Estoy a la puerta y llamo

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano de Valladolid

La puerta está entreabierta. Al tiempo que están separados por ella, esa pequeña apertura les une. Cada uno permanece en una estancia diferente con sus deseos, sus preocupaciones y sus proyectos… A la vez, ambos pueden observar al otro en la habitación contigua con sus deseos, sus preocupaciones, sus proyectos…

    Uno de los dos se acerca a la puerta y, aunque está entreabierta, toca con los nudillos. Solicita la atención del otro, pide su apoyo, su comprensión. Sucede de manera constante.

    La llamada adopta formatos diferentes. Una frase: “hoy he tenido un día horrible en el trabajo”. Un gesto: mostrar un informe médico con una mala noticia. Una petición: “por favor, no pongas pimiento en la pizza”. Una acción: preparar una cena especial. Una pregunta: “¿te acordaste de llamar al profesor de las extraescolares de nuestro hijo?” …

    La intensidad emocional de las solicitudes también varía enormemente. Desde una trivial preferencia culinaria, hasta una mala noticia médica en la que se pone en juego la vida entera.

    Cada solicitud, en el formato y la intensidad que sea, crea un momento único al que hay que responder. A quien estaba tranquilamente en su estancia se le presentan tres caminos.

    El primero es el de ignorar la llamada a la puerta y quedarse en su propio mundo. Se puede leer el informe médico y ponerse a hacer sus cosas como si nada. Se puede hacer como que no se ha escuchado la queja del mal día laboral.

    En algunos matrimonios la tónica es ésta, ignorar los toques en la puerta. Llamadas que quedan sin respuesta. Cuando esto pasa con frecuencia, una pregunta acaba brotando: “¿quién soy yo para el otro?” Con el tiempo, se irá reduciendo el número de veces que uno se acerca a la puerta a llamar. “¿Para qué?”, pensará. Una distancia empezará a abrirse entre ellos.

    El segundo camino posible consiste en enfadarse con el otro por molestarle con esa llamada. “¡Qué pesadez, haberlo hecho tú!”, responderá a la pregunta por el profesor. Una cara de hastío será su contestación a la solicitud de no poner pimiento a la pizza. A la queja por los problemas en el trabajo, reprochará “te pasas el día quejándote”. De esa forma, se cierra la puerta con un sonoro portazo.

    Cuando la llamada es respondida con enfado una y otra vez, la pregunta quién soy yo para el otro encuentra una respuesta contundente: una molestia. El efecto en la relación es demoledor.

    El tercer camino es el de salir de sí mismo, abrir la puerta y entrar en el mundo del otro para atender su petición. Esto se puede hacer, también, de diferentes maneras y con distinta intensidad. Leído el informe médico se puede abrazar al otro y decirle “voy a estar contigo” o prepararle un café y preguntarle cómo está. La queja por el mal día laboral puede ser respondida con un “vaya, ya lo siento” o preguntando, “cuéntame qué te ha pasado”. Ante la pregunta por el profesor de extraescolares, se puede explicar “se me ha pasado hacerlo” o asentir con un gesto.

    No se pueden atender siempre todas las peticiones. Ni los matrimonios más entregados lo hacen. A veces hay preocupaciones que tienen al otro distraído. En otros casos, la llamada es tan suave, la solicitud tan imperceptible, que pasa desapercibida. Puede que uno esté enfadado o cansado.

    Pero en los matrimonios felices hay una dinámica de responder positivamente a esa llamada a la puerta, de abrirla, de salir de uno mismo para entrar en el mundo del otro.

    A lo largo de la vida, puede haber algunas malas noticias médicas. Los malos días en el trabajo son más frecuentes. Las pequeñas tareas domésticas o familiares son cotidianas. La mayoría de la vida del matrimonio se juega en esas pequeñas cosas casi intrascendentes. En los suaves golpeos de nudillos en una puerta entreabierta.

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