Francisco durante un encuentro de COPAJU 2019

Devolver a los pobres lo que es suyo

Fuente: Alfa y Omega

En dos mensajes a jueces de América y África, Francisco ha subrayado  que el derecho a la propiedad privada no es «absoluto e intocable», pues depende del principio del «destino universal de los bienes».

El Papa ha advertido a jueces de América y África de que «ninguna sentencia puede ser justa, ni ninguna ley legítima, si producen más desigualdad, más pérdida de derechos, indignidad o violencia». Lo hizo en dos vídeos enviados al encuentro intercontinental de jueces Construcción de la nueva justicia social, organizado por el Comité Panamericano de Juezas y Jueces por los Derechos Sociales y la Doctrina Franciscana (COPAJU).

El primero de los vídeos era un saludo en el que los felicitaba por la iniciativa de «pensar, de codificar, de construir la nueva justicia social». Un proyecto que resulta «un bálsamo reparador» en una sociedad en la que se «mira con cierta desconfianza y recelo» a quienes deben decidir lo que es justo.

Con un concepto de la administración de justicia alejado de lo intelectual o burocrático, el Santo Padre pidió a los jueces tomar conciencia de «todo lo que pueden ayudar mediante su rectitud y compromiso». En cada decisión, añadió, tienen la oportunidad de «hacer una poesía que cure las heridas de los pobres, que integre el planeta, que proteja a la madre tierra y toda su descendencia. Una poesía que repare, redima y nutra».

Devolver a los pobres «lo que es suyo»

Un segundo videomensaje del Pontífice se centró en seis claves desde las que, en su opinión, debe basarse esa nueva justicia social que se buscaba en el encuentro. La última de ellas, a la que dedicó más atención, es la llamada a ser «solidarios al luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda»; también al luchar «contra quienes niegan los derechos sociales y laborales» y contra la cultura «que lleva a usar a los demás» y acaba arrebatándoles su dignidad.

Francisco subrayó que cuando los jueces resuelven un caso dando «a los pobres las cosas indispensables, no les damos nuestras cosas, ni las de terceros, sino que les devolvemos lo que es suyo». En este sentido, recordó que «la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto e intocable el derecho a la propiedad privada», sino que «subrayó siempre la función social de cualquiera de sus formas».

Esto se debe, añadió el Papa, a que este es «un derecho natural secundario derivado del derecho que tienen todos, nacido del destino universal de los bienes creados». Por ello, «no hay justicia social que pueda cimentarse» en la inequidad y «la concentración de la riqueza».

Realidad frente a la indiferencia

El resto del mensaje desgranaba las restantes cinco claves. La primera es «no pensar desconectados de la realidad»; una realidad que incluye que «una pequeña parte de la humanidad vive en la opulencia», mientras que se ignoran la dignidad y los derechos de «una cantidad cada vez más numerosa» de personas.

En segundo lugar, el Papa definió la justicia como «una obra colectiva», en la que todas las personas de buena voluntad saben que «lo justo es una tarea que ha de conquistarse todos los días», porque la tentación de la injusticia se produce a «cada minuto». Por ello son necesarios el compromiso y una actitud samaritana para «hacernos cargo del dolor del otro». Un paso más a partir de este punto es combatir la indiferencia. «Tenemos que asumir que nos hemos acostumbrado a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que nos golpean directamente», advirtió Francisco.

Las siguientes dos claves son la perspectiva histórica y de pueblo. Quienes quieren administrar justicia con perspectiva social deben hacerlo con una reflexión histórica, contemplando «las luchas, los triunfos y las derrotas», así como el sacrificio de «quienes dieron su vida por una humanidad plena e integrada». Esta mirada los llevará a tomar conciencia de que son parte del pueblo. Es más, a los creyentes «Dios nos pide ser pueblo de Dios, no elite de Dios»; pues de esta segunda mentalidad surgen los «clericalismos» que llevan a «trabajar para el pueblo pero nada con el pueblo».

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