110 obispos de todo el mundo reclaman a la UE leyes de diligencia debida

Publicado en Alfa y Omega


La Alianza Internacional de ONG Católicas de Desarrollo (CIDSE) ha coordinado el lanzamiento de una declaración en la que obispos del tercer mundo y de Europa reclaman normativas para obligar a las empresas a asegurarse de que todo su proceso productivo (incluidas las fases que dependen de sus proveedores) respete los derechos humanos.

«Ahora más que nunca necesitamos leyes de diligencia debida obligatoria en las cadenas de suministros para frenar los abusos de las empresas y garantizar la solidaridad global». Lo afirman 110 obispos en un comunicado en el que reclaman que a nivel nacional, pero sobre todo internacional, se introduzcan medidas vinculantes que hagan a las empresas responsables por ley de asegurar el respeto a los derechos humanos a lo largo de todo su proceso de producción.

Esta reivindicación, puesta en marcha por la Alianza Internacional de ONG Católicas de Desarrollo (CIDSE), se lanza en un momento en el que el COVID-19 ha exacerbado la situación, aseguran los responsables. La crisis global desatada por la pandemia «ha sembrado el caos en las cadenas de suministro globales que unen las fábricas a través de las fronteras». Además, ha expuesto «nuestra dependencia de los trabajadores vulnerables que realizan trabajos esenciales en todo el mundo» al tiempo que carecen de protección social.

Sin una legislación adecuada, aseguran los obispos firmantes, no se impedirá a las empresas transnacionales llevar a cabo evasión fiscal, abusar de los derechos humanos, infringir las leyes laborales y destruir ecosistemas enteros. Estos abusos pueden ser cometidos por ellas o por sus proveedores.

Responsables de controlar a los proveedores

Lo que pretenden las leyes de diligencia debida obligatoria es que las empresas pongan todos los medios para asegurar que en cada paso del proceso productivo se respeten las leyes, los derechos humanos y el medio ambiente. Los prelados afirman que los intentos de hacer esto de forma voluntaria han fracasado, por lo que una legislación obligatoria es la única opción para proteger a las comunidades.

El comunicado se ha hecho público este lunes, pocos días después de que Alemania asumiera la presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea. Los promotores esperan que este semestre sirva para impulsar este tipo de legislación, del que el país germano se ha mostrado partidario, y para armonizar el mosaico actual.

La UE ya cuenta con algunas medidas en este sentido, como la regulación sobre suministro responsable de minerales de zonas de conflicto, que entrará en vigor en 2021. Pero entidades como la Fundación Alboán, el Instituto Popular de Capacitación de Colombia o German Watch criticaron hace meses que esta normativa no incluye las medidas suficientes ni contempla todos los riesgos.

Promesas de un pronto desarrollo

Didier Reynders, Comisionado de Justicia de la UE dio recientemente un paso en la dirección correcta al anunciar que la legislación de la UE sobre derechos humanos obligatorios y debida diligencia ambiental para las corporaciones se desarrollará pronto, como su contribución al Acuerdo Verde Europeo y en el contexto del plan de recuperación posterior a COVID-19 de la UE.

La declaración celebra esta muestra de buena voluntad y también llama a los líderes estatales a avanzar en la legislación vinculante a nivel de la ONU a través de la participación en el proceso actual para un Tratado de las Naciones Unidas sobre Derechos Humanos y Actividades Empresariales.

Denuncias desde los países de origen

Entre los obispos que firman el texto se encuentran los cardenales Jean-Claude Hollerich, presidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea (COMECE), y Charles Bo, arzobispo de Yangon, en Myanmar. Hace apenas unos días el cardenal Bo denunció públicamente «la total negligencia y arrogancias de empresas que siguen deshumanizando a los pobres del país» y que tienen, como consecuencia final, desastres como la muerte de 172 trabajadores informales que fueron sepultados por un corrimiento de tierra cuando recogían restos de jade.

Otros obispos, de países como la India, Uganda y Colombia, también han sido testigos de cómo sus comunidades se veían afectadas por las acciones de empresas transnacionales. Cuentan con el apoyo de los obispos de Europa (Austria, Bélgica, Francia, Alemania, Italia, Portugal, Suiza o Países Bajos) que se han sumado a la petición, subrayando la necesidad de que la UE asuma su responsabilidad. La declaración está abierta a nuevas adhesiones.

Josianne Gauthier, secretaria general de CIDSE, ha destacado cómo «me inspira ver a tantos representantes de la Iglesia hablando con una sola voz sobre el tema de la regulación corporativa, apuntalando el trabajo de muchas mujeres y hombres, muchos de ellos socios de CIDSE, cuya vida se dedica a la defensa de los derechos humanos y ambientales. Todos estamos interconectados y les debemos apoyar su lucha de cualquier manera que podamos».

Radio María: trabajo infantil

Entrevista en el programa Iglesia Viva, invitados por las Hermandades del trabajo en el marco del día mundial contra la esclavitud infantil el pasado 12 de junio. Debemos hacernos conscientes del drama de la esclavitud infantil, de nuestra complicidad en este crimen, pero también de nuestra responsabilidad. Cada una de las cifras lleva una persona detrás, concretamente un niño.

 

¡Mis padres me quieren curar la adolescencia!

Diego Velicia, psicólogo del COF Diocesano


Esa era la exclamación sorprendida de una chica de 15 años. Las quejas de sus padres no sonarán raras: el orden de la habitación, las relaciones con los hermanos, la responsabilidad en el estudio, la falta de comunicación con ellos… nada nuevo bajo el sol.
Pero la chica se sorprendía de que los padres quisieran hacer que las cosas no fueran así. Ella daba por supuesto que todo eso que hacía era consecuencia de tener 15 años y que, por tanto, no era necesario cambiarlo.

La actitud de los padres era preocupada, casi temerosa, de que esos comportamientos fueran agravándose en el futuro, y ya se imaginaban a su hija unos pocos años después, fracasada en los estudios, casi aislada del mundo y con síndrome de Diógenes.

La adolescencia es una etapa de la vida mitificada. Los chavales la ven como la etapa del disfrute y el riesgo, en la que el caos es lo normal y el orden lo extraño. Por eso mismo algunos padres la ven como el lugar ideal para que sus hijos se arruinen la vida y, por lo tanto, es la etapa que más les aterroriza.

Cuando uno tiene miedo, intenta aumentar el control. Pero en el caso de la adolescencia esto es contraevolutivo. Lo propio de la adolescencia es que haya menos control de los padres que en la infancia, no más. Aquí está el origen de muchos conflictos en esta etapa. Ante pequeñas dificultades del camino, o a veces sin que las haya, los padres afrontan su miedo a la adolescencia de los hijos aumentando el control sobre ellos. A lo cual ellos reaccionan rebelándose a ese mayor control, lo cual confirma el miedo de los padres y muchas veces les lleva a pensar que necesitan aún mayor control. Una espiral devastadora.

La clave de esa transición que es la adolescencia reside en dos preguntas que se plantean en esa edad y a las que todos respondemos con mayor o menor conciencia.

– ¿Quién soy?

– ¿Para qué estoy aquí?

La primera tiene que ver con mis formas de ser, mis limitaciones, mis virtudes y defectos, las influencias recibidas… La segunda se refiere a la orientación de la vida, los objetivos y el sentido de la misma. Son preguntas que siguen abiertas a lo largo de la vida, pero en esta etapa cobran mayor intensidad.

Dice el papa Francisco en el número 261 de Amoris Laetitia “la gran cuestión no es dónde está el hijo físicamente, con quién está en este momento, sino dónde está en un sentido existencial, dónde está posicionado desde el punto de vista de sus convicciones, de sus objetivos, de sus deseos, de su proyecto de vida” Si preguntamos a los padres y madres de adolescentes qué ha hecho su hijo el pasado fin de semana, es posible que muchos lo describan con claridad. Otros no tanto. Pero si les preguntamos cómo creen que se definirían sus hijos a sí mismos o a qué quieren dedicarse sus hijos en su vida (no sólo profesionalmente), es posible que el número de los padres que saben responder a esas preguntas sea menor o que la respuesta tenga mucho menor detalle. Podemos describir con rapidez sus vidas, con sus aciertos y sus errores, pero apenas sabemos cuáles son sus aspiraciones, sus metas.

Por eso es tan importante, al tiempo que nos preocupamos de sus estudios, el orden de su cuarto o sus relaciones sociales, que sepamos acompañarles en el camino de hacerse estas preguntas y responderlas conscientemente. Lo cual no quiere decir que se las respondamos nosotros. Una buena manera de crecer con ellos en esto es hacernos nosotros esas mismas preguntas, tratar de respondérnoslas y que ellos nos vean hacerlo.

Un famoso artículo de lectura obligada: por qué nuestro futuro depende de la lectura y la imaginación

Publicado por Javier Escribano en La voz del muro


Neil Gaiman, conocido autor de libros, cómics y cuentos del género fantástico (The Sandman, American Gods…) impartió en la Reading Agency de Londres, en 2013, una charla que se quedó en mucho más que una reflexión vaga…

Si tienes amigos matemáticos que te preguntan por qué leer ficción, dales este texto. Si tienes amigos que te convencen de que pronto todos los libros se convertirán en electrónicos, dales este texto. Si recuerda con calidez (o con horror) la nostalgia de ir a la biblioteca, lee este texto. Si tus hijos están creciendo, lee este texto con ellos, y si solo estás pensando qué y cómo leer con los niños, lee este texto.

Lo que sigue es una traducción editada de la charla, que puedes leer íntegra en The Guardian:


Es importante que la gente admita si tiene intereses. Yo voy a hablaros de la lectura, os voy a sugerir leer ficción, y os hablo de por qué las bibliotecas son importantes. Esto es una súplica apasionada para que la gente entienda lo que de verdad son las bibliotecas y bibliotecarios, y por qué debemos preservarlos.

Y tengo mis intereses, obviamente: soy un autor, normalmente de ficción. Escribo para niños y adultos. Durante 30 años me he ganado la vida con las palabras, generalmente inventándome cosas y escribiéndolas. Obviamente me interesa que la gente lea, que las bibliotecas existan y que se expanda el amor por la lectura.

Por eso soy parcial como escritor. Pero soy mucho, mucho más parcial como lector.

Estando en Nueva York, oí hablar sobre la construcción de las cárceles privadas (un industria en alza en Estados Unidos). Necesitan planificar su crecimiento, cosas como cuántas celdas necesitarán o cuántos prisioneros tendrán de aquí a 15 años. Y se dieron cuenta que podían predecirlo muy fácilmente, con un simple algoritmo, basado en el porcentaje de niños de 10 y 11 años que no podían leer. Y mucho menos leer por placer.

No es una escala 1:1, no puedes decir que una sociedad culta no tiene criminalidad. Pero hay correlaciones reales. Y una de esas, la más simple, es que la gente culta lee ficción.

