Gran cosa es el don de la palabra. La palabra me permite manifestar a los demás lo que quiero manifestarles. El mismo órgano me sirve para la verdad y para la mentira. Tu me dices, Señor, que por mis palabras seré juzgado, y serán ellas las que me justificarán o me condenarán…
Mi hablar con los hombres, más que diálogo, es casi siempre monólogo. Lo único que cuenta es lo que yo les digo. En realidad, hablo solo. Y el hablar solo, Señor, ¿no es el principio de la pérdida del juicio, de la locura? ¿Consistirá, acaso, la solución en retirarse al desierto, fuera del trato humano? No lo creo, Señor, en manera alguna.
Tú estás en los hombres para recibir todos los beneficios que yo les hago por amor. Pero no se limita solamente a esta tu presencia. Tú estas también en los hombres PARA HABLARME.
Es ahí, Señor, donde Tú me hablas a través de las palabras de los hombres, mis hermanos…, pero yo no te escucho. ¡Señor, enséñame a escuchar!
Guillermo Rovirosa (1961) Meditación en voz alta, Boletín 320





