido siendo fuente y fundamento de la vida de la Iglesia. Volveremos a la celebración diaria y normalizada de la eucaristía, pero sería bueno que este “ayuno eucarístico” forzado nos ayude a valorar y cuidar mucho más esta celebración y a comprender que no es la única actividad de la Iglesia, sino su culmen y fuente. No entiendo la obsesión por aparecer en los medios celebrando la eucaristía para llegar así a la vida espiritual de los fieles. Aparte de que esto estaba ya asegurado por los medios de comunicación generalistas, quizás hemos perdido la oportunidad de aprovechar otros caminos que, de manera ordinaria, tiene la Iglesia para alimentar la vida de los fieles: la oración confiada a Dios, la escucha de la palabra y el amor al prójimo. Claro que ellos alcanzan su plenitud en la celebración de la eucaristía y tienen en ella su fuente, pero la Iglesia durante este tiempo no ha dejado de vincularse al Señor a través de este sacramento, aunque lo haya tenido que hacer de una forma excepcional y extraña (para la inmensa mayoría de los presbíteros y de los fieles).

En mi opinión, en este debate a través de las redes sociales, se han sacado las cosas de quicio. Hasta el punto de que, por mi parte, tomé la decisión también de ayunar de información religiosa a través de las conocidas páginas de Internet. De la misma manera que decidí poner un cierto límite a la información general a lo largo del día para no sucumbir al aturdimiento, alejarme algunas semanas de la información religiosa ha oxigenado mi cerebro. Puede que yo también caiga en ello, pero creo que tenemos una cierta “incontinencia verbal” que mancilla el poder de la palabra. No entiendo a los nuevos “directores espirituales” que, a través de los medios de comunicación, necesitan llenar todos nuestros días con pláticas y homilías piadosas. La necesidad de estar constantemente expuestos en la red, en los medios, retransmitiendo las misas, los rosarios, la oración… entiendo que esto a algunas personas les haya servido de gran ayuda, pero no creo que sea el auténtico camino de acompañamiento y crecimiento en la vida cristiana, así como la forma de presencia. Creo que necesitamos más vida interior, formativa y espiritual; más trabajo de cada persona hacia dentro de sí misma. En situaciones así, además del acompañamiento sincero, cercano, humilde, sin alharacas, es momento para crecer en interioridad y capacidad de trascendencia, para que desde aquí pueda nacer una palabra verdadera.

6. LA VERDAD DE LO ESENCIAL Y LO ESENCIAL DE LA VERDAD

En sexto lugar, con un pequeño juego de palabras creo que podemos decir que este tiempo nos ha ayudado a valorar la verdad de lo esencial y, a su vez, a redescubrir lo esencial de la verdad. Ante una situación límite se manifiesta qué es lo realmente esencial y aquello que no es más que superficial y superfluo. Cuántas cosas, tareas, actividades, profesiones estaban sobrevaloradas en un mundo que vivía en una especie de burbuja y, de repente, hemos tenido que reducirnos a la actividad esencial. Nos hemos dado cuenta de la importancia que tienen para nuestra supervivencia algunos trabajos que considerábamos humildes y que prácticamente despreciábamos (cajeros, transportistas, repartidores, agricultores, soldados, policías, trabajadores sociales…), y lo inflados o sobrevalorados que estaban otros y que, en una situación como esta, no se pueden sostener. No digamos ya el trabajo de los profesionales de la sanidad, que nos han mostrado la fuerza que tiene una profesión vocacionada al servicio de la persona y la sociedad. Incluyendo a los investigadores y científicos que, sin tener un lugar relevante en este mundo de la moda y el espectáculo, de los presentadores televisivos y los “influyentes”, son y serán decisivos en la gestión sanitaria, económica y social de la crisis provocada por el COVID-19. Ojalá cuando volvamos a la normalidad no olvidemos esto y que haya una más justa proporción entre ambos mundos. No pueden ser centrales por atención, influencia y dinero profesiones y trabajos que, en realidad, en el momento decisivo, no sirven para nada, frente a aquellas que literalmente nos salvan y son esenciales para vivir en los momentos de mayor peligro.

Suele decirse que estos trabajos y profesiones se valoran así por la riqueza que generan a su alrededor, pero es llamativo cómo, en cuanto hay un percance donde esta economía se pone en juego, no hay una estructura real y financiera que la sostenga porque los sueldos y las ganancias no están ajustados a la realidad, sino sujetos a un mundo virtual y ficticio, a una representación que, en cuanto vienen mal dadas, se termina. En el alto mundo de la cultura, del cine, del espectáculo, de la televisión y del deporte profesional hay un dopaje económico que no se corresponde con la verdadera función que desempeñan en la sociedad. En cuanto ha caído el negocio de la publicidad autoinducida y las subvenciones del Estado, se han revelado como trabajos insostenibles económicamente para el cometido que realizan. Un dopaje, por cierto, que podríamos extrapolar a la estructura de un gobierno con ministerios, directores y subdirectores generales que no tienen una función real en la sociedad o cuyas competencias se pisan unas a otras. La sanidad, la educación, la cultura, la alimentación, los transportes, la generación y distribución de los bienes primarios, etc. han aflorado en su necesidad esencial frente a tantas actividades que en tiempos de bonanza se soportan, pero en momentos de necesidad se vuelven inútiles y superfluas o, al menos, se muestran con un reconocimiento excesivo en términos sociales y económicos.

Unido a este valor de lo esencial, está lo esencial de la verdad. Sin ella no podemos ir adelante. Es un tópico atribuido al dramaturgo griego Esquilo la afirmación de que la verdad es la primera víctima de la guerra. No estamos en guerra, la pandemia es otra cosa, pero para vivir en libertad necesitamos la verdad. Los nuevos medios de comunicación permiten una información rápida y eficiente, pero también es un caldo de cultivo para la desinformación y la mentira. La verdad siempre acaba por salir a la luz, pero, mientras tanto, es necesario que permanezcamos relacionados con la realidad, que tengamos experiencia directa con lo que ocurre a nuestro alrededor, para no dejarnos atrapar por relatos ilusorios o informaciones falsas. En estos tiempos hemos podido comprobar cómo también hay “santos” o, más bien, “mártires” que han antepuesto el deber sagrado de informar con verdad a la gran corriente “bien pensante” que ha seguido el camino fácil de decir lo políticamente correcto. Hace tiempo que no tenía la sensación de que los medios de comunicación, especialmente las televisiones y algunos periódicos nacionales, nos estaban mostrando una “aparente realidad” que no concordaba absolutamente con la información directa que uno recibía por medio de contactos personales y cercanos. La desproporción entre la fachada que nos querían vender los medios de comunicación y la experiencia real de lo que sucedía era abismal. Personalmente, nunca lo había experimentado de esta manera.