Las personas cultas leen ficción (y cómo hacer que la lean tus hijos)

La ficción tiene dos propósitos

Lo primero, es una puerta de entrada a la lectura

El deseo de saber qué ocurre después, de pasar la página, la necesidad de seguir leyendo incluso aunque sea duro, porque alguien tiene problemas y tienes que saber cómo va a terminar… es un deseo muy real. Descubres que leer, por sí mismo, es placentero.

Una vez que lo aprendes, ya estás listo para leer cualquier cosa. Y leer es la clave. Se hablaba hace unos años sobre la idea de que vivíamos en un mundo post-literario, en el que la habilidad de crear sentido con la palabra escrita era algo redundante, pero esos días pasaron. Las palabras son más importantes que nunca.

La forma más fácil de asegurarnos de que criamos a niños cultos es enseñándoles a leer, y mostrarles que es una actividad placentera. Y es tan sencillo como darles libros que disfruten.

No creo que haya libro infantil malo. De vez en cuando algunos adultos han declarado que autores de libros infantiles, como Enid Blyton o RL Stine, son malos; o que los cómics fomentan la incultura. Son tonterías. Si hay un niño al que le interese, el autor no es malo, pues cada niño es diferente. Una idea trillada y tópica no lo es para ellos. Es la primera vez que se la ha encontrado.

No desanimemos a los niños porque creemos que están leyendo ficción mala: la ficción que no te gusta es un camino a encontrar otros libros. Y no todos tienen los mismos gustos. Adultos bienintencionados pueden destruir fácilmente el amor de la lectura por los libros: si le quitas lo que les gusta y les das libros «dignos pero aburridos», acabarás con una generación convencida de que leer es desagradable.

Tenemos que hacer que los niños se suban a la escalera de lectura: cualquier cosa que lean les hará subir peldaño a peldaño (pero no hagáis como yo, que traumaticé a mi hija de 11 años, aficionada a RL Stine, con una copia de Carrie. Aún me fulmina con la mirada cuando escucha el nombre de Stephen King).

La segunda cosa que hace la ficción es generar empatía.

Cuando ves una serie o una película, estás viendo cosas que le pasan a otras personas. La prosa es algo que construyes con solo 26 letras y algunos signos de puntuación, y tú, solo tú, usando la información, creas un mundo a través de tus ojos. Llegas a sentir y ver cosas que no podría de otra forma. Pasas a ser otra persona, y cuando regresas a tu mundo, algo en ti ha cambiado. La empatía es una herramienta que nos permite funcionar como algo más que individuos centrados en sí mismo.

Leer también te enseña otra cosa importantísima de cara a abrirte camino en el mundo: las cosas no tienen por qué ser siempre así, pueden ser diferentes.

En 2007 estuve en una convención de ciencia-ficción y fantasía en China. Ese género había estado desacreditado en el país durante mucho tiempo, así que le pregunté a uno de los organizadores qué había cambiado. «Es simple», me dijo. Los chinos eran brillantes haciendo cosas si otras personas les daban las instrucciones. Pero no innovaban, no creaban. Así que mandaron una delegación a EE UU, a Apple, Microsoft, Google, y hablaron con la gente que estaba inventando el futuro. Resultó que todos ellos habían leído ciencia ficción de pequeños.

La ficción puede mostrarte un mundo diferente. Una vez que has visitado otros mundos, nunca más puedes estar plenamente satisfecho del mundo en el que creciste. La insatisfacción es algo positivo, pues hace que la gente quiera cambiar y mejorar mundo.

Y ya que estamos, quisiera decir algo sobre el escapismo. He escuchado el término como algo peyorativo, como si la ficción «escapista» fuese un opio barato, y que la única ficción que merece la pena, tanto para adultos como para niños, es aquella que refleja lo peor del mundo en el que vive el lector.

Si estuvieras atrapado en una situación difícil, en un lugar desagradable, con gente que te quiere hacer daño, y alguien te ofreciese un escape temporal, ¿por qué no lo aceptarías? La ficción escapista te da justo eso, te abre la puerta a un lugar en el que tienes el control absoluto, con gente con la que quieres estar (y no lo dudéis, los libros son lugares reales). Y lo más importante, en tu escape, los libros te dan conocimiento sobre el mundo, te dan armas y armaduras: conocimiento y habilidades que puedes usar cuando regreses a tu prisión.

Como dijo JRR Tolkien, los únicos que se oponen al escapismo son los carceleros.

El papel de las bibliotecas y por qué debemos protegerlas

Otra cosa que destroza la pasión de un niño por la lectura es cuando no tienen ningún libro alrededor. Yo tuve suerte: había una excelente biblioteca local donde crecí. Tenía la clase de padres que podías persuadir para que me dejaran en la biblioteca de camino al trabajo durante las vacaciones, y la clase de bibliotecarios que no les importaba recibir todos los días a un niño pequeño y solo, buscando libros con fantasmas, magia o cohetes, buscando vampiros, detectives o brujas. Y cuando me terminé la sección infantil empecé con la de adultos.

Eran buenos bibliotecarios, les gustaban los libros y que los libros fueran leídos. No mostraban ningún esnobismo por las cosas que leían, sencillamente les gustaba que ahí estuviese este niño ojiplático al que le encantaba leer, y al que podías hablarle de libros o darle recomendaciones. Me trataron como a cualquier otro lector, ni más ni menos, algo a lo que no estaba acostumbrado con ocho años.

Las bibliotecas son sinónimo de libertad. Libertad de leer, de pensar, de comunicar. Son sinónimo de educación (el cual no es un proceso que se termina el día que sales del colegio o la universidad), de entretenimiento,de crear refugios, y también de acceder a la información.

Me preocupa que el siglo XXI la gente no entienda para qué están las bibliotecas y su propósito. Si piensas en las bibliotecas como una estantería de libros, quizá te parezca anticuado en un mundo en el que casi todos (pero no todos) los libros existen en en formato digital. Pero eso sería verlo de forma equivocada.

Durante toda la historia de la humanidad, hemos tenido escasez de información, y tener acceso a ella tenía un gran valor: cuándo plantar los cultivos, dónde encontrar cosas, mapas e historias…

En los últimos años, hemos pasado de una economía con escasez de información a una inundada por su exceso. Según Eric Schmidt de Google, cada dos días la raza humana crea la misma cantidad de información que la que había desde el origen de la civilización hasta 2003. El desafío ha pasado de buscar el único brote del desierto a buscar una planta específica en la jungla. Necesitamos ayuda al navegar entre tanta información para encontrar lo que necesitamos.

Los libros son solo la punta del iceberg de lo que ofrecen las bibliotecas. También son lugares para que gente que quizá no tenga ordenadores pueda acceder a internet sin pagar, algo muy importante para, por ejemplo, buscar trabajo. Los bibliotecarios pueden ayudar a esa gente a navegar por el mundo.

Protegiendo las bibliotecas, protegemos nuestro futuro

No creo que todos los libros deban migrar a las pantallas. Como dijo Douglas Adams muchos años antes de la llegada del Kindle, un libro en papel es como un tiburón. Los tiburones son antiguos, están desde antes de los dinosaurios, y la razón por la que sigan aquí es porque los tiburones son los mejores siendo tiburones que cualquier otra animal. Los libros son sólidos, resistentes, encajan bien en tu mano: son mejores siendo libros que cualquier otra cosa, y siempre tendrán su lugar.

Las bibliotecas son las puertas del futuro. Por eso es triste que, por todo el mundo, las autoridades vean la oportunidad de ahorrar dinero cerrando bibliotecas, sin darse cuenta de que están robando del futuro para pagar hoy. Están cerrando las puertas que deberían estar abriendo.

Según un estudio, Inglaterra es el único país donde el segmento de edad más avanzada tiene más competencias en números y letras que los más jóvenes, habiendo considerado otros factores como el género o condiciones socioeconómicas.

En otras palabras: nuestros hijos y nietos son menos cultos que nosotros. Tienen menos habilidad para moverse por el mundo, para resolver problemas, se les puede mentir más fácilmente, serán más incapaces de cambiar el mundo.

Esenciales pero discriminados

Texto: Maribel Izcue, Nicolás Castellano, Agus Morales y Xavier Aldekoa.
Fotografía: Pablo Tosco y Anna Surinyach.
Publicado en Revista5w


“Silencio, ¡temporeros durmiendo en la calle!”.

Los balcones muestran esta pancarta en una calle del casco antiguo de Lleida el 23 de mayo. Debajo, en unos tablones de madera de un edificio que aloja un coworking ahora cerrado, se apilan maletas de colores, cables de móvil, cartones, mantas. Aquí duermen las personas que han venido a recoger la cereza, muchas en situación de irregularidad administrativa.

Es una de las imágenes que nos deja el estado de alarma en España: decenas de personas que llegaron a trabajar en el campo se hallaban, en plena pandemia, durmiendo en la calle. Muchos ni siquiera pueden trabajar: en las fincas se necesita que recojan la cereza, pero los que están en situación irregular se resignan a esperar alguna peonada que obviamente se pagará sin contrato.

LA LEY DE EXTRANJERÍA

En España “sin papeles no hay trabajo y sin trabajo no hay papeles”, repite Mikel Mazkiaran, de SOS Racismo Euskadi, un veterano en la lucha por los derechos de las personas migrantes. La pandemia ha sacado a relucir las vergüenzas del sistema migratorio español cuando se van a cumplir 35 años de la aprobación de la primera ley “sobre derechos y libertades de los extranjeros” que se puso en marcha en España. Desde entonces, las distintas normas en esta materia excluyen a miles de personas del acceso a derechos fundamentales.

Toda esta argamasa legal ha hecho cada vez más alto el muro de la burocracia, que se sigue cimentando en los tres mismos ejes: la obsesión por el control de fronteras, la concepción de la persona migrada casi exclusivamente como trabajador y la insistencia en crear un sistema sancionador, con la amenaza perpetua de expulsión.

Son dos décadas con pocas modificaciones a la última ley de extranjería, del año 2000, a pesar de coincidir con uno de los períodos con más migraciones en el planeta desde la Segunda Guerra Mundial y con la mayor llegada a España de extranjeros. Durante este periodo se ha impuesto el criterio utilitarista, pero ni siquiera eso ha animado al Gobierno español actual a aprobar una regularización, tal y como reclaman más de mil entidades.

EN EL CAMPO

—Hay gente que siempre dice: “¡Viva España!”. Viva España hay que decirlo aquí, en el campo.

Mamadou es trabajador del campo y activista. Su voz se oye cada vez más fuerte: varios de sus vídeos contra el racismo y para reivindicar los derechos de los inmigrantes se han hecho virales. Ha sido mantero, ha trabajado en la fresa de Huelva, en los campos de Jaén. Ahora está en Lleida trabajando y luchando para que los compañeros que duermen en la calle consigan un techo.

