Francisco Rey Alamillo
El 1 de diciembre de 1955, en Montgomery, Alabama, una mujer volvía a casa en autobús después del trabajo. Se llamaba Rosa Parks y tenía cuarenta y dos años. Aquella tarde hizo algo muy sencillo que cambió la historia: se quedó sentada.
Un país dividido por el color de la piel
En el sur de Estados Unidos la esclavitud ya estaba abolida, pero las leyes seguían separando a las personas según su raza. Los negros no podían compartir con los blancos cafeterías, escuelas, bibliotecas, parques ni transporte público. En los autobuses de Montgomery, las primeras filas eran para los blancos y las últimas para los negros. En medio había una zona con una regla humillante: si el autobús se llenaba, los negros sentados allí tenían que levantarse y dejar su sitio.
No era solo un asiento. Era una manera de decirle a una persona que valía menos.
Una mujer de fe
Rosa nació en 1913 y creció en una familia que la educó para que nunca se sintiera inferior a nadie. Lo recordó en una entrevista en 1995, diez años antes de su muerte: “Éramos seres humanos y debíamos ser tratados como tales, esa es la forma en que crecí y me educaron. Mi abuelo tenía las mismas ideas y junto con mi abuela, ambos nacieron antes de la emancipación y sufrieron mucho antes de que terminara la esclavitud”.
Aquella dignidad se alimentaba de la fe. Rosa creció rodeada de oración, y ella misma lo contó así: “Todos los días antes de la cena y antes de ir a los servicios religiosos de los domingos, mi abuela leía la Biblia para mí, y mi abuelo oraba. Aprendí a poner mi confianza en Dios y a buscarlo como toda mi fuerza”.
De la Biblia aprendió también que hay que defender a los oprimidos, igual que los hijos de Israel se presentaron ante el faraón. Para ella, la fe y la lucha por la justicia iban juntas. Solía llevar su Biblia consigo, y en los momentos difíciles la sacaba para leer y orar. Su vida no fue fácil. Dejó sus estudios para cuidar a su abuela y a su madre, que estaban enfermas, y trabajó como costurera. En 1943 se hizo secretaria de la NAACP de Montgomery, una asociación que defendía los derechos de las personas negras. Intentó inscribirse para votar y se lo negaron, una vez y otra. Allí conoció a otros luchadores por la igualdad, entre ellos un joven pastor llamado Martin Luther King, con quien llegó a tener una gran amistad.
El día en que no se levantó
Cuando subió un hombre blanco y no quedaron asientos libres, el conductor, James Blake, le ordenó que se levantara. Rosa dijo que no. El conductor llamó a la policía y la arrestaron y encarcelaron.
Años después, Hillary Clinton, entonces primera dama de Estados Unidos, escribió sobre aquel momento: «La acción de Rosa Parks aquel día fue, en sí misma, sencilla, pero requirió un valor extraordinario».
Durante años se contó que Rosa lo hizo porque estaba cansada. Ella lo corrigió siempre: “No estaba cansada físicamente. No era anciana. No, de lo único que estaba cansada era de ceder”.
Era el cansancio de una vida entera de callar y de apartarse. También era una decisión tomada con miedo y con fe: “Dios siempre me ha dado la fuerza para decir lo que es correcto. No me subí al autobús para ser arrestada; me subí al autobús para irme a casa. Ser arrestada fue uno de los peores días de mi vida. No fue una grata experiencia. Pero, como siempre he sido una fuerte creyente en Dios, sabía que Él estaría conmigo y que solo Él podría llevarme a dar el siguiente paso. Sabía que podría haber sido linchada, maltratada o golpeada cuando llegó la policía. Decidí no moverme, porque era lo correcto. Cuando tomé la decisión, supe que tenía la fuerza de Dios y de mis antepasados conmigo”.
Un pueblo entero se pone en marcha
Esa misma noche, la comunidad negra de Montgomery se enteró de lo ocurrido. Al día siguiente Rosa salió de la cárcel gracias a la fianza que pagaron dos amigos, Edgar Nixon y Clifford Durr. Cuatro días después, Martin Luther King, entonces un joven pastor poco conocido, habló en una iglesia ante cientos de personas. Dijo de ella que nadie podía dudar de su integridad, de su carácter ni de su compromiso cristiano. Y añadió que llega un momento en que la gente se cansa de ser pisoteada.
Nació así el boicot a los autobuses, que King lideró. Durante 382 días, unas cuarenta mil personas fueron al trabajo andando, en bicicleta o compartiendo coche, bajo el frío del invierno y el calor del verano. Las empresas de autobuses perdieron la mayor parte de sus ingresos. El mundo entero empezó a conocer la causa de los afroamericanos. El Tribunal Supremo declaró ilegal la segregación en el transporte público, y el 21 de diciembre de 1956 los autobuses de Montgomery quedaron abiertos para todos.