Muchos se han preguntado dónde ha estado la Iglesia en esta situación. Además de padeciendo los efectos del virus en muchos presbiterios, casas de religiosos y agentes de pastoral, que debido a su edad avanzada han sido grupos de riesgo, ha estado allí donde está de forma habitual: en la plegaria incesante por todos los hombres ante Dios misericordioso; en la atención espiritual de las personas, acompañando esta situación de incertidumbre; en la asistencia social, haciendo que los que sufren de una forma más dramática los efectos de la pandemia no se queden definitivamente descolgados o en situaciones prácticamente de exclusión; en el acompañamiento en el duelo y la memoria por los seres queridos que han perdido su vida en la soledad de las morgues o residencias de mayores; en la acción educativa de tantos niños y jóvenes que están desarrollándose para un futuro; y también en el compromiso por la verdad desde la información escapando de las censuras autoimpuestas. Cuando algunos periodistas y escritores echan de menos públicamente la acción de la Iglesia, desde su situación privilegiada, en realidad lo que dicen es que no la conocen en su dimensión real. Ellos quieren referirse a los obispos y a la jerarquía, pero desde hace mucho tiempo la Iglesia se comprende a sí misma desde cada uno de los bautizados, y allí donde hay un bautizado está la Iglesia entera. Por esto ha estado en todos los ámbitos de la vida y, especialmente, en el servicio a la caridad y a la verdad. Quien la conoce y tiene una experiencia directa de lo que ella es, lo sabe.

7. DIOS NO ESTÁ EN EL VIRUS

Finalmente, y recogiendo una expresión de Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en esta y en cualquier pandemia o desgracia Dios no está en el virus como plaga o castigo por una humanidad pecadora. Si esta situación nos está llamando a la conversión, a una nueva forma de relacionarnos con Él, con el prójimo y con la naturaleza, que es evidente que siempre –no solo ahora– es así, Dios está como aliento y fuerza para llevar adelante este camino de conversión y de lucha contra los efectos destructivos de este virus. Aquí podemos recordar a Pablo de Tarso en su exhortación a los cristianos de Roma, cuando le preguntaban por el lugar de Dios ante el sufrimiento de las criaturas: si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (cfr. Rom 8, 31). Dios se hace presente en esta situación, no en el virus castigando, sino sufriendo y padeciendo con nosotros la pandemia; y siendo fuerza de trasformación y resurrección para la vida.

Cuando la tradición judeocristiana ha sabido leer la historia concreta que le sucedía desde una perspectiva teológica, no estaba identificando a Dios como al autor y responsable de esa situación histórica. Hay dos ejemplos fundamentales: el exilio del pueblo de Israel y la muerte de Jesucristo. Después de sufrir la catástrofe de la destrucción del Templo y la deportación de los representantes más cualificados del pueblo de Israel, la teología judía fue capaz de ver en ello, más allá de la acción histórica de los imperios babilónico y persa, la acción misteriosa de Dios, que, lejos de abandonarle, le estaba invitando a la conversión y a una nueva forma de comunión y de presencia. Pero es necesario advertir que esto no significaba que Dios fuera el autor y responsable directo de esta penosa situación histórica. No podemos confundir los planos históricos y teológico-espirituales. Lo mismo podemos decir del hecho ignominioso de la muerte de Jesús. Esta fue fruto del complot de los dirigentes judíos, la traición de Judas, el abandono de sus discípulos, el poder de los romanos… En este sentido, fue fruto del pecado de los hombres. Pero, dicho esto, la comunidad cristiana, al ver morir a Jesús de esa forma, se preguntó si no sería ante todo un acto de entrega personal única, revelando la hondura última de la libertad del ser humano y una forma escandalosa y poderosa de realizar y mostrar el amor de Dios por todos los hombres. Nuevamente, no se pueden confundir los planos de la historia concreta, de la libertad personal y del amor divino, haciendo responsable de la muerte de Jesús a sí mismo (suicidio encubierto) o al Padre (destino cruel). Pero en ella, siendo causa concreta de la historia y libertad de los hombres que entregan y traicionan a Jesús, se nos revelan, a la vez, la libertad personal y el amor de Dios.

De forma análoga podemos y debemos leer ahora este momento histórico. La situación que vivimos tiene unas causas históricas y naturales concretas que debemos conocer, pero es también legítimo que, en ella y a través de ella, Dios nos esté llamando en este momento no solo a responder adecuadamente a esta situación de emergencia, sino a transformar nuestro modo de vida y a relacionarnos con la naturaleza, con los otros y con Dios mismo, de una forma más humana y cristiana. Dios está aquí, de esta forma, pero no como causante o promotor de una desgracia como esta. Dios no está en el virus, sino en la fuerza para responder a él con sabiduría, prudencia e inteligencia, siendo responsables y compasivos. Él nos llama a ser santos y misericordiosos como Él y porque Él es santo y misericordioso, siempre y en toda circunstancia (cfr. Mt 5, 48; Lc 6, 36).

Ángel Cordovilla Pérez. Universidad Pontificia Comillas. Madrid

Fuente: Vida Nueva

Teresa Bellanova, de jornalera a ministra italiana

A los catorce años Teresa Bellanova (Ceglie Messapica, 1958) no disfrutaba de una adolescencia normal. Empezó muy pronto a ser jornalera, justo después de terminar la escuela media, porque en Italia, hasta los noventa, el colegio era obligatorio sólo durante ocho años. Fue una entre los miles de jóvenes de la Puglia, en el sur del país, que trabajaban por cuatro duros en los campos que rodeaban las ciudades, donde se cultivaban olivos, vides y almendros.

Su historia ha cambiado mucho desde entonces. Hace poco más de un mes, cuando cayó el gobierno del Movimiento 5 Estrellas (M5E) y la ultraderechista Liga tras la crisis estival provocada por la ambición de Matteo Salvini, su nombre empezó a sonar con fuerza para encabezar uno de los ministerios del nuevo Ejecutivo de Giuseppe Conte, respaldado esta vez por los grillini y el Partido Demócrata (PD). Había sido viceministra de Trabajo y de Desarrollo Económico con Matteo Renzi, uno de los cerebros del pacto de gobierno, e hizo un buen papel al desencallar crisis industriales peliagudas. Cuando empezó a salir en las quinielas, las televisiones se llenaron de tertulianos en traje y corbata que criticaban que una mujer sin educación universitaria optase a un cargo de esta envergadura.