Nos sentamos con él en unos escalones de una calle aledaña al edificio de las pancartas que piden silencio para que los temporeros puedan dormir. Lleva un gorro verdiblanco, una camisa rosa, unos vaqueros. Serigne dice que tenía miedo la primera vez que grabó un vídeo. La primera vez que habló sobre su situación, sobre la de los trabajadores del campo. Dice que ya no tiene miedo. Dice que no parará. Sabe que muchos de sus compañeros, sobre todo los que no tienen papeles, no alzan la voz porque se sienten vulnerables. Muchos le dieron las gracias por decir lo que ellos sentían. Y eso lo anima a seguir.

Serigne Mamadou no quiere callarse.

—Lo hago por la gente que no ha tenido voz, para que finalmente pueda hablar, pueda denunciar. La gente tiene miedo, ya sea por estar en el campo, por la violencia, por el abuso institucional… Ahora tenemos que apoyarles para que también denuncien lo que pasa.

El campo necesita más mano de obra que nunca. Con la pandemia se ha intentado atraer a trabajadores que se han quedado en el paro, pero el intento de que la población local recogiera la cereza, según nos confirman payeses de la zona, ha sido en vano.

—Ahora los agricultores están llamando a la gente para que trabaje y nadie está presente —dice Mamadou en alusión a un campo necesitado de mano de obra, más aún en medio de la pandemia—. Nosotros vamos a estar en primera fila para dar la cara y daros de comer.

Hoy es 22 de mayo: han pasado unos días desde que hiciera un directo de Instagram con el actor Paco León. Serigne Mamadou tuvo que abandonar la conversación cuando se emocionó mientras describía la situación de los inmigrantes. Está ahora centrado en esa batalla: busca aliados para que más gente entienda el racismo que sufren.

—Cuando llegamos a Lleida no había lugares de alquiler, nadie nos quería alquilar —explica—. Fuimos al Ayuntamiento a protestar, éramos pocas personas. Distancia social, mascarilla y todo. Nos llamó la policía, nos detuvieron y nos denunciaron.

Las reiteradas promesas de encontrar alojamiento para todos han sido incumplidas, se queja. Están intentando hallar una solución.

Serigne interrumpe la charla varias veces: debe atender el teléfono. La última llamada es de alguien especial: lo notamos porque nos hace señas. Es Keita Baldé, futbolista del A.S. Mónaco. Serigne le explica la situación. Keita le dice que del alojamiento no se deben preocupar, que él se va a encargar de ello. Quedan en que lo hablarán en un directo de Instagram que harán de aquí a dos días. Serigne sonríe. Está convencido de que Keita cumplirá su promesa.

Tenemos un corro a nuestro alrededor. Hay un joven que quiere hablar. Se llama Ousmane Diouf: nació en Senegal y llegó a España en 2018 en patera. Es trabajador del campo. Pero no tiene papeles.

—Ahora cumplo 24 años y tengo muchas ganas de trabajar, pero no tengo permiso de residencia… Mira, en esta calle hay muchos jóvenes que quieren trabajo.

Dice Ousmane que sus padres, que viven en Senegal, están preocupados por el impacto de la pandemia en España.

—Yo les digo: “¡Tú tranquilo! No tengo ningún problema. Estoy bien, luchando…”. A mí me gusta estar aquí, pero la única cosa que quiero decir es que hay que ayudar a la gente para que tenga papeles.

Una de las activistas más vocales, desde hace años, en la defensa de los derechos de los temporeros en Lleida es Nogay Ndiaye, de la Plataforma Fruita amb Justícia Social. Ndiaye avisa de que es un problema estructural, con o sin pandemia.

—Las entidades implicadas hemos estado haciendo reuniones [con el Ayuntamiento] desde septiembre-octubre del año pasado. Hicimos propuestas. Habían presupuestado incluso unos bungalós para hacer pequeños alojamientos de dos o tres personas por bungaló. Llegamos a febrero, última reunión, llega la pandemia… y todo desaparece.

Ndiaye se muestra muy crítica con el Ayuntamiento, tradicionalmente socialista pero en manos de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) desde el año pasado. ERC se había mostrado indignada por la situación de los temporeros, pero la solución no ha llegado, lamenta Ndiaye.

—Les ha venido perfecto esto de la pandemia para tener la excusa.

Son dinámicas enquistadas, según Ndiaye, cuyo marco general es la ley de extranjería, que tiene un impacto directo en el campo.

—Es un sistema racista que oprime a los débiles, y los más débiles son los inmigrantes. Dependen de la ley de extranjería —dice Ndiaye—. Muchas de las personas que están en el centro histórico de Lleida tienen papeles y duermen en la calle igualmente porque no se está cumpliendo el convenio, pero hay otras que están en ese periodo de tres años en el que tienen que sobrevivir [sin documentación] y no tienen ningún ingreso. Van haciendo las campañas. Hay momentos en que hay picos grandes y no tienen suficientes trabajadores, y cogen a 25 más. Estos 25 están indocumentados y los tienen una semana.

Poco después de estas conversaciones, el futbolista Keita Baldé cumplió su promesa: alquiló un edificio entero para alojar a 90 personas que estaban en la calle. Es un inmueble que se ha tenido que acondicionar: varios hoteles y otro tipo de alojamientos rechazaron acoger a los temporeros pese a que Baldé lo pagaba, según denunció Ndiaye.

Un futbolista supliendo la labor de las administraciones.

HISTORIA DE LAS REGULARIZACIONES

En España las regularizaciones han sido aprobadas por Gobiernos de distinto signo ideológico: tanto del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) como del Partido Popular (PP). Incluso el dictador Francisco Franco hizo una. Las Cortes franquistas aprobaron el 14 de febrero de 1974 un decreto que permitió la regularización de 11.000 ciudadanos extranjeros, según el archivo personal sobre normativa de extranjería que atesora el abogado José Luis Rodríguez Candela. Hay que remontarse a 1852 para encontrar el primer real decreto de extranjería aprobado en España, según otro trabajo de documentación de Mazkiaran.

Rodríguez Candela, miembro de la Asociación de Abogados Extranjeristas, destaca las enormes diferencias de las seis regularizaciones que se han puesto en marcha en España desde que se creó la ley de extranjería en 1985, que han permitido que un total de 1.124.241 personas hayan accedido a un permiso de residencia desde 1986 a 2004.

La primera “regularización colectiva” de extranjeros en España surgió en 1986 con el reglamento que desarrollaba la primera ley, y permitió a 38.181 personas acceder a un permiso de residencia. El 7 junio de 1991 se produjo el único proceso que se llamó “regularización” como tal, y que incluyó a 109.137 personas. En 1996 llegó la de José María Aznar: 21.283 personas obtuvieron el permiso. El PP haría otras dos más: en 2000, coincidiendo con la puesta en marcha de la nueva ley de extranjería (150.000 regularizados) y en 2001 vía reglamento (232.679 más).

La última, la llamada “normalización”, vino en 2005 de la mano de José Luis Rodríguez Zapatero, que hizo que 572.961 personas accedieran a la residencia. Con ese último real decreto de 2005 se introdujo la vía del arraigo como figura para obtener un permiso de residencia en España, en virtud del cual se deben demostrar tres años de residencia en el país, tener una oferta de trabajo y acreditar la ausencia de antecedentes penales. Esta sigue siendo casi la única salida a la irregularidad administrativa en España.

El Gobierno español actual, integrado por PSOE y Podemos, no ha hecho efectiva una regularización en medio de la pandemia. Para presionar al Ejecutivo, se ha puesto como ejemplos a Italia y Portugal, aunque sus medidas han sido limitadas: en Italia, la regularización solo incluye el sector agrario y mientras dure el estado de excepción; en Portugal, es específica para los que tenían ya en marcha algún proceso de tramitación previo a la pandemia.

La medida más importante que ha tomado España en la materia es la concesión de dos años de permiso de trabajo para los jóvenes extutelados de entre 18 y 21 años, que llegaron a España siendo menores, la mayoría en pateras, y que han estado trabajando en el campo durante este estado de alarma en la recolección, sobre todo de los frutos rojos en Huelva. Según fuentes de la Secretaría de Estado de Migraciones, son menos de 300 los que se han acogido a esta medida. Un número bajo teniendo en cuenta que el Estado tiene registrados a 11.000 menores, a los cuales el Gobierno también permite trabajar una vez cumplidos los 16 años.

“Hemos perdido una oportunidad para los extranjeros y para el país, pero tal y como está de tensionado el Parlamento español, parece poco probable que prospere cualquier intento de plantear una regularización o una reforma ambiciosa de la ley de extranjería por el miedo a VOX”, sostiene una experta implicada en mecanismos oficiales de protección de los derechos de los ciudadanos extranjeros, que pide el anonimato.

El contexto actual no es el de 2005, cuando la mayoría de las personas regularizadas eran trabajadoras del hogar, de la hostelería, la construcción, el sector servicios y unos pocos del campo. Hasta los profesionales extracomunitarios más demandados en la pandemia, los sanitarios, han seguido estrellándose contra el muro de la burocracia para conseguir ejercer por fin sus oficios en España. Médicas y enfermeros que tardan años normalmente en homologar sus títulos vieron cómo el Gobierno les abría una ventana rápida en la pandemia, pero menos de 350 pudieron culminar el proceso hasta que la administración española volvió a cerrarlo.

CUIDADORAS

El tono de llamada suena varias veces antes de que una voz femenina conteste al otro lado de la línea.

—¿Hola?

La respuesta se oye entrecortada: es un problema de cobertura, no de distancia. Estamos en la misma ciudad y nos separan solo unos pocos kilómetros, pero son infranqueables para ella. No es solo el estado de alarma, que a mediados de mayo aún restringe nuestros movimientos. Desde el 15 de marzo, Margarita no puede abandonar el apartamento en el que se encuentra para regresar a su casa, hacer ejercicio o ir al médico, a riesgo de perder su empleo.

Margarita no se llama Margarita, pero ese es el nombre que prefiere que le demos para evitar problemas en su trabajo, ese que le impide salir de casa. Ronda los 50 años y es auxiliar de enfermería; en su Colombia natal trabajaba en un centro sanitario.

—Y por un futuro mejor y esas cosas, una de pronto se viene acá.

Llegó a España hace más de dos años y estuvo cuidando a una anciana en su casa hasta que la trasladaron a una residencia; luego consiguió empleo asistiendo a una pareja nonagenaria de nueve de la noche a nueve de la mañana. Estaba contenta con su trabajo, dice, porque tenía el día para moverse, para “hacer otras cosas, otras exigencias; pero resulta que ahora no”.

