Betty Williams y Maired Corrigan-Maguire
Homenaje en su 50 aniversario
Francisco Rey Alamillo
A veces la luz nace justo en el corazón de la herida, cuando dos mujeres de bandos distintos deciden, en el mismo instante, que han visto suficiente.
El 10 de agosto de 1976, en Belfast, un coche conducido por un miembro del IRA, acorralado por el ejército británico, perdió el control y arrolló a tres niños que paseaban con su madre por la acera. Los tres murieron. Irlanda del Norte llevaba años desangrándose en el enfrentamiento entre católicos y protestantes, entre unionistas y republicanos, entre el IRA y las fuerzas de seguridad británicas. Más de tres mil quinientas personas habían muerto ya en lo que los eufemismos llamaban “Los Disturbios”. Era una guerra sin frente, sin uniforme claro, sin campo de batalla definido: era la guerra que se libra en las calles donde viven los niños, en las esquinas donde los niños juegan, en las aceras por las que los niños pasean con su madre.
Betty Williams estaba cerca cuando ocurrió el accidente. Lo vio. Mairead Corrigan era tía de los tres niños muertos. Las dos mujeres no se conocían. Una era protestante, la otra católica. Eso, en el Belfast de 1976, era casi todo lo que hacía falta saber de alguien para decidir si era amigo o enemigo.
Eligieron no saberlo. O eligieron saber algo distinto, algo más profundo que la religión y más antiguo que el sectarismo: que esos tres niños estaban muertos, que ninguna causa política los devolvería, y que alguien tenía que decirlo en voz alta.
Betty Williams recorrió su vecindario recogiendo firmas. En tres días tenía seis mil. Mairead Corrigan apareció en televisión llorando y pidiendo el fin de la violencia. Las dos se encontraron. Y lo que encontraron juntas fue algo que ninguna de las dos hubiera podido construir sola: la prueba de que la paz no necesita esperar a que los líderes se sienten a negociar. La paz puede empezar en una acera, con una firma, con una cara llorando en un televisor, con dos mujeres de bandos distintos que se miran y deciden que son lo mismo.
Fundaron el Community of Peace People. Lo que ocurrió después desafía toda lógica política: en las semanas siguientes, católicos y protestantes salieron juntos a las calles de Belfast, de Derry, de toda Irlanda del Norte. Marcharon juntos. Rezaron juntos. Se miraron a la cara, que es el gesto más difícil y más necesario que existe entre personas que han sido educadas para verse como enemigos. En las mayores manifestaciones, llegaron a reunirse hasta medio millón de personas. En un país de millón y medio de habitantes, eso no es una marcha: es una declaración.
Este es mensaje que proclamaban en agosto de 1976. Es la Declaration of Peace People:
“Este movimiento por la paz trae un sencillo mensaje para el mundo.
Queremos vivir, amar y construir una sociedad justa y pacífica.
Queremos para nuestros hijos, como queremos para nosotros, que nuestras vidas en el hogar, en el trabajo y en el ocio, sean vidas llenas de alegría y paz.
Reconocemos que construir una vida así nos exige dedicación, trabajo duro y coraje a todos.
Reconocemos que existen muchos problemas en nuestra sociedad que son fuente de conflicto y violencia.
Reconocemos que las balas y las bombas dificultan nuestro trabajo.
Rechazamos el uso de la bomba y de la bala, y todas las formas de violencia.
Nos dedicamos a trabajar con nuestros vecinos, de aquí al lado o de más allá, día tras día, para construir una sociedad pacífica en la que las tragedias que hemos conocido sean un mal recuerdo y una advertencia para el futuro.”
Su filosofía no era nueva. Ellas mismas lo decían: venía de Gandhi, venía de Luther King, venía de la convicción, comprobada ya en la India y en el sur de los Estados Unidos, de que la violencia solo puede ser vencida de manera duradera por quienes se niegan a ejercerla. No como cobardía, sino como estrategia. No como resignación, sino como la forma más exigente y más radical de combate: la que obliga al adversario a revelar su propia brutalidad sin poder justificarla.