Su respuesta fue muy clara: “No pude seguir estudiando, fui a trabajar en los campos. Pero a los chicos que conozco, a mi hijo, les digo: estudiad, estudiad, estudiad…”. El entero PD salió a protegerla en bloque como una política con gran experiencia, parlamentaria desde hace diez años, con cargos de responsabilidad y, sobre todo, curtida en la lucha sindical desde que era muy joven. Incluso recibió críticas machistas de la derecha por el vestido azul eléctrico que eligió para jurar el cargo. “¿Es Carnaval o Halloween?”, llegaron a comentar. Esta vez la defendieron mujeres de todos los partidos.

“Luchar contra la explotación del trabajo en los campos y contra la esclavización de las mujeres lo era todo. Fueron tiempos durísimos decisivos para mi formación: no los he olvidado nunca”.

Feminista desde que tiene uso de razón, Bellanova empezó a rebelarse cuando era adolescente contra las terribles condiciones de trabajo que sufrían las campesinas en el sur de Italia, igual que las que ahora sufren los jornaleros extranjeros, la mayoría inmigrantes subsaharianos. Eran años en los que jóvenes mujeres y madres de familia perdían la vida en los accidentes de autobuses repletos de gente que las llevaban a su lugar de trabajo. Con quince años fue elegida portavoz local de los trabajadores, y en los setenta se convirtió en una joven líder sindical contra la explotación en los campos.

Ella siempre ha contado que en esa época hacía falta “ensuciarse las manos”, por ejemplo, organizando cortes de carreteras para frenar los autobuses de los capataces. “Entonces ya era una joven mujer muy coherente. Su vida social era sólo acción política, la política y el sindicato eran su razón de vivir”, recuerda Patrizia Colella, directora de escuela y buena amiga de juventud. “Luchar contra la explotación del trabajo en los campos y contra la esclavización de las mujeres lo era todo. Fueron tiempos durísimos decisivos para mi formación: no los he olvidado nunca”, promete Bellanova años después.

Las personas que la conocen la describen como una Pasionaria, una mujer que se deja llevar mucho por sus emociones, pero también reflexiva y con gusto por la lectura, sobre todo ensayos. “Le gustan los libros técnicos, sobre economía o política. Siempre que hay un nuevo movimiento debe informarse para saberlo todo”, explica Colella a este diario. Se casó en 1986 con Abdellah El Motassime, un marroquí que fue su intérprete durante un viaje del sindicato CGIL a Marruecos. También era sindicalista, se enamoraron rápidamente y al final él se trasladó a vivir a Roma con ella, aunque siguen pasando los fines de semana en Lecce. Aquí su marido volvió a estudiar, porque sus títulos no fueron reconocidos. Tuvieron un hijo, Alessandro, que sí estudia, medicina.

Después de un rápido ascenso en los sindicatos italianos, en el 2006 el ex primer ministro Massimo D’Alema la fichó como candidata a las elecciones generales y entró en el Parlamento. Ya en la política nacional continuó ocupándose de las condiciones de vida de los campesinos y trabajadores agrícolas, y en el 2012 fue una de las principales artífices de una enorme investigación parlamentaria sobre el trabajo ilegal y la explotación de mano de obra extranjera en los campos. En el 2015 Renzi la nombró viceministra, y, por sorpresa para todos, empezó a apoyarle en las grandes decisiones que enfrentaron al florentino con el ala izquierdista del partido, desde su propuesta de ley electoral a la controvertida reforma laboral. Él siempre se lo ha agradecido en público, y cuenta que “ella sí sabe qué es trabajar duro”. La fidelidad a Renzi ha continuado hasta el punto de dejar el PD para seguirle en Italia Viva, el nuevo partido que presentan juntos este fin de semana en un congreso en Florencia. “Si lo ha hecho es porque estaba convencida, no por interés”, dice Colella.

Bellanova es desde ahora la voz de Renzi en el Ejecutivo, la encargada de negociar las posiciones de Italia Viva con el PD y el M5E, pero sobre todo, ministra de Agricultura, un cargo que corona sus años de lucha en los campos.

1º de mayo, renta básica y Doctrina Social de la Iglesia, por Luis Argüello

La pandemia COVID-19, con sus consecuencias sanitarias y el confinamiento exigido para evitar su expansión, ha suscitado un reconocimiento unánime del valor del trabajo. Así, se aplaude la entrega del personal sanitario, de quienes trabajan en tiendas, supermercados y farmacias; también Fuerzas Armadas y Policía; personal de limpieza y trabajadores del campo, transportistas, trabajadores de mercados centrales; profesores, periodistas, profesionales de medios de comunicación social; quiosqueros; sacerdotes, trabajadores de servicios sociales y residencias de ancianos; también el teletrabajo y el reparto de lo adquirido online, las reflexiones sobre la situación y las producciones artísticas. Así como la actividad de voluntarios, vecinos, trabajo doméstico, etc. Un extraordinario elogio de la actividad humana en favor del bien común. Un aplauso al trabajo como expresión de la dignidad humana, de la capacidad de servicio, de generación de riqueza —bienes y servicios— y de relación con otros, entretejiendo la vida social.

Resuena la afirmación de la Doctrina Social de la Iglesia: «El trabajo pertenece a la condición originaria del hombre y precede a su caída; no es, por ello, ni un castigo ni una maldición» (CDS 256). Pero también, en estas semanas de vértigo y quietud, millones de personas pierden el trabajo o ven amenazado su empleo, en una situación en la que ya muchos estaban en paro o habían recuperado un trabajo en condiciones precarias después de la crisis.

Ya en 2019 había quien escribía esta reflexión en una intervención pública: «Parecía que la crisis económica estaba superada y se anuncia otra. En realidad, quizá sea la misma: un escenario mundial de lucha —con las viejas reglas de poder y división internacional de funciones, recursos y personas— en el enorme desafío de la cuarta revolución industrial. Si la economía es global, no somos ajenos al hambre de tantos. Experimentamos una gran inquietud por el futuro del trabajo y del Estado del Bienestar. Alguno anuncia que la travesía de la crisis nos conduce a «una nueva normalidad» —este concepto, surgido en el año 2010, lo expuso institucionalmente el entonces presidente del Deutsche Bank, el suizo Josef Ackermann, el 5 de septiembre del 2011. Trabaja, desde entonces, sobre este oxímoron el Foro de Davos que, desde 2016, estudia cómo encauzar la irremediable crisis del Estado del Bienestar con millones de descartados por la revolución tecnológica. El profesor Niño-Becerra, en El crash. Tercera fase, dice: «La nueva normalidad será vivir en una sociedad sesgada, con desempleo estructural, un subempleo elevadísimo y una desigualdad enorme. Solo se compensará con el trinomio social: la renta básica, ocio gratuito y marihuana». Puede parecer una boutade, pero da pistas.