Resulta que ahora no, porque llegó la pandemia y, con ella, la mayor sacudida social en años. En los momentos más críticos los focos se volvieron hacia los hospitales, hacia las residencias de ancianos, hacia el extraordinario esfuerzo del sector sanitario. Mientras tanto, en el interior de sus viviendas, muchos ancianos solos y dependientes eran cuidados por personas como Margarita: sin una situación administrativa regular, sin contrato, sin material de protección en condiciones, sin margen para reclamar mejoras si no quería perder el trabajo. Ella cobraba 750 euros al mes por cuidar al matrimonio todas las noches de la semana. Pero con la pandemia llegó el cambio.

—Como son personas mayores, su hijo me dijo: “Yo necesito una persona que se quede”. Y yo le dije, ¿que se quede cómo? “Que se quede. Si eres tú, no puedes entrar ni salir”. ¿Y qué voy a hacer en este caso? Pues quedarme.

Sus horas aumentaron, el sueldo no. Desde mediados de marzo tuvo que permanecer las 24 horas del día en la casa, volcada en los cuidados, y solo la última semana de mayo comenzó a salir unas horas los sábados y domingos.

Aquel fue el primer vuelco. El segundo, cuando el abuelo al que cuidaba enfermó mostrando todos los síntomas de la COVID-19. Llamaron a la ambulancia y fue trasladado al hospital, donde le hicieron la prueba: positivo. El anciano murió por coronavirus a mediados de abril.

—Júralo que yo tuve una depresión. Dios mío, qué hago. Ahora a esta casa no viene nadie.

Margarita pone énfasis en nadie, como si estirase la palabra hasta partirla en dos: na-die. En el apartamento conviven ahora la anciana, recién enviudada, y ella. Antes, dice, dos empleados del servicio de atención domiciliaria municipal acudían a prestar asistencia durante el día, pero cuando les informaron de que en esa casa había habido un fallecido por coronavirus, dejaron de hacerlo.

—Se espantaron. No volvieron. Para mí esto ha sido estresante, estaba súper estresada. Entiéndeme. Me duele todo, me duele la espalda, me duelen las piernas. Me siento… Me sentí tan mal que lo que hice fue arrodillarme y llorar.

Al conocer que el abuelo era positivo, Margarita contactó con el ambulatorio. Le dijeron que mientras ni ella ni la abuela mostraran síntomas, no les harían el test. Que se tomaran la temperatura varias veces al día y, en caso de que tuvieran fiebre, les avisaran. Al otro lado del teléfono la voz de esta auxiliar de enfermería no oculta su enfado por la incertidumbre, porque al haber estado en estrecho contacto con un positivo por coronavirus, tanto a la abuela como a ella deberían hacerles las pruebas, dice.

—Yo he escuchado que a futbolistas sí se lo han hecho… ¡Esto es un caso prioritario, creo yo!

Hasta ahora, ninguna de las dos ha tenido síntomas. Margarita ha recibido material de protección —mascarillas, guantes, gel hidroalcohólico— de la asociación de mujeres migrantes a la que pertenece, y extrema las precauciones cuando tiene que salir a comprar “por ejemplo en la farmacia, o algunas cosas de la casa, los pañales [de la anciana], los medicamentos, la leche, cosas así”.

La abuela, con algunos síntomas de demencia, a menudo no termina de entender la situación, pero sí es consciente de que su marido ya no está. Y también de que ya no puede salir a la calle.

—Ahora dice que de la casa solo la van a sacar con los pies para delante; a mí me afecta.

En esta situación, ¿ha tenido posibilidad de renegociar sus condiciones laborales?

—Yo la otra vez le hablé de un contrato a la familia. Se quedaron mudos, o más bien se pusieron como molestos. Así que no les he vuelto a insistir. ¿Por qué? Porque me quedo sin trabajo. Y así estamos muchas compañeras, muchísimas.

Sin vacaciones —excepto una ocasión en la que los familiares se llevaron al matrimonio de veraneo un par de semanas, en las que suspendieron el sueldo de Margarita—, sin bajas, sin salario mínimo, sin horas extra, sin protección más allá de las redes de solidaridad tejidas entre las propias compañeras. Cuando Margarita planteó la posibilidad de que, aunque fuera sin contrato, le subieran el sueldo por estar como interna por el coronavirus, con una anciana dependiente a la que “hay que hacerle todo”, los familiares alegaron su propia falta de recursos.

Ella tiene claro que la causa de la desprotección en la que se encuentra radica en su situación administrativa irregular, pero responde rápido si alguien apunta a que no tiene documentos.

—Como soy una extranjera, supuestamente no tengo documentos. Yo documentos sí tengo; que no tenga una identidad española es diferente. “¡Pero no, eres indocumentada!”, dicen. Yo no soy ninguna indocumentada. Yo tengo mi pasaporte que reza mi nombre. Como que ni supiera de dónde soy y de dónde vengo. Con esa cuestión la gente quiere… Como una tiene necesidad, vamos a llamarla así, tienes tu familia allá y tienes que mantenerte aquí…

Su voz se queda colgada en el vacío. Tras un momento, continúa.

—Una viene con metas, con sueños. Somos personas profesionales que queremos salir adelante. Nos encontramos con esa frustración aquí.

Habla de compañeras a las que han despedido de la noche a la mañana, “así como bota uno la basura”, y que se han quedado en la calle por no poder pagar la habitación en la que vivían; o de los sueldos de entre 400 y 500 euros al mes que, antes de la pandemia, cobraban algunas por deslomarse en jornadas diarias de más de ocho horas. Ninguna de las compañeras que menciona llega, ni de lejos, al salario mínimo interprofesional, que establece, por 40 horas semanales, 950 euros brutos mensuales con 14 pagas y 30 días de vacaciones al año; o, en caso de un contrato por horas, un mínimo de 7 euros la hora. Todas las reclamaciones de Margarita se condensan en una sola: un decreto que regularice su situación.

—Lo que yo veo es que nunca nos han tomado en cuenta a nosotras, las mujeres trabajadoras del hogar, sabiendo que la sociedad española se beneficia de nosotras. Si vamos y hacemos un salto de casa por casa, se encuentran puras extranjeras trabajando y haciendo el cuidado del hogar.

En España hay unas 400.000 personas dadas de alta en la Seguridad Social como empleadas del hogar. La última Encuesta de Población Activa indicaba por su parte unas 600.000 personas ocupadas en este sector. El cruce de ambas cifras apuntaría a que una de cada tres trabajaría en la economía sumergida. De las afiliadas, un 95% son mujeres y el 42% son extranjeras. Pese a cotizar en la Seguridad Social, lo hacen en un régimen especial que no contempla subsidio de paro. Un estudio de 2018 de Oxfam Intermón y la Universidad Carlos III de Madrid cifraba a su vez en más de 630.000 las personas que se dedican al trabajo del hogar en España y apuntaba a que la mayoría, un 57%, son mujeres migrantes.

—Las cuidadoras de domicilios privados se consideraron esenciales mediante el Real Decreto [el Real Decreto-Ley 10/2020 del 29 de marzo]. Esenciales, pero no tienen los mismos derechos que el resto de trabajadores considerados esenciales, ni para acogerse a un ERTE, ni para acogerse a prestación: muchas no están dadas de alta en la seguridad social.

Habla la hondureña Carmen Juares, una de las fundadoras de la Asociación de Mujeres Migrantes Diversas, red integrada por unas 400 trabajadoras del hogar y de los cuidados en Cataluña. En medio de la crisis por el coronavirus, el grupo de WhatsApp que comparten estas trabajadoras echa humo con relatos de situaciones sangrantes. Las más habituales son aumentos de jornadas por el mismo salario, dice, y despidos de la noche a la mañana sin ningún tipo de indemnización. Solamente tres de las 400 mujeres de la asociación pudieron pasar el confinamiento en sus casas sin que los empleadores le retiraran el sueldo. Tres de 400, insiste Carmen con una mezcla de enfado y frustración.

Muchas otras, continúa, se han jugado su salud por falta de recursos y material de protección, como la trabajadora que de madrugada tuvo que acompañar a urgencias al abuelo que cuidaba. El hombre dio positivo por coronavirus, pero era el pico de la pandemia y, con los servicios sanitarios saturados, del hospital lo devolvieron a casa. La cuidadora lo comunicó a los familiares, pero estos le negaron de forma rotunda guantes y mascarillas alegando que se los tenía que comprar ella con su dinero, “ya que formaba parte del desarrollo de su trabajo”. Con un sueldo de 700 euros al mes como interna seis días a la semana y un hijo en su país de origen, no disponía de efectivo. “A los días nos llamó, que estaba con tos y fiebre alta”. Cuando explicó a los familiares que parecía haberse contagiado con el virus, “la respuesta fue que si quería seguir trabajando que lo hiciera, pero que cuando ya no pudiera lo comunicara y buscarían a otra persona”. Aquello era sinónimo de quedarse en la calle. “Lleva trabajando allí dos años y está en proceso de regularización. Es aquello que la ley de extranjería te obliga a aceptar”.

Este caso ocurrió al inicio de la pandemia. Poco después, la asociación comenzó a recibir donaciones de material y pudo repartirlo entre las trabajadoras en situaciones de mayor riesgo. También han abierto una colecta solidaria para poder respaldar a aquellas a las que la emergencia del coronavirus ha dejado sin ingresos, en ocasiones sin techo, y a menudo con menores a los que mantener. La situación se repite en todo el país: las asociaciones creadas por las propias trabajadoras son, para muchas, el único colchón para hacer frente a la pobreza.

Carmen Juares insiste en que para resolver el problema estructural del sector hay que hacer una labor pedagógica y de sensibilización que desemboque en la regularización de las migrantes, en contratos, en un cambio de mentalidad de la sociedad.

—Se dice: “Le pago a la chica para que venga unas horitas…”. No, no. No es la chica, es una persona trabajadora con nombres y apellidos. Muchas tienen formación, son profesionales del cuidado. Pero se las ve como la chica y no como una relación laboral.

Incluso en sectores de la sociedad que se consideran feministas y progresistas, añade, está normalizado el hecho de emplear a una cuidadora en condiciones precarias.

—Hay mujeres que sí, han roto el techo de cristal, pero mientras otras estaban recogiendo los vidrios. Tenemos tan interiorizado el papel de las personas de origen migrante, que no nos preguntamos por sus necesidades.

VIDAS INVISIBLES

En las estadísticas oficiales constan 5.663.348 residentes extranjeros en España. La mayoría (unos 3,4 millones) son del régimen comunitario, sobre todo de Reino Unido, Italia y Rumanía, y 2,2 millones son extracomunitarios, con Marruecos, China y Ecuador a la cabeza. Pero es interesante fijarse en un dato: más de 1,8 millones se consolidaron como residentes de larga duración, es decir, el 85,5% de todos los residentes extracomunitarios regulares en España.