En 1976 recibieron el Premio Nobel de la Paz. Al recibir el premio dijeron:
“Estamos hastiados por el despilfarro de recursos que provocan la carrera armamentística y el militarismo mientras millones de seres humanos viven en la miseria y, a veces, incluso viven con la esperanza de una muerte rápida que los libere de la desesperanza…
Los hombres no solo deben poner fin a la guerra, deben también comenzar a tener el coraje de ni siquiera prepararse para la guerra. Algún día deberemos tomarnos en serio las palabras de Carl Sandburg: «Un día habrá una guerra y no acudirá nadie». ¿No sería hermoso? Algún día declararán una «guerra», pero nadie irá. Y claro, si no va nadie no habrá guerra. Y no, no tenemos que ir, no tiene que haber guerra, pero parece que se necesita más coraje para decir No a la guerra que para decir sí… Que las mujeres de todo el mundo animen desde hoy mismo a los hombres a tener el coraje de no ir a la guerra, a no desear un mundo militarizado sino un mundo de paz, un mundo no violento.
Para poder tener ese tipo de coraje, las personas deben comenzar por romper las barreras que las separan. Habitamos un planeta en el que nos separan barreras físicas, barreras emocionales, barreras ideológicas, barreras de prejuicios y odios de todo tipo.”
Pero lo que este libro necesita subrayar no es el premio. Es lo que ocurrió después del premio. Porque la mujer con el quinqué no deposita la lámpara cuando el reconocimiento llega. La mujer con el quinqué sigue.
Betty Williams amplió su mirada hasta abarcar todo el sufrimiento infantil del mundo. En 1992 fundó el World Centers of Compassion for Children International: una organización dedicada a los millones de niños que sufren hambre, enfermedades y violencia sin que ninguna cámara los inmortalice, sin que ninguna fotografía dé la vuelta al mundo, sin que nadie les ponga nombre en un cuadro. Esos niños son también el Guernica. Son los niños sin rostro del Guernica, a quienes el horror había borrado la cara, y a quienes Betty Williams devolvió, uno a uno, la posibilidad de tener un futuro.
Mairead Corrigan-Maguire no se detuvo en Irlanda. Su lámpara siguió moviéndose: hacia Oriente Próximo, hacia Irak, hacia Myanmar, hacia Siria, hacia China. Hacia cada lugar donde la lógica de la guerra intentaba imponerse como si fuera la única lógica posible. El 17 de marzo de 2003, día de San Patricio, se plantó ante la sede de Naciones Unidas y encabezó una campaña contra la guerra de Irak, a la que llamó, sin eufemismos, “una masacre continua y vergonzosa.” Realizó una vigilia de treinta días. Comenzó un ayuno de cuarenta días frente a la Casa Blanca —cuarenta días, el número bíblico del desierto y la prueba— junto a miembros de Pax Christi y dirigentes de las iglesias cristianas.
Cuarenta días en ayuno frente al poder es, en términos evangélicos, exactamente lo que Jesús hizo en el desierto antes de comenzar su misión. Mairead Corrigan-Maguire lo sabía. La referencia no era decorativa: era la afirmación de que la no-violencia no es una táctica de comunicación sino una espiritualidad. Una manera de estar en el mundo que no admite excepciones cómodas.
“Cada uno puede ayudar a construir una cultura de la paz y de la no-violencia”, dijo Mairead, “viviendo cada instante con alegría y gratitud, con la conciencia íntima de que nuestra vida, la vida de todos los seres y la creación son sagradas.”
Esa frase es, en su brevedad, la respuesta más completa que nadie ha dado a la pregunta que el Guernica le lanza al espectador. No exige ejércitos. No exige recursos. Exige solo una cosa, que es también la más difícil: vivir con la conciencia de que la vida de cada persona —la del propio bando y la del bando contrario, la del niño del Guernica y la del niño del otro Guernica— es sagrada. Que bombardear esa vida no es un error táctico ni un daño colateral: es una profanación.
Betty Williams y Mairead Corrigan-Maguire son las dos mujeres con el quinqué. Una lámpara, dos manos. Porque lo que ellas descubrieron en Belfast en agosto de 1976 es algo que el Guernica muestra en su composición sin poder decirlo con palabras: que la luz es más fuerte cuando se lleva juntas. Que el gesto de socorro —el brazo tendido hacia el horror con la única luz disponible— no necesita ser solitario para ser verdadero. Que a veces la paz no la construye el héroe que actúa solo en la oscuridad, sino las dos vecinas que se reconocen en el dolor del otro y deciden que eso es suficiente razón para caminar juntas.
En el Guernica no hay dos mujeres con el quinqué. Hay una. Pero en la historia, a veces, esa figura llega duplicada. Y cuando llega duplicada, cruzando la línea que separa a los que se odian, su luz no se divide: se multiplica.
Betty y Mairead cruzaron la línea que separaba a los que se odian.