El confinamiento provocado por la COVID-19 paraliza la vida social y económica y acelera muchos procesos ya en marcha: teletrabajo, control de la población, renta básica, transición hacia el modelo económico, social y cultural propiciado por la revolución tecnológica, con un protagonismo grande de la biopolítica: ecología, hombre exponencial e inteligencia artificial, salud y trashumanismo. La pandemia intensificará las inversiones en salud, referencia central del progreso y sustitutivo de la salvación.

El debate sobre la renta a ofrecer para paliar la crisis del Estado del Bienestar y las consecuencias de la 4ª revolución industrial es sin duda importante. La tremenda crisis económica global provocada por la pandemia lo ha transformado en urgente, con el riesgo de sentar unas bases sobre su desarrollo que, movidas por lo urgente, eviten a la sociedad el necesario debate sobre el sentido del trabajo como fuente de riqueza y expresión del protagonismo personal y social en la convivencia y el camino histórico.

La fase actual del capitalismo financiero y tecnológico, liderado por las grandes corporaciones de la información, une su condición tecnocrática en el control de la economía, a una propuesta compasiva y moralista en la cultura y las formas de vida que tiene como finalidad última el poder; éste anula la libre conciencia con el señuelo de ofrecer más y más libertades que no cuestionen el marco de su paradigma tecnocrático y cultural. Desde ese marco es fácil condicionar la política global y nacional. Es un ámbito donde caben propuestas de capitalismo ortodoxo, populismos, ONGs y todos los altavoces de lo políticamente correcto. Hay liberales y socialdemócratas, China y Estados Unidos, espiritualistas y secularistas. Resulta cada vez más difícil utilizar los esquemas decimonónicos de izquierdas y derechas. La realidad del sufrimiento es tozuda y grita, y juzga esta situación histórica como a todas. Surge una tentación: anular el sufrimiento, anulando a los que sufren.

La llamada renta básica ha sido propuesta en los últimos años por economistas de casi todo el espectro ideológico, ya como Renta de Garantía de Ingresos (RGI), llamada por otros Ingreso Mínimo Vital, o como Renta Básica Universal (RBU). Para unos es una forma de sustituir el Estado del Bienestar en el nuevo tiempo, para otros un desarrollo más pleno del Estado social de derecho. Ambas tienen sus complicaciones técnicas y de financiación. Son asuntos en los que no entro, pues no son de mi competencia y pertenecen al ámbito de la genuina libertad en la acción política. Pero sí quiero realizar algunas consideraciones.

La primera es poner siempre delante a los empobrecidos a consecuencia de situaciones personales, familiares o de la injusta situación económica. Su sola existencia reclama cercanía y propuestas. Ahí se sitúa el IMV, que quizá sea siempre necesario, pues pobres siempre caminan a nuestro lado.

El trabajo expresa el ser de la persona en el hacer y ese mismo hacer tiene consecuencias en el ser y su desarrollo. Incorpora al sujeto trabajador a la construcción del común, promociona —empodera, dice la neolengua políticamente correcta— personal y socialmente. Entra en relación con el capital en un coloquio imprescindible para ofrecer en el devenir histórico los bienes y servicios que cada generación precisa. Pero el trabajo tiene una prioridad sobre el capital que no ha de olvidarse al organizar sus relaciones. La retribución del trabajo es el salario, la del capital la renta. Si las llamadas rentas básicas, ya RGI o RBU, no promocionan el trabajo, el riesgo de que el capital que las genera, estatal o privado, explote a muchos y arranque el protagonismo histórico a la mayoría es muy grande. Generar dependencias es un instrumento habitual de dominadores. Todo bien y servicio es hijo del trabajo, no de la renta. Por eso dice el Papa Francisco: «Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos. Quiero que pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo y el acceso universal a esas tres T que ustedes defienden: tierra, techo y trabajo». «El trabajo es un derecho fundamental y un bien para el hombre, un bien útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad humana» (CDS 287).

Por ello, la clave está en generar, con un respeto grande a la realidad, una economía que promocione, para lo cual, quizá sea necesario —en tiempo de pandemia sin duda— un ingreso vital abierto a la promoción y al trabajo digno. Pero no se puede hablar de rentas mínimas sin plantearnos la justificación de las rentas máximas.

En el Día del Trabajo 2020 es conveniente proponer un nuevo pacto social que convoque al mercado, al Estado y a la gratuidad de la sociedad civil; pero no basta, conviene repensar el valor del trabajo, el sentido del progreso, el papel de la familia y los estilos de vida en un programa de gobierno para el bien común. Pero no será posible liberarse de las ataduras del gnosticismo tecnocrático y del pelagianismo moralista, falsamente compasivo, sin una fuerte espiritualidad.

Que san José Obrero interceda por nosotros para impulsar el plan para resucitar como propone el Papa Francisco: Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide «no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo».

Por Luis Argüello, Secretario general de la CEE y obispo auxiliar de Valladolid

Fuente: Revista Ecclesia

Hemos olvidado a Besteiro

Hoy necesitamos políticos como él. No es una casualidad que, en una España tan cainita como ésta, nadie le reivindique.

En un país en el que somos tan aficionados a las conmemoraciones y los aniversarios, hay un olvido que clama al cielo: es el de Julián Besteiro, uno de los políticos más honestos y más coherentes que ha tenido España desde la Restauración.

El que fuera presidente del PSOE, de UGT y de las Cortes nació en Madrid en 1870 y murió en la cárcel de Carmona en 1940, un año después de terminar la Guerra Civil. Por lo tanto, se cumplen ahora 150 años de su llegada al mundo y 80 años de su fallecimiento.

Cada vez que paso por debajo del busto que hay en el pasillo del Congreso por el que se accede al Hemiciclo, me acuerdo de este hombre injustamente olvidado en nuestra vida política y, sobre todo, por el PSOE, al que nadie sirvió con lealtad y ejemplaridad.

Nadie hizo más que Besteiro para evitar el conflicto que estalló en 1936, ya que siempre se opuso a las tesis de Largo Caballero, que quería implantar la dictadura del proletariado durante la República y que apoyó el levantamiento de Asturias.