Solo en 2019, más de 400.000 personas consiguieron diversos tipos de permisos de residencia en España. De ellos, según consta en las estadísticas de la secretaría de Estado de Migraciones, 38.567 lo lograron por la vía del arraigo y 39.249 por las llamadas “razones humanitarias o excepcionales”.

¿Qué pasa con quienes están en situación de irregularidad administrativa? ¿Qué pasa con quienes no están en las estadísticas? Los colectivos que piden una regularización estiman que esta beneficiaría a 600.000 personas, pero las fuentes especializadas en migración consultadas para este reportaje aseguran que este dato es imposible de calcular.

En el conjunto de Europa las estimaciones de estos trabajadores invisibles ascienden a entre 8 y 10 millones. Pero son solo estimaciones. Los que malviven en las chabolas de Lepe, los que están a la intemperie en Lleida o las trabajadoras que han pasado la pandemia cuidando de los mayores en sus casas no aparecen en ninguna estadística. No forman parte de los 272 millones de personas que tienen la etiqueta de migrantes en el mundo, según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), porque la ley las borra del mapa.

La pandemia ha logrado lo que las oenegés tanto habían reclamado durante años: el cierre de todos los Centros de Internamiento de España, los polémicos CIE, aunque Interior asegura que se trata de una medida temporal y que volverán a abrir sus puertas. Sin embargo,1.700 personas han estado encerradas, hacinadas y forzadas a incumplir todas las recomendaciones sobre el confinamiento en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla, donde más de 200 niños y mujeres, muchas en situación vulnerable, han llegado a compartir un espacio ideado inicialmente para solo 600 plazas en medio de una pandemia global. La mayoría son solicitantes de asilo de Yemen, Siria, Túnez o Marruecos, a los que Interior vulnera su libre circulación por el territorio español una vez piden protección.

TIEMPOS DIFÍCILES

Malang Fatty lleva los auriculares puestos pero no escucha nada. Mira la pantalla del móvil y se whatsappea con un amigo, le pregunta qué tal, qué haces. Su rictus no cambia durante la conversación, así que es imposible adivinar el tono de las respuestas. Tampoco sería sencillo leer sus gestos. Malang lleva una gorra de camuflaje con unas letras naranjas de los Yankees de Nueva York y una mascarilla le cubre la mitad de la cara. Como está sentado en un muro bajo de ladrillos rojos, los pies le quedan colgando a unos centímetros del suelo. Los balancea y levanta la cabeza. Su vista se pierde al otro lado de la calle, donde hay una sucursal bancaria de letras azules y blancas y a su izquierda unas palomas picotean despreocupadas en el suelo. Encima de ellas hay una placa con el nombre de la plaza: Plaça Solidaritat.

Antes, explica Malang, pasaba bastante por esa plaza o iba a caminar por la playa, que queda cerca, pero ya no tanto.

—Tough times, man —dice en voz baja: tiempos difíciles—. Salgo muy poco a la calle, a comprar al supermercado o a hacer algún recado, pero poco más. Desde que empezó todo, prefiero no salir de casa, hay más policía y te pueden parar para pedirte los papeles y ponerte una multa.

Desde que empezó todo: desde que la pandemia vació las calles de medio mundo y a migrantes como Malang los dejó sin red. Su historia, más allá de los matices geográficos, es la de cientos de miles de migrantes subsaharianos en Europa. Llegó hace cinco años en patera a Italia desde su Gambia natal y, tras buscarse la vida como temporero en el sur de España, se fue a Barcelona, donde pensó que le cambiaría la suerte y podría conseguir papeles. No fue así. Ahora vive en Blanes, una localidad a 70 kilómetros de la capital catalana donde empieza la Costa Brava, y recoge chatarra o trastos viejos que repara para vender después. Recogía: desde que se decretó el estado de alarma, no ha podido salir de ronda por la noche a escarbar en los contenedores, al menos hasta la semana pasada. Si antes sus ingresos eran escasos, ahora son cero. Sobrevive porque vive en un piso compartido a cinco minutos de la Plaça Solidaritat con otras siete personas, dos de Costa de Marfil y el resto gambianos como él, y sus compañeros de piso son además su sostén.

—Entre alquiler, electricidad y comida, cada uno ponemos entre 120 y 150 euros al mes. Algunos trabajan y tienen papeles, pero yo no. Me cubren un poco.

En casa solo reciben un pequeño empujón externo. Cada miércoles, van a la sede de Cáritas para llenar un carrito de la compra de color pistacho con alimentos de primera necesidad. Les dura tres días.

Tough times. Tiempos difíciles.

Malang lleva mal la pobreza y la incertidumbre, pero peor el sentimiento de culpa. Él lo llama nostalgia, y debe de serlo también, pero cuando lo dice baja la mirada avergonzado y se delata.

—Antes mandaba dinero cuando podía. A veces 20 o 50 euros. Lo que podía. Ahora no puedo y sé que ellos lo notan.

La crisis económica generada por la pandemia y el confinamiento ha provocado la caída más abrupta de remesas de la historia reciente. Se prevé que este año los migrantes envíen a sus familias algo más de 390.000 millones de euros, un 19,7% menos que el año anterior. En África subsahariana el desplome estará por encima de la media (23,1%). Según el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), organismo especializado de las Naciones Unidas, cada año 200 millones de migrantes envían una media de entre 200 y 300 dólares a sus familiares, especialmente en zonas rurales de países pobres. La cantidad supone, también de media, el 60% de los ingresos de esas familias. La interrupción de ese dinero salvavidas no solo significa la pérdida de un flujo económico vital, también es un obstáculo para el progreso. Aunque tres de cuatro dólares de las remesas se invierten en alimentos y otras necesidades básicas, el resto se invierte mayoritariamente en educación, así que un descenso en las remesas afecta directamente a esta última partida.

Las pocas veces que Malang no puede más y se atreve a salir de casa, baja a la playa a airearse un poco. El rumor de las olas, dice, le transporta a la playa de Tanji, donde iba con su madre o su hermano Abubakar a comprar pescado. En la arena, piensa en su madre, su padre enfermo y sus otros dos hermanos pequeños. Sobre todo en ellos dos.

—El camino a Europa es difícil. Se sufre mucho. Yo vine aquí para ayudar a mi familia y pagar la escuela de mis dos hermanos. Me siento responsable de eso y más en estos momentos.

En estos momentos. En estos tiempos difíciles.

A nivel sanitario, África no ha sufrido hasta ahora un impacto tan brutal de la pandemia como los países occidentales. Aunque ya ha superado los 207.000 infectados y las 5.500 muertes, la cifra supone menos del 3% de los positivos mundiales y el 1,3% de las muertes, pese a que el continente alberga al 17% de la población del planeta. A nivel económico es otra historia. Las rápidas y drásticas medidas de la mayoría de Gobiernos africanos, que ordenaron el cierre de fronteras y mercados, unidas a la caída del precio del petróleo y el estancamiento del comercio internacional, detendrán en seco el crecimiento de los últimos años. A causa del coronavirus, el Banco Mundial prevé la primera recesión en la región en los últimos 25 años. La crisis combinada en Europa y Estados Unidos, de donde provienen la mayoría de las remesas hacia países africanos, ahondará en la herida de millones de familias. Gambia recibirá una estocada descomunal. Aunque a nivel cuantitativo Nigeria, Ghana, Kenia y Senegal son los países que más dinero reciben de las remesas, el país más pequeño de África es el tercero más dependiente de los envíos de efectivo desde el extranjero, solo por detrás de Sudán del Sur y Lesoto. Un 15,5% del Producto Interior Bruto gambiano, el triple de los ingresos por turismo, proviene del envío de dinero más allá de sus fronteras.

Sentado en el sofá de su casa, Malang cambia de canal en la televisión hasta que da con un partido antiguo del F.C. Barcelona contra el Arsenal inglés. Lo deja. En la pantalla, Abidal lanza un patadón a Nasri y lo derriba; falta indiscutible, pero Malang mira la escena inmutable. Está solo en el comedor. El resto de compañeros de piso ha desaparecido en la cocina o en sus cuartos compartidos, desconfiados por la presencia de un periodista en la casa. Malang se ha quitado la mascarilla y la arruga en la mano izquierda, posada sobre el brazo del sofá. Está inquieto. Coge el teléfono y llama. Contesta su madre, Kumbafaya, desde Gambia. Al principio, Malang pregunta por la salud de su padre y por cómo el virus está afectando a la familia y al país. Ella le pregunta si está bien de salud y está contento. Casi al final, después de un breve silencio, Malang se arma de valor y lo dice:

—Mamá, no podré enviar dinero.

—Si tuvieras, sé que nos enviarías.

—Es debido a mi situación y al coronavirus, ¿sabes?

—Que Alá haga tu lucha fácil.

—Amén.

—Que los extranjeros sean amables contigo.

—Amén.

—Que no seas víctima de tu situación.

—Amén.

—Que los hombres blancos sean buenos contigo.

—Amén.

Wall-e

Ana Sánchez


Películas para niños y películas para adultos: como con otras cosas, parece que las películas de animación se las encasquetamos a los niños y punto, pero también como en tantas otras cosas, hay que ir más allá de ideas preconcebidas o apariencias tradicionales. Algo así pasa con Wall-e, una película para niños, con un mensaje simple y un planteamiento del futuro quizá poco novedoso. Pero también es una producción que nos lleva bastante más lejos si queremos mirar con un poco de hondura.

Es curioso que en 2008 se estrene una película prácticamente sin diálogos, ambientada en un futuro (nos lleva hasta el año 2815) que en muchos aspectos llevamos ya un tiempo viendo venir y que muy claramente nos expuso el Papa Francisco en Laudato Si’ ¿qué estamos haciendo con nuestra casa común?
Se trata de una historia entrañable, de un mundo al revés, con una humanidad casi robotizada y donde aparecen unos robots extrañamente humanizados. Quizá una de las explicaciones esté precisamente en este desarrollo de la tecnología, en la que los únicos que trabajan son los robots, mientras que las personas consumen ocio y más ocio, sin realizar un mínimo esfuerzo, ni siquiera el de hablar directamente con otra persona: esto implica también una fuerte dependencia de las máquinas, que no dejan de ser eso precisamente: máquinas, por muy evolucionadas que estén. El trabajo, el sacrificio, las relaciones son algunas de las características que nos hace más humanos, más persona.

Este futuro se nos presenta sombrío, con un planeta Tierra destruido por la humanidad, que ha huido de él tras hacerle incompatible con cualquier tipo de vida. Sólo permanecieron máquinas encargadas de la limpieza, que también irán estropeándose y desapareciendo paulatinamente, hasta que queda sólo el protagonista que da título a la película: Wall-e (Waste Allocation Load Lifter – Earth class), que continúa su labor incansablemente, amontonando desechos, montones y montones, en franca competición con los rascacielos que pueblan el horizonte terráqueo.