Conviene entender bien lo que pasó. Rosa Parks no inventó ella sola el movimiento por los derechos civiles. Lo explicó el propio King años después: “El arresto de la señora Parks fue el factor que precipitó la protesta, más que su causa. La causa tenía sus raíces en el historial de injusticias semejantes”. Miles de personas llevaban años sufriendo y combatiendo esa injusticia. El gesto de Rosa la hizo visible, y por eso todo un pueblo supo que había llegado el momento de actuar juntos.
El precio y el legado
Para Rosa y su marido, Raymond, el precio fue alto. Perdieron sus empleos, recibieron amenazas de muerte y tuvieron que mudarse a Detroit. Allí ella siguió trabajando por los derechos civiles durante décadas, sin buscar protagonismo.
Su ejemplo llegó muy lejos. En 1960, King escribió que “millones de personas negras de todo el país han adquirido un nuevo sentido de dignidad y destino gracias a la señora Parks, que inspiró un acontecimiento que, a su vez, las inspiró”.
También lo reconoció la familia King. En 1990, en una celebración pública de su cumpleaños, Coretta Scott King, viuda de Martin Luther King y activista por los derechos humanos, le dijo: “Tu fuerza inspiró a Martin y a todos nosotros a dar un paso al frente y hacernos presentes en la lucha por los derechos humanos fundamentales”.
Entre quienes se sintieron inspirados estaba John Lewis, un joven que después sería líder del movimiento y congresista. Lewis contó que la historia de Rosa Parks, de King y del boicot de Montgomery lo marcó para siempre: “Me dieron una salida. Me inspiraron a encontrar una manera de interponerme en el camino”. De ella aprendió algo que repetiría toda su vida: “Cuando ves algo que no está bien, que no es justo, que no es correcto, tienes la obligación moral de decir algo, de hacer algo, de levantarte”.
Con los años, Rosa recibió grandes honores, como la Medalla Presidencial de la Libertad en 1996 y la Medalla de Oro del Congreso en 1999. Ese mismo año, la revista TIME la incluyó entre las veinte personas más influyentes del siglo XX. Los autores del reportaje destacaron el contraste entre su aspecto humilde y la enorme fuerza de su gesto, que encendió un movimiento capaz de transformar Estados Unidos y de sacudir la segregación en todo el mundo.
Su fama cruzó fronteras. En 1990, Nelson Mandela visitó Detroit y encabezó a la multitud en una aclamación de su nombre. Tras su muerte, el congresista John Conyers recordó aquel momento y dijo que les hizo comprender que celebraban un fenómeno internacional: “Rosa Parks es mundial”.
Cuando se inauguró su estatua en el Capitolio, en 2013, el presidente Barack Obama dijo: “Rosa Parks no ocupaba ningún cargo electivo; no poseía ninguna fortuna ni vivía cerca de los centros formales del poder. Y, sin embargo, hoy ocupa el lugar que le corresponde entre quienes han marcado el rumbo de esta nació”.
El reverendo Jesse Jackson, líder de los derechos civiles, resumió con una imagen sencilla cómo un gesto había abierto el camino a los demás: “Rosa Parks se sentó para que Martin Luther King pudiera caminar; Martin Luther King caminó para que Obama pudiera correr; y Obama está corriendo para que todos nosotros podamos volar”.
Rosa murió el 24 de octubre de 2005, a los noventa y dos años. Su cuerpo fue velado en el Capitolio de Washington, y fue la primera mujer en recibir ese honor.
Lo que nos enseña
Rosa Parks no gritó, pero actuó desde la noviolencia. Se quedó quieta, con serenidad, y esa firmeza despertó la conciencia de todo un pueblo. Ella misma contó que no tenía idea de que se estaba haciendo historia. Costurera de oficio, sembró una pequeña semilla que cambió el mundo sin saberlo.
En el 60.º aniversario del boicot, Obama lo resumió así: “Rosa Parks nos recuerda que siempre hay algo que podemos hacer. Siempre está en nuestras manos hacer que Estados Unidos sea mejor”.
Su historia nos recuerda que la justicia necesita valientes, de personas corrientes que un día dicen «hasta aquí». Y que nadie lo hace del todo solo: ella se sintió acompañada por Dios, por sus antepasados y por una comunidad que caminó a su lado. Como dijo John Lewis: “Al sentarse, inspiró a muchos de nosotros a levantarnos”. Y como dijo Rosa Parks: “Cada persona debe vivir su vida como un modelo para otros”. “Sólo quiero que se me recuerde como una persona que quería ser libre”. “ Los recuerdos de nuestras vidas, de nuestras obras y nuestros actos continuarán en otros.”