Besteiro propugnaba un reparto más justo de la riqueza, mejoras en la educación y reformas para consolidar la democracia, pero era abiertamente contrario a provocar una guerra que, según él creía, tendría un altísimo coste humano y generaría la pérdida de muchos de los avances sociales de la República.

Su juicio y condena fue un ajuste de cuentas porque incluso el fiscal militar, que había sido alumno suyo, reconoció que era un hombre bueno y honesto, que no tenía responsabilidad alguna en delitos de sangre. Se le condenó por haber sido socialista y haber defendido la República a la que había jurado lealtad.

Como es sabido, Besteiro se sumó a la iniciativa del Coronel Casado en marzo de 1939 para entregar Madrid con el ánimo de evitar un inútil derramamiento de sangre. Se le acusó de traidor por ello, pero fue uno de los pocos dirigentes socialistas, por no decir el único que se quedó en la capital. Fue detenido en los sótanos del Ministerio de Hacienda y encarcelado.

Cuando se le preguntó por qué no había huido como sus compañeros, respondió que tampoco habían podido salir de Madrid los obreros, los artesanos y las gentes modestas que no tenían dónde ir. «Lo que sea de ellos será de mí», afirmó.

Y así fue. Franco se negó a indultarle pese a las peticiones de algunos generales y dirigentes del régimen del yugo y las flechas, que sabían que Besteiro, que era catedrático de Lógica, no merecía ningún castigo de los vencedores.

Era un hombre inequívocamente de izquierdas, como lo prueba que fue condenado en 1917 a cadena perpetua por formar parte del comité que organizó la huelga general revolucionaria en la que mi abuelo, según me contó, fue despedido de la Compañía del Norte.

Hoy necesitamos políticos como él. No es una casualidad que, en una España tan cainita como ésta, nadie le reivindique y no se ponga en valor su falta de sectarismo y su generosidad con el adversario.

Una lástima.

Pedro García Cuartango

Fuente: ABC

La quinta revolución industrial, la que nos trajo el COVID-19

Bérgamo, Italia. La ciudad es el epicentro de la crisis del COVID-19 en Italia. Annamaria Furlan, sindicalista hace más de 40 años, jamás se imaginó diciendo: “No he pedido nunca el cierre de ninguna fábrica, pero es que ahora está en riesgo la vida de las personas”. En su misma ciudad a no pocos metros de ella, el poco empático Vincenzo Boccia, presidente de la patronal Confindustria argumentaba: “No entiendo los motivos por los que los sindicatos querrían hacer huelga. El decreto ya es muy restrictivo: ¿qué más se tendría que hacer?”.

¿Cómo va a entender el Capital el sufrimiento de aquellos para los cuáles el Trabajo es su mayor baluarte?

Chicago, EEUU, ciudad industrial por excelencia y entre las más contaminadas del país. Las personas afroamericanas fallecidas por coronavirus suponen el 70% del total, aunque esta comunidad ronda el 30% de la población. John Anderson, trabajador de industria química y habitante de Englewood, vecindario en el que los afroamericanos son mayoría, se pregunta por qué. Un estudio de Harvard revela que la gente de los condados de Estados Unidos que ha estado expuesta a un mayor nivel de contaminación durante los últimos 15-17 años tiene un índice de mortalidad por Covid-19 sustancialmente mayor. Anderson confirma: “los afroamericanos tenemos más enfermedades crónicas, menos cobertura sanitaria y buena parte de los trabajadores ‘de primera línea’, que no podemos confinarnos, debemos acudir a trabajar en medio de la pandemia”.

¿Cómo va a entender la rica sociedad europea de 30.000€ per cápita el sufrimiento de los trabajadores explotados para los cuáles el trabajo es su único salvoconducto?

Hoy, 1 de mayo de 2020, en plena crisis del coronavirus, debemos valorar su impacto en el Mundo del Trabajo aunque lo que vamos a encontrarnos no nos guste. La OIT ha publicado recientemente unas estimaciones entre las que destacan:

  • Las medidas de paralización total o parcial de actividad ya afectan a casi 2.700 millones de trabajadores, es decir, a alrededor del 81% de la fuerza de trabajo mundial.
  • En especial las empresas más pequeñas, se enfrentan a pérdidas catastróficas que amenazan su funcionamiento y solvencia, y millones de trabajadores están expuestos a la pérdida de ingresos y al despido.
  • En muchos países ya ha comenzado una contracción del empleo a gran escala sin precedentes. Se calcula que en el segundo trimestre de 2020 habrá una reducción del empleo de alrededor del 6,7%, el equivalente a 195 millones de trabajadores a tiempo completo.
  • Los 2.000 millones de trabajadores de la economía informal que carecen de protección legal son los más afectados. Por ejemplo, en la India, donde casi el 90 por ciento de la población trabaja en la economía informal, alrededor de 400 millones de esos trabajadores corren riesgo de ver agravada su situación de pobreza durante la crisis. Las actuales medidas de confinamiento en la India, han perjudicado apreciablemente a estos trabajadores, que se han visto obligados a regresar a las zonas rurales de las que proceden.
  • En las zonas urbanas, muchos trabajadores del sector informal trabajan en sectores de la economía muy expuestos a la infección por el virus. Otros se ven sin ingresos por las medidas de confinamiento, como los recicladores de desechos, los vendedores ambulantes, los camareros, los obreros de la construcción, los trabajadores del transporte y las trabajadoras y trabajadores domésticos.
  • Casi el 40 por ciento de los trabajadores del mundo trabajan en los sectores más afectados por la caída de producción como son el comercio al por menor, los servicios de alojamiento y de servicio de comidas y las industrias manufactureras.
  • En los países más empobrecidos, con un acceso limitado a los servicios de salud y a la protección social, los trabajadores corren un alto riesgo de caer en la pobreza y de tener mayores dificultades para recuperar sus medios de vida durante el periodo de recuperación.

La OIT no hace otra recomendación que la de adoptar medidas de alivio inmediato a los trabajadores y a las empresas para volver a la normalidad. Y no se atreve a reconocer que la “normalidad” era el problema. La normalidad de un mundo en el que el mantra “VUCA” (las siglas en inglés de Volatilidad, Incertidumbre, Complejidad y Ambigüedad) y la tecnología liquidaban de un plumazo a 2/3 partes de los trabajadores actuales, preconizando las bondades de la digitalización.