Por otro lado, vemos la vida en la nave interespacial en la que se han refugiado los humanos, llena de anuncios de neón y repleta de modas, con máquinas como asistentes personales en un mundo despersonalizado, personas sin más necesidad que estirar una mano para pedir (¿exigir?) lo que quieran, no lo que necesiten porque las necesidades no son algo que forme parte de este universo futuro.

Aunque se pinte al hombre como un ser destructivo o apático, se abre la puerta al aprendizaje de los propios errores, a reparar la devastación producida y volver a generar un mundo habitable, un mundo de personas que se relacionan y se ayudan mutuamente. Es un trabajo de todos, cada uno debe aportar su granito de arena, tanto pasiva como activamente, pero en especial en el cuidado de todo lo que nos rodea y más aún en nuestras relaciones con los demás. ¿Estamos dispuestos a ser humanos?

Memorias de la fragilidad

Irene Vallejo
Publicado en El País


Habíamos olvidado que la vida siempre ha estado en peligro. Hemos vivido la amnesia de los afortunados gracias al progreso de la medicina. Ahora es preciso fortalecer la salud, la investigación y la ciencia.

Cuántas veces, antes de nacer, nuestras vidas estuvieron en peligro. Los zarpazos de la epidemia han amenazado siempre el fino hilo del futuro. En el pueblo de la infancia de mi abuelo, todas las mujeres embarazadas murieron en los años de la letal gripe española, menos su madre, que misteriosamente sobrevivió durante aquellos meses de terror, y pudo dar a luz. Mis padres eran niños cuando la polio se extendió dejando en sus colegios una estela de pupitres vacíos y huecos en las fotos familiares. Una brizna de mala suerte, y todos sus descendientes habríamos quedado borrados. Nosotros, los vivos, somos victorias frente a la fragilidad.

Muchos habíamos olvidado esa fragilidad, junto con las historias en sepia de nuestros padres y abuelos. La nuestra era la amnesia de los afortunados. El progreso de la medicina ha sido tan prodigioso en unas pocas generaciones que a nosotros una vida larga y sana nos parecía —nos sigue pareciendo— lo habitual. Hemos dejado de asombrarnos ante un éxito que, en esta parte del mundo, se ha disfrazado de normalidad. Casi nadie, a lo largo de la historia, había podido permitirse el lujo de ese olvido nuestro. En La favorita, el cineasta griego Yorgos Lanthimos resume la vulnerabilidad humana en una perturbadora imagen. La protagonista de la historia, la reina Ana de Inglaterra, cuida y acaricia en su dormitorio a 17 conejos blancos, uno por cada hijo que murió antes de llegar a la edad adulta. Si una reina a las puertas del siglo XVIII, protegida por el lujo de su palacio, sus médicos y sus riquezas, criaba esa blanca camada de duelo, no cuesta imaginar cómo serían las existencias más precarias. Fiebres, un parto, una diarrea, una coz de un caballo en el pecho, y un rápido fundido en negro. Así era el mundo de antaño, así es todavía hoy en demasiados lugares.

Nuestros cuerpos están fabricados de materiales delicados; como escribió el poeta griego Píndaro, somos la sombra de un sueño. Una larga esperanza de vida no es un dato de la naturaleza, es un avance inaudito del cuidado. Quienes nos cuidan han conseguido logros más y más extraordinarios durante los últimos siglos; mientras, nosotros nos hemos habituado a los éxitos como a la monotonía de un paisaje conocido. Cuando en 1955 se anunció en Estados Unidos la vacuna contra la poliomielitis, sonaron las campanas, se cerraron las escuelas, dieron día libre en el trabajo, la gente brindaba, acudía a las iglesias, sonreía y abrazaba a los desconocidos. Cuando mis padres eran niños, les daban a leer biografías en viñetas de Louis Pasteur, Marie Curie y otros científicos que revolucionaron las formas de vivir y morir. En los últimos años, otros ídolos atrajeron los aplausos, las miradas se volvieron desatentas, los héroes infantiles se quitaron la bata blanca. Los trabajos del cuidado quedaron en la penumbra de las noticias, del interés y la conversación pública, mientras nos suministraban suculentas y rentables dosis de un falso ideal de dorado individualismo, de fuerza, de victoriosa soledad.

La pandemia ha hecho añicos el espejismo y hemos vuelto a verles las orejas a los conejos blancos de la fragilidad. De pronto, los cuidados han abandonado el sótano de las telarañas y se han convertido en el eje de todas las decisiones. Al parecer, ha sido preciso que todo se trastoque y perdamos la cabeza para volver a pensar sensatamente. Otra vez hemos tomado conciencia del valor de la atención y el conocimiento, colocamos de nuevo nuestra esperanza en los expertos del cuidado. Ojalá no enmudezca la memoria de los balcones.

Esos expertos saben bien que atender a los que sufren nos enfrenta a un constante dilema: cuántos sacrificios asumimos para salvar a los demás. A lo largo de la historia, en las recurrentes epidemias que desde tiempos remotos han acechado a la humanidad, la disyuntiva reaparece una y otra vez, retándonos a conjugar los terrores de los sanos y de los enfermos. Hasta hace relativamente poco tiempo, se solía condenar con tablas clavadas las puertas y las ventanas de las casas donde se detectaba la presencia de contagiados y, en el mejor de los casos, les lanzaban alimentos separando las tejas del tejado. Hubo islas donde se abandonaba a su suerte a los infectados en tiempos de peste; Jack London escribió un fascinante relato sobre la rebelión de un leproso destinado a Molokai, cárcel para enfermos en el paraíso de las islas Hawái. En el pasado no era infrecuente aplicar ese apartheid despiadado. Nosotros, en cambio, hemos optado por confinarnos todos los sanos para proteger a los más vulnerables y, aunque parezca una paradoja, aislados somos más que nunca una comunidad. En ese dilema —trágico— hemos tomado una decisión que contradice la apología de la eficacia y la idolatría del éxito imperante en las últimas décadas. Queremos proteger a los más frágiles, con todas nuestras fuerzas, pagando el alto precio que exigirá el futuro. Hemos apostado sin titubeos por los cuidados.

Hace 25 siglos, Sófocles se preguntó en una tragedia cómo actuar ante el dolor ajeno. No es fácil vivir enfermo, pero tampoco lo es vivir con un enfermo. Filoctetes, que da nombre a la obra, es un combatiente griego en el asedio a la ciudad de Troya. Cierto día, una flecha envenenada le provoca una terrible herida en la pierna. Hartos del insoportable hedor que desprende Filoctetes, de sus gritos y quejas, sus propios compañeros deciden abandonarlo en una isla desierta con su arco mágico, que nunca yerra el tiro, para que pueda alimentarse de la caza. Durante 10 años sobrevive en soledad, oyendo el estruendo de las olas que rugen en los acantilados, sin que nadie lo atienda ni se preocupe por él. Transcurrida esa década, una profecía revela a los griegos que solo podrán ganar la guerra gracias al arco de Filoctetes. Ulises y el hijo de Aquiles se embarcan en busca del hombre al que desahuciaron cuando creyeron que era prescindible. En la isla se hacen patentes las consecuencias del abandono sobre los que lo decidieron y sobre el que lo sufrió. Filoctetes les dirige unas palabras con resonancias actuales: “Atrévete. Sálvame”. Sé osado, arriésgate a cuidar del débil, porque eso te hará más fuerte.

Filoctetes es una tragedia singular porque alberga un final feliz. En esta obra los personajes sufren para llegar a aprender que toda armonía es siempre el resultado de una fuerte tensión. Sófocles creía que es posible reconciliar el miedo y la comprensión, la autoridad y la libertad, la costosa protección al frágil con la solidez moral del futuro, y por eso este texto queda abierto al optimismo. Estas enseñanzas del pasado forman ya parte de nuestra mejor tradición humanista. El futuro, ese país desconocido, necesita fortalecer la salud, la investigación y la ciencia. Sin olvidar esa red tejida de relatos e historias, ideas y reflexiones, imágenes y canciones que nos han transmitido el valor incalculable de la fragilidad, la mejor herencia de nuestros mayores. Esas mismas historias que, en tiempos de encierro, nos han aliviado dialogando con nuestras sombras y sueños. El conocimiento, la ciencia y la cultura son cadenas frágiles, tan frágiles como nosotros mismos. No volvamos a descuidar los cuidados.

Ingeniería fiscal: las familias aportan el 91,52% de la recaudación fiscal, las grandes empresas el 1,98%

Publicado en Spanish Revolution


Intermón Oxfam denuncia que las familias pagan un volumen de impuestos que casi multiplica por 50 el que aportan las grandes empresas y pide al Gobierno que acometa una reforma fiscal que permita financiar adecuadamente las políticas sociales tras los recortes.

La ONG defiende que hoy es un imperativo que España deje de ser el segundo país más desigual de Europa y recupere las conquistas sociales alcanzadas en las últimas décadas.

Para ello, es imprescindible impulsar una reforma fiscal que permita financiar las políticas sociales tras los recortes sufridos en los últimos años.

La opción más lógica es recaudar con justicia para blindar el Estado del bienestar, luchar contra la exclusión social y recuperar la solidaridad internacional. Ese debe ser el objetivo de la reforma fiscal para corregir la desigualdad de ingresos y de oportunidades que amenaza las bases de la democracia y de la justicia social.

El sistema tributario en España recauda poco, menos que la media de los países europeos. Y lo hace de manera que el grueso de la recaudación proviene del trabajo y el consumo de los ciudadanos, y no de las rentas del capital ni de los beneficios de las empresas. Las familias aportan alrededor del 90% de la recaudación, y las empresas el 10% restante. Las grandes empresas, menos del 2%. Es decir, las familias aportan casi 50 veces más que las grandes empresas.

Sara Escudero ha realizado un reportaje de El Intermedio donde explica estos datos ironizando con ‘Millonariosland’, «un país en el que hay de todo menos inspectores de Hacienda», en donde todos estos «ricos apenas pagan impuestos ni por su patrimonio ni por sus empresas».

Escudero explica que las familias aportan casi 50 veces más que las grandes empresas y que esto es posible gracias a la ingeniería fiscal, un conjunto de prácticas que consiste en usar la ley para pagar lo menos posible. Son legales, sí; pero «no muy bonitas».

Estas prácticas van desde los paraísos fiscales o las offshore que tanta fama adquirieron tras escándalos como los papeles de Panamá, hasta los testaferros o la Sicav, que «permite tener beneficios millonarios y tributar como si vendieras pañuelos en un semáforo».

Sara Escudero explica que «estas sociedades de inversión variable, conocidas como Sicav, son el ‘Black Friday’ de los ricos, ya que en lugar de pagar el 30% de impuesto de sociedades pagan solo el 1%». Son muy fáciles de crear ya que se necesitan 2,4 millones y 100 accionistas, pero en la práctica el dinero lo pone una persona y los demás están de relleno. «Cuanto más grande es el yate, más pequeño es el impuesto».

