Javier Marijuán
Ha estallado una guerra que puede tener un efecto multiplicador de nuevos conflictos y enfrentamientos entre países y bloques. La des-información trabaja para hacer razonable la tragedia sin informar del número de víctimas. Cuando los muertos están a miles de kilómetros, el drama se llega a hacer digerible.
Una postura apoya la guerra con el argumento de que derribar dictaduras a bombazos está éticamente justificado. Si fueran coherentes, deberían salir a la calle a pedir que se iniciaran decenas de guerras pues la democracia retrocede en el mundo y crecen los sistemas autoritarios.
Otra postura ha alzado la voz airadamente contra esta guerra aunque nuestro país participe de la escalada del gasto militar y siga potenciando su industria militar y la exportación de armas.
También los hay que dan bendición religiosa al conflicto. Los dirigentes de los países más implicados en la guerra de Oriente Medio han buscado la bendición de sus líderes religiosos mientras que León XIV reaccionó con firmeza ante tal disparate.
Ni la justificación de la guerra ni el oportunismo son actitudes defendibles. Hace falta otra visión que haga ver que la guerra tiene raíces más hondas que las decisiones de unos pocos mandatarios belicosos al mando.
La guerra es una decisión contable y fuente de lucro para una descomunal industria militar sin control que vive incrustada en nuestro sistema económico. La guerra acapara inmensos recursos que se detraen de las necesidades básicas de amplios sectores de la población. Se puede gobernar sin presupuestos pero la carrera de armamentos y su modernización no admite discusión. Para la guerra siempre habrá dinero a raudales.
El avance de la lógica de la guerra también tiene un trasfondo cultural. El uso de la fuerza se hace razonable cuando el fin justifica los medios, cuando deshumanizamos al que piensa diferente y cuando los nacionalismos de todo tipo orillan el reconocimiento de la interdependencia que propicia la solidaridad global.
La guerra significa la derrota de la Humanidad y, además, no resuelve nada. Una sociedad que mira a otro lado ante colegios bombardeados debe reaccionar.
Si la guerra es una elección podemos emprender otro camino. Eliminar la guerra como solución exige una actitud militante que combata sus causas y que los saludos de paz que nos damos entre nosotros tengan plasmación en la vida institucional.