Decía Kant que “la inteligencia de los individuos se mide por la capacidad de incertidumbre que son capaces de soportar”. Pero esta afirmación del filósofo, no puede servir de excusa para hacer experimentos sociales. Nos dicen que tenemos que aprender a vivir en la incertidumbre y tienen razón. Pero eso vale para todos, no sólo para que vivan angustiados los de siempre, los explotados. Hemos tratado de jugar a ser dioses, empoderados con la tecnología y nos hemos olvidado de que a la incertidumbre que asfixia, que mata, se la combate con AMOR. Con AMOR en la POLÍTICA, en la ECONOMÍA, en la vida SINDICAL.

Madrid, España. Hemos podido paladear un poco de ese mundo VUCA que estaba por venir durante estos días de confinamiento. Los 2200 trabajadores de la sede central de Vodafone, se van a teletrabajar desde sus casas, incluso antes de que el Gobierno decrete el estado de alarma. Y la actividad económica de la operadora de telecomunicaciones, no se resiente… ¿Habrán entendido nuestros sindicatos del Siglo XX, que a las empresas del siglo XXI hay que enfrentarlas con herramientas del este siglo? ¿Que las luchas de los trabajadores en este mundo digital no pueden ser exclusivamente la huelga de antaño, sino que requieren el conocimiento y las redes de los trabajadores a nivel mundial?

¿Cómo van a entender los sindicalistas de oficina el sufrimiento de los trabajadores explotados de India que vomitan líneas de código para las multinacionales de las telecomunicación, para los cuáles los 2 € al día suponen comer toda la familia esa jornada?

No tememos a la robotización. Como Guillermo Rovirosa, somos unos enamorados de la tecnología, pero a condición de que esté al servicio del hombre, empezando por los más empobrecidos, no al revés. Lo estamos viendo con fuerza estos días. Cuando el ser humano no dispone de lo fundamental: Tierra (para poder alimentarse), Techo (incluso para poder “confinarse”) y Trabajo (para no depender de nadie, ni de nada), pasa a ser parte de los descartados. Como aquellos a los que el Ébola, el Sarampión, el Covid-19, o el virus de la explotación condena a muerte.

Luchar por la dignidad del trabajo para todos, es esencial. Los países del Norte están aprobando los mayores planes de rescate económico de la historia con seguros de desempleo para grandes capas de su población. Pero en el mundo hay muchos más millones de personas a los que no va a llegar ninguna ayuda y el parón económico les impactará de lleno. Se espera una oleada de gente sin hogar, más bancarrotas y más morbilidad y mortalidad, aparte de las cifras relacionadas con la pandemia.

Robert Skidelsky, profesor emérito de economía política en la Universidad de Warwick e integrante de la Academia Británica de historia y economía, dijo “Si una máquina puede reducir a la mitad la necesidad de mano de obra humana, ¿por qué en lugar de prescindir de la mitad de los trabajadores, no los empleamos a todos durante la mitad de tiempo?… Esto sería posible si el rédito de la automatización, en vez de quedar exclusivamente en manos de los ricos y poderosos, se distribuyera equitativamente”. ¿Habrá sociedades y empresas audaces que se atrevan a llevar a cabo esta revolución del pensamiento social? Tenemos la oportunidad de construir, con trabajo, una sociedad y un mundo nuevos, en los que unos tengan que decrecer, para que otros salgan de la miseria. Podemos construir una sociedad en la que la justicia, no sea sólo un eslogan. Estaríamos ciegos si no reconociéramos que hay miles de hechos que demuestran que soplan vientos de esperanza. ¡Quién sabe si este COVID-19 no nos traerá de la mano la 5ª revolución industrial, la de la Solidaridad!

Sin embargo, en las anteriores crisis se siguió una estrategia que acabó enriqueciendo aún más a los financieros, a costa de un crecimiento más lento y una desigualdad más marcada. En los primeros días de esta crisis vimos como los gobiernos estaban más atentos a las bolsas de valores y al sector financiero que a sus trabajadores, que son quienes no se enriquecen con las finanzas y las bolsas. El debate de la renta básica cobra fuerza, pues el sistema pretende aliviar la situación de sus trabajadores sin cambiar los pilares del sistema.

Lo realmente preocupante es que, cuando se logre controlar la pandemia, nos vamos a encontrar con un escenario de reconstrucción en el que las diferencias entre ricos y pobres van a ser superiores las de la crisis del 29 o la Segunda Guerra Mundial.

Un mundo dominado por grandes corporaciones en el que los Estados no han sido capaces de establecer estructuras fiscales justas es un mal punto de partida. Además otro virus está infectando el mundo de forma creciente que son los nacional-populismos que fomentan la división y va a dificultar la búsqueda de soluciones justas y solidarias a la crisis.

Los costes de la Primera Guerra Mundial los pagó Alemania y provocaron la Segunda Guerra Mundial. La factura de ésta última la pagaron los países del hemisferio Sur y disparó la riqueza de los países del Norte. Estamos en un momento decisivo de la historia: o activamos una respuesta solidaria o los más pobres volverán a ser los paganos de esta crisis. ¡Celebremos como se merece este 1º de mayo! ¡Arriba los pobres del mundo!

Javier Marijúan y Marta Sanz

Los ‘héroes’ que hoy salvan el país pagarán mañana los platos rotos de la crisis

El estado de alarma está poniendo nuestra estructura laboral frente al espejo: las escalas más bajas, algunas de las cuales apenas alcanzan el salario mínimo interprofesional (SMI) en condiciones de precariedad máxima, son las que mantienen con pulso a la sociedad y permiten a las escalas intermedias y altas resistir el confinamiento en sus casas. Los primeros, ya sean cajeros, transportistas, mensajeros o temporeros agrícolas, se exponen diariamente al contagio del Covid-19 porque no tienen posibilidad de teletrabajar. Los segundos, desde personal de oficina a altos ejecutivos, se quedan en casa porque pueden teletrabajar, reducir horario y, en el peor de los casos, acogerse a un ERTE. Ha tenido que llegar una pandemia para poner del revés la economía. La buena noticia es que por primera vez en décadas los empleos productivos son valorados y aplaudidos por la sociedad. La mala es que no durará mucho.

“La coyuntura es perfecta para que estos empleos productivos, que son esenciales en un momento de crisis, puedan ser puestos en valor con una mejor retribución. Sin embargo, es difícil que esto se plasme en una mejor regulación laboral”, considera Raúl Ramos, doctor en Economía y profesor de la Universidad de Barcelona. “Quizá sí mejore el prestigio social de algunos empleos: por ejemplo, el personal de limpieza, tan importante en los hospitales estas semanas, o por supuesto el de cajera de supermercado. En una cadena de valor, todos los engranajes son relevantes, y habrá que estar pendientes de que las diferencias salariales no sean excesivas. Pero no es un debate nuevo: es justo el centro de la discusión sobre las condiciones laborales de plataformas como Glovo o Deliveroo”.