Pero no es esta la única manera de regatear a Hacienda. Otra de las estrategias de las grandes empresas es «el doble irlandes con sándwich holandés», es decir, complicadas maniobras fiscales, cuyo modelo por ejemplo han usado Google o Faceboook.

Encuentro y solidaridad en el Camino de Santiago: una experiencia de vida

El sábado 20 y domingo 21 de junio pudimos compartir una nueva convivencia para familias en Navarra, organizada por la Casa de Cultura y Encuentro de Pamplona y la asociación eclesial Encuentro y Solidaridad. Son convivencias que se caracterizan por combinar el encuentro y el conocimiento de la naturaleza, la cultura, la historia y la espiritualidad de la región con la solidaridad de las personas que lo organizan, asisten o nos acogen, compartiendo los medios de los que disponemos, poniéndolos en común, lo que hace posible que se pueda realizar (coche, tiempo, habilidades, conocimientos y experiencia…).

Después de un periodo largo de confinamiento y de la imposibilidad para realizar actividades al aire libre debido al estado de alarma por el covid-19, desafiando la pereza o el “miedo” al contagio, teníamos ya ganas de tener momentos de convivencia y de contacto con la naturaleza, guardando las debidas medidas de prevención.

Propuesta inicial y organización previa

Partiendo de la propuesta e iniciativa de Samuel, nos pareció una buena idea realizar dos etapas del Camino de Santiago. Se barajaron varias opciones y finalmente se fueron concretando. Se tuvieron en cuenta algunos aspectos organizativos: asistentes, coches y plazas disponibles, personas que aún no pudiendo asistir en su totalidad porque se encontraban trabajando, quisieron participar en algunos momentos y colaborar con la convivencia aportando su trabajo con la intendencia: compra, elaboración de comidas, transporte de personas y mochilas…

Todos los asistentes y colaboradores aportamos comidas diferentes, que íbamos poniendo en conocimiento de todos en el grupo de watshapp que se creó para el evento, para compartir en los diferentes momentos de las dos jornadas.

Las personas con cierta experiencia en excursiones nos dieron unas recomendaciones para caminar (preparar y calentar el cuerpo en la semana previa realizando pequeñas caminatas, llevar calzado usado y cómodo, llevar una mochila pequeña con lo imprescindible para no llevar mucho peso (agua, fruta, frutos secos…), preferentemente pantalones largos y alguna camiseta o chaqueta de manga larga por si fuera necesario en algún momento, repelente de insectos, desayunar bien antes de la excursión…

Yani, enfermera dominicana afincada en Pamplona, se encargó de preparar un pequeño botiquín de urgencia, para curar ampollas y otras heridas.

Comenzamos a caminar. 1ª Etapa: Roncesavalles-Zubiri (21,5 kilómetros)

Es la segunda etapa recomendada del camino francés en su comienzo por tierras españolas.
Todos subímos directos en varios coches hasta Roncesvalles. Como una de las colaboradoras, Deisy, debía trabajar y volverse a Pamplona, pudo encargarse especialmente de la organización de la intendencia y en el regreso dejar comidas y mochilas de ropa y aseo en el albergue de Zubiri, posibilitando también, una vez que se concluyera la etapa en Zubiri, acercar a los conductores por la tarde hasta Roncesvalles, donde dejaron sus coches por la mañana, y poder así trasladar todos los coches hasta Zubiri.

Comenzamos la caminata desde Roncesvalles, sobre las 8:30, rumbo a Zubiri. Desde el principio pudimos contemplar y disfrutar de la bella estampa que nos regala la naturaleza del entorno: montañas, valles, vegetación, animales…
Tuvimos la gran suerte de que nos acompañara, en esta primera etapa, Úrsula, peruana afincada desde hace muchos años en Navarra y muy conocedora del camino de Santiago en sus múltiples aspectos, que nos contó algunos datos interesantísimos sobre la historia y la importancia del Camino de Santiago a lo largo de los siglos, también en la actualidad. Fue una auténtica gozada poder escucharla y poder aprender y descubrir aspectos desconocidos para muchos de nosotros.

Breve semblanza de la etapa Roncesavalles-Zubiri (21,5 kilómetros):

Durante varios momentos del camino debimos estar alerta, porque ¡ojo!, a veces te puedes despistar y coger la senda que no es. Se debe seguir la senda jacobea, marcada por la concha y flecha amarilla.
El trazado que nos esperaba en sus primeras zonas no era complicado. La mayoría de los tramos son llanos y los ascensos al alto de Mezkiritz (920 metros) y alto de Erro (800 metros) no son extremadamente pronunciados. Caminábamos rodeados de tramos boscosos, donde los robles y las hayas estaban muy presentes; y amplios prados. El encantado Robledal de las Brujas, en el inicio de la etapa, y lo bucólico del río Arga, en nuestra llegada a Zubiri, fueron los grandes regalos de la jornada.

Tras Espinal el perfil se endurece y llega el trazado “rompepiernas”. Lo más complicado es el descenso vertiginoso de 275 metros, desde el alto de Erro a Zubiri y el valle de Esteribar.

Llegada a Zubiri

Por fin, después de unos últimos tramos complicados y sufridos, la alegría de la llegada a la meta de la etapa. Allí, en el albergue, nos esperaban Hugo y Wendy, y más tarde se fueron incorporando Deisy, Jenny y Marisol, colaborando en la intendencia y aportando sus dotes culinarias y su buen hacer en la organización de la cocina y las comidas.

En el comedor del albergue, niños, jóvenes y adultos compartimos un agradable rato de comida, aportada por los asistentes, y en donde la charla, las bromas y las risas tampoco faltaron.

Una vez “llenado el carro de combustible”, cansados por la etapa realizada, nos dispusimos con buen ánimo a disfrutar del descanso y tiempo libre merecido: los niños rápidamente se fueron al cercano río a refrescarse y jugar, al igual que algunos adultos. A media tarde, algunos también dimos una vuelta por el pueblo. Al anochecer, cena y descanso para recargar y restaurar nuestros cuerpos.

La sorpresa del desayuno del domingo

Fue sorprendente para los padres ver cómo, nuestras hijas pequeñas (desde los 7 a los 10 años), a pesar del cansancio del día anterior, se levantaban a las 5:30 de la mañana, una hora antes que nosotros para preparar con tanto cariño, creatividad y detalle el desayuno del domingo. Hasta nos organizaron el lugar que nos debía corresponder apuntando en un papel el nombre de todos los asistentes, al igual que sucede en las bodas y otros eventos importantes. Posteriormente, con la colaboración de los padres, se fue calentando la leche y el café, y se pudo aprovechar el pan sobrante del día anterior preparando pan tostado. Pensamos que es muy importante dar valor a la comida, aprovecharla al máximo para no desperdiciarla ni tirarla, por lo que, en nuestros actos y convivencias intentamos tenerlo en cuenta.

2ª Etapa: Zubiri-Huarte-Pamplona (20,4 kilómetros)

Salimos puntualmente a las 8 rumbo a Huarte y Pamplona. Mari Cruz, Jenny, Wendy y Marisol se pudieron incorporar a esta caminata que, con suaves pendientes, discurre a lo largo del río Arga y en la que nos encontramos con varios puentes medievales.

A lo largo del recorrido existe la opción de escoger seguir la ruta jacobea, algo más alejada del río Arga, o seguir un suave paseo hasta Pamplona por el paseo fluvial a la orilla del río.

La opción del paseo fluvial y la que sale de frente desde Zabaldika llevan hasta un merendero situado al otro lado de la N-135 (Km 12,9). Mesas, barbacoas e incluso servicios animan al descanso. Allí pudimos reencontrarnos la mayoría de los que caminábamos en grupos diferentes debido a los diversos ritmos con los que caminábamos y tener un momento de merienda y refrigerio.

En este punto el itinerario se bifurca. Si giramos a la izquierda y cruzamos el río podemos retomar el paseo fluvial hasta Pamplona, pasando antes por Huarte. Esta opción es algo más larga, con menos desnivel y discurre siempre pegada al río. La alternativa de Huarte fue la opción que escogimos. No pasa por Arre, deja a un lado Villava y Burlada y enlaza con la histórica en la carretera de Burlada, a escasa distancia del puente de la Magdalena. La otra opción, la histórica, prosigue de frente y nos lleva a subir una senda que lleva hasta el antiguo señorío de Arleta, hoy un conjunto de casas arruinadas.
Hubo algunos caminantes que, yendo a un mayor ritmo que el resto, llegaron hasta Pamplona, pero la mayoría del grupo llegamos hasta Huarte, donde compartimos el descanso, la comida y el baño en el río Arga.
Entre las personas que hicimos la excursión completa y las que hicieron sólo una de las dos etapas o compartieron algún momento de convivencia, los participantes que coincidimos fuimos en total: 17 adultos, 10 jóvenes (desde los 12 años), 6 niños (con edades entre los 7 y los 11 años) y hasta un perro llamado Archie.

A media tarde llegó el momento de la despedida y del regreso al hogar, después de haber compartido una experiencia inolvidable.

La experiencia es vivencia reflexionada: Camino de Santiago, una experiencia de la vida y una lección para la vida

Una vez acabada la experiencia, en el reposo y la reflexión del hogar, surgió la necesidad de expresar, compartir y poner palabras a lo vivido. Así que fuimos tomando nota a nuestras propias reflexiones partiendo de esta pregunta: ¿Qué nos ha aportado la experiencia del camino de Santiago personalmente, como familia? Estas fueron las aportaciones de algunos caminantes:

Samuel: “Bueno, yo creo que ha sido un trabajo conjunto, nos hemos complementado bien y cada uno ha aportado su granito de arena para que todo esto haya salido genial. Ha sido un esfuerzo común. Los niños también han colaborado y no se han quejado y es una experiencia para familias e hijos. Además, añadir: solidaridad, contemplación de la naturaleza, familia de familias, cariño, confianza de unos con otros. Confianza en las posibilidades de todos para conseguir un objetivo común. Generosidad, paciencia, comprensión, la constatación de que trabajando juntos podemos conseguir nuestras metas, las del camino, y las de la vida”.

Nuria: “Yo, medio muerta, aunque contenta, la verdad. ¡El camino me ha dejado ganas de conocer más la naturaleza, la historia, de profundizar más en la fe y ganas de volver! ¡Sí que ha sido un trabajo en conjunto, sí, cada uno aportando trabajo y cariño de manera diferente!”

Mari Cruz: “El Camino es una escuela para la Vida”.

Claudio: “Quisiera expresar unas palabras de agradecimiento para este increíble GRUPO. Ustedes son la clara muestra de que todas las cosas se pueden lograr cuando se trabaja en equipo y en armonía. Me gustaría pedir un gran aplauso para todos lo que hicieron posible esto. No daré nombres porque sería injusto que me olvide de alguien. ¡¡GRACIAS POR ESTE HERMOSO CAMINO, GRUPO!!”

