Francisco Rey
El 8 de junio de 1972, una niña de nueve años corría desnuda por una carretera de Vietnam envuelta en llamas. La fotografía de Nick Ut dio la vuelta al mundo. Pero lo que la fotografía no pudo capturar fue lo que ocurrió después.
Kim Phuc recuerda con precisión aquel momento. Su familia llevaba tres días escondida en un templo cuando los soldados avisaron: iban a bombardearlo. Salió corriendo con sus hermanos. Vio el avión, vio caer cuatro bombas y de repente el fuego estaba en todas partes. “Vi que el fuego quemaba toda mi ropa y vi una llama en mi brazo izquierdo. Usé la mano derecha y la limpié. Y aún recuerdo lo que pensé en ese momento: pensé que sería fea y que la gente me vería de otra manera.” Luego dejó de pensar y corrió.
Sobrevivió. Sobrevivió al napalm, que alcanza los 800 grados y sigue quemando bajo la piel. Sobrevivió a diecisiete operaciones y catorce meses de hospitalización. Y sobrevivió a algo que las bombas encendieron pero no pudieron apagar: el odio. Durante años quiso escapar de la imagen que la había hecho famosa. El gobierno vietnamita la utilizaba como símbolo propagandístico sin preguntarle si quería serlo. A los 19 años, cuando le prohibieron estudiar medicina, tocó fondo. Así lo contó esta semana a Fernando Belzunce en una entrevista publicada en ABC con motivo del congreso Women NOW 2026, que ella inauguró en Madrid: “Recuerdo con sinceridad que muchas veces quería quitarme la vida. No quería vivir más. No tenía esperanza ni alegría ni futuro.”
Fue entonces cuando encontró en una biblioteca uno de los pocos Nuevos Testamentos que el régimen no había confiscado. Una frase del Sermón de la Montaña la detuvo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. No la entendió. No sabía cómo hacerlo. Pero empezó a intentarlo. Y en esa entrevista con ABC explica con una imagen que lo dice todo: “Me he dado cuenta de que mi lista de enemigos se convirtió en mi lista de oraciones. No sé sus nombres, pero rezo por los pilotos que lanzaron la bomba, por las personas que me controlaron y por todos los que me causaron sufrimiento. Cuando ya has asimilado ese rezo significa que ya no los odias.”
El perdón no llegó de golpe. Fue un trabajo silencioso, sin comunidad que lo sostuviera, sin nadie que lo viera crecer. Hasta que el 11 de noviembre de 1996, en Washington, habló ante veteranos de Vietnam. Al terminar, un hombre en el público llevaba cuarenta minutos llorando sin poder detenerse. Cuando por fin pudo hablar, dijo su nombre: John Plummer. El oficial que había ordenado los bombardeos sobre Trang Bang. Veinticuatro años de culpa, alcoholismo y matrimonios destruidos. Le preguntó: “¿Usted podría perdonarme?” Kim no dudó: “Sí, por supuesto. Nos abrazamos y lloramos juntos. Yo había conocido el perdón, pero ese día experimenté la reconciliación.”
Hay una diferencia entre conocer el perdón y experimentar la reconciliación. Kim Phúc la vivió en ese abrazo. Y León XIV también lo sabe.
El Papa visitó España la semana pasada, del 6 al 12 de junio. En Barcelona, durante una vigilia de oración con jóvenes en el Estadio Olímpico, una chica de un barrio humilde tomó el micrófono y contó su historia sin rodeos. De pequeña, su padre intentó matar a su madre. Se salvó porque se interpuso un joven, que murió. El padre ingresó en la cárcel. La madre cayó en las drogas. A los diez años, los servicios sociales se hicieron cargo de la niña y la llevaron a un centro de menores. Allí, poco a poco, su corazón se fue abriendo. Conoció a Jesús, empezó a rezar, se bautizó. Pero meses después de experimentar por primera vez el amor de Dios en un retiro, reconoció ante el Papa que aún le costaba perdonar a su padre. Y le preguntó, con una honestidad que cortaba el aire: “¿Dónde estabas cuando era una niña? ¿Cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre?”
León XIV no esquivó la pregunta. Primero dijo algo que pocas veces se escucha desde un altar: que la pregunta no debe dirigirse a Dios sino al hombre. Que si existe la violencia, si el amor entre familiares se transforma en odio, debemos hacernos preguntas a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, y no a Dios. Que no podemos atribuirle a Él lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad.
Y luego habló del perdón con una precisión que merece leerse despacio. Dijo que el perdón es “una poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores”, pero que hay que entenderlo como un proceso, no como un acto. Que el Evangelio, leído como un libro de mandamientos, puede causar desánimo y frustración, porque Jesús nos invita al perdón y nosotros experimentamos que no somos capaces. Que el perdón hay que invocarlo del Señor, pidiéndole “tal vez durante toda la vida” que amplíe en nosotros el espacio del amor allí donde hemos sido heridos, que transforme lentamente el resentimiento en misericordia. Y fue aún más preciso: perdonar no significa volver a la situación anterior ni fingir que nada pasó, especialmente cuando ha habido violencia. “Se puede permanecer en la buena disposición del corazón hacia la persona, rechazar toda forma de odio o de venganza, esforzarse por reparar la relación en la medida de lo posible y, quizá, rezar por él o por ella.” Y concluyó: “En el perdón se avanza con pequeños pasos.”
Pequeños pasos. Kim Phúc los conoce bien. Los dio sola, sin comunidad, sin que nadie viera cómo iba creciendo el perdón en ella. León XIV los nombró ante miles de jóvenes en Barcelona. Los dos, desde experiencias radicalmente distintas, dicen lo mismo: el perdón no es una rendición ni un olvido. Es la única manera de que el odio no se convierta en el dueño de tu corazón.
El cambio definitivo para Kim llegó en Canadá, cuando sostenía a su hijo Thomas en brazos y vio su propia foto en un periódico. “Me conmoví y abracé a mi hijo porque lo primero que pensé es que no quería que él sufriera nunca como yo había sufrido aquel día. Y no solo él, sino todos los niños del mundo.” La imagen que durante años había sido una maldición se convirtió en una misión.
Hoy Kim Phúc es Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO y fundadora de la Kim Foundation International, que construye escuelas, hospitales y bibliotecas para niños heridos por conflictos armados. En la entrevista de ABC, Belzunce le pregunta qué le diría a aquella niña que corría llorando en 1972. Su respuesta no tiene desperdicio: “Nunca te rindas y nunca te des por vencida. Mira cómo estabas entonces: llorando, con dolor, con miedo. Y mira cómo está esa niña hoy: soy una esposa, madre, abuela y superviviente que clama por la paz para siempre.”
La fotografía de 1972 muestra a una niña huyendo, con los brazos abiertos. Décadas después, Kim Phúc sigue caminando con los brazos abiertos. Ya no porque le arda la piel. Sino porque aprendió que esa es la única postura desde la que se puede ofrecer paz.