El problema es que justo ahora, con una gran recesión asomando y el Fondo Monetario Internacional (FMI) avisando a España de una hecatombe laboral, no es el mejor momento para ponerse las pilas y resolver en unos meses negros lo que no se ha resuelto en varios años de relativa bonanza.

“Tras la última crisis, todo eran palabras altisonantes: refundar el capitalismo, atajar la precariedad, reducir la desigualdad. Usamos otra vez las mismas expresiones, pero soy escéptico sobre la voluntad del país en avanzar en esa línea”, afirma el economista holandés Marcel Jansen, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid. “Es cierto que se ha reaccionado de forma mucho más rápida y ambiciosa en comparación a 2008, pero cuando has permitido que una cuarta parte de tus trabajadores tenga contratos temporales, no hay política que evite la destrucción masiva de empleo. Los distintos gobiernos se han resistido a tratar seriamente el problema de la dualidad [empleo indefinido frente a temporal], por eso ahora sobran todos estos lamentos sobre los problemas que se avecinan”.

Cuando has permitido una cuarta parte de contratos temporales, no hay política que evite la destrucción masiva de empleo

Mientras aplaudimos al personal sanitario cada tarde desde la ventana, las enfermeras encadenan hasta 361 contratos anuales. Hemos convertido el contrato fijo en un supermercado en una suerte de nueva clase media y ahora estamos en camino de normalizar la entrega a domicilio para Amazon y Glovo, que anteayer nos parecían el colmo de la precariedad y el abuso laboral.

“El diseño institucional de España ofrece mucha protección a personas que realmente no la necesitan tanto porque tienen alta empleabilidad y son capaces de generar por sí mismas estabilidad. La protección a personas con contrato indefinido y antigüedad sigue siendo muy buena. En cambio, los contratos temporales y los indefinidos recientes, que son la mayoría tras la destrucción de la anterior crisis, están muy expuestos”, advierte Jansen. “Y esto volverá a pasar ahora: los contratos con antigüedad seguirán muy protegidos, pero la gran mayoría de contratos nuevos será carne de despido. Será fácil pagarles entre 20 y 33 días de indemnización por esos pocos años”.

Así, los ‘héroes’ de hoy, los que salen cada día a la calle o a la carretera a sostener el país sin la protección adecuada contra la enfermedad, volverán a ser los que paguen mañana los platos rotos de la crisis. El desempleo masivo, que el FMI ubica en tasas del 20%, hará que haya mucha más gente dispuesta a trabajar en estos empleos productivos esenciales pero básicos, provocando más inseguridad laboral y peores suelos debido al aumento de candidatos.

Como señala José Carlos Díez, profesor de la Universidad de Alcalá, “las personas que hoy trabajan en un cine o en un teatro y que cobran en el entorno de 1.300 o 1.400 euros pueden perder el trabajo y verse obligadas a bajar un peldaño como reponedor en un supermercado o repartidor de paquetería. Y eso generará presión hacia abajo. Los salarios se estancarán o caerán todavía más”.

O como lo explica Ramos: “En la última década, la dispersión salarial ha aumentado bastante, distanciando la parte alta de la baja. Y esto es probable que se vuelva a reproducir. Largas colas de paro otra vez y muchos trabajadores que no podrán regresar a sus empleos previos al estado de alarma. ¿Cuánto durará? Sabemos que el ritmo de vuelta y desescalada tardará meses, será lento”.

Valor versus precio

“Lo que estamos viviendo nos pone ante la paradoja entre valor y precio. Un trabajo esencial puede tener un alto valor a un precio muy bajo, y al contrario. Un ejecutivo cobra un salario muy alto porque se adjudican los sueldos entre ellos en los consejos de dirección. Pero si quitaras un ejecutivo y pusieras un ‘bot’, en algunos casos ni se notaría”, explica Díez. “La sociedad sí valora estos empleos importantes pero mal remunerados. El mercado, por desgracia, no. El primer paso para proteger estos sectores es frenar la destrucción de empleo cuanto antes, y una vez conseguido eso, hay que buscar una mejor regulación del mercado laboral”.

Si no se introduce una renta básica, miles de personas quedarán al margen de la recuperación, como las limpiadoras del hogar

Los expertos coinciden en que el primer paracaídas que hay que desplegar es el de la renta mínima garantizada. “Si no se introduce una renta básica, miles de personas quedarán al margen de la recuperación: por ejemplo, las limpiadoras del hogar, que tras la subida del SMI han empeorado su acceso a la Seguridad Social», apunta Jansen. «Luego están los miles de trabajadores temporales que han tenido la mala suerte de no trabajar cuando se declaró el estado de alarma. Ahora hay un 25-26% de empleo temporal frente al 33% anterior a la crisis de 2008. Son menos puestos, pero son ocupados por muchas más personas que van rotando en contratos troceados. Si los que justo ahora no tenían contrato no reciben una renta mínima, corren el riesgo de caer. Son personas muy vulnerables. La gran dualidad de España hace que el impacto de la crisis pos Covid-19 sea mucho mayor aquí que en los países del entorno. Son los mismos problemas de 2008-2009, pero con efecto mucho más rápido”.

Y en el centro del debate, cómo no, la reforma laboral de 2012 impulsada por el Partido Popular. En esto no hay tanta coincidencia. “Esa reforma favorece la negociación salarial a nivel de empresa en lugar de a nivel de sector en la provincia. Eso provoca que cada vez más trabajadores no estén cubiertos por el convenio colectivo y se haya generado más desprotección y devaluación salarial. Los más afectados son los trabajadores con menos cualificación formal, que al depender del convenio de empresa, pierden poder de negociación”, opina Ramos.

Jansen, por su parte, considera que se sobrevaloran los males de esa reforma. “Es injusto culpar de todo a la reforma laboral. Es cierto que se han producido abusos ligados al convenio, en especial en las empresas multiservicio o en el personal de limpieza de hoteles, pero, en general, los convenios de empresa no se pagan peor. También había más porcentaje de empleo temporal en 2008, antes de la reforma, que ahora. Y por último, en la reforma laboral se incidió mucho en los ERTE, hubo cambios que ahora nos han permitido, con solo sacar un real decreto, crear la figura de ‘ERTE por fuerza mayor por Covid-19’ y eliminar el requisito de haber cotizado un número de días para poderte acoger. Esto ha facilitado un mecanismo para que las empresas bajen sus costes, a la vez que mantienen la relación laboral intacta con el empleado”.