Elena: “¡Gracias por los momentos compartidos… Sois como una gran familia!”

Marisol: “Yo hablando de mi propio ser y experiencia de fe quiero agradecer a Dios por habernos escogido a mí y a mi hija para poder participar en esta experiencia como apóstoles de Jesús, y desde esa manera poder explicar a mi hija que la vida no es fácil, que es como el camino que hemos caminado, con altos y bajos, como puede ser larga o corta, la fe es lo mismo: si no crees en algo que no ves pero si lo permites que habite en ti lo veras y lo sentirás, y hay que alimentar dando gracias a Dios por todo lo que tenemos y nos da, por la salud de todos y cada uno de nosotros y de nuestra familia, y como grupo muy hermoso el poder compartir momentos del aquí y ahora que son inolvidables, que no se repiten. Vendrán otros momentos, si, pero con otras experiencias, tan lindas. Pase lo que pase, todo es bueno en la vida, todo es por aprender, compartir y saber agradecer, y gracias a los niños por permitirnos vivir tan linda experiencia, gracias a las niñas hermosas por habernos preparado el desayuno, son un ejemplo, y de eso también tenemos que aprender y saber dar las gracias, como padres fue emocionante. Gracias a las personas que se unieron después con el fiambre para llenar nuestro estómago, eso es lo que hace unir el cariño verdadero a un grupo como el nuestro, gracias a todos y cada uno de los caminantes. El camino no está hecho, el camino se hace al andar…”

Ilde: “El camino es una bonita experiencia de la vida y una lección para la vida: en el camino, como en la vida, se requiere esfuerzo, constancia, hay momentos diferentes y complementarios (subidas, bajadas, llanos), el mismo camino para todos se afrontan en cada momento con diferentes ritmos vitales, se afrontan limites, dificultades y cansancios. En algunos momentos del camino recordaba mis experiencias de duro trabajo sacrificado con mi padre, desde jovenzuelo, en los olivares de Jaén, como una de las experiencias vividas que, pasados los años, más agradezco a mis padres. Nunca olvidaré aquella vez que, en pleno agosto andaluz, estuvimos trabajando mi padre y yo desde las 8 hasta las 12 de la mañana sin tener agua por haberla olvidado, habernos propuesto terminar el trabajo previsto a pesar de la sed y el calor sofocante y ser capaces de aguantar el duro trabajo hasta que estuvo terminado”.

Roberto: “Gracias por todo, por compartir cada momento y demostrar que en la convivencia entre diferentes culturas se puede convivir, gracias a todo el grupo”.

Dos días después de la caminata, algunos de los participantes tuvimos también nuestro encuentro semanal de “Escuela de padres” en la Casa de Cultura y Encuentro de Pamplona, situada en la C/Sangüesa, frente al nº 33, y aprovechando esta experiencia común vivida en el camino de Santiago, compartimos un interesante rato de diálogo sobre la importancia educativa del contacto con la naturaleza, ayudados también con la lectura y reflexión de un capítulo del libro “Educar en el asombro”, de Catherine L´Ecuyer, dedicado a este tema. Aportamos nuestras inquietudes y experiencias, y nos enriquecimos de las claves aportadas entre unos y otros, de las que destacamos las siguientes:

Estar confinados sin poder salir por la situación del covid-19, nos ha hecho redescubrir y valorar muchas cosas sencillas de la vida, a las que no dábamos importancia, como el contacto con la naturaleza.

A diferencia de los ritmos de nuestra sociedad, inducidos por los vertiginosos cambios y ritmos tecnológicos, que generan inmediatez, ansiedad, impulsividad, posibilidades ilimitadas y gratificación inmediata con baja tolerancia a la frustración (“lo quiero todo y lo quiero ya”), que no tolera la espera paciente, que fomenta la falta de esfuerzo… el contacto con la naturaleza aporta la experiencia del límite, del desarrollo y ritmo lento de los procesos naturales y vitales (crecimiento de plantas, flores y la necesidad de su cuidado constante y persistente mediante el riego…). En este sentido, la experiencia del camino aporta unos ingredientes fundamentales para afrontar los desafíos de la vida, al igual que se afrontan los desafíos del camino, los ingredientes “CES”: Constancia, esfuerzo, sacrificio (dolor), trabajo, en definitiva.

Los niños que asistieron (a partir de 8 años), al igual que los adultos, tuvieron sus dificultades y hasta momentos críticos de crisis por los dolores y cansancios, que supieron afrontar con la ayuda de todos. Hasta Sara, una niña, animaba a su madre diciéndole: “el cansancio es mental”. Muchas veces en la vida, como en el camino, tenemos la tentación de abandonar lo que emprendemos, de pensar que no seremos capaces de afrontar las dificultades, pero la experiencia vivida nos demostró que sí, que el ser humano, desde niño, es capaz de afrontar las contrariedades mucho más de lo que pensamos, destacando que en ocasiones la fuerza y aliento del grupo tira de nosotros, porque juntos llegamos más lejos, y en mejores condiciones. Comentábamos también cómo los niños se muestran más quejosos y vulnerables con las personas de más confianza como sus padres y menos con otros adultos.

La importancia de desconectar de los ritmos y rutinas semanales de trabajo y descansar cambiando de actividad, y de compañías, puesto que las relaciones con otras personas y familias nos ayudan a oxigenarnos en nuestras propias relaciones personales y familiares, dotarnos de ciertas rutinas en los fines de semana para tener contactos con la naturaleza, y aprovechar los momentos de vacaciones de los niños para apuntarlos a campamentos y otras actividades en la naturaleza.

Se destacó la importancia de compartir actividades juntos, como familia, y que los niños y jóvenes tengan su propio protagonismo en la preparación de las actividades y su espacio propio dentro de misma. Quitar juguetes y aparatos, y regalar experiencias (actividades, viajes, visitas, acampadas, relaciones…)

En definitiva, una experiencia gozosa de la que todos regresamos a casa muy cansados pero también muy contentos, reconfortados y satisfechos con el sacrificio y esfuerzo personal y colectivo que también tuvo sus momentos de recompensa, fortalecidos en nuestra autoestima porque comprobamos que, a pesar de las dificultades y dolores, fuimos capaces de afrontar y superar los objetivos que nos marcaba el camino, descubriendo que la felicidad no hay que ir a buscarla, falsamente, en cosas raras o facilonas… porque sin amor ni esfuerzo no hay felicidad.

A todos no quedaron ganas de continuar organizando y asistiendo a próximas convivencias y etapas del camino de Santiago a su paso por Navarra. El reto, a buen seguro, continuará…

Aquellas personas y familias que quieran estar informados de las convivencias que organicemos desde la Casa de Cultura y Encuentro de Pamplona, de la asociación Encuentro y Solidaridad, pueden dejar su nombre, mail y nº de teléfono en el mail: navarra@encuentroysolidaridad.net

Trabajo digno, futuro digno

EL MUNDO DEL TRABAJO CON EL COVID 19:

TRABAJO DIGNO, FUTURO DIGNO

JUEVES 6

TARDE: 16:30 h.

  • Bienvenida al curso, normas generales.

MARCO GENERAL-FUTURO DEL TRABAJO:

  • ¿Cómo queda el mundo del trabajo tras el covid-19?, Eduardo Rojo Torrecilla (catedrático de derecho del trabajo y de la seguridad social en UAB) y Javier Marijuán Izquierdo (abogado laboralista).

 

CENA: 21 h.

NOCHE: 22:30 h.

  • Conferencia performática.

VIERNES 7

DESAYUNO: 9 h.

Tras el COVID-19 ¿MÁS EXPLOTACIÓN?

MAÑANA: 10 h. - PLATAFORMAS

  • Realidad de la explotación laboral en plataformas y teletrabajo, Desiderio Martín Corral (militante de CGT) y Marta Sanz (Ingeniera química).

 

DESCANSO 11:15 h.

HOSTELERÍA

  • Experiencias de trabajadores de la hostelería en Andalucía: Maxi Porta, director de  “Al otro lado de la Barra” (VIDEO-DOCUMENTAL) y Carlos Pantera “SAT” (Lucha del Sindicato Andaluz de Trabajadores). -conexión on-line-
  • Trabajo en grupos.

COMIDA: 14 h.

TARDE: 16:30 h.

  • Visita por los trabajos expuestos.

CUIDADOS

  • La experiencia de los trabajadores de residencias, Rosa García González (TCAE Residencia Vista Alegre -Madrid-, sindicalista del MATS).

MÁS ALLÁ DE NUESTRAS FRONTERAS:

  • Trabajo, derechos humanos y movimientos de liberación en Marruecos. Conexión on line con Aboubaker el-Khamlichi (fundador del movimiento Annahj Addimocrati, de la asamblea de obreras y obreros Attawassol y está implicado en la defensa de los derechos humanos de los inmigrantes subsaharianos) y Zohra Koubia (integrante de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos -AMDH-).

 

CENA: 21 h.

NOCHE: 22:30 h.

  • Película.

SÁBADO 8

DESAYUNO: 9 h.

MAÑANA: 10 h. - SERVICIO DOMÉSTICO

  • Marco global de la explotación en el servicio doméstico, Tania García Sedano (doctora en Derecho y profesora en la UCIII de Madrid). Vídeo.
  • Experiencias concretas de explotación en el sector, REDHMI (Red de Hondureñas Migradas).
  • Experiencias asociadas frente a la explotación, SEDOAC (Servicio Doméstico Activo).

 

DESCANSO 11:30 h.

  • Cómo ha afectado la pandemia en el sector de la agricultura y el mercado de los productos básicos, José Santos (ingeniero agrícola).

 

  • Trabajo en grupos.

COMIDA: 14 h.

Tras el COVID.19 ¿MÁS SOLIDARIDAD?

TARDE: 16:30 h.

  • Visita por los trabajos expuestos.
  • ¿Cómo se ven afectados los autónomos después del COVID19?, José Marín Zamora (responsable de la empresa de productos Solyeco) y Julián García (carpintero. Empresa Montón de Trigo).

 

DESCANSO: 18 h.

  • Respuestas solidarias. Dinamiza Moisés Mato (actor y director de teatro, director de la sala Metáforas, activista de la noviolencia).

CENA: 21 h.

NOCHE: 22:30 h.

  • Velada musical.

DOMINGO 9

DESAYUNO: 9 h.

MAÑANA: 10 h.

  • Trabajo de conclusiones, puesta en común y fiesta.

Durante los cursos habrá actividades programadas para niños y jóvenes, para facilitar la asistencia en familia

Para más información puedes contactar en el correo cursos @ encuentroysolidaridad.net o en el teléfono 616234787

Colaboración económica: 15€ al día (incluye alojamiento y comida)