El sector turístico y hostelero sufrirá lo mismo que la construcción en 2008. Sectores hipertrofiados en el estallido de ambas crisis

Ante el trompazo de un sector turístico y hostelero hipertrofiado, que sufrirá lo que sufrió la construcción en 2008, los economistas consultados abogan por un rediseño del tejido laboral. “El mercado laboral español, por su propia estructura de empleo con poco valor añadido, contribuye a la desigualdad y a que sufra más que el resto de países ante cualquier sacudida”, afirma Jansen. Díez, por su parte, abre una puerta a la implantación de perfiles tecnológicos en nuestro país. “Tenemos una oportunidad para atraer el talento de los nómadas digitales, un perfil que explotará por la disminución de los viajes y la obligación del teletrabajo. Podemos atraerlos a España con incentivos, que se instalen, por ejemplo, en las islas o en el litoral mediterráneo, que son lugares muy atractivos y donde más van a sufrir la crisis. Pero, para eso, se requiere diseñar estrategias”.

Pero ante la probable inacción política para solucionar los problemas de fondo, la pelota estará en el tejado del ciudadano. Así lo ve Ramos: “Esta crisis sanitaria va a tener un coste muy alto, y es justo que se reparta el precio entre trabajadores, empresas y Estado. En este contexto, aquellas empresas que a pesar de la caída en su facturación mantienen los empleos y hasta pagan primas, como es el caso de algunos supermercados, pueden gozar del favor del consumidor. Y al contrario. Los consumidores pueden ejercer su poder individual. Más allá de eso, la perspectiva de una regulación es complicada, más cuando en estos momentos todos los esfuerzos del Gobierno están en el tema sanitario”.

Los consumidores pueden ejercer su poder individual. Más allá de eso, la perspectiva de una regulación es complicada

“Si no se mejoran los mecanismos para acceder a ayudas y se agiliza que las empresas puedan acogerse a ERTE por fuerza mayor, la crisis puede ser muy duradera», concluye Jansen. «España puede aguantar unos meses sin problema con el escudo europeo, pero ojo, porque esto nos estalla con una tasa de paro que casi duplica la de 2008, con más precariedad y con un endeudamiento público que casi triplica el de aquel año. No hay margen de gasto, la sociedad española deberá aprender a generar nuevos márgenes para actuar, y quitarles así la razón a los países del norte de Europa, que critican la falta de interés de España en aprovechar los tipos de interés para desapalancar y reducir el endeudamiento paulatinamente en estos últimos años”.

David Brunat

Fuente: El confidencial

Salud mental no es tranquilización, es adaptación activa. Biopolítica del Covid 19

La gran crisis de la pandemia del Covid 19 está situando más que nunca los planteamientos de la biopolítica en el centro del debate social. Y la salud mental es un aspecto relevante de este debate

Así, es frecuente encontrar informaciones sobre la salud mental en la situación de la pandemia, con doctos y bienintencionados consejos sobre cómo tranquilizarnos, cómo entretenernos, qué hacer para no estar incómodos y para que el confinamiento pase agradablemente manteniendo el optimismo. Estos consejos son muy de agradecer, pero no hay que olvidar que mientras tanto, mientras nos distraemos, muchos de los pilares en los que se sustenta nuestra sociedad están comenzando a moverse. Y lo hacen además en una dirección inquietante

A nadie se le escapa que esta crisis está comportando un grave riesgo de pérdida en derechos sociales, laborales, de privacidad…..ante lo cual, si nos quedamos en la tranquilización sin más, esta estrategia es pan para hoy y hambre para mañana ( literalmente), es una respuesta como mínimo, parcial. ¿No es más adaptativo inquietarse y plantar cara, resolver los problemas, aunque no sea agradable? ¿No es más adaptativo ante esta situación estar alerta, aunque resulte incómodo?

Este planteamiento de ante todo no incomodarnos, estar tranquilos, si no se contextualiza, liga mucho con el modelo social de consumo y de felicidad low cost imperante en el que la salud mental entendida como evitar cualquier preocupación, se ha convertido en un producto más de la cesta de la compra. Salud mental no es estar tranquilo y relajado mientras el mundo se mueve a tus pies. Salud mental es adaptación activa. Y la preocupación, el malestar, incluso los síntomas como nos muestra la psy evolucionista son a veces más sanos y adaptativos que la pachorra y el adormecimiento. El estrés del confinamiento puede ser tan solo el prólogo del estrés social que se avecina

Como señaló Noemí Klein las situaciones de catástrofe se asocian a grandes cambios sociales en los que se laminan derechos y libertades. Por lo tanto más allá del estrés de las incomodidades del confinamiento (que por cierto, padecen sobre todo los ciudadanos más precarizados, entre ellos los inmigrantes) el estrés más relevante es del cambio social disruptivo que se puede estar gestando mientras estamos en Babia. Podemos despertarnos muy tranquilos y relajados pero encontramos en un mundo de pesadilla. Solo por poner un ejemplo ¿cómo va a afectar esta situación a que los jóvenes de hoy puedan tener hijos?

Claro que el que se nos hable también ininterrumpidamente de los peligros que corremos (en gran parte desde fake news y desinformación), favorece que el miedo, la emoción más primitiva y desestructurante tienda a bloquear nuestra capacidad de análisis y se busque la tranquilización a cualquier precio. Tras el terrorismo es obvio que el miedo a las pandemias va a ser un eje esencial de la biopolítica, un tema hegemónico. Y con el riesgo de una intensa hipocondrización de la sociedad, expresada a nivel del área de la salud mental como psiquiatrización del estrés y de los problemas sociales

Desde la perspectiva de la biopolítica, término aportado por Rudolf Kjellén y desarrollado por Michael Foucault , el cuerpo (y la mente) constituyen una materia prima a explotar por el sistema social pero la respuesta del sujeto ha de ser emancipadora, frente a los dispositivos de poder que buscan la normalización. Hemos de tener una idea proactiva de la salud mental, no plantearla de modo pasivo, casi masoquista, adaptándonos a los que nos venga encima. No podemos instalarnos en aquel viejo dicho: «que Dios nuestro señor no nos envíe todos los males que somos capaces de aguantar».

De todos modos, esta situación de crisis también puede ser un estímulo para reaccionar como sociedad y para generar un amplio debate en el que la biopolítica de la salud mental ha de constituir un tema relevante. Como escribió Hölderlin: » Allá donde acecha el peligro crece también lo que nos salva».

Joseba Achotegui

Fuente: Público